Estrella Trincado*
Universidad Complutense de Madrid
El periodo que va desde 1860 a 1929 fue sin duda complejo, un periodo de transición de ideas políticas y económicas, y de cambios económicos estructurales. De la Inglaterra ‘fábrica del mundo’ a mediados del siglo XIX se pasa en pocas décadas a la primera gran globalización del comercio, las finanzas y las migraciones sin restricciones, no como hoy. Además de la integración económica internacional, la “época dorada” de la primera globalización (1896 a 1914) está asociada a cambios tecnológicos e institucionales conocidos como la segunda industrialización. En palabras de Joseph Schumpeter (1942), es un periodo de “destrucción creativa” y la acumulación capitalista se hizo compatible con aumentos de los niveles de vida gracias a la producción en masa, el uso generalizado de la electricidad y las vacunas y redes de agua potable en las ciudades. Es decir, la mejora de los niveles de vida no sólo se debió al crecimiento de los salarios, sino también a la intervención del Estado, por ejemplo, en la reforma sanitaria de las ciudades (Escudero, 2002). Como decía Schumpeter (1934), el crecimiento económico debía estar vinculado al bienestar de la población para mejorar la situación social. Pero eso no sucedió del todo en esta primera globalización y por ello este periodo abocó a la primera Guerra Mundial (Frieden, 2007). La competencia redujo masivamente los precios internacionales, lo que generó tensiones internas y un deseo de asegurar la independencia económica. Por ejemplo, tras la guerra civil americana (1861-65), que ganan los republicanos antiesclavistas del norte, se impulsó la industrialización de EE. UU., con su imparable ascensión económica. Sin embargo, los intereses industriales del norte favorecieron los derechos aduaneros altos para proteger las industrias emergentes. La Ley McKinley de 1890 y la Ley Dingley de 1897 aumentaron considerablemente los aranceles, lo que reflejó un giro hacia el proteccionismo económico. Es plausible relacionar este giro con la deriva proteccionista impulsada por Donald Trump.
En cualquier caso, en el siglo XIX la industrialización no estaba exenta de conflictos. Desde la primera Revolución Industrial, Gran Bretaña había presenciado una fuerte lucha obrera que impugnaba las condiciones de vida de las fábricas. A principios del XIX, el ludismo desorganizado impulsó el cartismo (1838-1848), que luchaba por cambios políticos con la introducción del sufragio universal masculino. En economía, como se mostraba en la anterior entrada de Economía para Escépticos, el movimiento liberal tenía clara aceptación, especialmente a través del liberalismo o capitalismo manchesteriano (término usado de modo peyorativo por Ferdinand Lasalle), un movimiento cosmopolita y antiimperialista que surge en 1838 de la mano de Richard Cobden, defendiendo el librecambio del grano para evitar las hambrunas. En cualquier caso, durante el siglo XIX el poder económico, que tradicionalmente se basaba en la propiedad de la tierra, ahora provenía de la tecnología, algo que se reforzó con la introducción del taylorismo, con su estricto control de los tiempos de trabajo.
-I-
Política, economía y conflicto entre igualdad y libertad
En el ámbito de las ideas, algunos abogaban por la mejora de las condiciones laborales mediante una transformación impuesta desde arriba. En contraste, otros expresaban su desconfianza hacia las intenciones de los gobernantes y clamaban por un cambio que surgiera desde abajo, como camino hacia una sociedad verdaderamente libre. En el primer grupo, algunos sostenían que el conflicto de intereses entre el capital y el trabajo debía ser gestionado bajo la autoridad de un gobierno, mientras que otros defendían la idea de alcanzar una armonía de intereses a través del cooperativismo.
