Luis Castro

 

(PRESIDENTE) MUFFLEY. ¿Quiere decir que la gente podría permanecer ahí abajo durante cien años?

DR. STRANGELOVE.- ¡No sería difícil, mein Führer! Los reactores nucleares podrían… Oh, perdón,  Presidente. Los reactores nucleares podrían suministrar energía indefinidamente. Los invernaderos mantendrían la vida vegetal. Los animales podrían ser criados y sacrificados. Debería hacerse un estudio rápido sobre las minas de este país. Pero calculo que… se podría encontrar fácilmente en ellas espacio para varios cientos de miles de nuestra gente.

(Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick)

 

Desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki la opinión pública mundial veía la energía atómica como algo inaudito, peligroso y mortífero; una aprensión luego afianzada por las continuas pruebas nucleares, la proliferación de bases militares y la escalada armamentística de la Guerra fría[1]. Con todo ello, la amenaza de un nuevo conflicto mundial, que ahora se imaginaba en términos apocalípticos, aparecía periódicamente ante la opinión pública, ya fuera en la prensa o en los mass media culturales (radio, cine, televisión, literatura de ciencia ficción).

A posteriori sabemos (pues el asunto se mantuvo secreto durante años) que en la Guerra de Corea acechó ese peligro cuando el general Mac Arthur, comandante en jefe de las fuerzas de la ONU, propuso atacar directamente a China y “la Rusia del este”, sin descartar el uso del arma atómica, después de que tropas chinas entraran en Corea. El presidente Truman le desautorizó, pero más tarde Eisenhower fue más concesivo y llegó a admitir que si los norcoreanos no hubieran firmado el armisticio hubiera usado armas nucleares contra ellos “suficientes como para ganar y (…) habríamos tratado de limitarlas a objetivos militares, no civiles”. (Al poco de empezar la guerra el entonces senador Lyndon B. Johnson había afirmado que “América la usará [la bomba] si y cuando esta pueda detener la avalancha de la agresión”)[2].

La sala de guerra del Pentágono (War Room) en la película Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?)(Stanley Kubrick, 1964)
El discurso de Eisenhower

En este contexto de plena Guerra fría, la administración de Eisenhower (1953-1961) planteó una gigantesca campaña propagandística dentro y fuera de EE.UU. con un doble fin: por un lado, cambiar la actitud general de recelo o miedo hacia la energía nuclear y, de paso, presentar a EE.UU. como el gran adalid de la paz frente a los soviéticos. Por otra parte se trataba de promocionar las empresas eléctricas y el liderazgo tecnológico de EE.UU., penetrando en los mercados internacionales y tomando posiciones ventajosas de cara al futuro.

La iniciativa se formuló en el discurso “Átomos para la paz” de Eisenhower ante la Asamblea general de Naciones Unidas, en diciembre de 1953.  En él se divulgaban urbi et orbi aquellas aplicaciones civiles del átomo que –se suponía– iban a resolver los problemas de la humanidad en cuanto al abastecimiento de energía, la sanidad o la producción agrícola e industrial. Al mismo tiempo, se planteaba levantar el secreto que había envuelto tales tecnologías y transferir material fisible a terceros países para usos pacíficos.

El presidente Eisenhower pronuncia el discurso Atoms for Peace ante la asamblea general de la ONU el 8 de diciembre de 1953 (foto: Naciones Unidas)

La declaración de intenciones era muy ambiciosa. Quizá la más llamativa era la de extender las aplicaciones de la energía nuclear por todo el mundo mediante un banco de uranio formado con aportaciones de los países más avanzados, que gestionaría una agencia internacional (la futura AIEA, creada en 1957). Esta agencia, bajo el control de NN.UU., promocionaría los usos civiles del átomo y a la vez impediría su uso militar controlando las instalaciones y actividades nucleares de los países[3]. Se trataba de detener en seco la proliferación de arsenales atómicos, entonces bastante avanzada.

