El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

 

Portugal: 25 de noviembre contra 25 de abril
Diego Díaz*

Portugal conmemora con división política el 25 de noviembre de 1975, uno de los episodios más complejos y controvertidos de su revolución democrática. Un episodio en el que las derechas portuguesas han querido fijar la derrota de los comunistas en el llamado Proceso Revolucionario en Curso, así como la reorientación del país hacia una democracia liberal capitalista.

Aquel 25N, apenas diecinueve meses después de la caída de la dictadura salazarista, y tan solo cinco días más tarde de la muerte de Franco en España, el país vecino se sobresaltaba con la noticia del levantamiento de los paracaidistas y otras unidades militares de la región de Lisboa. Las tropas y sus mandos, ubicadas políticamente a la izquierda del Partido Comunista Portugués, llegarían a tomar los estudios de la radiotelevisión pública, así como los peajes de la autopista Lisboa-Oporto y otros puntos de interés. Tres personas, dos defensores y un asaltante, perdieron la vida en los combates por la toma de la sede de la Policía Militar. Serían las únicas bajas de un movimiento que apenas duró 48 horas.

El detonante de la asonada militar fue la destitución del carismático Otelo Saraiva de Carvalho como comandante de la Región Militar de Lisboa y su relevo por el más reformista Vasco Lorenço. Héroes ambos del 25 de abril de 1974, los barbudos soldados y militares izquierdistas preferían a Otelo, al que en aquel momento muchos veían, con temor o con deseo, como el aspirante a convertirse en el Fidel Castro portugués.

El cese de Otelo no caía del cielo, sino que se inscribía en la lucha que se estaba dando en el seno del Movimiento de las Fuerzas Armadas, nacido tras la Revolución de los Claveles, entre el llamado Grupo de los Nueve, que reunía a los militares socialistas, socialdemócratas y liberales, y las tendencias más revolucionarias de la oficialidad, unas más afines al PCP y otras a los diferentes partidos de la izquierda radical.

O Povo está com o MFA, cartel de João Abel Manta para la 5ª Divisão, Lisboa, 1975, Portugal

El Ejército, árbitro armado de un país dividido

La lucha en el seno del Ejército tenía su correlato en la sociedad. En el verano de 1975 Portugal era un país profundamente dividido entre un sur y un área metropolitana de Lisboa en la que los movimientos sociales jugaban a la ofensiva, ocupando tierras, fábricas y casas, y un norte más conservador, en el que las fuerzas reaccionarias hostigaban a las izquierdas, mucho más débiles, con atentados y asaltos a sus sedes. Las manifestaciones en uno y otro sentido se alternaban y el espectro de la guerra civil sobrevolaba en un país que se enfrentaba además a un complejo proceso de descolonización en África y Asia, donde también se jugaba de qué bando de la Guerra Fría iban a caer las antiguas posesiones del imperio portugués. Gran Bretaña, potencia con tradicional influencia en los asuntos portugueses, se preparaba para intervenir en caso de que la situación derivase en un conflicto civil armado.

Quien controlase el Ejército decantaría la revolución portuguesa en el sentido de una rápida asimilación con las democracias liberales europeas, o por el contrario de la evolución a un sistema político de corte más socialista. Las elecciones generales de abril de 1975 habían dado la mayoría al Partido Socialista y al centro-derecha, partidarios de la “normalización” de Portugal y una rápida transición del poder militar al civil.

En comparación, los comunistas y los partidos a su izquierda eran mucho más débiles, entre todos habían logrado un 20% de los votos, pero en los cuarteles militares, las fábricas y en determinadas partes del país, sobre todo los barrios obreros y los pueblos de jornaleros, su fuerza era mucho mayor, y la capacidad de movilización muy grande.

A principios de noviembre de 1975 una huelga de trabajadores de la construcción acaba con un sitio de dos días al parlamento. Nadie reprimió el cerco, que impidió a los diputados salir del Congreso. Los sectores partidarios del restablecimiento del orden burgués consideraron que la situación era insostenible y que era fundamental depurar a la izquierda militar para volver a controlar a un Ejército en el que los soldados han generado también su propia organización, Soldados Unidos Vencerán, que cuestiona las jerarquías castrenses.

“Amenaza roja en Portugal”, Portada de Time del mes de agosto de 1975. De derecha a izquierda, el presidente Francisco da Costa Gomes, el primer ministro Vasco dos Santos Gonçalves y el líder revolucionario General Otelo Saraiva de Carvalho
¿Golpe, pronunciamiento o provocación?

El historiador Manuel Loff apunta que más que un golpe de Estado hay que hablar del 25 de noviembre de 1975 como una protesta de una parte de la izquierda militar o de un “pronunciamiento”, al estilo decimonónico. Es decir, los paracaidistas sublevados aspiraban a que su acto de rebeldía fuera el aldabonazo de un gran movimiento no solo secundado por otras unidades del Ejército, sino también en las calles por los sectores obreros y populares que a lo largo de todo el año 1975 venían movilizándose por una revolución que no solo fuera política, sino también social y económica, en uno de los países con más pobreza y desigualdad de Europa.

