El pasado 4 de abril falleció el cantautor, pintor y poeta español Luis Eduardo Aute. El siguiente texto lo recuerda en todo su esplendor humano y el asalto a la memoria que significan sus inigualables actuaciones en vivo.

 

Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas romances por la Universidad de Berkeley. «Sátiras» (Hiperión, 2017) es su último libro de poemas

 

Para Tomás Ruiz

La muerte está en el aire. Un saludo es peligroso, un suspiro, un viaje al hospital. En inglés, un estornudo pasó a ser de un educado “Bless you” a un agresivo “Fuck you”, que invita a alejarse. El mundo está freakeado. Respirar es peligroso, caminar en un parque, una posible acta de defunción. Con más de 10 000 muertos en España, la noticia del fallecimiento de Luis Eduardo Aute, conocido cantautor, ahonda la pena.

Nació en 1943 en Manila, Filipinas. Su padre fue un comerciante de tabaco catalán y su madre era filipina, de origen español. En esa familia, Aute creció desde niño como políglota, paseando entre el español, el catalán, el tagalo, y el inglés que le enseñaban en la escuela lasallista de la ciudad. Asimismo, allí descubrió su talento para la pintura, la música, y desarrolló un enorme interés por el cine, artes que nunca abandonó.

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Yo no conocí la música de Luis Eduardo Aute en el centro de su fama. Corría el final del siglo XX cuando, en un viaje por la antigua carretera México-Acapulco, manejando un buen amigo, Tomás Ruiz, se inclinó y puso un casete que me dejó encantado. Se trataba de Entre amigos, un recital de Aute en el Cine-Teatro Salamanca de Madrid, en marzo de 1983, con sus amigos cantautores: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat y Teddy Bautista. Una tras otra, las canciones que iba escuchando me llenaron de júbilo. Se trataba de baladas con historias cotidianas de citas en un café, la grúa llevándose el auto, idas al cine, triángulos amorosos imposibles, historias de amor y de desamor llenas de sensualidad, humor y gracia. Además, con facilidad y sin mayores pretensiones, había líneas sutiles y finas, de alta calidad poética.

Cuando el casete terminó, Tom me explicó que el autor se llamaba Luis Eduardo Aute, cantautor español. Le dije que no lo conocía. Se rio y me dijo que sí, que sí sabía quién era.

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Y era verdad. Yo ya conocía a Luis Eduardo Aute, pero no lo identificaba. ¿Quién, entre los viejos, no recuerda “Rosas en el mar” (1967), de su autoría, y que Massiel llevó a los primeros lugares del hit parade semana tras semana? Todavía hoy resuenan aquellas frases que fueron un himno entre mis compañeros de la infancia: “La libertad, la libertad, / derecho de la humanidad. / Es más fácil encontrar / rosas en el mar”. Y qué decir de aquella otra enumeración melódica, “Aleluya # 1”, parecida a la de “Libertad” de Paul Éluard, poeta a quien Aute había leído durante su estancia en París, y que también se volvió un hit internacional: “Una llama que se apaga, / una vida que se acaba… / Estas son las cosas / que me hacen olvidar / este mundo absurdo / que no sabe adónde va”, repeticiones que hoy que escribo este artículo, 4 de abril de 2020, parecen tan proféticas y certeras.

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No soy un musicólogo declarado ni un coleccionista. Mi objetivo es diferente: trato de deshacerme de muchas cosas y aligerar el equipaje final. Me cuesta un trabajo infinito. Cada objeto del que me desprendo lleva la marca de un epitafio, algo que me deja, algo que se ha perdido irremediablemente. Sin embargo, llegué a juntar cerca de 300 discos de acetato en mis años juveniles. Todos se derritieron en un incendio en casa de mi hermano en San Luis PotosíAsí pasa: todo es olvido y todo nos olvidará. Menciono cuatro cuya desaparición todavía lamento: Four Way Street de Crosby, Stills, Nash and Young; Paco Ibáñez en el Olympia; Bob Marley and the Wailers, Live; Francis Cabrel en el Olympia. Y uno más tardío, el de Entre amigos de Luis Eduardo Aute.