El discurso de Eisenhower aparentemente sintonizaba con el espíritu pacifista y fraternal de Naciones Unidas y con uno de los tópicos políticos principales de su programa, que le presentó en la campaña presidencial de 1952 como “el soldado de la paz”. Fue también el comienzo de una larga operación propagandística de alcance mundial, programada por la Agencia de Información de Estados Unidos, creada en 1953. En ella se hizo uso de todo tipo de medios (emisoras de radio y televisión, exposiciones, publicaciones, congresos) con el fin de llegar a todo tipo de públicos, tanto dentro como fuera de EE.UU., seguramente contando con la colaboración de la CIA, empeñada desde su creación  (1947) en la “guerra fría cultural” y en la promoción de los intereses del american way of life[4]. Los eventos más importantes de esta campaña fueron las dos conferencias de Ginebra para usos pacíficos de la energía nuclear (en 1955 y 1958) y la creación de la Agencia Internacional para la Energía Atómica.

Sin embargo, viendo las cosas con perspectiva más amplia y distanciada, la campaña de “átomos para la paz” de Eisenhower, además de tener ese fuerte sesgo propagandístico,  fue un notable ejemplo de doble lenguaje, el que se usa cuando existe una distancia entre los motivos que uno expresa y los reales o entre lo que se dice y lo que se hace.

El 12 de abril de 1954, Time informa del primer ensayo de la bomba de hidrógeno en el Pacífico

Veamos el asunto más de cerca. En su primera parte, la intervención de Eisenhower ante la Asamblea General subrayaba la letalidad del armamento nuclear y evocaba la amenaza potencial de una nueva guerra:

… las bombas atómicas tienen hoy más de 25 veces la potencia explosiva de las que se usaron por primera vez, mientras que las bombas de hidrógeno se sitúan al nivel de millones de toneladas de TNT.

(…) Una sola escuadrilla aérea, ya salga de un barco o de  tierra, ahora puede lanzar sobre  cualquier objetivo alcanzable una carga destructiva que excedería a la de todas las bombas que cayeron sobre Gran Bretaña en toda la Segunda Guerra Mundial[5].

Para alejar la temible perspectiva de un nuevo conflicto mundial, “que amenazaría no solo la paz, sino la propia vida en el mundo”, Eisenhower pedía “un nuevo clima de pacífica confianza mutua” entre los países, especialmente con la Unión Soviética, algo en lo que la futura AIEA debía tener un papel decisivo impidiendo el doble uso de la energía atómica y evitando la proliferación de los arsenales nucleares. (En ese momento EE.UU., la URSS y Reino Unido disponían del arma atómica y Francia la tendría pocos años después).

Pero semejante retórica pacifista encajaba mal con la realidad, tal como la mostraban los desarrollos de la Guerra fría, la escalada del armamento nuclear –en la que EE.UU. llevó siempre la iniciativa– y el clima de “caza de brujas“ reinante en EE.UU. Y tampoco tenía mucho sentido la propuesta de abastecer de uranio para la mayoría de países, estancados en economías agrarias o en las miserias del colonialismo y con muy escaso nivel científico-técnico.

El 19 de noviembre de 1945, el reportaje «La guerra de las 36 horas»  de la revista Life ya mostraba  gráficamente el posible desarrollo de una guerra nuclear
La proliferación horizontal y vertical

Como señala Parry-Giles, la campaña de “átomos para la paz” más bien “servía para camuflar el despliegue ofensivo militar, que exacerbaba la carrera armamentística con la URSS[6] y por ello fue acogida con escepticismo por parte de sus principales destinatarios. Al cabo de unos meses, el ministro de Asuntos Exteriores soviético, Molotov, señaló que el discurso no afrontaba el problema de los arsenales nucleares (la Unión Soviética venía pidiendo un acuerdo para su completa eliminación desde el comienzo de la Guerra fría) y que la transferencia de tecnología nuclear civil no impediría la proliferación armamentista, antes al contrario, toda vez que el plutonio era un subproducto de los reactores energéticos y era susceptible de uso militar[7].