Sin embargo, y a pesar de la fascinación por el modelo bolchevique de los múltiples partidos comunistas, prosoviéticos, maoístas o trotskistas, las calles permanecieroan frías. Por un lado la dirección del Partido Comunista Portugués ató en corto a los sindicatos y movimientos bajo su influencia. Por otro, casi nadie en la izquierda radical terminaba de fiarse de las posibilidades de éxito de un movimiento que parecía más fruto de un calentón que de un gran plan para tomar el poder.

Una cosa era gritar en las manifestaciones a favor del Poder Popular y de la unidad de los obreros, soldados y marineros, y otra muy distinta ejecutarla. Tampoco Otelo Saravia, el hombre que podría haberse puesto al mando de la asonada quiso hacerlo, con lo que el movimiento quedaría sin apoyos y descabezado.

El 25 de Novembro no se convertiría por lo tanto en el asalto al Palacio de Invierno, sino más bien en la protesta, con las armas en la mano, de los sectores más izquierdistas del Ejército, que veían su poder menguante por la ofensiva de sus adversarios del Grupo de los Nueve.

Álvaro Cunhal, líder del PCP, sabía que un paso en falso de los comunistas habría conducido a su ilegalización. Este era quizá el plan de un sector del Ejército y de los políticos conservadores, que según Loff buscaban sobre todo provocar a la izquierda militar para tenderle una trampa y poder desarmarla. Los comunistas serían acusados por algunos partidos y medios de comunicación de estar detrás de la intentona, pero nadie podría probar nada. Costa Gomes, presidente de la República, protegió a los comunistas de las voces que pedían su ilegalización.

Quienes no se libraron de la represión serían los militares implicados en el 25N. Algunos huyeron a Cuba, otros fueron purgados y expulsados del Ejército. La izquierda militar quedó seriamente debilitada, perdiendo así los movimientos sociales la protección de la que habían gozado en 1975, cuando por ejemplo los soldados apoyaron las ocupaciones de tierras en el sur de Portugal. Con todo, la revolución siguió adelante. También las resistencias conservadoras, incluyendo sus expresiones terroristas. Todavía en 1976 la Constitución declararía a Portugal como un país en transición al socialismo.

En opinión de Loff el 25 de noviembre no supuso el final de la reforma agraria ni de la autogestión de las fábricas, pero sí el principio del fin de la fase ascendente de la revolución. Los sectores conservadores todavía tuvieron que hacer grandes concesiones a la izquierda y los movimientos sociales, muy fuertes, pero sabiendo que con el Ejército depurado de los sectores más izquierdistas, y siendo pacientes, podrían terminar reconquistando el Estado. Así sucedió.

El detonante de la asonada militar fue la destitución del carismático Otelo Saraiva de Carvalho como comandante de la Región Militar de Lisboa y su relevo por el más reformista Vasco Lorenço. Héroes ambos del 25 de abril de 1974, los barbudos soldados y militares izquierdistas preferían a Otelo, al que en aquel momento muchos veían, con temor o con deseo, como el aspirante a convertirse en el Fidel Castro portugués.

El cese de Otelo no caía del cielo, sino que se inscribía en la lucha que se estaba dando en el seno del Movimiento de las Fuerzas Armadas, nacido tras la Revolución de los Claveles, entre el llamado Grupo de los Nueve, que reunía a los militares socialistas, socialdemócratas y liberales, y las tendencias más revolucionarias de la oficialidad, unas más afines al PCP y otras a los diferentes partidos de la izquierda radical.

Vehículos militares en la Plaza del Rossio, en Lisboa, día 25 de noviembre de 1975. Foto: João Marques Valentim
El Ejército, árbitro armado de un país dividido

La lucha en el seno del Ejército tenía su correlato en la sociedad. En el verano de 1975 Portugal era un país profundamente dividido entre un sur y un área metropolitana de Lisboa en la que los movimientos sociales jugaban a la ofensiva, ocupando tierras, fábricas y casas, y un norte más conservador, en el que las fuerzas reaccionarias hostigaban a las izquierdas, mucho más débiles, con atentados y asaltos a sus sedes. Las manifestaciones en uno y otro sentido se alternaban y el espectro de la guerra civil sobrevolaba en un país que se enfrentaba además a un complejo proceso de descolonización en África y Asia, donde también se jugaba de qué bando de la Guerra Fría iban a caer las antiguas posesiones del imperio portugués. Gran Bretaña, potencia con tradicional influencia en los asuntos portugueses, se preparaba para intervenir en caso de que la situación derivase en un conflicto civil armado.

Quien controlase el Ejército decantaría la revolución portuguesa en el sentido de una rápida asimilación con las democracias liberales europeas, o por el contrario de la evolución a un sistema político de corte más socialista. Las elecciones generales de abril de 1975 habían dado la mayoría al Partido Socialista y al centro-derecha, partidarios de la “normalización” de Portugal y una rápida transición del poder militar al civil.

En comparación, los comunistas y los partidos a su izquierda eran mucho más débiles, entre todos habían logrado un 20% de los votos, pero en los cuarteles militares, las fábricas y en determinadas partes del país, sobre todo los barrios obreros y los pueblos de jornaleros, su fuerza era mucho mayor, y la capacidad de movilización muy grande.

