Eloy Fernández Clemente
Catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza

 

Se han escrito miles de libros sobre la guerra civil española (y como decía hace poco Almodóvar, aún no se ha hecho la película definitiva sobre esa terrible epopeya), pero el que comentamos tiene una gran singularidad: está reconstruido por un prestigioso historiador en nombre de su padre, a quien la guerra hizo recorrer, casi siempre en un camión Studebaker, la España en guerra en muchos miles de kilómetros y muy varias circunstancias, presente en casi todas las grandes batallas y frentes, y acompañado siempre de una máquina fotográfica Kodak, que permite evocarlos.

Lo dice Preston en el prólogo, “faltaba algo como estas llamativas memorias de Jenaro Barciela que han sido fielmente reconstruidas por su hijo, el reconocido historiador Carlos Barciela, a base de sus notas, sus fotos, sus postales, su hoja de servicios, sus narraciones, y los recuerdos de su esposa y sus otros hijos”. Es, sobre todo, pues, una autobiografía, con filial mano prestada, fidelísima a tantas claves que muestran lo que el personaje hizo y pensó. Era, recuerda Carlos, “la guerra de papá”, un relato ejemplar, alrededor de un álbum de un centenar de muy valiosas fotos.

El personaje queda retratado con cariño y respeto, pero sin concesiones sentimentales o ideológicas: “Mi padre, -dice el hijo en su introducción- se sentía identificado con el bando nacional en el que combatió, aunque había sido reclutado de manera forzosa… También es verdad que no hablaba de los rojos de forma peyorativa y muchísimo menos con odio. Habían sido el enemigo, pero les reconocía su calidad humana y sus virtudes como combatientes”. Nada religioso, “era muy escéptico en materia política. Dudaba de la validez práctica de las grandes doctrinas y tan solo confiaba en los individuos cuyo comportamiento resultara ejemplar. Nunca militó en ningún partido…

Vitoria Baguena (Zaragoza) 30/5/1938 //Viaducto de Fayón, sobre el río Matarraña, en Fayón (Zaragoza), junto a la desembocadura en el Ebro, en la línea de Madrid a Barcelona. Los republicanos lo volaron en marzo de 1938. Fue reconstruido poco más tarde por zapadores de la 105ª División –donde estaban integradas las fuerzas marroquíes- al mando del general Yagüe, además de ser apoyados por prisioneros republicanos y personal civil. El fotografiado ha mecanografiado en el reverso: «Mari, esta es la única foto que hoy te puedo ofrecer. En ella verás al fondo un puente que los rojos volaron. Pero no te fijes en el puente y fíjate más en mí»

Jenaro Barciela había nacido en 1913 en Poio, un concello de Pontevedra, hijo mayor de un matrimonio “arrebatadoramente enamorado”, que vive en infancia y mocedad una Galicia míticamente hermosa, y trabaja de chófer en diversos empleos, hasta el de llevar pescado de Vigo a Madrid. Despierto, está al tanto de lo que sucede, desde “la alegría desbordada de la proclamación de la República” a las luchas mineras, la revolución de Asturias en 1934, y luego la sublevación de 1936, que le hace pasar “de viajar con mi camión y de pasear por las calles de Madrid y bañarme en las playas de Vigo, a disparar contra otros compatriotas”.

Su experiencia como chófer le lleva al Parque Automovilístico de Grado, y pronto a la Reserva General de Automóviles en Salamanca, “capital de la zona nacional”, batallón en el que permanecerá toda la guerra. Irá al frente de Brunete, y un curso en La Coruña en la Academia de Sargentos provisionales de Automóviles le permitirá consolidar su estatus, en Valladolid; traslada muchas fuerzas al frente de Aragón. Muy curiosos son los viajes a Lisboa, a recoger camiones que vienen de Estados Unidos, ante las insuficiencias ferroviarias y la caída de las fábricas de coches en zona republicana, las grandes empresas norteamericanas abastecieron: Texaco, de los combustibles, y Ford, General Motors y Studebaker, camiones, y maquinaria pesada.

