Margarita Ibáñez Tarín
Doctora en Historia Contemporánea
y profesora en el IES Abastos de Valencia.
Premio Catarata de Ensayo 2019.

 

El periódico El Sol fue publicado por primera vez en Madrid en 1917 y desapareció tras la guerra civil. En sus orígenes pertenecía a un grupo de accionistas de la empresa Papelera Española S.A. El socio mayoritario y principal impulsor del nuevo proyecto editorial fue Nicolás María de Urgoiti, un empresario vasco afincado en Madrid, fundador también de la editorial Calpe y figura esencial en la cultura liberal española del primer tercio del siglo XX. Su formación de ingeniero y su gran afición por la lectura lo convirtieron en el paradigma perfecto de los nuevos hombres de negocios españoles: profesionales de clase media y liberales de pensamiento político, que fueron los impulsores de las transformaciones sociales y económicas que vivió el país en las primeras décadas del siglo.[1] Madrid se transformó en ese tiempo en una moderna metrópoli, con los mismos problemas que el resto de grandes capitales europeas. Superada la gripe de 1918 —que causó estragos— la ciudad dobló su número de habitantes, que pasó de medio millón a principios de siglo a un millón en 1930. Estos cambios supusieron la aceleración del crecimiento urbano y la irrupción de la modernidad, al mismo tiempo que alteraron totalmente las coordenadas sociales, políticas y culturales del vetusto orden social tradicional. Nuevos usos y costumbres (publicidad, consumo, cine, etc.) deudores de la nueva sociedad de masas hicieron acto de presencia en España en los años anteriores a la guerra..[2]

Nicolás María de Urgoiti en su despacho (foto: El País)

El periódico El Sol, una cabecera de no muy amplia tirada, con un enfoque elitista —como declaración de intenciones no publicaban crónica taurina ni información de loterías—, que estaba dirigido a un público ilustrado y urbanita —que no tenía problemas en pagar por este diario el doble de lo que era corriente— se convirtió en la expresión periodística de las transformaciones operadas y en un factor determinante en las mismas.  Las mejores plumas del momento escribían en El Sol, desde Ortega y Gasset, Unamuno o José Bergamín hasta José Castillejo.

A la caída de la Dictadura de Primo de Rivera en 1930, El Sol era un periódico inequívocamente republicano, sobre todo por su redacción, que ofrecía una orientación de izquierda templada, pero las dificultades económicas a las que tuvo que enfrentarse su propietario mayoritario, Nicolás Mª Urgoiti, obligaron a la entrada de capital nuevo. En marzo de 1931 —en vísperas de la proclamación de la Segunda República— un grupo de monárquicos pasaron a controlar el periódico. Entre ellos estaba José Félix de Lequerica —financiador de publicaciones del incipiente fascismo— y otros hombres muy vinculados al rey, como el conde Gamazo, el Marqués de Aledo o el Conde de Barbate. La línea editorial del periódico cambió por completo. Al frente de El Sol colocaron como director a Manuel Aznar y con él desembarcaron algunos periodistas, que luego engrosarían las filas del falangismo periodístico, como Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro y Víctor de la Serna.[3]

Rotativa de El Sol (foto: El País)

En los años de la Segunda República la línea editorial de El Sol sufrió una serie de vaivenes ideológicos en consonancia con los tiempos que corrían y con la falta de rentabilidad de la cabecera. Frente a los periódicos rivales del momento, el “Heraldo de Madrid” y “El liberal”, afectos al régimen democrático y de orientación netamente de izquierdas, que pertenecían a la sólida empresa Editora Universal S. A., el tándem formado por El Sol y el vespertino La Voz (ambos propiedad de Papelera Española S.A.), sufrió una trayectoria azarosa. El Sol siguió perdiendo dinero y tras el fracaso de la Sanjurjada, la intentona golpista de 1932, el mencionado grupo monárquico abandonó la dirección del periódico, que pasó a manos de Luis Miquel, un inquieto hombre de negocios catalán que dispuso la integración de La Voz y El Sol, junto a su periódico Ahora, en la empresa Editorial Española S.A. En un primer momento el flamante empresario mantuvo la primitiva línea editorial republicana, pero muy pronto conforme su amistad con Manuel Azaña se iba resquebrajando, El Sol cambió su línea y pasó de ensalzar la figura del jefe del gobierno a vituperarlo.

La sempiterna falta de rentabilidad económica de El Sol llevó al empresario catalán a sacarlo a subasta en septiembre de 1934. La nueva propiedad, según Antonio Checa Godoy, recobró otra vez su línea editorial globalmente republicana de izquierdas y recuperó publicidad y ventas,[4] pero las vicisitudes de El Sol no terminaron ahí. En 1937, durante la guerra civil, fue incautado por el Partido Comunista y paso a ser el órgano de la formación política. Más tarde, con la victoria franquista, los talleres del periódico fueron requisados por los falangistas y se empezó a imprimir en ellos el periódico Arriba.

