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El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

Antonio Herrera González de Molina
Universidad de Granada
ahergon@ugr.es

 

Este texto constituye una parte del artículo titulado “Cómo mueren las dictaduras. Movilización social y conflictividad en el tardofranquismo” (DOI: https://doi.org/10.55509/ayer/3172) que publica la revista AYER a propósito de los 50 años de la muerte del dictador. Prescindiendo de buena parte del aparato bibliográfico que acompaña al texto original, aquí se plantean algunas reflexiones en torno al camino andado en los últimos veinte años por los historiadores e historiadoras a la hora de analizar las movilizaciones sociales contra el franquismo y su vinculación con la promoción de la democracia. Por un lado, se valora el intenso trabajo realizado en las últimas décadas, pero también se advierten algunas debilidades que dejan la puerta abierta a interpretaciones maniqueas en torno al proceso de democratización. En este sentido, se señalan los riesgos del exceso de fragmentación analítica y se llama a construir un relato sintético capaz de incidir en la memoria social combatiendo las interpretaciones mecanicistas y faltas de rigor.

Entre la publicación de la conocida serie documental La Transición, dirigida por Elías Andrés y Victoria Prego en 1995, y la nueva serie La Conquista de la Democracia de 2024, han transcurrido cerca de treinta años. Entre estas dos producciones de Televisión Española, hay significativas diferencias que trascienden las cuestiones meramente técnicas o cinematográficas. Representan dos lecturas muy diferentes del proceso de cambio vivido en los setenta en España y, en consecuencia, dos interpretaciones del periodo que conocemos como tardofranquismo. Frente a la visión institucionalista, desde arriba, que dibujaba un proceso de transformación pilotado por los grandes prohombres del momento, la serie más reciente centra la atención en el papel que jugaron las movilizaciones sociales en el desmontaje del franquismo. Da voz e imagen a las acciones colectivas que se enfrentaron al represivo aparato de la dictadura, antes y después de la muerte de Franco.

Como no podía ser de otra manera, ambas producciones son fruto de su tiempo. Treinta años no pasan en balde. La crítica social respecto al proceso de Transición política, especialmente entre las generaciones más jóvenes, ha ido haciendo mella en la lectura autocomplaciente y canónica de la Transición que interpretó Victoria Prego. Resulta coherente que el relato haya cambiado. Pero estas marcadas diferencias son además reflejo del avance historiográfico de estas, al menos, tres últimas décadas. Libros, artículos, tesis doctorales, proyectos de investigación en los que han participado decenas de historiadores e historiadoras han permitido profundizar en lo ocurrido durante los sesenta y setenta hasta conseguir incorporar al relato convencional toda una serie de actores sociales y políticos hasta entonces prácticamente ausentes.

Funeral de Carrero Blanco (foto: generalisimofranco.com)

A diferencia del primer documental que inicia su relato en 1973 en torno al asesinato del almirante Carrero Blanco, el más reciente se remonta años atrás para bucear en la conflictividad social y la movilización antifranquista. Una lucha que, al menos desde finales de los cincuenta, fue recuperando un tipo de cultura política democrática que está en la base del proceso de construcción formal de la democracia. No por casualidad el subtítulo de la serie señala sin ambages “El dictador murió en la cama, pero la dictadura murió en la calle. La España democrática se la debemos a la convicción, el tesón y la capacidad de sacrificio de infinidad de personas anónimas a lo largo y ancho del país”.

Visto así, la comparación entre ambos documentales podría enorgullecer a la comunidad científica de historiadores e historiadoras al ver buena parte de sus investigaciones reflejadas en un producto audiovisual divulgativo de este calado. Mostramos en este artículo cuáles han sido los avances en el ámbito académico, sin embargo, cabe ahora señalar que queda aún camino por recorrer tanto desde el punto de vista de la investigación histórica como, sobre todo, en el campo de la divulgación y la transmisión de conocimientos.