Álvaro Cunhal, líder del PCP, sabía que un paso en falso de los comunistas habría conducido a su ilegalización. Este era quizá el plan de un sector del Ejército y de los políticos conservadores

A principios de noviembre de 1975 una huelga de trabajadores de la construcción acaba con un sitio de dos días al parlamento. Nadie reprimió el cerco, que impidió a los diputados salir del Congreso. Los sectores partidarios del restablecimiento del orden burgués consideraron que la situación era insostenible y que era fundamental depurar a la izquierda militar para volver a controlar a un Ejército en el que los soldados han generado también su propia organización, Soldados Unidos Vencerán, que cuestiona las jerarquías castrenses.

Rendición de los paracaidistas tras el fracaso de la intentona del 25 de noviembre
Una memoria en disputa

La irrupción de la extrema derecha heredera del salazarismo ha supuesto la recuperación del 25N como fecha memorialista alternativa al 25 de abril, y arma arrojadiza contra la izquierda. André Ventura, el líder ultraderechista portugués, ha definido el 25N como la jornada que instauró “la verdadera democracia” en Portugal , motivo por el cual ya pidió en 2024 que fuera declarada festivo nacional, como lo es el 25 de abril.

En un país que en comparación con España compartía hasta ahora un cierto relato común democrático entre derecha e e izquierda, Chega ha logrado con éxito arrastrar a la derecha tradicional a lo que el historiador Francisco Bairrão Ruivo llama irónicamente el “Proceso de Radicalización en Curso” de Alianza Democrática, coalición en la que algunos de sus miembros se sienten muy cómodos con la significación anticomunista del 25N.

Como apuntaba este fin de semana en Público, “la exacerbación del 25 de noviembre revela el auge de una derecha ultraconservadora, radical, fundamentalista y resentida que busca venganza y un ajuste de cuentas histórico”. Una derecha que, según este investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Nova de Lisboa, “siempre ha tenido una mala relación con el 25 de abril y con la matriz revolucionaria de la democracia portuguesa, la descolonización, las independencias africanas y la participación de las masas populares en la política”.

Frente a las manifestaciones previstas por el Día Internacional contra la Violencia Machista, el Gobierno de derechas celebrará el 25N con un desfile militar. Inquietante.

*Diego Díaz es historiador y redactor de Nortes.me

Fuente: El Salto 25 de noviembre de 2025


Raquel Varela: “Cuando se habla de socialismo se habla de Stalin. ¿Por qué no de la Revolución portuguesa?”

 

Pablo Elorduy

Nacida tres años después del final de la Revolución de los Claveles, Raquel Varela (Cascaes, 1978) ha dedicado a este momento gran parte de su trabajo como historiadora. Ejerce como profesora de Historia en la Universidade Nova de Lisboa y mantiene un ritmo de investigación que le lleva a varios puntos distintos siempre en una dirección, en la que la historia de las y los de abajo se sitúa como protagonista de esos episodios de lucha. En septiembre ha estado en Madrid, Iruña y Barcelona para presentar su Historia popular de la revolución de los claveles (Verso, 2024), traducido al castellano una década después de su publicación en Portugal.

El libro comienza advirtiendo que el proceso que llega al 25 de abril es muy largo y que tiene que ver con la reacción contra el colonialismo portugués en África. Habitualmente identificamos la Revolución con su desarrollo no violento, pero te encargas desde el principio de contar esa otra historia.
Lo que defiendo es que, al contrario de lo que dice la mayoría de la historiografía, para mí el proceso revolucionario portugués no es un proceso que tenga solamente detrás suya una guerra colonial. Es un proceso revolucionario que empieza con una revolución anticolonial en 1960, con las huelgas de los trabajadores forzados en Angola. Portugal es el país que utiliza el trabajo forzado hasta más tarde, hasta el año 1974. Esto está profundamente imbricado con el imperialismo británico y su conexión con África del Sur, un aspecto que desarrollamos en nuestro nuevo libro Historia Popular de Portugal que hemos hecho del punto de vista ibérico y global. En la Historia popular de la revolución de los claveles planteo claramente esa hipótesis de que el motor no es la guerra colonial, sino la revolución anticolonial. Hablamos entonces de un proceso revolucionario en dos momentos: la revolución anticolonial y la revolución en la metrópoli.

¿Qué significa esto respecto al relato habitual?
Una primera cuestión es que no es solamente el movimiento de las Fuerzas Armadas el que protagoniza el golpe del 25 de abril el que abre las puertas a la Revolución, sino que la revolución empieza en África. Por tanto, si es una revolución que empieza en África, estamos hablando de un proceso revolucionario sangriento. Por primera vez publiqué las cifras de muertos del lado de los movimientos de liberación, que en ese tiempo eran considerados ciudadanos de Portugal. Hasta ahora, la historiografía ha hablado de los muertos de la guerra colonial solamente fijándose en los muertos del ejército portugués. Es intolerable desde el punto de vista científico. Según los cálculos en los archivos militares, entre el anticolonialismo, hay cien mil muertos de Angola, Mozambique y Guinea. En este tiempo solo había una sociedad más militarizada que la portuguesa: la de Estado de Israel.