De hecho, la proliferación atómica, tanto vertical como horizontal, evidenciaba un inquietante proceso. En cuanto al primer aspecto, el siguiente cuadro refleja los principales hitos:

Las innovaciones y la diversificación de los arsenales –la proliferación vertical– se refieren al tipo de bombas (de fisión con uranio enriquecido o plutonio, termonuclear, de neutrones); a sus vectores (misiles en tierra o en submarinos, bombarderos, artillería); a su alcance –que suele ser proporcional a su capacidad explosiva– (estratégicas, de alcance medio, tácticas); a su velocidad, precisión, detectabilidad, etc. Todas estos “avances” en el catálogo armamentístico venían acompañados de un notable incremento de los arsenales atómicos. Durante los años de la presidencia de Eisenhower, (1953-1961) el norteamericano pasó de 1.169 a 22.229 cabezas nucleares, mientras que la URSS fue de 120 a 2.492, un incremento aproximado en ambos casos de 1 x 20[9].

Así pues, que el discurso de los “átomos para la paz” se insertara en esa dinámica de rearme resultaba un hiriente sarcasmo, dado que en la década de los años cincuenta, con ese despliegue armamentístico, las potencias estaban cerca de la capacidad de overkill, evocada en el propio discurso de Eisenhower con estas palabras: “la probabilidad de que la civilización sea destruida, la aniquilación de la herencia irreemplazable de la humanidad transmitida de generación en generación…”.

Este rearme físico iba acompañado del rearme mental (caza de brujas) y estratégico, este vinculado a la doctrina de “contención” del comunismo. De acuerdo con ella, poco después del discurso de Eisenhower, su secretario de Estado, Foster Dulles enunciaba la nueva política de defensa, basada en una “represalia masiva e instantánea” (massive retaliation) contra cualquier objetivo –incluidas las capitales– del país que hubiera agredido a los EE.UU. o a cualquiera de sus aliados en cualquier parte del mundo y aunque la agresión hubiera sido con armas convencionales[10]. En esa eventualidad no se descartaba el recurso al arma atómica, pues en ese momento los estrategas de EE.UU. no veían diferencia entre esta y las demás armas[11].

Este enfoque estratégico, quizá el más característico y permanente de la Guerra fría, pronto fue doctrina del Comité militar de la OTAN (M.C. 48), que, en un informe de noviembre de 1954 establecía que: “… en caso de agresión, [las fuerzas soviéticas] serán sometidas inmediatamente a un contraataque devastador empleando armas atómicas”. (Nota al pie:) “El término armas atómicas (…) se entiende como armas atómicas y termonucleares y, según proceda, incluye las lanzadas por aeronaves, misiles guiados, cohetes y artillería»[12]. De ahí que, por esas fechas, las unidades de la OTAN desplegadas en la RFA, Bélgica, Holanda, Italia y Turquía estuvieran dotadas de armas nucleares, que estaban bajo control del mando americano y cuyo eventual uso estaba supeditado, en teoría, a la autorización tanto del presidente de EE.UU. como del gobierno del país anfitrión. La continua actividad de partrullaje de los aviones estratégicos en torno a la URSS dio lugar a accidentes como el de Palomares (1966) y Thule (1968), en el que varias bombas termonucleares cayeron a la superficie terrestre y marítima sin llegar a estallar.

La bomba nuclear B28RI, recuperada a 869 m de profundidad, 80 días después de caer al mar frente a la costa de Palomares en enero de 1966, en la cubierta del USS Petrel, en presencia de algunos de los participantes en el rescate: Antonio Velilla Manteca, el general Arturo Montel Touzet, el vicealmirante William S. Guest y el general de la USAF Delmar E. Wilson (foto: U.S. Navy, Courtesy of the Natural Resources Defense Council)

Por otro lado, Eisenhower delegó en determinados mandos militares, entre ellos los del NORAD (centro de alerta y control) y el SAC (fuerza aérea estratégica), la decisión de lanzar un ataque nuclear en ciertas circunstancias y si era el caso de estar interrumpidas las comunicaciones con el presidente o este se viera incapacitado para dar órdenes. Y algunos de esos mandos a su vez delegaron esa decisión a mandos inferiores para situaciones similares. De este modo, había demasiados dedos sobre el gatillo.

