Roger Senserrich *

Tras la infausta era Nixon, los candidatos a la presidencia de Estados Unidos adoptaron la sana práctica democrática de hacer públicas sus declaraciones de renta durante la campaña electoral. Era un gesto sensato, una forma de demostrar tu honestidad como buen contribuyente y tu compromiso ciudadano pagando lo que te toca. También es algo un poco simbólico, ya que nadie con ambiciones presidenciales iba a ser tan estúpido como para cometer crímenes o actos deshonestos y ponerlos bien claritos en sus impuestos.

Cuando durante la campaña presidencial del 2016 Donald J. Trump puso trabas y excusas para no publicar su declaración de la renta, muchos comentaristas mostraron cierta suspicacia. En las primarias, Trump dijo que sí, que la publicaría lo antes posible, para después decir que era muy complicado y que quizás para las generales, y finalmente negarse poniendo como excusa que el IRS (Internal Revenue Service – la agencia tributaria federal) le estaba haciendo una inspección y que hasta que no terminara no podía hacerlo.

La Torre Trump en la 5ª avenida de Nueva York (foto: The New York Times)

Durante muchos años, los rumores de que Trump no era tan rico como decía ser habían perseguido a su fama como hombre de negocios. En teoría, era el hombre más rico que jamás había aspirado a la presidencia, así que hacer pública su declaración podría servir tanto para acallar esos murmullos como para dar la imagen de transparencia y honestidad que se exige al hombre más poderoso de la tierra. Su persistente negativa era como mínimo inquietante, por no decir sospechosa.

Por supuesto, sabemos cómo fueron esas elecciones. La seguridad de los servidores de correo electrónico de la candidata demócrata, así como la posibilidad de que el portátil del ex-marido de una de sus asesoras pudieran contener copias de esos correos fue el tema que centro la campaña porque era obviamente muchísimo más importante que la montaña de fraude y corrupción que parecía rodear a su rival. Trump ganó las elecciones por pura carambola sin hacer nunca pública su declaración de la renta, y todos aquellos que insistíamos que mantener esa información oculta era sospechoso nos quedamos a dos velas.

Los impuestos de Trump

Hasta ayer, cuando el New York Times publicaba la clase de reportaje de decenas de páginas que justifica su prestigio. El periódico había conseguido más de dos décadas de declaraciones de la renta de Trump, y en un trabajo monumental de investigación, análisis y claridad expositiva, ponían negro sobre blanco el patrimonio de Trump y sus contribuciones fiscales.

Dicho en muy pocas palabras:

    • Trump no paga impuestos federales. Sólo ha pagado $750 dos veces, en el 2016 y 2017. En el resto, ha pagado cero.
    • Trump tiene mucho menos dinero de lo que dice tener y está endeudado hasta las cejas.
    • Trump ha cometido copiosos delitos fiscales, algunos increíblemente obvios.

Lo único que era cierto es que sí, el IRS estaba investigando a Trump por fraude, y es muy, muy, muy posible que estuvieran a punto de cazarle por evasión fiscal e impuestos atrasados por más de $100 millones de dólares. Dinero que, por cierto, Trump no tiene, ya que está endeudado hasta las trancas.

Cualquier explicación que dé sobre los artículos del Times van a ser mucho, mucho peores que los originales, así que os animo a que los leáis directamente. Aquí tenéis un resumen producido por el propio periódico con los 18 puntos más importantes (y sí, hay muchas cosas importantes); aquí tenéis un gráfico fantástico sobre cómo Trump gana (y pierde) su dinero; y aquí tenéis el monumental artículo principal. Son 10.000 palabras de texto, pero insisto, vale la pena leerlo. No hay ningún otro periódico en el mundo capaz de hacer estas cosas.

Foto: Gage Skidmore
Cuatro claves

El NYT ha hecho un trabajo excelente dando contexto y detalle en todos sus artículos, pero dejadme insistir en varias claves.

Primero, el sistema impositivo federal en Estados Unidos es muy progresivo (o lo era hasta la reforma fiscal de Trump del 2018); el 1% con más renta pagaba de media sobre un 27% de sus ingresos en el IRPF, mientras que el 50% con menos pagaba de media un 4%. Hay bastante evidencia empírica que los ultra-ricos pagan menos que los simples millonarios, pero incluso en el enrarecido mundo de los oligarcas que nada en miles de millones de dólares en Silicon Valley y Wall Street, pagar cero es increíblemente inusual. Para llegar a esa cifra Trump hace una cantidad descomunal de ingeniería fiscal creativa, por un lado, y declara tener unas pérdidas descomunales en todos sus negocios.