Basta un ejemplo a partir de una sencilla prueba que hemos realizado recientemente en el ejercicio de nuestra profesión como docentes. Lanzamos un cuestionario a los ochenta y cinco estudiantes del tercer curso del grado de Historia de la Universidad de Granada (2024-25) en el que preguntábamos si el franquismo había contribuido a la construcción de la democracia en España. Seis de ellos no marcaron ninguna de las cuatro posibles respuestas dadas. Tan solo un 25,9 % de los encuestados fue rotundo en su respuesta marcando la opción que señalaba que “El Régimen fue un enemigo de la democracia hasta el final y no hizo ningún intento honesto por implantarla”. La mayoría del estudiantado (37,6%) se inclinó por la opción que señalaba que “Franco nunca fue un demócrata, pero existió un ala aperturista dentro del Régimen que quiso reformar el sistema en un sentido liberal-democrático”. Otra de las opciones que se ofrecía señalaba que el franquismo no había contribuido a la democracia, “pero lo cierto es que hizo reformas (democracia orgánica) que deben ser consideradas como un antecedente claro de la democracia”. Esta opción concitó el interés del 15,3% de los participantes. La última de las posibilidades que abundaba en el argumento del desarrollo económico como artífice de la democracia fue elegida por el 14,1% de los encuestados que marcaron la respuesta que decía Sí contribuyó, procurando el desarrollo económico preparó a la sociedad para la democracia.

El peso relativo de esta última opción muestra el duradero impacto de la caracterización del franquismo que realizó Juan Linz cuando en 1964 lo calificó como “régimen autoritario con pluralismo político limitado y sin responsabilidad: sin una ideología elaborada y orientadora (pero con una mentalidad distintiva)” y, por tanto, con margen para protagonizar un proceso de modernización económica que para algunos sería la base del posterior proceso de democratización.

Mota del Cuervo (Cuenca), 4-6-1965.- Intervención de Fernando Herrero Tejedor en los actos conmemorativos del XXX aniversario del discurso pronunciado por José Antonio en esta localidad. Entre los asistentes se encuentran, detrás de él y de izq. a dcha., Rodolfo Martín Villa, con gafas de sol; Adolfo Suárez y Juan José Rosón. EFE/Luis Millán

Este sencillo ejercicio nos permite adivinar la fuerte impronta de la narrativa convencional de la Transición (y del segundo franquismo) en el imaginario colectivo, no solo entre estudiantes de bachillerato (Tappi y Tébar, 2023), sino también entre el alumnado del grado universitario de Historia. Parece evidente que las respuestas (excepto la primera) hacen derivar la consecución de la democracia de un camino iniciado por el propio régimen, minusvalorando el decisivo papel de la movilización antifranquista en el proceso de construcción de la democracia. Como mucho, se podría inferir de las respuestas marcadas que la movilización social simplemente aceleró un proceso de cambio que ya había iniciado el propio régimen, lo que de nuevo acaba otorgando a la oposición antifranquista un papel secundario.

Seguramente sin saberlo, en sus respuestas, estos estudiantes, retienen una frase que los historiadores creíamos ya desterrada hace tiempo y que sintetiza el desprecio por la movilización antifranquista en la construcción de la democracia: “Franco murió en la cama”. Es incontestable que el dictador murió el 20 de noviembre de 1975 en la cama tras una larga agonía. También es generalmente reconocido que el franquismo no murió en esa cama, sino que existieron evidentes continuidades incluso más allá de las elecciones de junio de 1977. Pero de la misma forma que aceptamos que el franquismo no murió ese año, deberíamos aceptar que la democracia tampoco nació entonces. Cuidado, no estoy insinuando, como marcaron algunos de nuestros estudiantes, que el franquismo inició el camino a la democracia. Todo lo contrario. El franquismo representó hasta el final, e incluso muerto el dictador, todo lo opuesto a una democracia. Lo que vengo a señalar es que, bajo el franquismo (mejor dicho, en oposición al franquismo), se comenzó a gestar la democracia. Lo que pretendo remarcar es que, aprovechando las grietas de la dictadura (o más bien forzando la aparición de rendijas en la dictadura) se fue construyendo la democracia. Si no prestamos atención a las movilizaciones y a la conflictividad social de los últimos años del franquismo, difícilmente podremos entender, con sus virtudes y sus defectos, la construcción de la democracia en España.

