Las efemérides patrióticas siempre son un buen momento para detenerse a pensar en qué es lo que celebramos y en dónde lo aprendimos. La escuela es la respuesta más inmediata y la legitimidad de la que goza rara vez nos hace ir a buscar fuentes más allá. Pero deberíamos, nos dice Ray Raphael en un artículo que examina brevemente lo que se enseña a los niños estadounidenses sobre la independencia del 4 de julio. Deberíamos porque “es mediante el estudio de la historia que los jóvenes aprenden por primera vez sobre la política y el poder” y éstos procesos pueden ser colectivos y negociados, o estar concentrados en individuos y parecer impuestos. La independencia de Estados Unidos se atiene a la última descripción.

El origen del texto de Raphael está en la pregunta de si los mitos tan presentes en los primeros recuentos sobre la Guerra de independencia —que estudió en su libro Founding Myths: Stories That Hide Our Patriotic Past— efectivamente se han dejado atrás. La respuesta, previsiblemente, es que no. Incluso a pesar de los esfuerzos conscientes por narrar una historia nacional que sea más multicultural. En la revisión de más de veinte libros de historia para la educación básica, media y media superior, descubre que la mayoría de los eventos que no relatan “la verdad” tienen que ver con periodizaciones y actores.

Destrucción del cargamento de té de la East Indian Company en el puerto de Boston. Early U.S. History

Por ejemplo, cuenta que en 1774, granjeros y artesanos se levantaron en armas en todo Massachusetts y derrocaron a la autoridad británica. En octubre de ese año los habitantes de Worcester disolvieron la constitución y decidieron que era hora de crear una nueva. El mito de que Jefferson fuera el responsable de las ideas en la Declaración de independencia, dice Raphael, elimina del relato las ideas y métodos emprendidos por los habitantes de Massachussets, que casi dos años antes estaban ya en ese mismo camino. El autor también nos informa de las 90 “declaraciones de independencia” reveladas por Pauline Maier en su libro American Scripture que son anteriores a la de julio de 1776. Los libros de texto dejan fuera antecedentes importantes y no se proecupan por seguir el trabajo de investigación serio que se hace desde la academia.

Por el lado de los participantes, hace mucho se reconoce la conveniente coincidencia de los intereses que Francia tenía en América, los cuales ayudaron en las presiones de los independentistas contra la corona británica. Sin embargo, Raphael recuerda que si la revolución norteamericana se sostuvo fue porque Inglaterra tenía problemas, no sólo con Francia, sino con España, Holanda y con Rusia que estaba a punto de unirse a la guerra. Los ingleses tenían frentes abiertos en  las Indias orientales, el mar del Norte, el Canal de la mancha, Gibraltar, el Mediterráneo, el Sur de África y la India. La retirada británica en las colonias norteamericanas fue más bien estratégica y el heroísmo de los habitantes de este lado del océano puede ser fácilmente relativizado.

Pero son otros los actores que recuerda los que han quedado verdaderamente relegados de la historia protagonizada por los “Founding Fathers” de Estados Unidos. Dice el autor que hoy en día se reconoce la participación de los afroamericanos en la contienda, pero nunca se dice que aquellos que se aliaron con los ingleses eran mucho más numerosos que los que buscaban la independencia. Si uno lo piensa, seguro que a partir de eso se contaría una historia radicalmente distinta sobre la libertad en este continente.

Sin embargo, como es evidente, la peor injusticia narrativa todavía se la llevan los habitantes originarios de las tierras que hoy celebran su independencia de Europa.  “La revolución americana fue el mayor conflicto entre los indios americanos y los americanos europeos en la historia de la nación”, dice Raphael. Y es que se olvida que una de las mayores causas de la revolución estuvo en el deseo desmedido de adquirir tierras trans-apalaches, así como en la especulación de tierras que emprendieron George Washington, Thomas Jefferson, Patrick Henry, entre otros protagonistas del momento. La coalición de habitantes originarios que se creó en la década de los ochenta –la más grande la historia estadunidense, remarca el historiador– es ignorada; y en primaria y secundaria los niños no aprenden nada sobre la campaña de Sullivan en la cual los independentistas quemaron pueblos iroqueses enteros en Pensylvania y Nueva York y destruyeron miles de granjas para seguir debilitándolos.

Tratado de Penn con los indios. Benjamin West ,1771-1772. Museo de Pensilvania

Según Raphael, el origen de estas omisiones y exageraciones es que se piensa que así se cuentan mejores historias. Pero se suele abusar del poder de las “buenas narrativas”  por lo que, a cambio, pide que en la escuela se cuente la historia “real”. Esto da cuenta de una idea muy común sobre lo poco entretenida que es la realidad y lo divertida que resultan las exageraciones y fantasías. Raphael no parece darse cuenta de que pensar así deja entrever un juicio que posiblemente contribuya a la historia que narran los libros de texto en EU que critica. ¿Qué lleva a suponer que la historia de los indios americanos durante la disputa de terceros por su territorio sería aburrida?, ¿porqué los afroamericanos tienen derecho a protagonizar con heroísmo sólo hasta la llegada de la Guerra civil?

No es suficiente dar toda la información y hacerlo de manera objetiva. Las ideas preconcebidas a la hora de buscar, ordenar y compartir los datos del pasado son igualmente importantes. De ahí, de hecho, lo fundamental de la historia escolar que reconoce el propio Raphael y los esfuerzos del Proyecto Zinn que retoma su texto como se puede ver aquí. Si la idea es demostrarle a los niños que sus decisiones importan porque la historia está hecha de las decisiones de muchos, es importante hacerlo dándoles toda la información. Pero el compromiso y la conciencia no sólo se hacen de datos.

Fuente: Nexos, 4 de julio de 2021

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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