Iñaki Iriarte Goñi
Catedrático de Historia Económica de la Universidad de Zaragoza

 

En una escena de la película “Los hermanos Marx en el Oeste”, Groucho quiere mantener una locomotora circulando a toda velocidad, pero la máquina se va quedando sin combustible. Para solucionar el problema envía a sus hermanos a desguazar los vagones de madera del propio tren en marcha, y al grito recurrente de “¡más madera!” va alimentando la caldera. Al final de la escena el tren sigue circulando muy rápido, pero con unos vagones desvencijados, sin techo, y unos pasajeros viajando a la intemperie. Probablemente sin querer (aunque nunca se sabe con el genial Groucho) los hermanos Marx crearon en esa película una metáfora de los peligros de un tipo de crecimiento económico que tiene como único objetivo ir más rápido, crecer más, y que para mantener su velocidad a toda costa no duda en esquilmar los recursos naturales, ignorando que con ello está desguazando el planeta mismo, al tiempo que deja a sus habitantes desprotegidos y los hace más vulnerables. Dedicar un post a la madera en estos momentos puede parecer algo totalmente ajeno a la complicada situación que la Covid 19 está generando. Pero en este mundo sistémico en el que vivimos, quizás los problemas relacionados con la evolución histórica de ese recurso y de su principal fuente de suministro, los bosques, no estén alejados del todo de los problemas víricos que nos acechan en la actualidad. 

Imagen del s. XIX de una mujer transportando leña, posiblemente en Canadá (cdnhistorybits.wordpress.com)

La escena de la película de los Marx resume a las mil maravillas las dos funciones tradicionales que la madera ha tenido a lo largo de la historia: por un lado, ha sido y es una de las principales fuentes tradicionales de energía; por otro, se ha utilizado como materia prima para la construcción, o para la creación de un sin número de objetos. Y ambas funciones pueden rastrearse hasta tiempos inmemoriales en el sentido más estricto del término. Desde la prehistoria, la leña quedó asociada con el fuego y con todo su potencial simbólico y real para la supervivencia y para la transformación de materiales (desde la cocción del pan, a la fundición de los metales, pasando por la fabricación de cerámicas). Pero al mismo tiempo la madera jugó un papel esencial en la creación de las primeras herramientas (desde las lanzas para la caza, a los palos de cavar para la agricultura), y, por supuesto, en la construcción de casas e infraestructuras básicas que fueron imprescindibles en la aparición de las primeras civilizaciones. Una de las ventajas históricas de la leña como energía era que se podía almacenar y permitía por tanto hacer acopio y repartir su consumo a lo largo del tiempo. Otra era que, convirtiéndola en carbón vegetal eliminando el agua que contiene, alcanza una potencia calorífica muy elevada, y además, al haber reducido su peso, podía transportarse a distancias relativamente amplias incluso con los elevados costes de transporte del mundo pre industrial. Por otra parte, la resistencia y el carácter maleable de la madera resultaban fundamentales para su uso como materia prima. Pero el rasgo de este recurso que sin duda ha tenido mayor importancia, es su carácter renovable. De hecho, su formación a partir de la luz solar y del proceso de fotosíntesis la convierte en una fuente inagotable de recursos, siempre que su consumo se realice de forma sostenible, es decir, siempre que se consuma a un ritmo menor al de su propio crecimiento[1].

Fabricación de carbón vegetal. Grabado del siglo XVIII (imagen: www.gallica.bnf.fr)

En qué medida las sociedades del pasado eran conscientes del problema de la sostenibilidad, le llamaran como le llamaran, es algo que no está del todo claro, pero si lo está el hecho de que en muchas ocasiones esa ley básica no se cumplió. De hecho, hay investigadores que asocian el colapso de algunas civilizaciones y de algunos imperios, incluyendo el Romano, a la deforestación causada por un consumo abusivo de madera[2]. Así mismo, partir del siglo XVI es habitual encontrar referencias históricas a la escasez de madera en muchos países europeos, en un contexto en el que la demanda de ese producto estaba aumentando debido al crecimiento de la población, al incremento de la construcción urbana y de las manufacturas que requerían fuego para su fabricación, y también al aumento sin precedentes de la construcción de barcos para las flotas y las armadas de los nuevos Estados nación. El poder naval partía de algo tan básico como el aprovisionamiento de la madera de calidad necesaria para la construcción de grandes navíos, y prácticamente todas las monarquías europeas fueron estableciendo a lo largo de la Edad Moderna controles sobre el aprovechamiento de los bosques para asegurarse esos suministros. Ni que decir tiene que el incremento de la demanda y los intentos de control estatal generaron tensiones y conflictos abundantes en el uso de los espacios forestales, y contribuyeron en muchos casos a la deforestación y a la caída del consumo energético per cápita, especialmente para los sectores sociales menos favorecidos.