Otros viajes, recuerda: “Con los Chevrolet íbamos a por aceite a Andalucía, a por patatas, maíz y ganado vacuno a Galicia, a por trigo, garbanzos y lentejas a Andalucía, las dos Castillas y Aragón, y a por arroz a Valencia”. Y una intensa actividad transportando numerosas tropas y grandes cantidades de pertrechos, asistiendo a la batalla de Teruel, tan decisiva moralmente,  en un invierno como de las estepas rusas. La descripción es magnífica, y aunque no han sobrevivido todas las fotos, hay varias impresionantes. En fin, la llamada Ofensiva de Aragón, liberando el cerco de Huesca, tomando Alcubierre, Barbastro, Fraga, en largas e ininterrumpidas jornadas, hasta llegar a Caspe y el 15 de abril de 1938 a Vinaroz, rompiendo el frente republicano.

Se reconoce lo privilegiado de ese duro trabajo, ya que “no se vivía la tensión y la cercanía de la muerte como cuando se combatía en primera línea. Podías sufrir un bombardeo aéreo o te podía alcanzar un proyectil de artillería, pero no veías la muerte de frente”. De hecho, fue objeto de varios accidentes, víctima del cansancio, el peor enemigo de los conductores; el más grave en el frente de Castellón, en que una gran explosión le provoca gravísimas quemaduras, atendido en varios hospitales hasta el Militar de Pontevedra. Pero luego regresará a servir en la última gran batalla, la del Ebro. Con la guerra prácticamente decidida, se casa en Vigo el 17 de noviembre de 1938.

Avión de caza republicano Polikarpov I-16 «Mosca» derribado cerca de Alcañiz

Tras la rendición de Madrid y el final de la guerra, la reflexión es emocionante: “Nuestra actitud hacia esos hombres que habían combatido con enorme determinación frente a un ejército profesional mejor organizado y equipado fue de respeto y conmiseración”. Jenaro sigue como militar destinado en Carabanchel Alto, rechazando incorporarse a la Guardia Civil o la Policía, se recicla como sargento de Ingenieros, para dedicarse a impartir clases de Educación Física y a entrenar a los equipos. Hasta que en 1953 renuncia a esa larga carrera militar, y queda en la reserva hasta la marcha definitiva como teniente honorífico. Todo lo que le queda son sus cuatro medallas, con que fue condecorado por méritos, constancia e intachable conducta.

Como también observa Preston, el que el libro se alargue durante toda la vida de Jenaro, en pleno franquismo, permite leer descripciones interesantes y también desapasionadas de lo que fueron esos años, muy duros para los perdedores, e incluso para muchos que ganaron o vieron fríamente pasar a su lado la violencia y la muerte. El fanatismo religioso de Franco, que lo controla todo, o los viajes, a muchas zonas del país para recoger y llevar alimentos a Madrid durante los años del racionamiento.

Es una edición muy pulcra, con la bella sobriedad del blanco y negro, la impactante sucesión de fotos algo borrosas con frecuencia, pero testimonios de unos años y una vida insólitos. Uno recuerda, al conocer esta vida tan ajetreada, las idas y venidas por casi toda España del libro de Hidalgo de Cisneros, Cambio de rumbo, en este caso un aviador.

Dejando de lado la peripecia, libros como este nos hacen lamentar la dificultad y el error de no haber buscado a la muerte de Franco, como pidió Azaña inútilmente, “Paz, piedad y perdón” para todos, apoyándose en millones de españoles que, como Jenaro, combatieron en un bando determinado dependiendo de su   ubicación   geográfica, una dudosa   suerte.

Teruel, que compara con Stalingrado

«No tenía un ideario político, no militaba en ninguna organización sindical ni en ningún partido político. Ni si quiera era una persona religiosa (…) sintió la guerra como un desgarro: le sacaron de su entorno familiar y lo reclutaron forzosamente para ir al frente, sin tener ninguna motivación propia. Quizás por eso, nunca habló con desprecio del enemigo.  Consideraba que la guerra había sido un gran desastre». El retrato de un hombre de la «zona gris» de la historia.

Reseña de Jenaro Barciela Villanueva (Relato de Carlos Barciela López): Desde mi objetivo. Imágenes de un tiempo de guerra. Alicante, Publicacions Universitat d’Alacant, 2021, 186 páginas. Prólogo de Paul Preston.

Portada: bombardeo republicano sobre posiciones ocupadas por fuerzas franquistas cerca de Tortosa, el 12 de marzo de 1938

Ilustraciones: fotografías de Jenaro Barciela cedidas por Carlos Barciela

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