¿Qué consecuencias tiene en el plano internacional la revolución de abril de 1974?
La diplomacia norteamericana de la época decía que solo tenía un problema mayor que Portugal: Vietnam. Después de abril, temían lo que el presidente [Gerald] Ford llamaba el “Mediterráneo Rojo”. En mi libro desarrollo la tesis, que para mí es absolutamente demostrable, de que la revolución ha sido determinante en el fin del franquismo y el fin de la dictadura de los coroneles en Grecia. Todo el mundo conoce la revolución chilena, pero casi nadie conoce la revolución portuguesa, que ha sido la principal revolución europea en la segunda mitad del siglo XX. La secuencia es que la revolución anticolonial lleva a la derrota de la guerra colonial y a la radicalización de los militares. Los hospitales pasaron a estar autogestionados, las escuelas también. Es un proceso de democracia participativa simpar. En Estados Unidos el efecto de la radicalización de una parte de los militares, no de todos, desata el pánico. Porque se junta todo, es como una tempestad perfecta desde el punto de vista de la burguesía. Se junta el movimiento obrero masculino con el femenino, las fábricas con los servicios, las colonias con la metrópoli. El impacto de la revolución es uno de los más importantes de toda la historia. De una población de diez millones de personas, tres millones estuvieron involucradas. Hablamos de la nacionalización de la banca sin compensaciones, hablamos de más de mil empresas autogestionadas.

“Amenaza roja en Portugal”, Portada de Time del mes de agosto de 1975. De derecha a izquierda, el presidente Francisco da Costa Gomes, el primer ministro Vasco dos Santos Gonçalves y el líder revolucionario General Otelo Saraiva de Carvalho

Defiendes que es al mismo tiempo una revolución en el sentido clásico, de toma de los medios de producción, pero que anticipa también las reivindicaciones del siglo XXI, involucrando a sectores nuevos. ¿Cómo es esto posible?
Más de la mitad de los conflictos tuvieron lugar en fábricas, en plantas industriales, pero la revolución se extendió al sector de servicios, a la enseñanza, a la salud. Es una revolución, como decía Paul Sweezy, “del siglo XXI”, porque toda la revolución fue televisada, porque los periodistas practican la autogestión en la televisión pública. Los medios de comunicación funcionan en ese momento bajo gestión democrática de los periodistas. Los hospitales están bajo una gestión combinada de médicos, enfermeros y personal técnico. Son ellos los que deciden la planificación del hospital y la organización del trabajo. Es una revolución que demuestra inequívocamente la centralidad del trabajo y, a partir de la centralidad del trabajo, una cuestión que para mí es muy importante, que es la subjetividad de los trabajadores. Hay toda una centralidad de los modos de vida. No se trataba sólo de ocupar casas para tener vivienda, sino para hacer teatro. No se trataba sólo de abrir el hospital, sino de discutir sobre la autonomía del trabajo, el sentido del trabajo. Y eso es profundísimo.

Hay una cuestión fundamental y es el papel de las mujeres y el cuestionamiento de la división sexual del trabajo. ¿Hasta qué punto es importante en el proceso revolucionario?
Creo que es un tema central. Yo soy muy crítica de un abordaje identitario o puritano de las cuestiones de la división sexual y de género, etcétera. Me parece que, en ese sentido, se debe estudiar el proceso de la revolución portuguesa, porque lo que sucede, verdaderamente, es un encuentro del género humano: los obreros y las obreras pelean juntos por el mismo salario para el mismo trabajo. Cuando se van a hacer piquetes de huelga por la noche, muchas mujeres duermen solas fuera de casa por primera vez. Se plantea la cuestión de la autonomía de la mujer. Portugal es el primer país que tiene guarderías abiertas todo el día porque se plantea la cuestión de la socialización del trabajo doméstico. Las mujeres están dirigiendo las comisiones de enseñanza, planteando cuestiones fundamentales.

¿Cuál es el sustrato del que surge esto?
Esto está relacionado con que Portugal movilizó 1,2 millones de hombres para la guerra, y otro millón y medio migró a trabajar a Francia o Alemania. Aquello plantea una escasez de fuerza de trabajo en las fábricas. Son empleos ocupados por mujeres. A finales de los 60, Portugal tiene la mayor tasa de trabajo femenino de toda Europa. Entonces, las mujeres plantean cuestiones como la guardería abierta todo el día: eso es una conquista de la Revolución de los Claveles. Más que una pelea hombres-mujeres, lo que plantea la revolución es una pelea de clase contra el capital. Hay una superación dialéctica de las divisiones de género.

El retraso de Portugal en el momento de la revolución es evidente, hasta el punto de que se llega a hablar de la “Albania atlántica”, para compararlo en materia de derechos de las mujeres, de desarrollo humano, económico, etcétera. ¿Cómo se explica entonces el salto adelante que supone la revolución?
Yo creo que la categoría del desarrollo desigual y combinado de Trotsky es la que mejor nos sirve para interpretar este proceso. Por un lado, era una población profundamente atrasada —la mayor tasa de mortalidad infantil y materno infantil de Europa, los sueldos más bajos— y al mismo tiempo había una intelectualidad moderna, una literatura importantísima y un movimiento obrero, concentrado en Lisboa y Setubal, que es entonces fortísimo. Era uno de los países más atrasados de Europa, pero con bolsas de vanguardia que van a ser determinantes para la toma de conciencia política y el desarrollo de las organizaciones políticas y de cuadros. Me estoy refiriendo a bolsas como el movimiento obrero industrial de las ciudades y los movimientos estudiantiles, muy influenciados por el mayo del 68 y radicalizados en el marxismo contra la guerra colonial. Las dos cosas coexisten: hay partes del país que están más cerca de la Edad Media, pero el movimiento obrero, el movimiento estudiantil, estaban conectados a lo último que salía de Francia.