Madera para la exportación en un muelle de Quebec, 1872 (imagen: McCord Museum)

Es precisamente en la escasez de madera donde suele situarse el inicio del salto que en algunos lugares de Europa se dio desde el siglo XVIII hacia la utilización masiva de recursos fósiles para el consumo energético. De hecho, el incremento documentado del precio de la leña en algunos países, con Inglaterra a la cabeza, llevó a buscar fuentes energéticas alternativas como el carbón mineral, que en principio era menos deseado por los problemas de extracción, de combustión y de humo que causaba, pero que con el tiempo acabaría imponiéndose por su alta capacidad calorífica y también por ser más fácil de obtener en grandes cantidades, al encontrarse, al contrario que la leña, concentrado geográficamente en algunos puntos concretos[3]. Esa transición energética unida a los procesos de cambio tecnológico, estuvieron en la base de la revolución industrial que, para lo que aquí nos interesa, supuso no sólo el triunfo de la energía fósil que de ahí en adelante se usaría de forma masiva en forma de carbón, de petróleo o de gas, sino también el triunfo de materiales de origen mineral como el hierro y el acero primero, o el aluminio y el cemento después, que cada vez fueron más utilizados. Todo ello puso fin desde el siglo XIX a lo que algunos denominaban como “la edad de la madera”[4]. A partir de ahí los nuevos materiales parecieron eclipsar a ese recurso al sustituirlo como fuente de energía y como materia prima para muchas utilidades. Una visión simplista de este proceso podría sugerir que gracias al cambio tecnológico se superaron los problemas de escasez, saltando a un estadio superior. Sin embargo, un análisis más detenido nos dice que, en los nuevos escenarios tecnológicos surgidos a partir del siglo XIX, los problemas relacionados con el consumo de madera no desaparecieron, sino que simplemente se transformaron.

Tendido eléctrico sobre postes de madera, Seattle 1952 (foto: www.pauldorpat.com)

El consumo de madera a lo largo de los dos últimos siglos muestra una evolución compleja. Por una parte, es obvio que conforme muchos países fueron avanzando en sus procesos de industrialización y de crecimiento económico, la madera fue perdiendo protagonismo energético en favor de los recursos fósiles. Sin embargo, ese declive fue bastante más lento y mucho más irregular de lo que muchas veces se supone. En términos generales, la industria de los países más desarrollados saltó rápidamente hacia la energía fósil, pero la leña siguió jugando un papel central en muchos aspectos. Uno, no menor, fue la actividad minera, que (como se ha señalado recientemente en este blog) podía ser muy exigente en leña para el beneficio de los minerales. Otro fue el consumo doméstico que en muchas circunstancias siguió atado a la leña y al carbón vegetal hasta las primeras décadas del siglo XX. Además, en algunos momentos de crisis y guerras en los que los combustibles fósiles tendían a escasear y resultaban extremadamente caros, no fue inusual una vuelta temporal a la leña en muchos países europeos. En el caso del mundo rural, el consumo de madera con fines energéticos fue aún más duradero. Esto es lógico si pensamos que mientras que la leña podía recogerse con facilidad en buena parte del territorio y ser utilizada con sistemas tradicionales de cocina y calefacción, la energía moderna en forma de carbón, de electricidad o de gas requería de la construcción de redes de suministro y distribución, y de la compra de aparatos modernos. Tanto una cosa como la otra tardaron mucho tiempo en estar disponibles en todo el territorio y por tanto la leña siguió siendo predominante durante mucho tiempo. Por lo demás, no faltaron países de industrialización tardía como Brasil, que debido a la abundancia de leña disponible basaron en ese recurso una parte importante de su crecimiento industrial hasta los años sesenta del siglo XX. Es obvio también que, en los países menos desarrollados, incluso hoy en día la leña sigue jugando un papel imprescindible en la supervivencia diaria de millones de personas, al ser su única fuente de calor para cocinar o calentarse. Por otra parte, las nuevas tecnologías que permiten generar combustibles tipo pellet con la compactación de astillas de leña y serrín, está reactivando el uso de leña también en los países más desarrollados.[5]    

