El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

Santiago M. López
Universidad de Salamanca

El congreso que se celebra en Salamanca se inscribe en los actos conmemorativos que toman como referencia los 50 años de la muerte de Francisco Franco (1892-1975) para su conmemoración. Esta efeméride se ha visto auspiciada durante el presente año desde el Gobierno con el Real Decreto 1/2025, de 7 de enero, por el que se crea el Comisionado para la celebración de los 50 años de España en Libertad. La controversia sobre si era o no apropiado hablar de “España en Libertad” y de “celebración” ha sido notable. En Conversación sobre la Historia nos hicimos eco con dos publicaciones, una con el artículo de Josep María Fradera, Xosé Manoel Núñez Seixas y José María Portillo, editado el día 10 de enero en El País y otra con el texto de Francisco Carantoña. Como bien señala Carantoña, los historiadores ya teníamos en la agenda desde hacía tiempo la efeméride como fecha propicia para hacer lo que nos gusta hacer: remover, incomodar para poner a nuestras sociedades frente al espejo de la historia. Resultaba una fecha ideal para plantear varias discusiones y una de ellas es la que centra el congreso de Salamanca: ¿qué hacía y cómo era visto Franco durante el Quinquenio Republicano?

Si nos fijamos bien en estas cuestiones la conmemoración gana su pleno sentido de acontecimiento para reunirnos y poner encima de la mesa reflexiones e investigaciones. Evidentemente estas dos preguntas tienen la virtud de discutir si Franco se fue adiestrando como dictador o la historia forjó a un dictador. Por supuesto, cabe la hipótesis de que los acontecimientos de julio del 36 fueron una suerte de tormenta que creó su propia dinámica y que, por tanto, no hay que mirar al inmediato pasado, pero esto nos resulta un tanto contraintuitivo a los historiadores, así que nos quedamos con la disyuntiva planteada. Desde esta dualidad, algo dialéctica, presentamos a continuación los breves resúmenes de las ponencias. No obstante, permítaseme hacer una breve digresión personal.

En 1975 cuando muere Franco yo era un adolescente de 14 años. Ese día mi madre me mandó ir a las mantequerías de mi barrio para comprar una botella de cava y medio kilo de pasteles. Era su cumpleaños. Por supuesto, todos en casa sabíamos que estábamos celebrando su cumpleaños, pero también el primer día de un poquito más de esperanza y libertad, como así fue, así que ¡Viva la libertad!

Además de la asistencia presencial, se podrán seguir las sesiones del Congreso  mediante conexión telemática, previa inscripción gratuita en el siguiente enlace memoriademocratica.usal.es

Resumen de las ponencias

Paul Preston
“Franco y la República”

La relación entre Francisco Franco y la Segunda República fue desde el inicio una relación envenenada. Franco había sido un militar mimado durante la monarquía de Alfonso XIII ascendiendo rápidamente en la jerarquía militar. A los 33 años, se convirtió en uno de los generales más jóvenes de Europa, lo que le otorgó un prestigio excepcional.

La llegada de la República representó un baño de agua fría para él. El Gobierno, con su política de erradicar el militarismo, revisó los ascensos militares y suprimió grados en el escalafón, como el de teniente general y los de las capitanías generales. Además, el 28 de enero de 1933 se publicaron los resultados de las revisiones de los ascensos del periodo de la Monarquía. Le reconocieron a Franco su ascenso a coronel, pero no a general de brigada, con lo cual se vio congelado en el escalafón hasta que llegara por antigüedad y vacantes a donde estaba en esa fecha. Por tanto, mantuvo su grado, pero bajó en el escalafón de generales de brigada del número uno al 24, de un total de 36, lo que lógicamente le llenó de resentimiento. Esto, junto con el cierre de la Academia General Militar de Zaragoza que él dirigía, generó en él un profundo resentimiento. El ministro de Guerra, Manuel Azaña, intentó doblegar a Franco, asignándole destinos menos prestigiosos. Sin embargo, esta estrategia falló, ya que el resentimiento de Franco se acentuó. La situación solo mejoró durante el bienio negro, cuando políticos como Diego Hidalgo y Gil Robles lo ascendieron y le encomendaron responsabilidades importantes, entre las que destaca la represión de la insurrección de Asturias. Finalmente, después de la victoria del Frente Popular y la postergación a Canarias, Franco debió sentir que tanto agravio justificaba el hecho de unirse a la conspiración que pondría fin a la República.

