Breve crónica de una publicación abortada por segunda vez: cuando se creó el blog, bautizado con DE RE HISTORIOGRAPHICA, era el reino de la improvisación. Teníamos la infraestructura  -e incluso la presentación del blog que aún continúa- pero no teníamos originales. Después de la primera publicación, «Alexandre Bóveda. In memoriam» de Xose Ramon Quintana, se publicó la que estas leyendo. El número de lectores, estamos a fines de agosto de 2018, no pasaría de 15 ó 20. La fuente eran unos párrafos de la Memoria de cátedra de Historia e Instituciones  Económicas (1991), concurso que se celebró al año siguiente en  la Universidad de Salamanca.

A los pocos días, la provisionalidad de la publicación me pareció excesiva y  decidí retirarla; pasó a la sección de «Privada» del blog. Haciendo limpieza esta mañana en el trastero para ordenar materiales, el duende que hay en toda imprenta tocó la tecla inadecuada y este boceto ha vuelto a tener vida por segunda vez. Algún día debería sustituirse este bosquejo (un poco movido)  con un texto más elaborado y actualizado.

 

Ricardo Robledo

 

«Evidentemente, hay historiadores e historiadores. Los mejores no se limitan a ofrecer al público una descripción documentada de lo que sucedió (…) También comunican al lector el sentido de esas limitaciones, de la perspectiva histórica y de la indescriptible complejidad de la vida humana; saben suscitar la sensación de que hay algo más profundo e inescrutable que lo que simplemente se describe, saben evocar en la mente del lector imágenes de un mundo desaparecido, un mundo que es en verdad ‘un país extranjero’ donde ‘hacen las cosas de otra manera'» (C. M. CIPOLLA «Entre la historia y la economía Barcelona, 1991 p. 110).
 
«…quienquiera que intente erigirse en juez en el campo de la Verdad y del Conocimiento sufrirá un naufragio debido a la risa de los dioses…» (EINSTEIN (1953) citado en D. N. McCLOSKEY: «La retórica de la economía» Madrid 1990, p. 43).

 
No resulta nada fácil contestar hoy a las cuestiones tópicas de para qué sirve la historia o cuál es la tarea del historiador, sobre todo cuando no se dispone de «una vocación como la de San Ignacio de Loyola», modelo que según algunos habría que imitar para cumplir la misión de descubrir la verdad, como si la ¡verdad estuviera ahí, esperando a ser rescatada sin manipulación alguna por el historiador! (12). A los que como estudiantes de Historia comprendimos pronto la miseria del empirismo, principalmente a través de la lectura del «¿Qué es la historia?», de E. H. Carr, no deja de sorprender esta ingenuidad o el consejo de «volver a Ranke» como «la mejor metodología de la historia de que pueda disponer el historiador» (13).

La tarea del historiador consiste en relacionar unos hechos con otros, interpretarlos y elaborar hipótesis con el fin de ofrecer una síntesis explicativa del pasado. Tanto si se embarca en la aventura de la historia local o de las más ambiciosas historias generales, en la historia política o en la económica, no tiene más remedio que hacer algún ejercicio de selección, comparación, periodización, etc., y por tanto interviene activamente en la elaboración del conocimiento histórico. No hay que temer por ello un status de inferioridad científica respecto a otras disciplinas; la función del investigador, del observador en la elaboración del conocimiento físico es aceptada hace tiempo por la teoría cuántica sin descrédito alguno, salvo, claro está, para los que siguen creyendo en el universo diseñado por Newton (14). Como hace tiempo se ha advertido, no hay una categoría de «ciencia», a la que deban someterse las áreas de conocimiento, porque cualquiera de ellas puede ser analizada por lo que es en sí misma (15) y las nuevas tendencias de la epistemología no hacen más que insistir en la indeterminación de las leyes y en el mayor protagonismo concedido al sujeto (16

Por mucha pretensión totalizadora que tenga la historia, necesitamos avanzar al lado de otras ciencias sociales para la construcción de esa teoría que ayude al esclarecimiento de los nexos y las regularidades existentes en la realidad (20), regularidades que por lo que estamos diciendo no pueden abordarse bajo el síndrome «cientifista». Refiriéndose al gran número de uniformidades o cuasiuniformidades que tienen lugar en el campo de la actividad económica, Kindleberger advierte que ninguna es aplicable a todo tiempo y lugar y si hay que elegir el tiempo y lugar en los que sea aplicable una tendencia determinada, será preciso para ello más arte que ciencia (21). Desde otros presupuestos ideológicos, autores preocupados por conciliar «determinación» y libertad de la acción humana resolvieron hace tiempo el dilema interpretando el concepto «determinación» como «fijación de límites» y «ejercer presiones» más que como el sentido de una ley predecible (22). Según esto, las diversas manifestaciones humanas no son producto de la «base», pero tampoco son erráticas y lo que compete entonces al historiador no es predecir sino explicar las condiciones que hacen «inteligibles» los diversos procesos sociales (23).
 
Desde el prurito del cientifismo, y en concreto desde la economía como parte de las «ciencias formales más avanzadas», se ha querido desprestigiar la historia con argumentos delirantes (24). Como observaremos más adelante no es ésta hoy ya la opinión mayoritaria. De entre citas ilustres puede aportarse la de Kuznets que exige para la interpretación de las mediciones económicas no sólo análisis económico «sino también la consideración del marco relevante de las ciencias sociales relacionadas y de otras disciplinas» (25). Desde este supuesto, la historia no sería el obstáculo en la elaboración del conocimiento, sino al contrario la disciplina que, entre otras tareas, proporciona el contexto que permite examinar las interdependencias de determinadas construcciones teóricas (26).
 