El optimismo del que hacía gala más arriba al comparar los dos documentales sobre la Transición se diluye, por tanto, al pensar que fue hace algo más de veinte años cuando Pere Ysás (2004) dedicó un libro precisamente a desmontar el significado deslegitimador de la frase referida a la “plácida” muerte del dictador. Utilizando las fuentes del régimen para tratar de controlar el orden público, Ysás describía la acción desarrollada por los principales colectivos disidentes y subversivos (estudiantes, obreros, intelectuales y eclesiásticos) que, en su lucha contra el sistema, fueron forjando valores y principios democráticos al rechazar el autoritarismo y la arbitrariedad en la toma de decisiones. Parece, sin embargo, a la luz de las respuestas de algunos de nuestros estudiantes, que sigue habiendo dificultades para construir y hacer que cale un relato en el que, como señalaba hace años Geoff Eley (2003), volvamos a vincular la democracia a los movimientos sociales.

Manifestación por las calles de Vallecas (Avda. Monte Igueldo) el 22 de julio de 1970 tras la muerte de tres albañiles en la represión policial de la huelga de la Construcción de Granada un día antes (foto: Nueva Revolución).
Movilización social y democracia

En buena medida, la dificultad a la que aludíamos podría derivar de algunos prejuicios que perduran en el imaginario colectivo. El primero de ellos tiene que ver con el hegemónico concepto que hoy manejamos de democracia. Se trata de una concepción excesivamente estática que entiende este modelo de gobierno exclusivamente en base a parámetros políticos predeterminados, asociada a reglas y procedimientos establecidos y vinculado a la mera existencia de instituciones representativas y parlamentarias. Esto ha generado interpretaciones de la democracia exclusivamente formales, mecanicistas, unilineales y, en ocasiones, teleológicas. La clasificación y medición internacional de la democracia ha ayudado a generalizar esta concepción estática que jerarquiza a las naciones (con escasa sensibilidad respecto a otras escalas del poder) en función del grado de cumplimiento de un conjunto más o menos mensurable de requisitos. (Lipset, 1959; Pulido, 2024). Parece lógico pensar que la democracia así entendida llegó a España en 1978 con la aprobación de la Constitución. Se trataría de ver simplemente quiénes fueron los artífices de su elaboración y analizar su contenido como fruto de un juego de concesiones y sacrificios mutuos de las élites en el poder en beneficio del bien común.

Podemos, sin embargo, alejarnos de esta lectura elitista adoptando un concepto más dinámico y amplio de democracia. Amplio, en primer lugar, en el sentido que expresaba John Dewey (2017) cuando entendía que más que un conjunto de normas, la democracia comportaba un cierto estilo de vida. Y, en segundo lugar, un concepto más dinámico en el sentido que señalaba el filósofo Walter Bryce Gallie cuando incluía a la democracia en el grupo de los “conceptos esencialmente controvertidos” (Markoff, 2017). En última instancia, se trataría de potenciar como historiadores el acercamiento fenomenológico, que no ontológico, a la democracia. Resulta así más interesante entender el proceso de democratización como fenómeno en construcción, inacabado, más que como meta final a la que se llega tras cumplir una serie de requisitos preestablecidos.

La dictadura franquista, y las limitaciones de la democracia después, pueden ser así entendida como un desafío constante para los movimientos sociales, para la acción colectiva, para la protesta y el conflicto. De hecho, históricamente, la democracia ha sido el resultado de la compleja interacción entre al menos tres grupos relacionados con el poder. Los que ostentan el poder desde las instituciones gubernativas; los que en contacto directo con el poder se posicionan a favor de reformas; y, finalmente, la sociedad civil que más o menos organizada es capaz de presionar a los poderosos en la toma de decisiones (Markoff, 2018). La perspectiva convencional de la Transición a la democracia, la que sirvió de base al relato del documental de Victoria Prego, ha estudiado con profusión la relación de los primeros “actores” con los segundos, pero no ha sido hasta hace relativamente pocos años que se ha prestado atención también a la interacción con los terceros, es decir, al impacto de las movilizaciones sociales en la contienda política.