Segundo, Trump parece ganar más dinero fingiendo ser millonario que administrando sus propiedades. Casi todos los edificios, hoteles, y campos de golf de Trump pierden cantidades colosales de dinero. Sus ingresos provienen, sobre todo, de dar su nombre bajo licencia a negocios ajenos, cobrando por derechos de imagen. Trump siempre se ha caracterizado por saber venderse muy bien a sí mismo; lo que su declaración de la renta parece dejar claro es que sus múltiples bancarrotas no fueron por casualidad, sino porque es espantosamente malo gestionando sus negocios.

Trump National Doral, el mayor resort de golf de Donald Trump en Doral (Miami) (foto: The New York Times)

Tercero, Trump debe mucho dinero a mucha gente. Aparte los $100 millones que seguramente va a reclamarle el IRS, Trump tiene varios créditos e hipotecas a su nombre por valor de $421 millones con fechas de vencimiento en los próximos años. Esto es relevante primero porque Dios mío este genio de los negocios se ha endeudado personalmente, no mediante una sociedad limitada, y segundo porque la idea de que un tipo con acceso a todos los secretos del gobierno más poderoso de la tierra le deba dinero a un montón de gente es un riesgo de seguridad espantoso.

Cuarto, y más importante, es muy posible que la declaración de la renta de Trump exagere las pérdidas de sus propiedades salvajemente para pagar menos impuestos, y que realmente sea tan rico como dice. Si eso fuera cierto, entonces el problema de Trump no es que sea alguien que ha mentido y exagerado sobre su fortuna y que vive de crédito y de ser famoso, sino alguien que ha cometido una cantidad delirante de fraude fiscal.

La pregunta es entonces si Trump es un defraudador o un fraude. Dudo mucho que sea la clase de debate que un candidato a la presidencia quiere tener a un mes de las elecciones.

Porque claro, de fondo estamos todos pensando en lo mismo:

Formulario del impuesto de la renta en Estados Unidos
¿Qué efecto tendrá esto a la hora de votar?

El instinto de muchos comentaristas en Twitter ha sido una repetición de eso de “LOL es el 2020 nada importa” y que no cambiará demasiado las encuestas. Al fin y al cabo, toda persona con dos dedos de frente sospechaba, ya desde el 2016, que si Trump no quería enseñarnos sus impuestos era porque su declaración de renta contenía un montón de historias horrendas que le harían quedar mal. El NYT no ha hecho más que confirmar lo que todo el mundo sabía.

Quizás sea así, pero esto me suena distinto a otras historias. Para empezar, es muy distinto sospechar que alguien está ocultando una historia dañina que tener un reportaje de 10.000 palabras en el periódico de referencia confirmando línea por línea que todas tus sospechas estaban justificadas. Los 750 dólares de impuestos que pagó el 2016 y 2017 son especialmente sangrantes, una cifra descarada que permite a todo el mundo compararse con el presidente y ponerse de mal humor de inmediato. El artículo del NYT va a monopolizar el debate político toda la semana, incluyendo el primer debate presidencial mañana martes (donde a Trump le van a caer preguntas sobre eso a patadas), y será en un terreno donde no hay grises o ambigüedades; es una noticia uniformemente negativa para el presidente.

El presidente Trump en la limusina oficial en la Base Andrews (Maryland)(foto: The New York Times)

Segundo, incluso en un mundo donde las revelaciones de hoy no cambian la opinión de ningún votante de Trump, electoralmente seguirían siendo importantes. Trump está a 7-8 puntos de Biden en los sondeos, con un 41-43% de apoyos. No hay terceros partidos quitándole voto a Biden (los sondeos dan poquísimo voto a verdes y libertarios), así que Trump necesita convencer a 4-5% del electorado que cambie de opinión y pase a apoyarle. Por muy fieles que sean los trumpistas, el presidente necesita ganar un porcentaje descomunal de los poquísimos indecisos que quedan para ponerse a tiro de ganar el colegio electoral. Para un indeciso o votante de Biden, el artículo de hoy ha puesto la barrera para pasar al lado republicano aún más alta.

Tercero, Trump va por detrás, y cada vez le queda menos tiempo para recuperar el terreno perdido. Con la pandemia volviendo a empeorar en muchos estados, la economía zozobrante, y un electorado demócrata motivado, cada ciclo de noticias en los que no se hable de economía, la amenaza comunista que es Joe Biden o la nominación al supremo es un día perdido para Trump. La declaración de la renta va a eclipsarlo todo, y de forma aún más preocupante, desde el NYT ya han dicho que este artículo es el primero de una serie, así que le van a estar atizando una y otra vez.