Precisamente esta situación es la que complica la enrevesada trama de «Teléfono rojo, volamos hacia Moscú», de Stanley Kubrick:

MUFFLEY.- (…) Tenía la idea de que yo era la única autoridad que podía ordenar el uso del arma atómica.

TURGIDSON.- Es cierto, Señor. Usted es la única persona autorizada para hacerlo. (…) Pero, bueno, quizá olvida las previsiones del Plan R.

MUFFLEY.- ¿El Plan R?

TURGIDSON.- El Plan R es un plan de emergencia según el cual un mando de un escalón inferior puede ordenar una represalia nuclear tras un ataque sorpresa si la normal cadena de mando se ha roto. Usted debe recordarlo. (…) La idea del plan era ser una salvaguardia de represalia.

MUFFLEY.- Una salvaguardia.

TURGIDSON.- Admito que el factor humano parece habernos fallado en este caso.

(Nota: La referencia a la «salvaguardia» añade sal a la burla, pues el concepto se venía usando en relación a la Agencia  Internacional de la Energía Atómica, cuyas salvaguardias debían -deben- impedir el uso militar de los materiales fisibles destinados a la producción de electricidad.)

El general Turgidson (George C. Scott) explica al presidente Mufflin (Peter Sellers) las consecuencias de una guerra nuclear en la película Dr. Strangelove
La hora de las empresas eléctricas

Pero el discurso de “átomos para la paz” tenía una dimensión económica mucho más sustanciosa que el inconsistente mensaje pacifista. Casi superadas las reconstrucciones de posguerra, el mundo occidental estaba entrando en una fase de fuerte crecimiento económico, demográfico y de consumo, que incrementaría paralelamente la demanda energética. Aunque hacia 1955 la energía atómica electrógena aún se hallaba en un estadio experimental y no podía operar a gran escala, el ya poderoso lobby eléctrico pensó que ya se podía promocionar la tecnología de los reactores de investigación y la transferencia de material fisible en pequeñas dosis mediante acuerdos bilaterales. La administración Eisenhower debía actuar rápido para evitar que las palabras del presidente quedaran en papel mojado y se perdiera ventaja en los mercados exteriores. Leonard Weiss sintetiza este aspecto del programa nuclear de Eisenhower así:

Muchos en el gobierno de los Estados Unidos y en la industria privada vieron los “Átomos para la Paz” como el paraguas bajo el cual se realizaría un mercado nuclear mundial dominado por los Estados Unidos. Bajo ese programa se firmaron acuerdos de cooperación con numerosos países que dieron lugar a la venta de reactores de investigación y a la participación de científicos e ingenieros nucleares extranjeros en proyectos de investigación nuclear aprobados por los Estados Unidos[13].

En este asunto estaban implicadas las grandes empresas relacionadas con el sector, como General Electric, Westinghouse, General Dynamics o North American Aviation, que, tras haber sido contratistas de bienes y servicios para el gobierno norteamericano desde los años del proyecto Manhattan, ahora deseaban extender su área de influencia comercial en el exterior, lo que les permitiría aumentar sus beneficios mediante las economías de escala y las ayudas fiscales y de otro tipo que les iba a prestar el gobierno[14],    entre ellas las facilidades financieras del Export-Import Bank, la transferencia gratuita de material fisible, la cesión de los laboratorios públicos para el I + D o la asunción pública de las responsabilidades civiles en caso de accidente catastrófico. Toso ello ejemplo claro del capitalismo subsidiado que, en términos generales, aún sigue operando (y que en buena medida puede aplicarse a la industria nuclear española, muy seguidora desde el principio de las pautas de EE.UU. en este ámbito).