Huelga general de septiembre de 1975 en Vigo (fotograma del documental Vigo 1972)

El reciente análisis de las movilizaciones sociales protagonizadas por diversos colectivos (asociaciones vecinales, obreros, estudiantes, nacionalistas, agricultores, intelectuales, curas obreros, maestros, mineros, etc.) ha conseguido poner también en el centro del proceso de cambio social y político a este tercer “actor” que fue capaz de rebasar con su acción el intento continuista del régimen. Esto tiene que ver con el creciente interés y preocupación actual por la democracia y, sobre todo, por su proceso de construcción y destrucción. Efectivamente, su entendimiento como proceso histórico ha dado lugar a una revalorización del papel ejercido por algunos colectivos sociales cuya acción ha sido capaz de generar capital social-democrático, capaz de construir cosmovisiones compartidas de sistemas de gobernanza y toma de decisiones basados en la cooperación y la no dominación. Desde Robert Putnam, e incluso desde Alexis de Tocqueville, se acepta que el asociacionismo tiene esta virtud de generar capital social. Esta idea está detrás de los diversos estudios que en los últimos años han centrado la atención en las asociaciones vecinales, de mujeres o culturales entendidas como “escuelas de democracia”. Pero, como también veremos, algunos en los últimos años nos recuerdan que no deberíamos olvidar que además del asociacionismo, existen otras vías de generación de capital social democrático. Nos referimos fundamentalmente al conflicto, aún en contextos de ausencia de libertades como en el franquismo.

Aquí topamos con el segundo de los axiomas o prejuicios que han marcado la lectura más convencional del cambio de régimen y que dificultan que en el imaginario colectivo se vincule directamente la movilización antifranquista con el éxito de la democracia. Me refiero a la mecánica identificación entre consenso y democracia. La idea de que el consenso, el acuerdo, el pacto y la concordia son la base de la democracia y en este caso de la Transición española, dejando la conflictividad, por el contrario, como fenómeno antagónico a la democracia. Nada más lejos de la realidad, nos dijo la teoría política (Bermeo, 1992). El conflicto social, el disenso y el desacuerdo son consustanciales a la democracia. De no existir, cualquier régimen que se precie resulta a todas luces poco democrático. La campaña de propaganda orquestada por Manuel Fraga en 1964 para celebrar los “25 años de paz” de Franco, constituye un buen ejemplo de ello. A diferencia de otros modelos políticos autocráticos o dictatoriales, la democracia se caracteriza, entre otras cosas, por permitir el disenso y la conflictividad. Es una de sus principales características. Históricamente el desafío más o menos conflictivo de aquellos que se sienten excluidos, ignorados o marginados en la toma de decisiones ha dado forma a los sistemas políticos.

Seguramente conseguiríamos proyectar una imagen más poderosa de la protesta social durante la Transición si fuéramos capaces de trasladar a nuestros estudiantes, y a la sociedad en general, la complejidad de los procesos de democratización. También si fuéramos capaces de desprendernos de algunos de los prejuicios citados sobre la democracia y su carácter finalista. Podríamos así volver a vincular con claridad el cambio de régimen político con las movilizaciones sociales protagonizadas por cientos y miles de personas durante el franquismo.

Encausados del proceso 1001 en la cárcel de Carabanchel (foto: lavozdelarepublica.es)
Riesgos y retos

Tras el amplio repaso a la producción científica de las últimas décadas realizado
en el artículo original publicado en Ayer, quisiera acabar este texto con dos reflexiones que parten de la autocrítica. Por un lado, una consideración sobre los riesgos del camino de investigación descrito. Por otro, una reflexión en torno al reto de trasladar los avances historiográficos a la sociedad.