Los generales Franco, primo de Rivera y Martínez Anido pasan revista a la primera promoción de cadetes de la Academia General Militar de Zaragoza en 1928 (foto: Marín Chivite)

 Fernando Puell de la Villa

“Franco y la Academia General Militar”

La Academia General Militar fue creada en 1882 y disuelta en 1893, pero sus alumnos mantuvieron vivo el llamado “espíritu de la General” durante los siguientes treinta años, escenificándolo con reuniones conmemorativas de la fecha de su creación. En la celebrada en 1912, aprovechada para entregar la faja de general a Miguel Primo de Rivera, se le emplazó a restaurar la General si “en el porvenir” llegara a ejercer responsabilidades de gobierno. Por ello, cuando en 1923 se erigió en dictador, decidió hacer realidad el proyecto, materializado el 20 de febrero de 1927.

La ponencia aborda el proceso de creación de la Academia General Militar en su segunda época; las aportaciones del general Franco, a quien Primo de Rivera confió su dirección pese a su nula experiencia docente; las características del plan de estudios elaborado por el coronel Miguel Campins, y la nómina de profesores y alumnos. Por último, se presta atención al traumático cierre de la Academia por Azaña en junio de 1931 y sus repercusiones mediáticas e institucionales.

Francisco Alía Miranda
“Franco y la sublevación del 10 de agosto de 1932”

El general Francisco Franco no tuvo ninguna participación en la sublevación del 10 de agosto de 1932, según demuestran la historiografía y las fuentes originales del proceso judicial. Parece ser que nunca se comprometió con los conspiradores, según la mayor parte de los testimonios, aunque por sus palabras pudo dejar algunas dudas. El objetivo de esta ponencia consiste en analizar las razones por las que el general Franco no participó en la Sanjurjada, a partir del estudio de la relación de Sanjurjo y Franco desde la guerra de Marruecos a la proclamación de la Segunda República. Sanjurjo y Franco mantuvieron una estrecha relación en la guerra de África, especialmente en el desembarco de Alhucemas. Sanjurjo fue uno de los pocos generales comprometidos con el golpe de Estado del general Primo de Rivera en septiembre de 1923. Franco recibió al régimen militar con mucha desconfianza, pesando en él más su “ideología” africanista que sus razones políticas, muy en sintonía con las del dictador. También los dos generales tuvieron profundas diferencias con la proclamación de la República, el 14 de abril de 1931. Franco, como africanista, recibió al nuevo régimen con mucho temor y desconfianza. También con desagrado. Mientras, Sanjurjo, al frente de la Guardia Civil, colaboró con el Gobierno Provisional.

Lisardo Doval Bravo con el general Francisco Franco (foto: Wikimedia Commons)

Carmen García García
“Franco y la revolución de octubre de 1934”

En la ponencia se contraponen las figuras de López Ochoa y Francisco Franco en la liquidación de la revuelta del 34 en Asturias.  Mientras Franco, con el mero nombramiento personal como “asesor” del ministro de la Guerra, el notario Diego Hidalgo -del que algunos acólitos franquistas llegaron a sostener que hubo un verdadero “enamoramiento” del ministro por la brillante capacidad militar del general Francisco Franco- permitió que éste actuase de facto como ministro en aquellos 15 días. Diego Hidalgo le cedió su propio despacho y se limitaba a firmar las órdenes de Franco, quien disfrutaba por vez primera de tan alta posición político-militar.

El general Eduardo López Ochoa llevó la campaña sobre el terreno; campaña que intentó puentear el hombre de Franco en Asturias, Yagüe, al mando de tropas regulares y legionarios. Su actuación no fue precisamente brillante, salvo en lo que atañe a la represión contra la población civil de los barrios de la capital.