Transporte de traviesas de ferrocarril para RENFE desde la Sierra de Cazorla, años 50 (foto: J.M. Solé)

 

En lo que se refiere a la madera como materia prima, es cierto que desde el siglo XIX perdió protagonismo en algunas funciones importantes, entre las que cabe destacar la construcción de barcos cuyos cascos comenzaron a fabricarse de hierro y acero. Pero la propia industrialización hizo crecer el uso de la madera para otros usos que antes eran insignificantes o simplemente no existían. El sostenimiento de las galerías de las minas subterráneas fue consumiendo miles de millones de postes de madera para las entibaciones; la extensión de las redes de telégrafo, teléfono y electricidad se sostuvo también sobre postes de madera hasta fechas tan tardías como los años sesenta; y lo mismo ocurrió con las traviesas de los cientos de miles de kilómetros de tendidos ferroviarios que se extendieron por todos los continentes. Toda esa madera era tratada para que fuera más duradera, pero, aun así, con el tiempo tenía que ser sustituida y eso incrementaba aún más el consumo. Algo similar puede decirse de los toneles, las cajas y los embalajes de madera, que fueron imprescindibles en el fortísimo incremento del comercio tanto interior como exterior que acompañó al crecimiento económico. En lo que se refiere a la construcción, si bien la madera fue cada vez menos usada en las estructuras de los edificios, siguió siendo predominante en elementos clave como las ventanas, las puertas, los suelos y los revestimientos, y por supuesto mantuvo su importancia en la fabricación de los muebles que fueron llenando hogares y oficinas conforme se expandió la urbanización. Finalmente, desde finales del XIX la madera se convirtió en la materia prima preferida para la producción de papel y cartón, y eso ligó su consumo a sectores pujantes a lo largo de todo el siglo XX como la prensa diaria, el mundo editorial o el de los embalajes para un sin número de productos, sin olvidar la enorme demanda de papel para todo lo relacionado con la administración tanto pública como privada. De hecho, el uso de la madera para producir pasta de papel es el que resulta predominante a escala global desde las décadas finales del siglo XX.[6]

Madera para pasta de papel apilada en el puerto de Ribadeo, 2015 (foto: La Voz de Galicia)

En definitiva, si bien la “era de la madera” en sentido estricto llegó a su fin con la revolución industrial, la caída en los usos energéticos fue compensada con creces por el aumento en los nuevos usos, y en conjunto, el consumo anual en metros cúbicos no ha dejado de crecer en los dos últimos siglos, lo cual significa que el mundo usa hoy más madera que en cualquier otro momento de la historia. La desmaterialización general a la que según algunos está llevando el cambio tecnológico, en el caso de la madera puede detectarse sólo en términos relativos, es decir, en metros cúbicos consumidos por habitante o por unidad de PIB, pero está aún muy lejos de producirse en términos absolutos.

Como es evidente, la valoración de ese incremento del consumo de madera a escala global debe realizarse en función de su mayor o menor sostenibilidad. Y aunque es muy complicado medir esa sostenibilidad en el pasado, si tenemos algunas pistas. Los países que se fueron industrializando desde el siglo XIX y que contaban con recursos forestales abundantes, obtuvieron la madera de sus propios bosques que, en muchos casos, tendieron a disminuir conforme el crecimiento económico fue avanzando. Se ha calculado que en los Estados Unidos de América noventa millones de hectáreas de bosque (casi vez y media la superficie total de la Península Ibérica) desaparecieron entre mediados del siglo XIX y principios del XX. Una parte importante de esa deforestación se explica por la creación de pastos y de tierras de cultivo, pero la sobre explotación maderera jugó también un papel importante. La deforestación durante esta época afectó también a la mayor parte de los países que fueron industrializándose, incluyendo la mayor parte de Europa continental y el imperio ruso. Como contrapeso a esa tendencia, también desde el siglo XIX se fueron generalizando en muchos países métodos de explotación de los bosques que intentaban incrementar los rendimientos de madera por unidad de superficie sin esquilmar las existencias. Eso implicaba un nuevo tipo de gestión que planteaba un uso ordenado de los bosques y que integraba las repoblaciones sistemáticas como compensación de las extracciones. Todo ello ayudaba a afrontar la demanda creciente, aunque suponía, eso sí, una incompatibilidad con los usos tradicionales del bosque, y nuevamente generó fuertes conflictos en torno al uso de los recursos que en no pocos casos acabaron destruyendo bosques. Por otro lado, la explotación de madera con fines industriales fue acompañada en muchos lugares de un cambio en el bosque mismo, al elegirse para las repoblaciones especies de crecimiento rápido como algunos tipos de pino o como el eucalipto o el chopo, que pese a generar una madera menos resistente, podían cortarse a los pocos años de su plantación y servían para cubrir la demanda creciente de madera blanda para postes, cajerío y trituración. Todo ello fue cambiando la fisonomía de muchos espacios forestales, que en no pocos casos dejaron de ser bosques propiamente dichos para convertirse en simples plantaciones de árboles con una capacidad mucho menor de sostener biodiversidad[7].    