En primer lugar, la crisis de la democracia actual y el considerable aumento de la desconfianza en el modelo representativo, además de animar y envalentonar a las alternativas antidemocráticas, han generado un inusitado interés por conocer a fondo los ámbitos informales de la política; por conocer los espacios no institucionalizados donde se cruzan el poder y la ciudadanía, los lugares y mecanismos concretos a través de los cuales la gente común se socializa políticamente y adquiere compromisos colectivos. En la disciplina de la Historia esto ha reactivado el interés retrospectivo por los procesos de democratización a escala local, lo que se ha revelado, para los estudios del antifranquismo, como una explosión de casos de micro-movilización social. Por una parte, esto ha reforzado la imagen de una sociedad dinámica y activa más allá de la conocida militancia política y sindical, pero, por otro lado, se corre el riesgo de desmigajar en exceso el objeto de análisis. Este es uno de los principales peligros de esta línea de análisis: convertir en democratizadora cualquier acción social, incluso no colectiva, por cotidiana.

Quizás deberíamos, por un lado, aprovechar las nuevas tecnologías aplicadas al estudio de la Historia para escapar del peligro del desmigajamiento, tratando de componer una fotografía general que nos permita lanzar nuevas hipótesis interpretativas sobre el proceso (aunque, evidentemente a partir de casos concretos); y, por otra parte, tratar de diferenciar, que no jerarquizar, el grado de impacto democratizador que tienen unas u otras acciones. No atendiendo al grado de conciencia política desde una perspectiva militante (a estas alturas no se trata de pedir el carnet del partido o del sindicato), sino atendiendo a la capacidad que tiene un conjunto de acciones para generar valores democráticos, para promocionar fórmulas de participación igualitarias, evitar relaciones de dominación y, en definitiva, para construir un modelo de convivencia basado en la autolimitación de la libertad personal en favor de la libertad colectiva.

En segundo lugar, llegados a este punto, resuelto académicamente el debate de la Transición “desde arriba” o “desde abajo”, merece la pena pararse a reflexionar, como acertadamente plantea Xavier Domènech (2022), si no tenemos ya suficientes evidencias como para trasladar un relato coherente claramente alternativo que sitúe la transformación social en el centro del cambio político. Es decir, pasar de la acumulación cuantitativa de acciones y movimientos sociales (que adherir al relato convencional) a la deconstrucción cualitativa de una interpretación general que podamos trasladar y con la que podamos “competir” en el mundo del consumo rápido y corto de información. Todo con el objetivo de conseguir que en unos años los estudiantes marquen mayoritariamente en nuestro cuestionario inicial la opción que decía “El Régimen fue un enemigo de la democracia hasta el final y no hizo ningún intento honesto por implantar la democracia” y puedan valorar así cómo y quiénes construyen una democracia o, lo que es lo mismo, puedan conocer cómo mueren las dictaduras.

Funeral de los abogados de Atocha, Madrid, 26 de enero de 1977. Imagen: A.G./Reuters.
Referencias

Bermeo, N. (1992), “Democracy and the Lessons of Dictatorship”, Comparative Politics, 24, pp. 273-291.

Dewey, J. (2017), La democracia como forma de vida, Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana.

Eley, G. 82003), Un mundo que ganar: historia de la izquierda en Europa 1850-2000, Barcelona, Crítica.

Lipset, S. (1959), “Some Social Requisites of Democracy: Economic Development and Political Legitamacy”, The American Political Science Review, 53 (1959), pp. 69-105.

Markoff, J (2017), “Essential Contestants, Essential Contests,” Research in Political Sociology 24, pp. 121-154.

Markoff, J. (2018), Olas de democracia. Movimientos sociales y cambio político, Granada, Comares.

Pulido, C (2024), “Los retos de medir la democracia. Una revisión de los índices de democracia”, Revista Española de Ciencia Política, 64, pp155-178.

Tappi, A. y Tébar, J. (2023), La Transición española en las aulas. Historia y memoria en la enseñanza secundaria, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Ysàs, P. (2004) Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, 1960-1975, Barcelona, Crítica.

Fuente: Conversación sobre la historia

Portada: Passeig de Sant Joan/Carrer Provença, Barcelona, 1 febrer 1976, fotografía de Manel Armengol, Museo Nacional de Arte Reina Sofía, AD08600.

Ilustraciones:  Conversación sobre la historia

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