Este era el caso de los socialistas utópicos, nombre despectivo que eligieron Marx y Engels para referirse a las teorías de Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, que contrastaban con el “socialismo científico” que ellos crearon. Este socialismo utópico ha sido poco estudiado, o sólo por colectivos antisistema, pero tuvo una importante influencia en la política y la economía (para un estudio reciente, ver Madden y Persky, 2024). A contracorriente de las grandes abstracciones de Ricardo y Marx, dicho socialismo iba en una dirección adecuada al proponer una sociedad menos desigual y más transversal, en la que todos tuvieran más oportunidades (Gallego, 2022, 255). De hecho, fue la base del movimiento fabiano que desde 1884 reivindicaba transformaciones graduales del capitalismo a través de una educación elitista. Fue el germen del Laborismo inglés, así como de la London School of Economics and Political Science (LSE). Las propuestas de Owen (1813) fueron asumidas por el Parlamento inglés mediante las leyes de fábrica (véase Trincado y Santos, 2017) y los Falansterios de Fourier (1829) fueron precursores de las tomas de fábricas en Europa tras la Primera Guerra Mundial o de los movimientos contraculturales del 68 francés, que reformularon el anarquismo como una forma de liberación espiritual del capitalismo consumista. Algunos grupos feministas participan actualmente de esta resistencia a la autoridad, que consideran un concepto masculino de dominación machista.
Pero aquí hablaremos del segundo grupo, los que pedían una transformación desde abajo, anarquistas, libertarios o liberales, que empezaron a poner la acción humana espontánea en el centro de la sociedad libre. Así, el anarquismo, con una fuerte base utópica, defendía que el autocontrol puede sustituir al control desde arriba dado que la conducta buena se haría espontánea sin necesidad de intervención externa. En la línea de Rousseau, predicaba que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que le corrompe. Rousseau proponía guiarse por la voluntad general para evitar la esclavitud de la sociedad desarrollada, es decir, que cada uno dependa de todos, pero de nadie en particular. Y así los anarquistas apelaban a una libertad que dependía de la de todos, así como de la igualdad social. Por ejemplo, el francés Pierre-Joseph Proudhon (1846) defendía la “igualdad de oportunidades”, que también el economista clásico John Stuart Mill (1848) pedía para que el sistema de mercado tuviera un resultado justo. Proudhon (1846), sin embargo, creía que esa igualdad sólo se lograría a través del mutualismo, con contratos mutuos sin propiedad exclusiva.

Es interesante la definición de libertad del anarquista ruso Mijael Bakunin (1814-76) como una “cualidad de la mente liberada del interés propio”. Según Bakunin, sólo puede encontrarse la libertad en una unidad social que elimine las relaciones de poder. Para mantenerse libre, Bakunin recomendaba la obediencia a las leyes naturales y ser independiente de las órdenes humanas, sean individuales o colectivas. Sin embargo, para él esa libertad sólo debe garantizar la “igualdad de tratamiento”: el hombre que no trabaja (y puede hacerlo), puede dejársele perecer. No contribuye a la sociedad, no merece disfrutar de sus beneficios. Bakunin era internacionalista, creía que el proletariado de todas las naciones debía romper las cadenas del capitalismo y ser él mismo su propio empleador. Es la propuesta de la autogestión, que supone un cambio radical en la situación de los trabajadores, que pasarían a gestionar colectivamente la economía. Implica un derecho a una participación efectiva en todos los aspectos de la vida, creando relaciones sociales, grupos y colectividades que reduzcan las relaciones verticales de poder. Los peligros que señalaban los mismos defensores de la autogestión eran, entre otros, la burocratización y la esclerosis de los dirigentes, es decir, que se institucionalizara el poder (pueden verse algunos otros inconvenientes en Trincado (2007). Así, Bakunin defiende un “federalismo autogestionario socialista” que diera el poder económico de la fábrica a los trabajadores sin crear poderes políticos paralizantes. Bakunin tuvo gran influencia en la Primera Internacional (Asociación Internacional de Trabajadores) (1864-1876). Pero, como es bien conocido, en ella surgieron dos facciones irreconciliables, los marxistas y los anarquistas, unos defendiendo como fase intermedia la dictadura del proletariado (si es necesario, nacional); otros, como Bakunin, que consideraban la dictadura como incompatible con la libertad. Finalmente, a fines del siglo XIX Piotr Alexeievich Kropotkin (1842-1921) también defendió el anarquismo planteando la tercera forma de igualdad, la de resultados (“dé cada uno según sus capacidades, a cada cual según su necesidad”), más típica del anarco-comunismo. Pero el problema de saber qué necesidades y posibilidades tiene cada uno no es cuestión menor. Y he ahí la cuestión que, como veremos, intentaron dilucidar los economistas, liberales o libertarios, desde la ciudad de Viena.