Sí, es posible leer todas estas noticias de forma más favorable a Trump, estilo esta pieza en Red State. El presidente es un tipo muy listo que exagera lo rico que es un poco demasiado y tiene abogados fiscales muy buenos, pero ni lo uno ni lo otro es escandaloso. El NYT está intentando interferir en las elecciones y odian al presidente. Pero incluso en este caso, están concediendo que el presidente es un flipado que tortura la ley para pagar menos impuestos que tú, algo que quizás sirve para un fan de Trump, pero no para un indeciso.

Joe Biden (en la foto, con la candidata a la vicepresidencia. Kamala Harris), aventaja a Trump en las encuestas de intención de voto (foto: Brendan McDermid/Reuters)

La otra opción, negarlo todo y decir que el NYT no está dando datos correctos (lo que ha hecho Trump y su abogado hoy) quizás funciona un ratito, hasta que alguien les pide que bueno, si mienten, por qué no nos dais la declaración de renta vosotros, cosa que no harán.

Pero claro, no olvidemos la regla cardinal de la política estos tiempos: este es el año 2020, y Dios sabe qué puede pasar en un mes. A Biden le puede caer un meteorito encima la semana que viene, nos pueden invadir aliens y Trump quizás descubra la fusión fría y la vacuna contra el coronavirus el próximo fin de semana. No tenemos ni idea sobre qué sorpresas nos puede deparar la campaña, y que trucos barriobajeros se puede sacar Bill Barr de la chistera en las próximas semanas.

Biden es un poco más favorito, sí. Pero esto no quiere decir mucho.

Un síntoma de un mal mayor

Lo más importante, sin embargo, no es tanto el impacto electoral de la noticia, sino lo anómalo, extraño e irregular de la presidencia de Trump. Que alguien con este historial, estos problemas fiscales, estas deudas, y esta total y completa falta de honestidad llegara a la presidencia de Estados Unidos es señal de que algo está fundamentalmente roto en el sistema político de este país. No fue cosa de la anómala campaña del 2016 y la abierta misoginia de los medios contra Clinton, ni de la oposición radical y absoluta de los republicanos a Obama. No es cosa de la presidencia de Bush y la guerra de Irak. Hay algo muy disfuncional, muy roto, y muy preocupante en el corazón de este país.

Los artículos del NYT confirman cosas que no sorprenden a nadie. Esto, por sí solo, debería echarnos a temblar.

El presidente Trump y la candidata al Tribunal Supremo Amy Coney Barrett el 26 de septiembre en la Casa Blanca (foto: AP Photo/Alex Brandon)
Bolas extra:
    • El primer debate presidencial es mañana martes. Trump lleva semanas diciendo que Biden es malísimo debatiendo, una estrategia un tanto inexplicable.
    • También ha pedido que Biden pase un control antidopaje antes del debate, algo completamente inexplicable, pero que Trump insiste que lo dice en serio.
    • Los sondeos sobre si Trump debe nombrar o no a alguien para el supremo son horribles para Trump, sin ambages.
    • Amy Coney Barrett, la elegida por Trump para esa plaza en el supremo, es una originalista constitucional ortodoxa y una favorita entre conservadores.
    • Los republicanos están intentando convencer al mundo que los demócratas se oponen a Barrett porque son unos anticatólicos que se oponen a sus convicciones religiosas. Los demócratas son tan anticatólicos que no han nombrado a un católico como candidato a la presidencia desde el 2020, cuando Joe Biden ganó las primarias. La última vez que nombraron a una católica para ocupar un puesto en el supremo fue bajo la presidencia de Obama.
    • Prometí escribir cosas un poco más estructurales, y sigo teniendo a medias un artículo sobre la educación universitaria en Estados Unidos que os va a gustar mucho a todos. Muchas, muchas, muchas gracias a todos los que compartís los boletines en Twitter y Facebook, y muchas más a los que con vuestra suscripción apoyáis este trabajo. Si queréis, os podéis suscribir aquí – los siete primeros días de forma gratuita

*Roger Senserrich es politólogo. Actualmente vive en New Haven, Connecticut, trabajando como coordinador de programas y lobista ocasional en CAHS, una ONG centrada en temas de pobreza.

Fuente: Four Freedoms (28-09-20)

Portada: Escambray 

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