Juicio a las “tres Marías”: Maria Teresa Horta, Maria Velho da Costa y Maria Isabel Barreno, autoras en 1972 del libro “Novas Cartas Portuguesas”, prohibido por las autoridades de la dictadura, que procesaron a las autoras por   pornografia, obscenidad y abuso de la libertad de prensa. La revolución de abril de 1974 interrumpió el proceso y permitió su absolución (foto: Privat)

El Estado portugués atraviesa una gran crisis en ese momento.
Junto con España, Portugal era una de las dictaduras más largas de entonces. El 40% del presupuesto era para economía de guerra y la gente no tenía agua potable en Lisboa. Los consejos, los soviets, se forman para cuidar de la producción y reproducción social que el Estado capitalista no estaba consiguiendo asegurar. Entonces, cuando se da el golpe de Estado y la Revolución empieza, la burguesía no tiene con quién hablar, porque los sindicatos estaban prohibidos y los partidos estaban prohibidos. La gente espontáneamente empezó a organizarse en consejos obreros y consejos de escuelas y comisiones de enseñanza, que toman todas las decisiones de organización de trabajo, de organización de escuela, de organización de ciclo escolar, del trabajo en los hospitales, de la organización del sueldo en las fábricas. El Estado entra en crisis profunda y con ello su capacidad de organizar la producción. Y eso, para mí, demuestra la dualidad de poderes que es lo que caracteriza un proceso revolucionario. En la actualidad hay una tendencia de la izquierda a estar permanentemente demandando al Estado, pero una política revolucionaria es una política de conquistas contra el Estado, de autoorganización de los trabajadores contra el Estado y no de exigir al Estado. Esa es una política reformista, socialdemócrata clásica.

El efecto sobre España es inmediato.
La relación con España es central. Para mí, la Revolución portuguesa es interpretada como una alarma roja en España en el sentido de que se interpreta que es necesario empezar una transición de élites para evitar un proceso revolucionario, para evitar el contagio. Aporto mucha documentación en ese sentido. También funciona en sentido contrario: la contrarrevolución en Portugal, la derrota de la revolución, está íntimamente ligada con los pactos de Moncloa. Hay una revolución y contrarrevolución ibérica. Y la forma de la contrarrevolución ibérica, que es a través de elecciones, Estado social, concesiones a los trabajadores, negociaciones con el Partido Socialista y Comunista, es la forma que va a adoptar la doctrina Carter para el fin de las dictaduras en América Latina en los años 80. La península Ibérica es el laboratorio de aquello que llamamos contrarrevolución democrática. Porque el proceso chileno, una contrarrevolución sangrienta, no era posible hacerlo con las condiciones de desarrollo de la clase trabajadora que se habían dado en Portugal y también en España. En el libro que hemos publicado, que en portugués se llama Breve historia de Portugal, pero es una historia popular de Portugal, abogamos y desarrollamos más profundamente esta tesis.

¿Cuáles son las conexiones principales a lo largo de la historia?
Defendemos que la revolución de 1868 también es ibérica y antes lo fue la revolución popular contra las invasiones francesas. Salazar va a ser esencial para las tropas de Franco y la derrota de la Revolución española torna definitiva la victoria de la dictadura en Portugal. De igual manera, el fin de la dictadura portuguesa torna imposible la continuidad del franquismo y los dos países son obligados a entrar juntos en la Unión Europea. La Asociación Internacional de los Trabajadores en Portugal es fundada a partir de Madrid y de Barcelona. Se cantaba el Grandola en Sevilla. Los militares españoles radicales tenían también contactos con los militares del movimiento de las Fuerzas Armadas. La UGT portuguesa es fundada a partir de la UGT española. El vínculo también se da en la extrema derecha, cuando la extrema derecha pilotada por António Spínola es obligada a salir de Portugal, es en Madrid donde se exilian.

¿Por qué crees que habitualmente no se establecen esas relaciones al tratar la historia de los dos países?
Para mí, la historiografía está presa dentro de la historiografía burguesa nacional, pero las dinámicas del trabajo populares y sociales también muestran esa imbricación. El contacto es total. Es un absurdo no pensar Portugal-España como un todo; hay diferencias obvias, respecto a la cuestión independentista, que no se aplica en Portugal, o las circunstancias coloniales, que son distintos. Hay una relación directa. Infelizmente, la idea de Estados ibéricos socialistas, o partidos ibéricos socialistas que fue muy querida por el anarcosindicalismo y el socialismo, hoy ha desaparecido. Se ha perdido la idea de la organización, porque los Estados están de espaldas, pero en la realidad social es al revés: nada pasa en un país que no tenga efecto en el otro.