Pero antes conviene detenerse en el mundo de la política, que sin duda influyó mucho en las ideas económicas del periodo. Proudhon (1809-1865) provenía de Francia y había visto languidecer el espíritu de la revolución francesa, que, al basarse en un espíritu individualista opuesto a la acción colectiva obrera, había degenerado en un imperio. En 1870, Francia luchó contra Prusia en la guerra franco-prusiana y fue derrotada (perdiendo Alsacia y Lorena en 1871). Ello llevó a la sublevación al pueblo de Paris, momento en que se intentó el anarquismo autogestionario: la Comuna de 1871, que inspiraría la revolución alemana de 1918. Ante esta revuelta, las tropas de Versalles, unidas a los prusianos, tomaron Paris y tras una dura represión comenzó la III República francesa, que daría especial importancia a la igualdad mediante la educación pública y laica. Desde entonces, se hizo evidente que la línea anarquista iba a encontrar una fuerte oposición de los gobiernos, fueran estos repúblicas o imperios, y que la lucha internacional seria sustituida por la política de partidos nacionales, a los que no les interesaba experimentar con instituciones creadas espontáneamente. Ello ahondó en la crisis del internacionalismo y llevó a la expulsión del bakuninismo de la Internacional Socialista en el Congreso de la Haya de 1872.
En 1870 el Imperio Alemán surgió como nueva potencia tras el logro de la unificación política de 28 estados, con una estructura federal, aunque con un fuerte componente autoritario. Para evitar la revolución, Bismarck adoptó reformas sociales promoviendo la colaboración de la industria, la banca y el Estado, que nacía con un claro deseo imperialista y se basaba en políticas proteccionistas. El socialismo encontró a partir de 1890 una cabeza visible en Eduard Bersntein. Estos partidos socialistas, sin embargo, aunque condenaban el colonialismo y las guerras, apoyaron la Primera Guerra Mundial y, tras la guerra, eliminaron a su facción más espontaneísta, crítica de la guerra, la Liga espartaquista, liderada por Rosa Luxemburgo (Trincado, 2010).

Sin embargo, Bakunin o Kropotkin provenían de Rusia, país donde la población llevaba siglos subyugada por una autocracia zarista, que mantuvo la servidumbre hasta 1861. Alejandro II intentó introducir reformas, pero fue asesinado en 1881 a manos precisamente de los revolucionarios, y ello de nuevo llevó a reforzar el autoritarismo. Eso sucedió en distintos países, donde los anarquistas, defensores del internacionalismo, promovieron una oleada de atentados, como el asesinato del presidente de la república francesa (1894), del jefe de gobierno español (1897), de la emperatriz de Austria (1898) o del presidente de los Estados Unidos (1901). En un movimiento pendular, ello puso al pueblo en contra del anarquismo y reforzó el autoritarismo. Sin embargo, Japón, una autocracia tradicional, logró en esa época evitar ese tipo de atentados anarquistas, y aunque feudal hasta la revolución Meiji de 1868, despegó gracias a la colaboración del Estado y la industria en grandes conglomerados (los Zaibatsu).