Carteles diseñados entre 1955 y 1956 por Erik Nitsche, director artístico de General Dymanics (foto: Sciencehistory.org)

En este contexto, Naciones Unidas, a propuesta de EE.UU., organizó la Conferencia Internacional de Ginebra sobre la utilización pacífica de la energía atómica (1955), que fue la puesta de largo de esta en el ámbito internacional, al reunir a políticos, científicos y empresarios del sector energético y de la ingeniería. A la conferencia acudieron unos 1.400 delegados de más de 70 países, que intercambiaron información sobre sus avances el I+D nuclear, rompiendo así el secretismo imperante hasta entonces. Los temas de las ponencias y debates fueron las aplicaciones médicas y económicas del átomo, así como la seguridad radiológica, pero los reactores energéticos ocuparon el centro de la atención. El encuentro fue más allá de lo académico, pues propició numerosos convenios de colaboración y comerciales, punto de partida de un floreciente negocio para los oligopolios eléctricos y la banca norteamericana. Y dado que la URSS –que iniciaba entonces la desestalinización–, colaboró activamente en la conferencia, incluso se pensó que el encuentro de Ginebra podía ser también un paso hacia la distensión internacional[15].

La segunda conferencia de “Átomos para la paz” (1958) se celebró en el mismo escenario que la de 1955. Esta vez la concurrencia fue aún mayor, no solo por el número de los asistentes (más de 5.000), sino porque se planteó como una feria-exposición abierta al público durante las tardes, con especial atención a la divulgación y la propaganda mediática y exhibiciones espectaculares, como la construcción in situ de un reactor tipo Argonaut en cinco días. Pero quizá la mayor atracción científica fue la puesta en común de experimentos relacionados con el uso energético de la fusión nuclear por parte de EE.UU., URSS y Reino Unido, precisamente los países que en ese momento ya disponían de la bomba de hidrógeno[16].

Segunda Conferencia Internacional para los usos pacíficos de la Energía Nuclear (Ginebra, 1958)(foto: CIEMAT)
El futuro Edén Atómico

A finales de los años cincuenta EE.UU., URSS, Reino Unido y Francia ya habían conectado a la red sus primeros reactores nucleares, de reducida potencia, casi todos ellos de finalidad fundamentalmente plutonígena (militar)[17]. Sin embargo, no estaba despejada la incógnita acerca de la capacidad que tendrían los futuros reactores a escala industrial para satisfacer las crecientes demandas con seguridad y solvencia económica; algo que solo se ha conseguido gracias a las ayudas estatales direstas e indirectas a que hemos aludido. A pesar de todo, cuando aún no había empezado la época de los grandes reactores energéticos, ya se ofrecían muchas aplicaciones de lo atómico tanto en el ámbito doméstico como en los sectores económicos y en los tres ejércitos. “¡Esta es la era atómica! –decía un anuncio de la Ford–. Lo increíble ya ha comenzado a hacerse realidad”. Se trataba de promocionar así el automóvil Nucleon, de 1958, que iba dotado de un pequeño reactor recargable sobre el capó trasero. También se especulaba en torno a pequeñas pilas atómicas que surtirían de energía abundante a las viviendas y  las fábricas. La propaganda llegaba hasta los niños. Walt Disney creó el documental “Our friend The Atom” y un juguete de mesa de los años cincuenta, el Atomic Energy Lab, ofrecía en un pequeño laboratorio, que contenía muestras de mineral de uranio y un contador Geiger, entre otras cosas[18]. Se imaginaba así un futuro “edén nuclear” de bienestar y abundancia en el que la electricidad llegaría a ser tan barata que –como llegó a afirmar Lewis Strauss, segundo director de la Comisión de Energía Atómica– no valdría la pena medir el consumo.

