Gustavo Lozano
Profesor colaborador del Instituto Cervantes de Nueva Delhi

 

Political writing in our time consists almost entirely of prefabricated phrases bolted together like the pieces of a child´s Mecanno set. It is the unavoidable result of self-censorship. To write in plain, vigorous language one has to think fearlessly, and if one thinks fearlessly one cannot be politically orthodox.*
George Orwell, The Prevention of Literature, ensayo del libro “Shooting an Elephant”

Es cómico, cuando no patético, comprobar cómo en los últimos años la prensa española se está dedicando a humillar públicamente al hasta hace no mucho tiempo santo democrático oficial de la España postfranquista: Juan Carlos I, rey emérito.

Es cómico ser testigo, un día sí y otro también, de la letanía de exclusivas sobre las cuentas en Suiza y otros paraísos fiscales que el anterior monarca abrió años ha y que, con gesto muy serio, nos informan las grandes cabeceras de prensa que nunca declaró a la hacienda pública española. Resulta ridículo ver desfilar, por las secciones de nacional y política de los periódicos patrios, los capítulos de novela rosinegra de Corín(na) Larsen -última amante conocida de nuestra testa coronada de espinas- y el comisario Villarejo, con grabaciones ocultas incluidas.

Foto: Federación de Republicanos

Y es patético constatar cómo son exactamente esos mismos rotativos nacionales los que, hasta el ridículo episodio de la cacería de Botsuana, se habían dedicado no ya a alabar la figura regia hasta cotas sonrojantes, sino a ocultar sistemáticamente cualquier tipo de información relativa a la figura real; mientras los diarios franceses e italianos se hacían eco de las numerosas cortesanas de “El Campechano”, con hijos ilegítimos de por medio, y en Estados Unidos el “New York Times” publicaba en sus páginas la inmensa fortuna estimada del Borbón, por estos lares el silencio era atronadoramente sonoro.

Aún más patético, sin embargo, aparece ante los ojos incrédulos del lector hispano el intento de blanqueamiento de su propia imagen en el que dicha prensa está ahora embarcado; asistimos a una competición feroz por ver quién expone el dato más truculento de esta saga morganática, pues de pronto se ha abierto la veda para abatir a nuestro espécimen más glorioso: Cárolus Rex.

El problema es que el peor enemigo de un periódico es su propia hemeroteca. Propongo a quienquiera que lea este texto un juego: elija su medio de comunicación de cabecera e intente encontrar algún dato, por mínimo que sea, sobre las fechorías perpetradas por el padre putativo de la democracia ibera contemporánea. Puede retrotraerse en el tiempo tan lejos como quiera hasta llegar a 1975, o más allá incluso, y remontar el curso de este caudaloso torrente hasta el episodio ya mencionado del safari elefantiásico en África. Si alguno de ustedes encontrara algo, fuera lo que fuese, que demostrara el papel de vigía alerta desempeñado por su diario de noticias predilecto, no dude en hacérnoslo llegar, al igual que hizo el siguiente escribano:

Leo con zorpresa e indignació el artículo que usted ha dado a la estampa bajo el título de “Jaque al Rey”. Permítame que guarde el anonimato de mi persona, pero le puedo asegurar que conozco de primera mano a tan alta y respetada figura pública, que usted se permite el escandalozo lujo de calumniar en su diatriba antimonárquica. Y conste que le digo esto sin acritú: no tiene ni idea de lo que está hablando.

Nuestro egregio salvador de las libertades en la noche ozcura del 23-F, quien gobernó con pulzo firme el barco democrático tras la muerte del dictador de infausto recuerdo, trabajó codo con codo conmigo mismo para llevar a la España atrasada, con la que nos encontramoz en 1982, hasta la América hispana, Europa y el mundo entero. Y todo ello bajo un comportamiento intachable, pues loz doz hemoz tenido que sufrir las infundadas acusaciones de corrupció y nepotismo que contra nuestras personas lanzaron puroz envidiozoz, pues no otra cosa zon loz que, como usted, se dedican a poner en duda la ímproba labor ejercida por nuestro monarca.

Ítem más, y en lo que se refiere al papel valerozo e independiente de nuestra prensa patria, y aún diría más, patriótica, adjunto a esta carta le envío el recorte de la noticia aparecida en la secció de tauromaquia de “El Paisaje”, primer rotativo de esta piel de toro, en la que con fecha de 12 de octubre de 1992 se informa sobre la “gentil” acompañante con la que nuestro Prócer de la Patria asistió a la corrida, de capa y espantá, con la que noz deleitó en la Maestranza de Sevilla el impar Curro Romero, gloria sin parangón del torerío español todo.