No obstante, me queda el recuerdo claro y la sospecha de que los músicos de esos cinco LPs  lograron algo casi imposible: producir un disco en vivo mayor de lo que lograron en el estudio. En el caso de Aute, cada vez que escucho una de sus canciones, me asalta la memoria y la inigualable emoción de su versión frente a un público hechizado, casi siempre más lograda. Sus grabaciones en el estudio no tienen la fuerza y la convicción de cuando las ejecutaba frente a sus seguidores. Difícil decir lo mismo de muchos artistas. El estudio corrige y ecualiza sus cualidades y desvanece los defectos. Su arte se mejora. En el caso de Aute, me parece, los auditorios le daban la maestría necesaria que no igualaba en el estudio. Hoy, la magia de Youtube puede confirmar (o negar) mi aseveración. Se lo dejamos de tarea al lector/a. Hay un arsenal enorme de presentaciones de Aute, desde sus comienzos con la joven Massiel, ataviada con un magnífico sombrero rosado, interpretando “Rosas en el mar”, hasta una actuación al alimón, varias décadas más tarde, así como sus múltiples apariciones en este siglo. Todo un mundo musical que descubrir y disfrutar.   

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Sólo se canta lo que se pierde
—Antonio Machado—

Hay dos composiciones de Aute, sin embargo, que a mí me llegan hasta la médula. Puedo recomendarlas con emoción. La primera es “Sin tu latido”, una balada que se refiere al hueco que deja la ausencia de la amada, en el cuerpo, en la almohada, en los sentidos:

Ay amor mío
qué terriblemente absurdo es estar vivo,
sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido
sin tu latido.

Es terriblemente hermosa y restaña las heridas. Una amiga me comentó que la bailó en la fiesta de su boda. Yo la sé de memoria y, siguiendo la voz de Aute, la canté muchas veces, tirado en la cama, a oscuras, cuando todo ya era nada, extrañando el latido de alguien a quien perdí. Así de hermosa y de terrible puede ser esta canción.

La segunda se llama “De alguna manera”, acompañada por un piano y una guitarra, en aquel Teatro Salamanca, de Madrid, en el disco mencionado. No obstante, esta versión la interpreta de manera incomparable Juan Manuel Serrat, quien brilla como en sus mejores días y la lleva a una altura insólita. Tanto la apreciaba Serrat, que parece que encarna la pieza y la incorpora a su repertorio. Es una obra maestra de dolor. La letra es dulce y delicada, de lo más entrañable y triste que escribió Aute. La reproduzco.

De alguna manera tendré que olvidarte,
Por mucho que quieras no es fácil, ya sabes,
Me faltan las fuerzas, ha sido muy tarde,
Y nada más, y nada más, apenas, nada más…

Las noches te acercan y enredas el aire,
Mis labios se secan e intento besarte,
Qué fría es la cera de un beso de nadie
Y nada más, y nada más, apenas, nada más…

Las horas de piedra parecen cansarse
Y el tiempo se peina con gesto de amante,
De alguna manera tendré que olvidarte,
Y nada más, y nada más, apenas, nada más…

Me cuesta trabajo oírla. Se me secan los labios y me duelen los huesos de la memoria.

Cada vez que visito un video de Aute y escucho una de sus composiciones, me convence más su elegancia para contar historias de amor y desamor que suceden todos los días, y su destreza para musicalizarlas con sencillez y complejidad, al mismo tiempo. Son cotidianas, serenas y profundas. Pruébense las dos referidas y muchas otras más, como “Slowly”, “No te desnudes todavía”, “Una de dos”, “ Pasaba por aquí”, “Las cuatro y diez”, “Dos o tres segundos de ternura”, “Todo es mentira”. Se comprobará que Luis Eduardo Aute sabía enredar el aire y peinaba el tiempo, con gesto de amante.

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Hoy, entre miles de muertos que se reportan desde España y en el resto del mundo, partió Luis Eduardo Aute, y se pararon todos los relojes. Nos dejó muchas canciones memorables. A diferencia de su propio verso, no será fácil olvidarlo. Y nada más, y nada más, a penas, nada más. Buen viaje al cantautor de Manila. Descanse en paz.

Oakland, California, 4 de abril de 2020

Fuente: Nexos, 7 ABRIL, 2020

Portada: Luis Eduardo Aute (FOTO La Voz de Galicia)

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