No dejaba de ser un sarcasmo que en la conferencia de Ginebra de 1958 fuera Edward Teller, el padre de la bomba de hidrógeno norteamericana, quien presentara el proyecto “Rejas de Arado” (Project Plowshare) con ideas de “ingeniería planetaria” que supuestamente mejorarían las economías y las comunicaciones entre los países. La alusión al pacifismo de Isaías (“de las espadas forjarán arados…”) no podía ocultar la mala conciencia de los nucleócratas, a la vista de que desarrollo nuclear venía arrastrándose, por decirlo así, sobre dos patas: sus usos civiles y el despliegue de los arsenales atómicos. Y la propaganda, aun con sus legiones de políticos, publicistas, científicos y profesores a su servicio, fue incapaz de ocultar algunas realidades.

Caravana propagandística de la campaña Atoms for Peace (foto: Ed Westcott/DOE)

En este sentido, y puesto que entonces estaba muy desarrollada la memoria histórica colectiva, especialmente sensible a las víctimas ocasionadas por las dos guerras mundiales, conviene recordar que en la conferencia de 1955 no se hizo  mención alguna a las víctimas de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, siendo así que el décimo aniversario de este último coincidió con la segunda jornada de la conferencia, que se celebró precisamente en el Palacio de las Naciones de Ginebra como gesto simbólico evocador de los ideales de paz y concordia de la Sociedad de Naciones. Sí hubo conmemoraciones en Japón –que por cierto estuvo presente en las citadas conferencias– y en otros países, pero en Ginebra hubiera sido un jarro de agua helada en el ambiente de optimismo tecnocrático reinante.

Y si en 1955 hubo un clamoroso silencio en torno a Hiroshima  y Nagasaki, otro no menor hubo en 1958, cuando la URSS y EE.UU. ocultaron uno de los peores accidentes nucleares de la historia. Había ocurrido en la primavera de 1958 (o en el invierno anterior) en un complejo productor de plutonio y componentes de bombas situado en Kystym, al sur de los Urales. Una explosión afectó gravemente a miles de personas, con cientos de muertos en 30 núcleos cercanos, habiéndose de inutilizar grandes cantidades de agua, cultivos y animales. El accidente fue ocultado por la URSS, pero también por EE.UU., ya que la CIA informó sobre el asunto varias veces desde mayo de 1958, pero el gobierno no quiso inquietar aún más a una opinión pública ya muy sensibilizada con el debate nuclear[19].

La era atómica, en la que aun vivimos, ha sido incapaz de asegurar esa fuente de energía barata, abundante y segura que evocaron los discursos de Eisenhower y de las conferencias de Ginebra –que aún hoy persiste en los propagandistas de los oligopolios eléctricos–, pero tampoco ha podido alejar la sombría perspectiva de una catástrofe global antropogénica. Episodios como el de la actual guerra de Crimea vienen a recordárnoslo, por si no lo teníamos presente.

Mapa del Rastro Radiactivo del Este de los Urales: el área contaminada por el desastre de Kyshtym (imagen: Wikimedia Commons)
Bibliografía
  • DROGAN, Mara, “The “Nuclear imperative”. Atoms for peace and the Development of U.S. Policy on exporting Nuclear Power, 1953-1955”, Diplomatic History, 40, 2016
  • FONTANA, Josep. Por el bien del imperio, Pasado y presente, 2011
  • HALL, John A., “Risks of nuclear proliferation. Atoms for peace, or war”, Foreing Affairs, nº 35, 1965
  • HILGARTNER, Stephen, Richard C. BELL y Rory O’CONNOR, Nukespeak. The selling of nuclear technology in America, Penguin Books, 1982,
  • KNIGHTLEY, Philip, The First Casualty. The War Correspondent as Hero, Propagandist and Mithmaker, Leeds, 1975
  • PARRY-GILES,  Shawn J., “Dwight D. Eisenhower. “Atoms for Peace” (december 8th, 1953)”, en Voices of Democracy, 1, 2006
  • REYES YESCAS, Jorge A.,  La Conferencia Internacional de las Naciones Unidas para la Utilización Pacífica de la Energía Atómica. Ciencia y energía para la paz (1955), Itzapalapa (México), 2018.
  • SCHWARTZ, Richard A. Cold war culture. Media and the arts, 1945-1990, Checkmark books, 2000
  • STONE, Oliver y Peter KUZNICK, The untold history of the United States, Ebury Press, 2012
  • WEISS, Leonard, “Atoms for Peace”, Bulletin of American Scientists, vol. 59, nov.-dic. 2003
Notas