Yagüe, además, cometió actos de indisciplina frente a su superior jerárquico, López Ochoa; hubo un violento enfrentamiento a raíz del “pacto” entre López Ochoa y Belarmino Tomás en el que el subordinado llegó a esgrimir su pistola ante su superior. Contra todos los principios esgrimidos tantas veces por Franco sobre la disciplina, Yagüe no tuvo sanción alguna, protegido como estaba por el general devenido en ministro.

Franco, que en 1934 fue calificado como “verdugo de Asturias”, no arrostró más allá tal baldón y sorprendentemente dicho calificativo recaerá en López Ochoa, quien pagará con su vida cuando estalle la guerra, y masas enfurecidas madrileñas le sacaran del hospital, ejecutándole ominosamente en el verano del 36.

De otra parte, todos los honores, y fueron muchos, recayeron en el general Franco, “la espada más limpia de Europa” al decir de sus admiradores, y aunque también fue reconocida la labor de López Ochoa, el rango de héroe de la derecha lo detentaba en exclusiva Don Francisco Franco Bahamonde.

Andando el tiempo, el propio Franco, ya dictador perpetuo, criticó -en una obrita editada por la Fundación Francisco Franco– la actuación de López Ochoa en su campaña de octubre del 34.

José María Gil Robles, ministro de la guerra, con los Generales Goded, Fanjul y Franco y el coronel Aranda durante unas maniobras militares en Asturias en julio de 1935 (foto: Región, 23 de julio de 1935)

Roberto Muñoz Bolaños
“Franco como jefe de las Fuerzas de África y del Estado Mayor Central”

Después de la Revolución de Octubre de 1934, Francisco Franco Bahamonde se convirtió para la derecha moderada en el “salvador de la República”, lo que le permitió alcanzar los destinos más importantes del Ejército. Esta posición de prestigio en el ámbito político justificaría su negativa a participar en un supuesto golpe de Estado monárquico que se organizó en el mismo mes de octubre. Por el contrario, colaboró activamente con Alejandro Lerroux, presidente del Consejo de Ministros y titular de la cartera de Guerra tras el cese del también radical Diego Hidalgo el 16 de noviembre. El veterano político quiso nombrarle Alto Comisario de España en Marruecos, pero fue vetado por el presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora. No obstante, poco después, el 15 de febrero de 1935, se convirtió en jefe “de las Fuerzas Militares de Marruecos”, el mando sobre tropas más importante del Ejército español. Por primera vez en su carrera, Franco recibió un destino de primera categoría que sería clave para su devenir en la Guerra Civil. Durante los tres meses que permaneció en Tetuán reafirmó sus convicciones militares africanistas, estrechó sus vínculos con los mandos de las unidades y estableció una sólida relación con su jefe de Estado Mayor, el coronel Francisco Martín Moreno. La culminación de su ascenso en la jerarquía militar de la República se produjo con su nombramiento como jefe del Estado Mayor Central por el nuevo ministro de la Guerra el líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) José María Gil-Robles. Se trataba del “órgano” era el “pensante del Ejército”, cuyo titular en caso de guerra “desempeñaba el cargo de jefe de Estado Mayor General del Ejército de operaciones, constituyendo el Estado Mayor de este con personal designado desde tiempo de paz del destinado en el Estado Mayor Central”, de acuerdo con el decreto del 4 de julio de 1931 que reorganizó el Ejército español.

Franco permaneció en este puesto desde el 17 de mayo de 1935 hasta el 21 de febrero de 1936. Durante estos nueves meses su actividad se centró en cuatro aspectos relacionados con su experiencia militar anterior:

  1. Reforzar la guarnición de Asturias, territorio que seguía considerando poco seguro.
  2. Elaborar un documento titulado Personal y material necesario para la defensa de las islas Baleares, finalizado el 6 de enero de 1936. El plan que se recogía en sus páginas sería clave para derrotar la invasión republicana dirigida por el capitán Alberto Bayo en agosto de 1936.
  3. Potenciar la motorización del Ejército.
  4. Poner en marcha un plan para rearmar las unidades en un periodo de tres años.