De hecho, a partir de 1881, el movimiento libertario se fraccionó. El anarco-comunismo propugnaba la acción violenta, con dirigentes como Errico Malatesta. Por otra parte, los anarco-sindicalistas intentaron organizar los sindicatos con defensa de la acción directa y la huelga general (en el congreso de Amiens 1906) defendiendo la violencia fabril en Francia y Rusia, y también en la España de la década de los 30, una visión estética de la violencia que fue revalorizada por el fascismo o por los intelectuales, Wilde o Pissarro entre otros, a quienes no les repugnaba “la propaganda por la acción” (Burrow, 2000, 262). Los sindicatos se volvieron un contrapoder de los partidos (en Inglaterra retrasaron la formación del Partido Laborista, en España limitaron la influencia del PSOE creado en 1879). Sin embargo, a partir de la Segunda Internacional (París, 1889), los partidos nacionales monopolizaron las demandas de leyes para proteger a los trabajadores. Con el tiempo, los aspectos administrativos de la vida sindical fueron prevaleciendo sobre el instinto de revuelta y las burocracias sindicales se hicieron inamovibles, acentuando la tendencia a la concentración. El sindicalismo francés revolucionario se debilitó, aunque a partir de 1890, las Bolsas de Trabajo desempeñaron un importante papel como organismos interprofesionales y la CGT continuó liderando el sindicalismo revolucionario antimilitarista.
Por su parte, Gran Bretaña era una monarquía liberal cada vez menos autoritaria, aunque basada en la política colonial del imperio británico y en una fuerte estratificación social. De hecho, la Cámara de los Lores, que representaba, por lo general, a los terratenientes, mantuvo el derecho de veto a las leyes hasta 1911 (Brayly, 2010, 351). Por último, el Imperio austriaco tras la revolución de 1848 se reafirmó como monarquía autoritaria. A partir de 1867, el emperador Francisco José comenzó un reinando dual de Austria y Hungría donde por su lado Austria reconocía las liberades públicas y Hungría, gobernada por los grandes propietarios de tierras, restringía las libertades. En Austria se produjo una importante industrialización, especialmente en Viena, a principios del siglo XX una ciudad modernizada y con una vibrante intelectualidad (Cockett, 2024). El problema plurinacional y las tensiones en los Balcanes enfrentaron Austria a Serbia y su aliado Rusia y llevaron a la Primera Guerra Mundial tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, heredero de la corona austriaca. Pero, entremedias, el primo de Francisco Fernando, el príncipe Rodolfo, tuvo el privilegio de tener como tutor al economista Karl Menger (1840-1921). Precisamente, de su doctrina surgiría una visión libertaria, distinta de la de los anarquistas. En 1919, la dinastía de los Habsburgo en Austria fue destronada y se proclamó una república democrática hasta la Gran depresión, aunque en 1933 se convierte en dictadura como otros países europeos.

-II-
Viena ante el problema de las necesidades
En Austria, Karl Menger publicó en 1871 unos Principios de Economía y junto a William Stanley Jevons en Inglaterra y Leon Walras en Lausana provocó la que se ha dado en llamar en economía la Revolución Marginalista. Menger mantuvo una conocida polémica con el método historicista que los alemanes aplicaban en las ciencias sociales. Era el llamado Methodenstreit (batalla de los métodos) con la Escuela Histórica Alemana liderada por Gustav von Schmoller. Menger (1883) planteaba la necesidad de dejar atrás el método histórico (que consideraba que el todo es más que la suma de las partes y que la historia determina las actitudes de las partes), para concentrarse en la naturaleza atomística y subjetiva de la ciencia social. Frente a los clásicos, Menger planteaba que el valor de los bienes no depende del coste de producción, sino de la sensación subjetiva de necesidad urgente del bien, así como de las decisiones individuales. Estas decisiones pueden tornarse equivocadas, pero se van adoptando en un proceso de elección racional entre distintas opciones de bienes económicos (limitados) o no económicos (ilimitados). Los bienes de primer orden (bienes de consumo), dice Menger, satisfacen directamente necesidades; los bienes de orden superior (bienes intermedios o de capital) satisfacen indirectamente las necesidades de los consumidores gracias a que los empresarios las anticipan. Pero el valor de un bien sólo surge cuando una persona se da cuenta de que la satisfacción de esa necesidad depende de la capacidad para disponer del bien. Los individuos tratan de satisfacer las necesidades más urgentes antes que las menos urgentes y, si adjudicaran un valor numérico a cada necesidad, dispondrían sus consumos de tal modo que las satisfacciones fueran iguales en el margen. Si la satisfacción fuera menor que la del margen, se desprenderían de esa última unidad para ganar satisfacción. Es el coste de oportunidad, el segundo óptimo, aquella necesidad a la que se tiene que renunciar para consumir. De ahí el término marginalismo, que en autores como Jevons o Walras se expone en términos matemáticos.