Sin más que añadir se despide, por consiguiente:
“Estebanillo González”

Cena del 1 de julio de 2015 del rey emérito con los presidentes González, Aznar, Rodríguez Zapatero y Rajoy (foto: moncloa.gob.es)

Hasta aquí lo anecdótico y superficial de la cuestión. Cambiemos de tercio y pongámonos serios de ley. De vez en cuando se utiliza la metáfora “ajedrez político” para describir la manera en la que se reparte el poder en los sistemas democráticos modernos. La expresión, pese al manido uso que se ha hecho de ella, contiene una gran verdad: utilizar a todas las piezas del tablero con el único objeto de proteger al Rey. En el caso de España, eso es exactamente lo que ha ocurrido en los últimos 45 años: salvaguardar la figura del Jefe de Estado de todo tipo de crítica o ataque alegando para ello su carácter de institución inviolable y más allá de toda ley (¿¡en una democracia!?), sacrificando todo aquello que fuera necesario para asegurar la supervivencia del sistema surgido tras la muerte de Francisco Franco.

Es la Transición, tal cual, en mayúsculas, el falso mito fundador sobre el que se apoya la entera tramoya política española desde 1975. Si nos creemos el relato original, fue gracias a la madurez democrática que demostró el pueblo español que conseguimos pasar, sin solución de continuidad, de una dictadura nacional-católica en sus principios teóricos y tecnocrática en su funcionamiento, a una monarquía parlamentaria de pleno derecho. Cualquier historiador medianamente honesto sabe que esto no fue, ni por asomo, lo que en realidad ocurrió en esos años de la llamada Transición, pero no es precisamente a este tipo de investigadores a los que se ofrece una tribuna en la prensa de tirada nacional, sino a los sicofantes del tinglado, a quienes lo único que se les pide es que repitan beatamente y sin desmayo la versión oficial.

eskup.elpais.com

Así, acontecimientos tales como la elección de Juan Carlos I para ser el heredero de Franco, decisión tomada por este último, que lo crió como su delfín desde muy temprano; los pactos de la Moncloa, con los que se finiquita el sistema político franquista, que no con las estructuras económicas heredadas del mismo; el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 y la figura del “Elefante blanco” (¿rey emérito?), aún por aclarar; el apoyo económico y político que Miquel Roca recibió por parte de la CIA; el caso “Banca Catalana”, por el que nunca se llegó a condenar a Jordi Pujol, ya que el gobierno de Felipe González hizo todo lo posible para evitarlo; los casos de corrupción político-económica protagonizados por Javier de la Rosa y “los Albertos”, con la silueta del rey de fondo; FILESA, MATESA Y TIME-EXPORT y el hermanísimo Juan Guerra; la expropiación de Rumasa; el terrorismo de estado (oxímoron) de los GAL, con Felipe González en el papel del “Señor X”… y un larguísimo etcétera más, demuestran que el cuento idílico de la Transición no tiene cómo sostenerse.

Irónicamente, y a eso es a lo que estamos asistiendo hoy en día, es la propia ficha del Rey la que se ha tenido que sacrificar para que “el otro Rey”, el verdadero, sobreviva; ya lo dijo Lampedusa: “cambiarlo todo para que nada cambie”. El actual monarca recibe las mismas alaracas que durante decenios se le dedicaran a su padre, intentando convencernos de que Felipe VI no es el continuador del caído en desgracia Juan Carlos I. Un chiste, claro está, pero este es precisamente el rol para el que han sido designados los grandes medios de comunicación: la voz de su amo mediante la que preservar el statu quo. Y lo que el amo les pide en este momento es que hagan la ofrenda del carnero exreal en el altar sacrificial para que, con su sangre azul, se sacie la muchedumbre, poniendo de esta manera el foco de atención en lo secundario (el dedo que señala a la Luna), tratando de distraer al personal de lo auténticamente relevante. Y como tal se dedican a soltar a los cuatro vientos el mantra hipnótico de “la defensa del constitucionalismo”, el verdadero Rey, palabras con las que en realidad se refieren a la defensa de los intereses creados ya en la época franquista; mantra que traducido a román paladino significa la traición pura y dura tanto a la letra como al espíritu de la Constitución del 78.

Foto: Voto en blanco

Esperamos que este breve ensayo sirva de punto de partida para que, entre todos, podamos deshilvanar la madeja tejida por los mass media, desentrañando la historia contemporánea española con claridad, justicia y verdad.

*POSDATA.- Este artículo fue escrito el 31 de julio de 2020, y aunque se nutría de las noticias que habían aparecido en la prensa durante las últimas semanas, la perspectiva desde la que se escribió iba mucho más allá de la actualidad.

Sin embargo, y dado que este 4 de agosto hemos sabido que “Juan Carlos I comunica a su hijo su decisión de trasladarse fuera de España” (resic), me gustaría incluir una serie de aclaraciones respecto a los comentarios y observaciones que algunos amigos me han hecho después de compartir con ellos este texto.

En primer lugar, y de manera fundamental, es necesario dejar claro que es un error centrarse única y exclusivamente en el hecho de que Juan Carlos I huya de España llevándose consigo (o no) el dinero obtenido a través de comisiones ilegales y demás chanchullos realizados a lo largo de su reinado. Es igualmente irrelevante el que con este movimiento de la Casa del Rey se intente perpetuar la institución en la figura de Felipe VI, “El Preparao”.