Sin embargo, estos proyectos nunca se culminaron por la salida de Gil-Robles del Ministerio de la Guerra el 14 de diciembre de 1935 y la subsiguiente crisis política que culminó con la convocatoria de elecciones para el 16 de febrero de 1936.

Francisco Franco, todavía jefe de Estado Mayor, y dos ayudantes, durante unos ejercicios de tiro en Carabanchel el 16 de enero de 1936 (foto: archivo El País)

María Gajate
“Franco y su imagen pública tras la revolución de Asturias”

Al iniciarse octubre de 1934, el general Francisco Franco poseía una notable fama y una imagen muy consolidada entre la opinión pública española, ya que era un militar con enorme protagonismo mediático y un carisma, en lo estrictamente castrense, que se remontaba a su época de combates en Marruecos. Sin embargo, la Revolución de Asturias y su relevante papel en el aplastamiento del movimiento insurreccional dotarán de nuevos matices, sin duda más severos y de contenido político, al personaje. Los acontecimientos que se desarrollaron en Oviedo y la cuenca minera asturiana entre los días 5 y 19 del mes significaron un parteaguas en la historia de la Segunda República y, por extensión, en la trayectoria de quien protagoniza este encuentro, que se desempeñó como asesor personal del ministro Diego Hidaldo desde Madrid.

El objetivo de esta ponencia es, dicho esto, abundar en las continuidades y cambios en la imagen que de Franco se proyectaba en la prensa nacional del momento con el doble propósito de entender mejor las razones de su escoramiento político y las interpretaciones de la historiografía más reciente sobre este capítulo de la Historia. Ante la imposibilidad de acometer un análisis sistemático de todos los periódicos de gran tirada, se seleccionarán algunas cabeceras (ABC, El Debate, El Socialista desde finales de 1935, etc.) y se analizan los contenidos relacionados con Franco y con la actuación del Ejército en Asturias hasta el inicio de la guerra civil.

Eduardo González Calleja
“Franco y las elecciones del Frente Popular”

El análisis detallado de las actuaciones del general Franco durante los 110 días que transcurrieron entre el anuncio de la convocatoria electoral de 1936 y su frustrada candidatura electoral en Cuenca puede resultar interesante por varias razones: fue la primera vez en que Franco tomó la iniciativa en una crisis política (la del 16 al 20 de febrero), pero su actuación estuvo llena de ambigüedades y equívocos que lastraron su carrera profesional (su “exilio” a Canarias) y su posición en la trama conspirativa que desembocó en el golpe de julio.

Comparando los testimonios de algunas de las personalidades más destacadas de esa coyuntura histórica, se da respuesta en la ponencia a algunas preguntas que ayudan a esclarecer el papel que en ella tuvo Franco: ¿Cuándo comenzaron a conocerse los resultados electorales favorables al Frente Popular y cuál fue la reacción de los líderes de la derecha? ¿Quién propuso la declaración del estado de guerra? ¿Fue correcta su justificación basada en una presunta situación de desbordamiento del orden público? ¿Por qué no se declaró la ley marcial y cuál fue el papel de Franco en todo este proceso? La narración circunstanciada de las iniciativas tomadas por los principales actores políticos e institucionales de esta crisis nos ayuda a entender las distintas estrategias de conquista del poder que entraron en juego en esos días cruciales.

El Rosario (Tenerife), 17/06/1936. El comandante general de Canarias Francisco Franco, reunido con los jefes y oficiales de las guarniciones del archipiélago en el Monte de la Esperanza.

