Introducción y traducción de Manuel Puertas Fuentes

Tristan Tzara  (seudónimo de Samuel Rosenstock) nació en Moinesti (Rumanía) el 16 de abril de 1896 y murió en París, ciudad en la que residió la mayor parte de su vida, el 25 de diciembre de 1963. Fue uno de los fundadores del dadaismo, vanguardia fundamental y de la que derivaron todas las posteriores, predecesor inmediato del movimiento surrealista, y precursor del existencialismo, del teatro del absurdo etc. Tzara fue poeta, dramaturgo, conferenciante, instigador, recopilador y ensayista del movimiento dadá y uno de los primeros coleccionistas de arte africano y de Oceanía.

Tristan Tzara lee un manifiesto a las puertas de la iglesia de Saint-Julien le Pauvre (París, 1921)(foto: Bibliothèque Littéraire Jacques Doucet, publicada en el blog Agente Provocador)

Entre sus obras, además de sus famosísimos Siete Manifiestos, destacamos textos dadaístas como La primera aventura divina del señor Antipirina  y  Veinticinco Poemas y un poema;  de su época surrealista destaca Cereales y Salvado, obra capital de análisis teórico del surrealismo y donde expone su concepción poética, y la magna El hombre aproximado. Con motivo de la guerra civil española, sobre la que escribió muchos poemas y dos libros: Sures conquistados y En la brecha, entró a formar parte del partido comunista. Durante la ocupación alemana militó en la Resistencia. De su última etapa, más madura y lírica y menos experimental, sobresalen Hablando solo y La cara interior. En su última obra, La rosa y el perro, poema perpetuo, retoma su faceta vanguardista, inspirado por Duchamp. Fue sin lugar a dudas una figura clave en la evolución del Arte contemporáneo, aunque su obra sea poco conocida y en España ignorada al no estar traducida en su mayoría.

Introducción

En 1935 se funda el Comité de escritores para la defensa de la cultura del que llega a ser secretario general y  convoca en 1937 su segundo congreso en la ciudad de Valencia. Allí se reúnen cerca de 80 intelectuales y artistas provenientes de todo el mundo. Entre ellos sobresalen como ponentes Bergamin y Alberti.

Es la época de las purgas al POUM, los troskistas, el asesinato de Nin… los preparativos  se hacen desde el Madrid asediado; en Francia el Frente Popular agoniza y ya no se siente simpatía por la causa republicana. Situándose por encima de este hecho, lee uno de sus ensayos más importantes  titulado El individuo y la conciencia del escritor.  Es una defensa de la poesía como modo de vida y no como una mera profesión u oficio literario. Lo que podría llamarse en términos existencialistas como literatura comprometida.

Nuestra Lucha, 22 de noviembre de 1936

Es en este viaje donde se proyecta un libro Mora de España con colaboraciones extranjeras en favor de la República, libro que no se llegó a publicar y quedó en una plaquette con dos poemas uno de Vicente Aleixandre y otro de Tzara, según consta en la carta de Gil Albert del 22 de Julio de 1937.

Este discurso es el que sirvió de base para la definitiva redacción del ensayo con este título que incluyó en la recopilación de escritos sobre poesía titulada Las Esclusas de la Poesía. Libro inédito en castellano pero fundamental donde Tzara resume su pensamiento. Utilizando la dialéctica hegeliana y el psicoanálisis perfeccionado por Jung, cual dos bisturís precisos, resitúa la evolución de la poesía francesa desde Villon hasta Eluard. Contraponiendo los conceptos de poesía como actividad del espíritu, «poesía latente», pensar no dirigido, con el de poesía como medio de expresión, «poesía manifiesta», pensar dirigido. Por último, disecciona con precisión quirúrgica las diferentes épocas del desarrollo poético.

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Tristan Tzara
El individuo y la conciencia del escritor

 

El problema de tipo intelectual que hoy se plantea con mayor insistencia es el de la conciencia* : la conciencia del escritor y la conciencia que el escritor debe despertar en el lector.

Estos dos aspectos o caras de un mismo y único problema se confunden cuando son afrontados desde su ángulo actual, porque, aunque la adquisición de conciencia ha sido el centro de todas las preocupaciones de la razón desde que el hombre piensa y a lo largo de sus diferentes estados de desarrollo, no hay que identificar las cómodas clasificaciones y las operaciones del espíritu destinadas a estudiar el problema con los datos reales de su naturaleza, tal como los ofrece el hombre actual en su raciocinio.

Es verdad que la mayoría de los escritores, por sus orígenes y por su pertenencia al mundo de las ideas, hasta ahora se mantuvieron apartados de las luchas sociales.

Lista de participantes en el Congreso

En todo caso pudo influirles el carácter afectivo de esas luchas. Pero en el instante en que esas luchas latentes se transforman en luchas dinámicas, en ese instante revolucionario que hace estallar las guerras, ante el abrazo general de todos los elementos de una civilización, el escritor, si no quiere correr el riesgo de desaparecer como tal, debe tomar postura. Incluso su silencio o preocupaciones alejadas de la actualidad están cargados de significado. Más o menos legible, ese significado no puede frustarse de llegar a convertirse en una realidad histórica objetiva.

Hemos visto, ¡ay!, escritores que regresan a una torre de marfil que mucho tiempo después su razón ha abominado. Hemos visto, en nombre de idéntica razón, a escritores refugiarse, si no en una indiferencia ante los acontecimientos, sí, al menos en un estado de espíritu donde la justicia y la humanidad no tienen nada que hacer y que, bajo el estiaje de una balanza de tipo puramente mecánico, oculta su horror ante cualquier participación activa. El avestruz que hunde su cabeza en la arena para no saber lo que pasa ha vuelto a estar especialmente de moda.