Militares detienen a agentes de la PIDE/DGS en abril de 1974. Fundo DN/DL, CX 18, EN 28, NReg. 1821. https://25aprilptlab.ces.uc.pt/

Muchos militantes antifranquistas viajaron a Portugal en los días de la Revolución para verla con sus propios ojos. ¿Cómo funciona ese flujo ibérico en esos momentos?
Hay investigaciones académicas muy interesantes sobre eso, hechas en Portugal y hechas en España, que han demostrado que hay una conexión directa entre los estudiantes, los grupos maoístas, los grupos anarquistas, los independentistas. Muchos de estos se van, se exilian, se organizan en Portugal. En casa de mi familia, por ejemplo, estuvieron acogidos militantes huidos del franquismo en los años 74 y 75. En Portugal, cuando los últimos garroteados del franquismo son asesinados en 1975, la izquierda popular radical ataca la Embajada de España y el consulado y los periódicos portugueses acuerdan llevar una portada única, que dice “Franco asesino”. La imbricación no es mayor porque los partidos comunistas y los partidos socialistas tenían un acuerdo para que Portugal y España estuvieran en la esfera occidental y obstaculizaron cualquier desarrollo internacionalista. Eso es algo que también he planteado en mi investigación y en mi tesis de doctorado, que es sobre la historia del Partido Comunista Portugués en la Revolución.

 

Has hablado de los vínculos de las extremas derechas, esto existe también en el nivel represivo, entre la Policía Internacional y de Defensa del Estado (PIDE) portuguesa y la Dirección General de Seguridad. ¿Sobreviven esos lazos a la revolución?
Sabemos que hay una relación estrecha entre Franco y Salazar y que hay contactos entre las policías políticas. Y eso dura desde el inicio de la dictadura española hasta el final. Después de 1974, la PIDE, la policía política es desmantelada. La revolución asalta su sede. La policía se vuelve incapaz de funcionar. Ese proceso es distinto al de España. En España hay una pervivencia del franquismo en instituciones como la Guardia Civil que en Portugal no se da. La gente del aparato represivo es totalmente apartada, jubilada, detenida… La mayoría no llega a ser juzgada, pero es apartada. El archivo de la PIDE es archivo público. El archivo de Salazar es hoy un archivo público, en España no, está en manos de la familia Franco.  Entonces, desde ese punto de vista, la respuesta es no. Las instituciones represivas son totalmente destruidas con la Revolución.

La extrema derecha muere en Portugal durante muchos años. ¿En qué contexto encuadras su regreso en esta década?
La extrema derecha en Portugal no obedece a fenómenos como los de España, donde aun tiene un respaldo social derivado de la fuerza del franquismo en los aparatos del Estado; un hecho que viene de que no hubo una revolución, hubo una transición. En Portugal hay una extrema derecha tradicional que tiene respaldo social que, como en España, está vinculada a sectores de la Iglesia Católica, pero la extrema derecha que ha surgido ahora está conectada con la extrema derecha internacional. Ha surgido dentro del aparato represivo del Estado portugués. Se nutre de las policías, de la Guardia Nacional Republicana y está promovida —lo digo sin miedo de la palabra— por la comunicación social burguesa: el líder de la extrema derecha tenía apenas un diputado y era la tercera figura con más espacio mediático en los medios liberales y socialdemócratas. Para mí, eso demuestra que hay una parte de la burguesía portuguesa que, ante la perspectiva de huelgas, conflictos sociales y fuerza de los trabajadores, está preparando su plan B: “gobernamos con democracia liberal si es posible, con bonapartismo si es necesario”.

¿Y qué relación tiene la derecha con la revolución? ¿Ha intentado apropiársela o la rechaza?
El cartel de la extrema derecha en Portugal respecto a la Revolución decía “A 50 años estamos mal”. Ellos reivindican el 24 de abril. Para ellos el problema empezó el 25 de abril. Lo que sí está haciendo la extrema derecha, con los sectores liberales y socialdemócratas, es reivindicar el golpe del 25 de noviembre de 1975, que puso fin a la Revolución. Su argumento es que el 25 de abril se derrotó a la dictadura y que eso está bien, pero que el 25 de noviembre se derrotó a la dictadura de los trabajadores y empezó la democracia liberal. Eso implica una profunda deshonestidad histórica, porque lo que pasó en Portugal en diecinueve meses de Revolución no fue una dictadura de los trabajadores, fue el momento más democrático de toda la historia de la Península Ibérica, solo equiparable a lo que fueron los consejos en Barcelona en los años 1936 y 37. En esos 19 meses, los trabajadores discutían todo, debatían todo abiertamente y la única dictadura durante esos meses fueron los ataques con bombas de la extrema derecha, son las tentativas de control del aparato de Estado, etcétera, etcétera. Nada que ver con los consejos obreros y de trabajadores. Pero existe una mitología que dice que los trabajadores querían una dictadura estalinista. Está instalada para calumniar un proceso de democracia participativa y para justificar una dictadura que es la democracia liberal. Porque la democracia liberal implica una dictadura en los centros de trabajo. Se permite el voto, el sufragio universal, es una democracia política desde el punto de vista del régimen político, pero es una dictadura desde el punto de vista de la producción. Ningún trabajador es llamado a decidir lo que produce, por qué produce y para quién produce. Y en Portugal, los meses de la Revolución, fueron una democracia política y social.