Cabecera de El Sol en 1938, como órgano del PCE

En las páginas que se muestran a continuación de El Sol se pueden seguir los acontecimientos de los 18 días de julio anteriores al golpe de Estado contra el Gobierno legal de la República. Leyendo estas planas no parece en principio fácil presagiar un desenlace tan trágico, aunque no faltaran rumores, sospechas y advertencias en su día.[5] La España de preguerra no era el escenario de caos y violencia política extrema que algunos se empeñan en presentar. No existía ninguna conspiración protocomunista, ni judeo masónica ni había peligro de revolución socialista, si bien no se puede negar la aguda conflictividad social que sacudía el país aquellos días y que queda patente en las páginas de El Sol. Una “epidemia” generalizada de huelgas sacudía el país, tal como rezaba un titular del martes siete de julio en el diario. Había huelgas en la construcción, en los transportes y en el campo, sobre todo en el campo. De hecho, este tema preocupaba tanto que, dado “el estado de desasosiego e inquietud en que vive estas horas dramáticas el campo en nuestro país” y para trasladarlo a los lectores con toda su “crudeza y exactitud”, la dirección del periódico había decidido contar con un enviado especial a Extremadura y Andalucía, que no se distinguía precisamente por sus afinidades con la reforma agraria. Las huelgas eran también protagonistas de una serie de artículos muy críticos con las políticas republicanas que venía publicando José Castillejo en El Sol desde 1935. Este catedrático de Derecho de la Universidad Central de Madrid, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza y factótum de la puesta en marcha de la Junta de Ampliación de Estudios, escribía una semana antes de la sublevación militar, concretamente el domingo cinco de julio, un artículo con el premonitorio título de “Meditaciones sobre huelgas. De la paz a la guerra”. En cualquier caso, lo que ocurría en España no era significativamente distinto (tal vez lo contrario) de lo que se estaba produciendo en otros países europeos, como ha argumentado Julián Casanova,[6] si bien a juzgar por lo leído en las páginas de El Sol de los primeros días de julio de 1936, la fuerza del movimiento huelguístico había llegado a límites inauditos, un hecho que la investigación actual no comparte en esos términos.[7]

José Castillejo Duarte (foto: Ateneo de Córdoba)

Es imposible señalar en esta breve presentación las líneas más importantes que condensan las primeras páginas del periódico. Cada lector las puede descubrir por sí mismo. En todo caso, haría solo tres observaciones. Una sobre la carga política que transmiten las viñetas del dibujante Bagaría. Sus dibujos destilan una amarga crítica, que centra sus dardos en las largas y poco efectivas discusiones parlamentarias de las Cortes republicanas (se prolongan por la noche hasta la madrugada en esos primeros días de julio de 1936). Una de sus viñetas muestra a un campesino desesperado que musita: “Si arasen las palabras”. La segunda observación se refiere a la de la censura. La reproducción de los largos debates, con las preguntas parlamentarias que debía responder el gobierno, encubre una forma de eludir la censura. El debate se convertía así en altavoz de los partidos de la oposición, un hecho imposible de ignorar por la prensa y del que se hacían eco las primeras planas de los periódicos. Llamaría la atención en tercer lugar sobre la importancia de la coyuntura internacional que se refleja en las páginas de El Sol. Nos informan del atentado frustrado que ha sufrido el rey de Inglaterra, Eduardo VIII, y de los primeros enfrentamientos entre las tropas chinas y japonesas en Shanghai, preludio de la invasión japonesa de 1937. La coyuntura internacional empieza a agitarse, pero como suele ocurrir “obedeciendo a una ley irrevocable —según Stefan Zweig— la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época”[8] y los lectores del El Sol están muy lejos de atisbar lo que se les viene encima.

El Sol seguía con mucha atención los acontecimientos de Unión Soviética en los días previos a la guerra civil. Publicaban el día cuatro de julio que “El interés indudable de las transformaciones democráticas en Rusia, ha movido a El Sol, en obsequio a sus lectores, a contratar con carácter exclusivo una serie de reportajes”. El periodista Corpus Barga —un viajero impenitente, entrevistador de Lenin, Trotski, Mussolini, Hitler, Pio XI y otras personalidades políticas de su tiempo, hombre de acción y amante de empresas arriesgadas que fue pasajero del primer vuelo París-Madrid en 1919 y formó parte de la tripulación del Graf Zeppelin que cruzó por primera vez el océano atlántico—  era el enviado especial de El Sol al país de los soviets. Sus crónicas —interrumpidas abruptamente por el golpe de Estado del 18 de julio— ofrecían la visión de un viajero decimonónico que cruzaba las fronteras de Europa en tren, pertrechado con grandes baúles: “lo mismo estorba una maleta —decía— que varias, y solo se viaja de modo natural como se pasea, teniendo a mano lo que se necesita. Yo viajo con una maleta-armario para la ropa, otra maleta-cajón para los libros y papeles, una maleta para el tocador, la máquina de escribir y una cámara fotográfica”. En Rusia, siempre acompañado por las señoritas del Inturist, la agencia de turismo estatal soviética, que le abrían paso graciosamente en las sempiternas colas, describía para los lectores de El Sol las ciudades que iba atravesando desde Odesa a Sebastopol. Les contaba, entre otras cosas, que se hospedaba en hoteles exclusivos enclavados en palacios, como el Hotel Londres de Odesa, donde departía con los únicos clientes del hotel, una aventurera dama inglesa y un hombre de negocios francés.