Como dejo claro en mi artículo, lo de menos es el debate monarquía sí o monarquía no, puesto que de lo que se trata es de acabar de una vez por todas con la milonga de la Transición y la democracia representativa que nos dejó en herencia el dictador Francisco Franco (recordemos su “atado y bien atado»). Si lo conseguimos, el Rey y la monarquía caerían por su propio peso, porque no es más que el espantajo del sistema, así que no nos confundamos: la elección no debe ser entre Monarquía o República, sino entre pseudodemocracia y democracia.

El rey Juan Carlos con las familias Aznar y Clinton en Mallorca, 1997 (foto: Reuters)

Otra cosa interesante es ver la prensa del mismo 4 de agosto; lo que están haciendo, al menos en “El País”, periódico que leo para mantenerme desinformado, es lo que en los departamentos de relaciones públicas de las grandes empresas llaman “contención de daños”: nos quitamos de encima al ahora molesto siervo fiel, a quien habíamos mostrado respeto reverencial hasta hace 2 días (https://elpais.com/espana/2020-08-03/los-errores-que-destruyeron-el-juancarlismo.htmlhttps://elpais.com/espana/2020-08-03/ascension-y-caida-de-juan-carlos-i.html y https://elpais.com/opinion/2020-08-03/la-necesaria-distancia-con-el-jefe-del-estado.html, no sin antes agradecerle sus “servicios” (https://elpais.com/espana/2020-08-03/el-rey-que-supo-leer-el-viento-de-la-historia-tras-la-muerte-de-franco.html -artículo que es una mezcla exquisita de hechos históricos e interpretaciones que son medias verdades, y en el que se cita a la Santa Trinidad de la historiografía oficial de la España contemporánea: Enrique Moradiellos, Paul Preston y Santos Juliá- y https://elpais.com/espana/2020-08-03/juan-carlos-i-el-hombre-que-se-gano-un-destino.html -El subtítulo dice “El golpe de estado del 23-F fue su momento culminante. Decidió en qué lado de la partida estaba, se la jugó y acertó”, lo cual da por sobreentendido que el entonces Rey tenía claro desde el principio del levantamiento de Tejero de qué lado estaba, cuando eso es más que discutible, ya que todavía nadie ha aclarado, al menos que yo sepa, quién era el “Elefante blanco” en nombre del cual los golpistas se habían alzado; además, afirmar que “se la jugó y acertó” es tanto como reconocer, pero sin decirlo de manera expresa, que el propio Rey barajaba la posibilidad de apoyar el golpe, pero finalmente se decantó por la democracia. ¿De verdad podía Juan Carlos I tener un ápice de duda entre decidir apoyar el golpe o la vía democrática? Otro chiste más-).

El entonces príncipe Juan Carlos fuma en presencia de tres de sus profesores: comandante de Caballería Nicolás Cotoner; el de Infantería, Marqués de Valenzuela y el de Artillería, Alfonso Armada (foto: Efe)

Con esto se consigue transmitir la ilusión de que el sistema posee los mecanismos necesarios para eliminar a sus elementos corruptos y de cómo la justicia es “igual para todos” (sic), para que el pueblo se convenza de que todo va bien. Pero no es más que un burdo intento de distraer la atención de lo que es esencial: el sistema debe sobrevivir, caiga quien caiga.

Por último, y para que no quede ninguna duda sobre lo que quiero decir cuando hablo del “falso mito de la Transición”, querría añadir lo que, a mi entender, supuso realmente tal fenómeno histórico: los que estaban en el poder político con Franco, gracias a la Transición, se hacían un lifting democrático y, a cambio, la supuesta oposición al franquismo entraba con todo en las poltronas de poder para robar a manos llenas, mientras el aparato económico oligárquico heredado de la dictadura continuaba a los mandos del timón, financiando medios de comunicación y ofreciendo puertas giratorias en sus consejos de administración a los expolíticos, exministros y expresidentes de turno para que les quedara algo tras la “jubilación” de sus cargos y prebendas públicos, en reconocimiento por los servicios prestados al sistema.

Y los que han pagado la factura han sido los trabajadores. Pero para controlar esta vertiente, nada mejor que un poquito de dinero para engrasar la maquinaria de los sindicatos mayoritarios (UGT y CC.OO.) y garantizarse así la mal llamada “paz social”, pues de lo que se trataba era de evitar cualquier tipo de iniciativa auténticamente democrática.

“La escritura política en nuestro tiempo consiste casi en su totalidad en frases prefabricadas atornilladas como las piezas de un juego de mecano infantil. Es el resultado ineludible de la autocensura. Para escribir en un lenguaje sencillo y vigoroso, uno tiene que pensar sin miedo, y si uno piensa sin miedo, no puede ser políticamente ortodoxo» (CH)

Fuente: EspaiMARX, 8 agosto de 2020

Portada: Juan Carlos de Borbón en Las Jarillas con su primer preceptor, el padre Zulueta. 1949 (Getty)

Ilustraciones: Conversación sobre la Historia

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