¿Cuál es el legado positivo que queda de la revolución?
Es un legado peligroso para la burguesía. Es lo que planteo en el cómic que hicimos con Robson Vilalba, El pueblo es quien más ordena (Txalaparta, 2024). Es la idea de que la utopía es posible. Porque cuando se habla de socialismo se habla de Stalin y de Camboya. ¿Por qué no se habla de lo que pasó durante la revolución portuguesa? Es el momento en que la gente se escuchó, cooperó, defendió la libertad y la igualdad. Entonces, el mayor legado de la revolución es que muestra como posible un mundo socialista en el que igualdad y libertad van juntas, en el que no tienes que abdicar de una. En el capitalismo abdicas de la igualdad, en el estalinismo abdicas de la libertad. Y la revolución portuguesa ha demostrado que el proyecto socialista del siglo XIX en realidad existió. Ese es su mayor legado.

Fuente: El Salto 15 de septiembre de 2024


Imagen: El Salto

Cuando los campesinos portugueses tomaron la tierra… y la contrarrevolución se la despojó a tiros

Diego Díaz

El 27 de septiembre de 1979 dos campesinos caían muertos por disparos de las fuerzas de orden público en el municipio de Montemor-o-Novo, en la región del Alentejo. Se trataban de António Maria do Pomar Casquinha, de 17 años, y João Geraldo, “Caravela”, de 57. Un tercero, Florival António Carvalho, de 23, sería también baleado por la Guardia Nacional Republicana, y aunque herido de gravedad, lograría sobrevir.

Los tres campesinos participaban en una movilización para impedir la devolución de las fincas de su cooperativa a su antiguo propietario, Manuel António Padeira, que se había presentado en el pueblo escoltado por las fuerzas del orden público. La contrarreforma agraria había comenzado en Portugal y los campesinos sin tierra que habían construido la democracia de abril la estaban perdiendo.

vozoperario.pt
Una revolución rural

Las icónicas imágenes de Lisboa el 25 de abril de 1974, con los claveles rojos en las bocas de los fusiles de los soldados, han eclipsado a menudo el fuerte componente rural que el proceso revolucionario tuvo en un país en el que a principios de los años 70 todavía un 30% de la población activa trabajaba en el campo. El río Tajo corta en dos Portugal y funciona como una suerte de frontera natural entre un país que se hace minifundista hacia el norte y latifundista hacia el sur. Será en este último, en el Portugal meridional, en el que se viva con mayor intensidad un proceso revolucionario que tiene como protagonistas a los campesinos sin tierra, jornaleros muy pobres, acostumbrados a soportar largas temporadas de desempleo entre cosechas.

Aunque la ocupación, de casas y de fábricas, fue también un fenómeno común en el Portugal urbano de 1974 y 1975, sería en el sur rural, y en especial en la extensa región del Alentejo, donde la colectivización de la propiedad privada alcanzaría mayores dimensiones convirtiéndose en un movimiento de masas. Y es que para ese sector ultraexplotado que son los jornaleros y jornaleras, la caída de la dictadura, la democracia y la revolución se asociaban de un modo casi instintivo a la toma de la tierra.

Asamblea de campesinos (foto: PCP)
Un goteo de ocupaciones

Las ocupaciones de fincas en el Alentejo y otras partes del sur comenzaron de un modo casi espontáneo, al poco de conocerse el fin del régimen de Marcelo Caetano. Temerosos de represalias colectivas por su apoyo a la dictadura, algunos propietarios rurales huyen a la España franquista y a otros refugios seguros tras el 25 abril. El vacío de poder anima a los campesinos, liderados por el Partido Comunista y sus sindicatos rurales a tomar las tierras y explotarlas de manera colectiva.

El goteo de ocupaciones se incrementa tras el fallido golpe de Estado de septiembre de 1974. El fracaso de la intentona derechista conduce a un giro a la izquierda de la revolución, tanto a nivel social como institucional. Con el coronel Vasco Gonçalves, próximo al Partido Comunista, como primer ministro, las ocupaciones rurales se van a generalizar en todo el sur del país con el apoyo del Gobierno y del Ejército. Militantes urbanos de los partidos de izquierdas y miembros del Movimiento de las Fuerzas Armadas colaboran con los campesinos en las ocupaciones de tierras que el Gobierno de Lisboa ampara y progresivamente legaliza.

La televisión pública mira con simpatía el insólito proceso que vive el campo, en el que soldados y campesinos participan codo con codo en la toma de las tierras a unos propietarios a los que, resignados, no les queda más remedio que aceptar la consigna de que “la tierra es para el que la trabaja”.

Sobre los propietarios pesa la acusación de mantener tierras ociosas, abandonadas, pero también la sospecha de ser enemigos de la revolución que están saboteando la producción agrícola. Ambas acusaciones legitiman todavía más el proceso de ocupaciones, que recibirá un fuerte espaldarazo en las Bases Generales de la Reforma Agraria, aprobadas por el Gobierno el 15 de abril de 1975. Seis meses más tarde, en septiembre de 1975 hay ya medio millón de hectáreas ocupadas por los campesinos, y cuando el VI Gobierno Provisional acabe sus funciones, casi 1.200.000 de hectáreas ocupadas. El fenómeno tiene tanta magnitud que la Constitución democrática de 1976 consagra en su Título IV la Reforma Agraria, y la define en su artículo 96 como “uno de los instrumentos fundamentales para la construcción de la sociedad socialista”.