Ángel Viñas
“Franco y la conspiración”

La conspiración contra la República empezó en el mismo 14 de abril de 1931. No es nueva. Es coincidente con lo que han demostrado la mayoría de los especialistas: desde Preston a González Calleja, sin contar muchos otros, también de la anterior generación (Thomas, Jackson, Southworth, Tuñón, Aróstegui, Sánchez-Asiaìn), de la mía y de colegas más jóvenes (Bahamonde, Casanova, Cruz, Pecharromán, Moradiellos,  Reig Tapia, Francisco Sánchez Pérez, Saz y Tusell), por no citar sino a unos cuantos.

Dicha conspiración contó desde el principio con la ayuda de la Italia fascista, aspecto que empezó a elaborar Preston y que secundaron Ismael Saz, Morten Heiberg, Eduardo González Calleja, Julio Gil Pecharromán y Sánchez Asiain, entre otros, pero sin llegar a mis conclusiones en ausencia de evidencias definitivas corroboradoras.

Por el contrario, los historiadores de derechas, españoles y extranjeros, siempre han mantenido otra. Está entroncada en la de los golpistas de 1936 y sus sucesores, en la guerra, en la postguerra y durante la dictadura. Sostiene que el 18 de Julio se preparó para evitar la inminencia de una sublevación comunista apoyada por la Unión Soviética de la época.

En la ponencia se analizan algunas de las circunstancias de la conspiración y la actuación de Franco al respecto.

Ana Martínez Rus
 “Franco y la cultura republicana: de la socialización del libro al bibliocausto”

La democracia republicana facilitó el despliegue de políticas culturales, destacando la política bibliotecaria, que inició un proceso de socialización de la lectura en el país. El acceso al libro se concibió como un derecho más, pero el reparto de colecciones y la apertura de establecimientos públicos generó también importantes resistencias por parte de los sectores más reaccionarios del país, articuladas en las derechas políticas, la prensa y la Iglesia.

En esta ponencia se analiza ese interesante proceso de democratización del libro, así como la oposición que generó que durante la guerra desembocará en el fenómeno del bibliocausto, donde se destruyeron miles de libros y se depuraron bibliotecas, editoriales y librerías. Las quemas de libros fueron impulsadas por los militares golpistas y la Falange junto con los líderes derechistas de las diferentes localidades. Las hogueras en las plazas de los pueblos fueron un acto fundacional del Nuevo Estado, tras la ocupación franquista. Por último, se analizará la biblioteca personal de Francisco Franco en el Pazo de Meirás.


 

No es el momento de las referencias bibliográficas, pero permitidme que mencione el Congreso celebrado en Zamora en 2019, a los 80 años del fin de la guerra civil, Queda mucho por decir sobre la Guerra Civil, título que podría extenderse al periodo de 1931-1936 para seguir comprendiendo la Anatomía del Franquismo y fortalecernos en este mundo de expectativas limitadas.

Para terminar esta invitación a asistir al congreso de Salamanca nada mejor que leer al propio Franco y sus meditadas disquisiciones sobre sí mismo.

Tras ser nombrado Jefe del Estado Mayor Central el 17 de mayo de 1935 creó la 2ª Sección de los Estado Mayores de la 2ª Sección de Información anticomunista y de contraespionaje. Años después, en 1956, escribiría al respecto de aquella Sección:

“Los paisanos echaban cables al Ejército pretendiendo tomar contacto con los jefes y oficiales más distinguidos. Durante estos años de República fueron varias las veces que compañeros simplistas se acercaron a mí con ánimo de estimularme a poner coto a la marcha que la nación llevaba. Mi respuesta fue siempre la misma: el papel del Ejército es guardar la unidad y su disciplina, sirviendo lealmente y sin reservas al Estado, que si el Ejército sabe mantenerse así no ocurrirá nada irreparable…[1]

[1] Suárez Fernández, Luis (1987): “Apuntes” personales sobre la República y la guerra civil. Textos de Francisco Franco ordenados y transcritos por Luis Suárez Fernández. Madrid: Fundación Nacional Francisco Franco.

Fuente: Conversación sobre la historia

Portada: Detalle de una foto de grupo de Azaña y Casares Quiroga con Franco y otros militares en A Coruña, 1932 (foto: archivo ABC)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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