Plantación forestal (imagen del blog de Luis Díaz Balteiro: balteiro.com)

En cualquier caso, hubo también otros modelos de consumo maderero. En Gran Bretaña, por ejemplo, la madera utilizada como materia prima se multiplicó por seis entre 1850 y 1938, pasando de los cinco millones de metros cúbicos en la primera fecha a los más de treinta en la segunda. Sin embargo, la inmensa mayoría de esa madera no se obtuvo de los bosques británicos, sino que se importó. Como es sabido, la enorme capacidad de ese país de exportar productos manufacturados tras la revolución industrial generó las divisas necesarias para cubrir su creciente consumo de materias primas y alimentos recurriendo a otras partes del mundo. Y la madera no fue una excepción a esa regla. Desde mediados del XIX las importaciones de ese producto fueron copando una parte cada vez más grande del consumo, y en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, más del 85% de la madera utilizada procedía de países como Canadá, Suecia o las repúblicas bálticas. Fueron por tanto los bosques de esos países los que soportaron la huella ecológica del creciente consumo maderero británico[8].

El puerto de Hull fue uno de los principales puntos de llegada de la madera importada por Gran Bretaña (foto: www.paul-gibson.com/trade-and-industry/the-timber-industry)

Este modelo basado en las importaciones se hizo habitual en la segunda mitad del siglo XX. Mientras en los países del norte la concienciación acerca de conservar los bosques iba creciendo, las importaciones de madera procedentes de los países del sur cada vez fueron mayores. A partir de los años sesenta la mecanización de las labores de tala, con la incorporación de la motosierra, y de extracción, con la utilización de maquinaria pesada, y la caída de los costes de transporte, integraron plenamente el bosque tropical en los mercados madereros internacionales. Ello supuso también la extensión del modelo de plantación a muchos países del sur, con un protagonismo inusitado del eucalipto debido a sus altos rendimientos y a pesar de los problemas ambientales y también sociales que podía generar. Si bien los sistemas de certificación de madera procedente de explotaciones sostenibles parecen estar creciendo en el comercio internacional de este producto, de momento distan mucho de ser generalizados. En conjunto, la deforestación de bosques a escala planetaria en la segunda mitad del siglo XX se calcula en unos 550 millones de hectáreas de las cuales más del 90% eran bosques tropicales.   

Y mientras tanto, muchos países desarrollados tanto de Europa como de América, y también Japón, llevan décadas avanzando en lo que se denomina como “transición forestal”. Un proceso que supone no sólo el fin de la deforestación, sino también la recuperación de la superficie forestal, es decir, la expansión de los bosques en los países ricos. Los cambios en los usos de la madera que se han comentado en estas páginas están detrás de ese proceso, que también se relaciona con el abandono de muchas tierras de cultivo poco aptas, que se va produciendo en los países desarrollados conforme la productividad de las superficies más fértiles se incrementa y conforme se incrementan también las importaciones de grano y de soja desde los países en desarrollo. Pero como contrapunto, en otras muchas zonas del planeta la deforestación sigue produciéndose a gran escala, bien por un uso insostenible de las extracciones de leña y de madera, bien por el aclaramiento de las selvas para generar pastos o campos de cultivo. El crecimiento económico de los países emergentes explica una parte del proceso, pero la demanda procedente de los países más desarrollados no es ajena al mismo. La misma globalización que puede aportar elementos muy positivos para la humanidad, produce estos efectos desiguales cuando se deja que funcione sin bridas de ningún tipo.   