A mediados de los años setenta la enseñanza de Menger había comenzado a atraer a un número de seguidores en Viena, especialmente Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser, lo que llevó a crear una escuela austriaca de economía. Estos economistas daban especial importancia al empresario, una figura ya definida desde el siglo XVIII, pero que Adam Smith había relegado. Cantillon (1755, 74) lo define como aquél que compra a un precio cierto y vende a uno incierto; Jean Baptiste Say (1836, 78) como el planificador que desplaza recursos de zonas menos productivas a otras más productivas (pueden verse las distintas figuras del empresario en Trincado, 2009). Menger planteaba que el empresario valoraba los medios de producción dependiendo de su capacidad de producir bienes de consumo que pudieran satisfacer necesidades futuras de las familias. Así, el economista austriaco Kirzner (1997, 275-6) describe hoy en día al empresario como un descubridor de satisfacciones que afronta la incertidumbre, propio de la función creativa empresarial (Huerta de Soto, 2000, 189).

Los economistas de la Escuela Austriaca fueron especialmente relevantes en los años 20 del siglo XX, cuando surgieron los debates sobre la imposibilidad de cálculo económico en el socialismo. Ludwig von Mises y Friedrich Hayek argumentaban, frente a socialistas o marxistas como Oskar Lange y Abba Lerner, que la coordinación económica sin mercado no es posible ya que, a falta de sistema de precios, no se conocen las necesidades ni cómo asignarlas. Esta información es subjetiva y dispersa, y la abolición de la propiedad privada la destruye. Para Hayek (1944), no fue casualidad que el marxismo ruso y el nacionalsocialismo alemán dieran como resultado la abolición de las libertades civiles. La tiranía es el corolario político del socialismo.
Sin embargo, los críticos dirían que en el mercado las necesidades de los pobres no son tenidas en cuenta y que el capitalismo podría acabar en plutocracia. La concepción mítica del Estado llegó por múltiples vías al Imperio Alemán e inspiró una justificación teórica de la tradicional actitud prusiana según la cual el Estado había de intervenir en cualquier campo donde estuviese amenazado el bien común y había de mantener el equilibrio entre los diversos intereses en conflicto. Como dice Rojo (2004), era una concepción cercana a la mantenida por los llamados “socialistas de cátedra” -entre los que se encontraba una buena parte de los economistas pertenecientes a la “joven” Escuela Histórica- que, reunidos en el Congreso de Eisenach de 1872 (cuyo manifiesto fue redactado por Schmoller), proclamaron al Estado como “el gran instituto moral de educación de la humanidad” defendiendo un reformismo conciliador de los diversos grupos sociales. Rechazaban el individualismo liberal; pero también el socialismo obrero en cuanto que se limitaba a representar el ideal de las clases que consideraban inferiores, los trabajadores.
La fama de Menger, sin embargo, se basó en su crítica al elitismo y al paternalismo de la aristocracia. También la teoría del conocimiento de Friedrich von Hayek es anti-aristocrática. En su libro El camino de servidumbre de 1944, señalaba que el conocimiento está disperso y el empresario no es un agente especial que planifique el futuro mejor que la masa. Simplemente, el “orden espontáneo” surge de la interacción de un grupo descentralizado de agentes que actúan en un sistema de precios (Hayek 1945).