Cuando no se trata de dejadez o inconsciencia, tenemos quehacer allí, en el espíritu de “no intervención” adaptado a la moda que afecta al mundo de las ideas. Toda la juventud, y por consecuencia el porvenir inmediato de la humanidad, es unánime en condenar este falso espíritu. ¿Quiénes son hoy los escritores que, basando su escepticismo sobre una ideología pacifista o antimilitarista, emplean íntegramente los preceptos formulados en régimen burgués a un estado de cosas que precisamente representa la voluntad de transformación de este régimen? Son los mismos que, paralizando, podríamos decir, en su carrera, una época revuelta, intentan justificar como revolucionario lo que desde hace mucho ha dejado de serlo.

Nos encontramos de nuevo en presencia de descontentos e insatisfechos que utilizan los mismos descontentos, las mismas insatisfacciones de una época anterior a acontecimientos que han rebasado hace mucho su objeto. Olvidan que el mundo es un incesante cambio, un movimiento continuo. Lo propio de las épocas revolucionarias es que esos cambios sean rápidos. La espontaneidad de estos cambios, su brusco movimiento, abren las compuertas a razones insospechadas, a energías latentes.

El reconocimiento de estos fenómenos sociales, ante los que el escritor no puede permanecer indiferente, implica por su parte el reconocimiento de una conciencia revolucionaria. Ésta se ubica, en relación con la conciencia pacífica de las épocas pre-revolucionarias, a un nivel superior. Nada podría destruir la indivisibilidad del espíritu humano. Establecer en este terreno una separación artificial sería ir contra la naturaleza de las cosas.

Llegada de Tristan Tzara y Léon Moussinac al Congreso de Valencia, foto incluida en el cuadro de prensa del Congreso (Wikimedia Commons)

La razón humana es una e indivisible y sus relaciones con la vida deben ser constantes. ¿Cuántas veces hemos oído decir que la libertad de conciencia es un bien sagrado de la humanidad y que se trata, en no importa qué circunstancias, de salvaguardarla? Sí, éste es nuestro deber, pero ¿de qué libertad se trata y de qué conciencia?

No tenemos derecho a desplazar el problema. ¿Acaso es la libertad, en nombre de una abstracción generosa, pero abstracción al fin y al cabo, quien socava  los fundamentos de un porvenir cuyo sentido ya se adivina? ¿Acaso no sabemos ya suficientemente que la libertad que usurpa la libertad de otro individuo se denomina tiranía? ¿Acaso no es la peor tiranía la de los instintos incontrolables que, por satisfacciones puntuales, pone en juego el destino de esta misma libertad que pedimos para los pueblos, para las comunidades, para los individuos?

Hay, pues, una gran confusión a desvelar entre aquellos que proclaman la libertad de conciencia a cualquier precio, porque, por un lado, la libertad no podría ser limitada por las necesidades sociales del momento, siempre en transformación y por el otro, la conciencia misma cambia su contenido en cada fase de la historia.

Si permanece idéntico el fin por alcanzar, la dignidad del hombre en libertad y conciencia, sería un crimen aplicar a unas épocas revolucionarias no sé qué principios paradisíacos de reivindicaciones inmediatas que la realidad de las cosas hace imposibles o perniciosas.

Por esta razón la palabra puede convertirse en un arma más terrible que los más potentes cañones. Sé hasta qué punto, para un ser sensible, el conflicto puede llegar a ser agudo, entre la conciencia del objetivo por alcanzar y el paso necesario para ese objetivo. No se trata de menoscabar al hombre, de castrarlo, sino, al contrario, de enriquecerlo, de conducirlo hacia la plenitud.

No se trata de renuncias, se trata únicamente de hacer patente el logro en dignidad de la persona humana. Yo he visto en los frentes de España, campesinos que, en grado extremo, renunciaron a lo que tenían, y que, habiendo adquirido ese minimum de conciencia de ser también hombres, puesto que ésto es lo que les fue negado durante siglos de opresión, se sintieron suficientemente maduros para en adelante sacrificar sus vidas impresas de esta nueva dignidad. No nos equivoquemos, la tarea que nos espera no es solamente de tipo teórico: además de la adquisición de una conciencia revolucionaria en el escritor, es preciso suscitar en las masas la conciencia del hombre y el deseo de lograr la dignidad y hacer patente ante los hombres el sentido de esa dignidad.

Las masas son fluctuantes, el papel del escritor es enorme en la batalla que debe librar para destruir su indiferencia.

Inauguración del II Congreso de Intelectuales antifascistas, Valencia, 1937, foto de Luis Vidal publicada en la revista Crónica el 18 de julio de 1937. 

El poeta, ya lo dije, es un hombre de acción, hasta ahora ha rechazado su deseo de acción y lo ha sublimado para crearse un mundo donde la plenitud del hombre podía seguir su libre curso. Pero era un mundo privado que presentaba pocas posibilidades de contacto con los restantes mundos vecinos.

Tras los trágicos acontecimientos, y cuán plenos de esperanza, que surcan la tierra española y alzan el espíritu a alturas de inefable pureza, hemos visto a estos mismos poetas identificarse con la lucha.

Esta pelea ha sido la solución a sus conflictos internos. En lo sucesivo nada les impedirá luchar hasta la victoria total, y esta victoria será una luz nueva que brillará en el horizonte del mundo entero como una señal definitiva de todas las victorias, se trata todavía de vencer y también de merecer.

Fuente: Original enviado por  Manuel Puertas, que coincide básicamente con el publicado en Aullido, 26 de noviembre de 2018.

Portada: Tristan Tzara y  Julio Álvarez del Vayo, ministro de Estado, collage a partir de fotos de Gerda Taro, publicado en Illustrated History of Dada (merzmail.net)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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