Corpus Barga y Julián Zugazagoitia en 1933 (foto: Santos Yubero)

Ese mundo burgués, confiado y seguro, estaba amenazado de muerte en esos días y los primeros envites no tardaron en aparecer. El martes 14 de julio un gran titular cubrió a ocho columnas la primera página del periódico: “En la madrugada del domingo el diputado Sr. José Calvo Sotelo es sacado de su domicilio y asesinado”. En una pequeña columna a la izquierda se informaba a los lectores del asesinato a tiros en la calle Augusto Figueroa del teniente Castillo de las fuerzas de Asalto y les remitían a una ampliación de la noticia en la página 12. A pesar de todo, la amable crónica de Corpus Barga no desapareció del periódico en esos días. Volvió a salir el jueves 16 de julio, pero ya por última vez. El domingo 19 de julio un gran titular a toda página informaba: “Se sublevan los núcleos del ejército en Marruecos y Sevilla, con los cuales luchan fuerzas leales. El Sr. Azaña confiere el poder a Martínez Barrio”.

Vistos estos acontecimientos desde la distancia, hoy los historiadores no dudan en señalar que —pese a todo— los intensos procesos de crisis de diversa naturaleza política, social, económica y en todos los ámbitos, que se vivieron en España en esos días de julio de 1936 y que de manera tan dramática reflejó El Sol en sus páginas al hablar de la epidemia de huelgas que azotaba el país en los días previos a la contienda, no fueron por sí solos los que abocaron necesariamente a la guerra civil. El desencadenante de la guerra fue el fracaso parcial de la sublevación militar contra el régimen legalmente constituido.[9] Ni el radicalismo de los discursos políticos ni los estallidos de violencia, ni la oleada de huelgas que paralizó el país, pueden ser vistos como la plasmación de una irreversible polarización que condujo ineludiblemente a la guerra civil.

Portadas de las ediciones del diario
El Sol entre el 2 y el 19 de Julio de 1936

Diario el Sol julio 1936

Las ediciones completas de El Sol correspondientes a estos días de julio están disponibles en la web de la Biblioteca Nacional de España


[1] Véase CABRERA, Mercedes, La industria, la prensa y la política. Nicolás María Urgoiti (1869-1951), Madrid, Alianza Editorial, 1994.

[2] OTERO CARVAJAL, Luis Enrique, “La irrupción de la Modernidad en la España Urbana. Madrid metrópoli europea, 1900-1931”, en Miguel Ángel del Arco Blanco, Antonio Ortega Santos y Manuel Martínez Martín (eds.), Ciudad y modernización en España y México, Editorial Universidad de Granada, 2013, pp. 247-292.

[3] CHECA GODOY, Antonio, Prensa y partidos políticos durante la II República, Salamanca, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Salamanca, 1989, pp. 104-105

[4] Ibid.

[5] Así lo han puesto de manifiesto estudios recientes sobre el golpe de Estado de julio. Véase ALÍA MIRANDA, Francisco, Conspiración y Alzamiento contra la República, Barcelona, Crítica, 2011; VIÑAS, Ángel (ed.), Los mitos del 18 de Julio, Barcelona, Crítica, 2013; VIÑAS, Ángel (ed.), En el combate por la historia, Barcelona, Pasado y Presente, 2011.

[6] CASANOVA, Julián, Europa contra Europa, Barcelona, Crítica, 2011.

[7] GONZÁLEZ CALLEJA, E., COBO, F., MARTÍNEZ RUS, A., PÉREZ, F. , Historia de la Segunda República  , Barcelona, Pasado & Presente, 2015,  p. 1129.

[8] ZWEIG, S., El mundo de ayer, Memorias de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2001, p. 451.

[9] GONZÁLEZ CALLEJA E. y NAVARRO COMAS, Rocío (Eds.), La España del Frente Popular. Política, sociedad, conflicto y cultura en la España de 1936, Granada, Comares, 2011, p.16.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia
Artículos relacionados

¿Quién quiso la Guerra Civil? Historia de una conspiración

Cuando Franco miró para Cuenca

 

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here