Lo que estamos exponiendo supone por lo tanto una invitación a perder el complejo de inferioridad que ha acompañado con frecuencia a la historia cuando se comparaba con otras ciencias sociales que proclamaban como insignia (exclusiva) la formalización y cuantificación o cuando se miraba en el espejo de las ciencias «duras». Es más, como indican recientes aportaciones dentro de la epistemología, hasta en el campo de las ciencias «duras» se está reconociendo hoy un punto de vista próximo a lo que antes se consideraba específico de las disciplinas sociales (y humanas): la complejidad; y dentro de esa complejidad, uno de los rasgos que la definen ‑aparte del reconocimiento de la interacción y las inter‑retroacciones‑ está la «temporalidad» frente a las abstracciones universalistas (27). En definitiva, de acuerdo con la nueva concepción del territorio llamado «ciencia», mucho más ancho que en el pasado y sin lugar preeminente para las teorías axiomatizadas o axiomatizables (Rossi), la historia recupera indudablemente su viejo orgullo y tiene asegurado un lugar en ese territorio.
 
En el campo del conocimiento, como en el de la historia de los sociedades, los individuos se enfrentan a una situación objetiva, les guste o no, sean o no conscientes de ella, pero disponen de una serie de métodos y materiales teóricos que están a su disposición para contribuir a cambiar la situación (28). La presentación de algunos de estos materiales que juzgo relevantes en la formación del pensamiento historiográfico será el objeto de las siguientes páginas.
 
NOTAS
 
(12) «La Historia tiene como misión buscar la verdad, y yo creo en la verdad…la utilidad que pueda tener la Historia para la sociedad sólo se conseguirá si el historiador tiene como único objeto el buscar la verdad por la verdad misma, lo que significa en el fondo que el historiador debe tener (…) una vocación como la de San Ignacio de Loyola; es decir, la vocación de buscar la verdad en el pasado sin, digamos, añadidos; influir en manipular, tratar de probar tal determinada tesis…». Intervención de I. Olábarri en el debate que cerraba las III Conversaciones Internacionales de Historia en «La historiografía» p. 497.0

(13) J.P. Fusi (1988), p. 154.

(14) «No existen las partículas «en sí»; sólo se puede hablar de procesos físicos cuando se produce «interacción» entre la partícula y un sistema físico de observación», W.Heisenberg

(1969). Desde otras perspectivas, pero igualmente válidas para combatir el «idealismo objetivo», R.Haveman (1966).

(15) A.F.Chalmers (1984) p. 230. Una desmitificación de la ciencia donde siempre hay valores puede verse en M.Bunge ( ).

(16) Fernández Buey (1991) p. 109.

(17) H.Katouzian (1982) p. 99, 109, 112. Katouzian critica la opinión de Popper de que la práctica real de la economía ortodoxa sea científica y atribuye este desliz a que Popper «haya sido engañado con respecto a la metodología de la economía ortodoxa por economistas en cuyo juicio confiaba», p. 117. Otro autor nada sospechoso de cientifismo como Fernández Buey reconoce en el Popper de los años treinta y cuarenta indicaciones valiosas sobre la inevitable incertidumbre de nuestros conocimientos y sitúa el dogmatismo popperiano no en la epistemología sino «en la forma de argumentar el ideario político‑social» (p. 48).

(18) Cipolla (1991) p. 113, contra la insuficiencia del aparato lógico‑matemático para la comprensión de fenómenos socioeconómicos.

(19) McCloskey (1990).

(20) Aunque no haya leyes de la historia, eso no implica ausencia de leyes en la historia, P. Janssens (1978) p. 65.

(21) Kindleberger (1990) p. 9.

(22) R.Willians (1980) p. 102‑108; E.P. Thompson (1981) p. 244. Un ejemplo pertinente es el de las leyes económicas entendiendo como tales las leyes‑marco o «leyes de referencia» de donde no se «deducen» los sucesos históricos ni las conductas antropológicas, «pero sí se pueden inferir las limitaciones a las que están sometidos sucesos y conductas en el marco de una sociedad que se reproduce en el tiempo» F.Ovejero (1985) p. 70.

(23) Wright (1979).

(24) «La historia de la disciplina es mejor dejarla a los que están infradotados para el trabajo profesional pleno en el nivel moderno», tal es la opinión que Stigler atribuye al joven economista (¿y parece compartir con él?) Stigler (1987) p. 162.

(25) Kuznets (1979) p. 121.

(26) Barceló‑Ovejero (1985) p. 245. Estos autores creen que de los tres rasgos globales característicos de la ciencia ‑racionalidad, objetividad y contextualidad‑ es el último del que más escasos andan los economistas. McCloskey (1990) exige previamente un «conocimiento tácito» del tema sobre el que se quiere teorizar luego, p. 94.

(27) Resumo parte de las aportaciones de E.Morin en Fernández Buey (1991) p. 100‑111.

(28) Chalmers (1984) p. 231‑232.


Texto inédito de 1991 (Primeras páginas de la Memoria de cátedra).
 

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1 Comentario

  1. Interesante artículo para aquellos que nos interesa el tema, sea como historiadores, sea, como es mi caso, como economistas. De entre las opiniones que cita, me gustaría destacar la de
    Cipolla que encabeza el escrito. Para dar pie a que comenten los verdaderos especialistas, quiero decir que me parece un punto de vista en el que la historia hace frontera, quizá de un modo excesivo, con la «novela histórica», aunque comparto el criterio de fondo que me parece que guía esa opinió que sería el distanciarse del «empirismo».

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