[1] Entre 1945 y 1968, EE.UU. hizo 1.030 pruebas nucleares, muchas de ellas en el Pacífico sur. El lugar más afectado fue el archipiélago Marshall (p.e., los atolones de Bikini y Enewetak). Sus habitantes, desalojados forzosamente, luego sufrieron secuelas derivadas de la radiactividad. Así se empezó a hablar de la lluvia radiactiva (fallout). Cf. “United States Nuclear Tests”. U.S. Department of Energy. Nevada Operations Office, 1996, pp. XI-XIII.)

[2] O. Stone y P. Kuznick, p. 250; Fontana, pp. 215-217; Philip Knightley, p. 333.

[3] John A. Hall, pp. 602-615; Weiss, pp. 59-63.

[4] Frances Stonor Saunders, La CIA y la guerra fría cultural, Barcelona, 2001.

[5] En https://www.eisenhowerlibrary.gov/.

[6] Shawn J. Parry-Giles, p. 118.

[7] Weiss, pp. 58-64.

[8] Puesto que los submarinos atómicos alojan los misiles SLBM, podría decirse que son nucleares por partida doble. Con gran autonomía y velocidad, lanzan los misiles bajo el agua, lo que les hace casi invulnerables. También se dotó de motor nuclear a portaaviones y cruceros, pero el intento falló en aviones y naves espaciales, a pesar de destinar mucho tiempo y dinero en ello.

[9] https://ourworldindata.org/nuclear-weapons.

[10] Schwartz, 1997, p. 161.

[11] Una directiva del Consejo de Seguridad Nacional (NSC 162/2), de octubre de 1953, ya admitía esa posibilidad.

[12] En www.nato.int/docu/stratdoc/eng/a541122a.pd.

[13] Weiss, p. 63. Uno de los primeros países en lograr ese tipo de acuerdo fue España. EE.UU. dio apoyo científico-técnico y financiero para que la Junta de Energía Nuclear construyera el primer reactor nuclear de investigación en su centro de La Moncloa en 1957.

[14] Drogan, M., p. 967.

[15] La delegación española, dirigida por Otero de Navascués, vicepresidente de la JEN, estaba integrada por 17 personas y presentó cinco ponencias de las 1.130 que hubo. (Reyes Yescas, p. 121). En 1963 hubo una moratoria de pruebas atómicas, primera medida de distensión nuclear.

[16] Documental de la AEC: https://www.unmultimedia.org/avlibrary/asset/2187/2187987/.

[17] Predominaba en ellos la tecnología de la moderación mediante grafito, una tecnología que causaría los peores accidentes nucleares: Windscale (1957), Chernobyl (1986) y Vandellós I (1898).

[18] Se pueden ver en la exposición virtual “Turn back the clock” en https://thebulletin.org/. Se dijo luego que ese había sido el juguete más peligroso de la historia.

[19] Fue el biólogo Zhores Medvedev, emigrado a EE.UU. en los años setenta, quien dio cuenta del suceso, siendo en principio desmentido por algunos nucleócratas norteamericanos, entre ellos E. Teller. Su testimonio obligó a la CIA a desclasificar parcialmente algunos de los documentos relativos al caso. (Cf. www.cia.gov/readingroom/Kasli “Plant Summary”; un resumen en Hilgartner, Bell y O’Connor, pp. 112-117). En 1952 ya hubo un primer accidente nuclear en Chal River (Canadá), que se repitió en 1958.

Fuente: Conversación sobre la historia

Portada: el presidente Eisenhower durante la presentación del sello de 3 cts. con el lema Atoms for Peace en 1955 (foto: Wikimedia Commons)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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