Pero Mises sí era elitista. Su teoría de la acción humana era absolutamente subjetivista y para él, el empresario es un agente especialmente perceptivo, el individuo con talento (Mises 1990). Para él, esa desigualdad en las capacidades debe ser la base de la desigualdad de riqueza (Mises 1961, 190). Mises creía en el elitismo de una aristocracia de empresarios, nacidos estrategas, y cuando en los círculos de Viena se debatió sobre la posibilidad de introducir cooperativas, él las criticó profundamente. Los defensores de la autogestión suponían una igualdad natural: todos los trabajadores tienen capacidad de cálculo económico. Y, en los círculos vieneses, los representantes académicos oficiales de la teoría económica de las cooperativas a menudo pertenecían al campo colectivista (que en Viena se llamaba Círculo Spann), no a la escuela individualista de Karl Menger (Trincado 2022). En particular, Othmar Spann (1878-1950) tuvo una influencia clave en el pensamiento conservador y tradicionalista alemán de la Nueva Derecha en el período posterior a la Primera Guerra Mundial. Defendió el universalismo basado en valores nacionalistas y la colectividad abogando por un sistema corporativista emparentado con el sistema gremial de la Edad Media (Spann 1930, 61). Su influencia en la creación del Nacionalsocialismo, que Hayek criticaría, es evidente. Y también fue más influyente de lo que se ha reconocido en los estudios sobre el nacimiento del capitalismo en España de economistas como Bermúdez Cañete, diputado de la CEDA asesinado a principios de la guerra civil (Robledo, 2017).
En cualquier caso, Mises critica muy duramente a las cooperativas. Según él, estas no pueden soportar la competencia de las empresas privadas sin la ayuda de privilegios especiales y del favoritismo del gobierno, porque democratiza la función del empresario, que sólo debería desarrollar el hombre de talento. Además, la economía de mercado es, dice Mises, más democrática que la organización cooperativa, ya que se trata de una cooperación social basada en la especialización para la producción de los bienes y servicios que desean los consumidores.
El proceso de mercado es una votación repetida diariamente en la que cada centavo da derecho a votar. Los compradores, al preferir aquellos productos que, en términos de precio y calidad, se adaptan mejor a sus necesidades, hacen que cada empresa sea rentable o no… Es cierto que las papeletas no se distribuyen equitativamente… Pero ser rico es en sí mismo el resultado de una votación (Mises 1990, 263).

Sin embargo, Friedrich von Wieser escribió un artículo sobre las cooperativas que según él podrían favorecer la economía social y mixta en la tradición del cameralismo del siglo XVIII. Esta idea contrastaba con el individualismo de Mises. También, Hayek y Otto Neurath defendían una especie de “socialismo asociacionista” en el que las instituciones sociales locales (como las cooperativas) jugarían un papel importante. De hecho, la diferencia entre una cooperativa y una empresa capitalista no es el riesgo del empresario (en ambas existe), sino que en las empresas no cooperativas los socios actúan para terceros y para obtener lucro; mientras que, en las cooperativas los cooperativistas son destinatarios de los servicios y se suponen sin afán de lucro. Charles Gide (1847-1932) propuso un cooperativismo sólo de consumidores; Georges Fauquet (1883-1953), incluso, apuntó que no sólo en el capitalismo, también en el comunismo el trabajo y el consumo se usan como medios. Los cooperativistas estaban reclamando un cambio de mentalidad en la que las personas buscasen el bien común.
Hayek y otros como Haberler, Strigl y Machlup trabajaron con Mises durante más de diez años, pero no le siguieron como “escuela”, principalmente por su ideal de individualismo. De hecho, como hemos comentado, el éxito inicial de la Escuela Austriaca llegó a su fin con el colapso del Imperio austrohúngaro en 1918, cuando en la nueva atmósfera republicana muchos marxistas comenzaron a tomar posiciones de poder. Pero en la Universidad de Viena los estudiantes que no compartían las orientaciones estéticas, epistemológicas y políticas de Spann encontraron una alternativa en los cursos de Friedrich von Wieser quien, en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial y hasta su comienzo en 1926, era la autoridad en teoría económica en Viena.
Mises no comprendía la importancia de la igualdad, ni de que los hombres no siempre busquen el lucro. Pero los recursos comunes, como el conocimiento, no pueden tener plena propiedad privada, aunque para lograr su sostenibilidad, no es necesario siempre un agente externo que jerarquice y decida. Como expone Elinor Ostrom (2011), las reglas pueden respetarse o hacerse respetar libremente a través del aprendizaje organizacional (la práctica en el uso de los bienes comunes), la reciprocidad y el compromiso. Frente a lo que apunta Mises, Ostrom muestra que todo en la naturaleza es a la vez un todo y una parte, que permite la movilidad en su Gestalt estructural (Ostrom, 2013, 40). Cuando los recursos son comunes, hay que evitar la atomización de ingresos, reduciendo la incertidumbre y el conflicto sobre la asignación de derechos a través del aprendizaje de las organizaciones. En el fondo, esta idea de Ostrom engarza con el mutualismo de Proudhon, que implica libertad de contratos mutuos, pero sin propiedad exclusiva, lo que intenta mantener la idea de lo común.