António Casquinha (17 años) y João “Caravela” (57 años), muertos por lla GNR en el concejo de Montemor O-Novo, el 27 de setiembre de 1979
Unidades Colectivas de Producción y Cooperativas

Aunque algunas de las tierras expropiadas serán explotadas en pequeñas parcelas familiares, serán las cooperativas y las llamadas Unidades de Producción Colectivas los principales cauces de organización de la reforma agraria. Estas últimas, las UPC, son la principal herramienta defendida por el Partido Comunista y sus sindicatos, que apuestan por grandes explotaciones, de propiedad estatal, pero autogestión campesina, susceptibles de ser modernizadas y tecnificadas gracias al crédito del Estado. En su momento de esplendor las Unidades de Producción Colectiva llegarán a emplear a unos 72.000 campesinos y campesinas, 45.000 de ellos de forma permanente.

La reforma agraria portuguesa supone pues una de las experiencias de autoorganización popular más importantes de la segunda mitad del siglo XX en Europa Occidental. Los campesinos demuestran que pueden sacar adelante la producción de una manera colectiva y democrática, y además reducir sustancialmente el histórico problema del Portugal meridional: el desempleo rural. Las nuevas explotaciones aumentan la superficie cosechada y con ello la mano de obra que emplean. En gran medida acabar con las largas temporadas de desempleo es una de las principales motivaciones de los jornaleros para ocupar tierras.

Sin embargo, y a pesar de sus éxitos, el experimento también tiene sombras. La producción no cumple las expectativas y parte de las cooperativas y Unidades de Producción Colectivas fracasan económicamente. Los motivos son múltiples: errores en la planificación de los cultivos, falta de asistencia técnica y económica por parte del Estado, exceso de mano de obra empleada o incluso malas condiciones climatológicas durante varios años del proceso revolucionario. Cuando toque ajustar el empleo serán las mujeres a las que les toque ser mayoritariamente temporeras, mientras los hombres se quedan en mayor medida los puestos de empleo fijos.

Abandono de instalaciones de la UCP Agricola de Unidade Trabalhadores, de Campo Maior (foto del artículo de Moisés Cayetano Rosado “Ofensiva contra la reforma agraria en el Portugal posrevolucionario”, O Pelourinho, 2018)
Contrarreforma agraria

Con el giro a la derecha de la política portuguesa a partir del fallido golpe de Estado de noviembre de 1975, esta vez de signo izquierdista, la reforma agraria pierde apoyo institucional y mediático. Dentro del mundo rural hay además divisiones entre pequeños campesinos, cooperativistas y asalariados de las Unidades de Producción Colectiva. Los intereses de unos y otros no son siempre coincidentes.

La fuerte pugna entre socialistas, defensores de un Portugal asimilable al resto de la Europa Occidental capitalista, y comunistas, defensores de un modelo democrático con rasgos socializantes, también se trasladará a los sindicatos agrícolas y el mundo rural.

Aunque los comunistas conservan su poder social y municipal en el Alentejo y el área metropolitana de Lisboa, tras el fin del gobierno Vasco Gonçalves su influencia en la política nacional queda muy limitada. Y es que casi al mismo tiempo que Portugal aprueba en 1976 una Constitución que define a la República como un país en transición al socialismo, está comenzando un proceso de contrarrevolución que limita los aspectos más progresistas de la transición democrática portuguesa, entre ellos la propiedad colectiva de fábricas y explotaciones agrícolas, cuya reversión ya está en marcha.

Los antiguos dueños del país ven en la estabilización política la oportunidad de recuperar su poder perdido, y en paralelo a la homologación de Portugal con las democracias liberales europeas va a darse una ofensiva de industriales, banqueros y latifundistas por recuperar aquello que la revolución les había arrebatado.

El proceso de “vuelta a la normalidad” no estará exento de episodios de violencia. Los casos más dramáticos serán los dos muertos de septiembre de 1979 en las protestas contra la devolución de la tierra a sus antiguos dueños, así como los dos manifestantes abatidos por la policía el 1 de Mayo de 1982 en Oporto.

Si bien el desmontaje de la reforma agraria para reintroducir el capitalismo y revertir las colectivizaciones comienza con el primer ministro socialista Mario Soares, el proceso de contrarreforma se agudizará 1982, bajo la coalición de centro derecha presidida por Sà Carneiro, que “suaviza” los términos de la Reforma Agraria en la Constitución.

“Alentejo, la última barricada del 25 de abril”, titulaba en marzo de 1983 un reportaje El País sobre la dura conflictividad social que se vivía en la región meridional en aquellos tiempos. Las movilizaciones, huelgas y enfrentamientos con la policía para retener las tierras conquistadas en la revolución se prolongarán durante años. La guerra se perderá en términos generales, pero la resistencia campesina también logrará ganar algunas batallas parciales. A finales de 1988, en vísperas de la gran reforma constitucional de 1989, de signo neoliberal, todavía quedaban en pie algunas “barricadas de abril”: 216 Unidades de Producción Colectiva, con 225.000 hectáreas en explotación y 13.120 trabajadores, de los que son 5.480 mujeres.

Fuente: El Salto 25 de abril de 2024

Portada: Una mujer coloca un clavel en el fusil de un soldado en Lisboa el 25 de abril de 1974. / CENTRO DE DOCUMENTAÇÃO 25 DE ABRIL (CC)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia y El Salto

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