Tras la Gran Depresión de 1929, el liberalismo cayó en desgracia. Para los observadores externos, parecía que todo el colapso financiero de Nueva York hubiera provenido de un exceso de capitalismo. En Alemania, los ordoliberales desde 1930 a 1940 retomaron las ideas de la escuela de Friburgo, intentando aunar bien común con liberalismo y la repudia de los monopolios. Sin embargo, para ellos la propiedad privada debía estar sometida a un uso responsable y debían establecerse impuestos progresivos para corregir las diferencias de ingresos.
De la escuela Austriaca de Mises también surge un anarcocapitalismo que reclama la abolición del Estado y la extensión de la propiedad privada, con el control de todos los asuntos económicos y sociales por parte de los individuos y empresas. Frente al anarco-comunismo, no son igualitarios y nada dicen de la coerción económica que pudiera surgir del laissez-faire. Por ejemplo, Nozick o Murray Rothbard defienden que todo lo que tiene demanda puede ser asumido por los empresarios, incluida la defensa nacional. ¿Es eso, acaso, lo que defienden el presidente Javier Milei o Elon Musk al querer definir la “eficiencia gubernamental”?. Milanovic (2025) apunta que la extrema derecha es una versión bastarda del credo de Hayek, o, como lo llama Slobodian, “una cepa mutante” del neoliberalismo (Slobodian, 2018, 19). Pero tal vez debería especificarse que el virus no comenzó en Hayek, sino en Mises.
De hecho, tras la Segunda Guerra Mundial, la Sociedad Mont Pelerin creada en 1947 por Friedrich Hayek en Suiza retomó los ideales de la Escuela Austriaca. Pero, como dice Friedman (1998), cuando surgió una discusión en torno a la distribución del ingreso, que casi todos consideraban que debía basarse en un sistema tributario progresivo, Ludwig von Mises se levantó, se dirigió a los participantes e increpó airado mientras se marchaba de la reunión: ¡Sois toda una panda de socialistas!. (‘You’re all a bunch of socialists!’).

* Agradezco los comentarios de Ricardo Robledo, que sin duda han mejorado el presente texto. Cualquier posible error es sólo responsabilidad de la autora.
REFERENCIAS
Brayly, Cristopher A. (2010), El nacimiento del mundo moderno, 1780-1914, Madrid: Siglo XXI.
Burrow, John W, (2000), The Crisis of Reason: European Thought, 1848–1914, New Haven, Conn.: Yale University Press.[traducción Ed. Crítica].
Cantillon, Richard (1755), Essai sur la Nature du Commerce en Général. London: Fletcher Gyles.
Cockett Richard (2024) Viena. La ciudad de las ideas que creó el mundo moderno, Barcelona: Pasado & Presente.
Escudero, Antonio (2002): “Volviendo a un viejo debate: el nivel de vida de la clase obrera británica durante la Revolución Industrial”, Revista de Historia Industrial, nº 21, pp. 13-59.
Fourier, C., (1829). Le Nouveau monde industriel et sociétaire. Bossange père.
Frieden, Jeffry A. (2007), Capitalismo Global. El trasfondo económico de la historia del siglo XX, Barcelona, Editorial Crítica.
Friedman, M. and Friedman, R.D. (1998) Two lucky people: memoirs, Chicago: The University of Chicago Press.
Gallego, Domingo (2022). Los caminos del progreso. Una historia del desarrollo económico, Granada: Comares.
Hayek, Friedrich A. von (1944) The road to serfdom, Chicago: Economic Institute for Research and Education.
–(1945) “The Use of Knowledge in Society,” American Economic Review 35, 4, 519-30.
Huerta de Soto, Jesús. (2000) La escuela austriaca: mercado y creatividad empresarial. Madrid: Editorial Síntesis.
Kirzner, Israel M., (1997) “Entrepreneurial Discovery and the Competitive Market Process”, Journal of Economic Literature, March, Vol. XXXV, n1, pp. 60-85.
Madden, Kirsten K. and Persky, Joseph (2024). Building a Social Science 19th Century British Cooperative Thought. Oxford: Oxford University Press.
Menger, Carl, ([1871), Principles of Economics, Ludwig von Mises Institute, Alabama.
Mill, John Stuart (1848). Principles of political economy. London.
Mises, Ludwig von, (1961), “On Equality and Inequality”, In Mises, 1990 Money, Method, and the Market Process: Essays by Ludwig von Mises, Richard M. Ebeling, ed. Nonuell, Mass.: Kluwer, pp. 190-201.
–, (1990), “Observations on the Cooperative Movement”, In Money, Method and the Market Process: Essays by Ludwig von Mises, Auburn (Ala.): The Ludwig von Mises Institute, 238—79 [1947].
Ostrom, Elinor (2011). El gobierno de los bienes comunes: la evolución de las instituciones de acción colectiva. México: Fondo de Cultura Económica.
— (2013). “Comprender la diversidad institucional”. En Ostrom, E. B. Guha-Khasnobis, y S. M. Ravi Kanbur. (2006), Beyond formality and informality. Cornell University.
Owen, Robert (1813), A new view of society, Published by E. Bliss and E. White.
Proudhon, Piere Josepg (1846). Système des contradictions économiques ou Philosophie de la misère, Guillaumin.
Robledo, Ricardo (2017), ¿“Intransigencia de las élites o “anarquía económica” desde abajo? Debate parlamentario en 1936 (Bermúdez Cañete y Fernando Valera)”, En Prado Moura, Angel de (coord), Memoria, progreso y cultura: Homenaje al profesor Rafael Serrano García, Valladolid: Universidad de Valladolid, pp. 227-247.
Rojo, Luis Ángel (2004), Ensayos de Economía y pensamiento económico. Valencia: Editorial Universidad de Alicante.
Say, Jean-Baptiste (1836), Traité d’économie politique. A treatise on political economy or The production, distribution, and consumption of wealth. Philadelphia, Grigg & Elliot.
Schumpeter, Joseph A. (1934), The Theory of Economic Development. Cambridge (Mass): Harvard University Press.
— (1942). Capitalism, Socialism and Democracy. New York: Harper & Brothers Publishers.
Slobodian. Quinn (2018), Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism, Cambridge MA: Harvard University Press
Spann, Othmar, (1930). Types of Economic Theory, London: George Allen and Unwin.
Trincado, Estrella (2007). Autogestión y universidad: la historia de un sistema corporativo. Revista Empresa Y Humanismo, 11(1), 273-310. https://doi.org/10.15581/015.11.33290
— (2009), “Teorías del valor y la función empresarial”, Investigaciones de historia económica, 14, pp. 11-38
— (2010). Debate con Rosa Luxemburgo sobre la crisis actual. y sobre el valor. ICE, Revista de Economía, 1(852). Recuperado a partir de https://revistasice.com/index.php/ICE/article/view/1303
–. (2022). “The Debate Between the Austrian School of Economics and the Cooperative Movement. The Assumption of an Unequal Perceptiveness of the Agents”. Revista De Historia Industrial 27 (73):81-103. https://revistes.ub.edu/index.php/HistoriaIndustrial/article/view/19091.
Trincado E. y Santos, M. (2017). Economics, entrepreneurship and utopia: the economics of Jeremy Bentham and Robert Owen. London: Routledge.
Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: Workers leave the Pullman Palace Car Works, 1893 (Wikimedia Commons)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
Artículos relacionados
Los hijos bastardos de Hayek: las raíces neoliberales de la derecha populista.
Descubre más desde Conversacion sobre Historia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.