Deforestación de la selva amazónica: Colniza (Mato Grosso)(foto: AFP)

Pero lo peor es que estas dinámicas pueden estar contribuyendo indirectamente a generar otras consecuencias desconocidas pero que se intuyen muy difíciles de controlar. Desde que el Covid 19 asola el mundo, no han faltado voces que relacionan la generación y trasmisión de esta pandemia con la ruptura de equilibrios ecosistémicos básicos, que en parte se generan por el cambio en los usos del suelo y la deforestación[9]. Todo sugiere que, si queremos evitar problemas como los que nos acechan en la actualidad, que tienen que ver con un virus, pero que se relacionan también con el cambio climático y el calentamiento global y con la pérdida de biodiversidad, tendremos que repensar y transformar en un futuro inmediato el modelo ecológico-económico que ha predominado en los últimos tiempos. En el nuevo modelo que surja, habrá que seguir contando sin duda con la madera, precisamente por tratarse de un recurso renovable que, bien explotado, permite un consumo sostenible. Pero en ese nuevo escenario, el grito Grouchista “¡más madera!” no debería utilizarse como una llamada para ir más rápido, sino, simplemente, como la reivindicación de una sostenibilidad que nos ayude a ir mejor, que no es poco.   

[1] Cualquiera que esté interesado en la madera debería leer “El libro de la madera. Una vida en los bosques” de Laars Mittitng (Alfaguara, 2016), que sorpresivamente llegó a ser un auténtico best seller internacional tras su publicación.

[2] Puede verse sobre estos temas el libro de Jared Diamond, “Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen” (Debate, 2007). La hipótesis que relaciona deforestación y fin del imperio romano es de Steve Hallett, John Wright, “Life Without Oil: Why We Must Shift to a New Energy Future” (Prometheus Books, 2011)

[3] Para saber más sobre los usos pre industriales de la leña y las transición energética es muy recomendable el libro de Kander, Malanima y Warde “Power to the people. Energy in Europe over the last five centuries (Princeton University Press, 2013)

[4] Esta expresión, así como información más exhaustiva sobre la historia de la madera puede encontrarse en el libro de Joaquim Radkau “Wood. A history” (polity press, 2012).

[5] La revista Historia Agraria (nº 77, 2018) ha publicado recientemente un monográfico sobre la evolución del consumo de leña en perspectiva histórica que profundiza en todas estas cuestiones. 

[6] Un análisis mucho más detallado de estos procesos para el caso español puede encontrarse en el artículo de Iñaki Iriarte Goñi, “Forests, Fuelwood, Pulpwood, and Lumber in Spain, 1860–2000: A Non-Declensionist Story,” Environmental History (2013): 1–27.

[7] Sobre las cifras y los procesos generales de evolución histórica de los bosques a escala global puede consultarse el libro de Michael Williams “Deforesting the Earth. From Prehistory to Global Crisis” (University of Chicago Press, 2006)

[8] Este aspecto concreto de la industrialización británica se analiza y se mide en artículo conjunto de Iñaki Iriarte Goñi y María Isabel Ayuda, Not only subterranean forests: Wood consumption and economic development inBritain (1850–1938), Ecological Economics, 77 (2012) 176–184

[9] Un ejemplo es el texto de Rodolphe Gozlan y Soushieta Jagadesh publicaron en “The Conversation” el 16 de febrero de 2020, titulado “así influyen los cambios medioambientales en las nuevas enfermedades”.

Portada: Creative Commons, 2017.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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2 Comentarios

  1. Me ha parecido muy interesante el artículo, que además me ha recordado algunas cosas de mi experiencia personal. Por ejemplo, el uso de la leña y del carbón vegetal (cisco se llamaba en mi tierra) como combustible doméstico. Hasta avanzados los años sesenta teníamos que ir a por leña a un almacén y luego su usaba en la cocina económica de casa, que también era restaurante. El carbón se distribuía a domicilio con caballerías.
    Por otro lado, señalo la pervivencia secular de los montes comunales de las sierras norteñas del Sistema Ibérico, en las provincias de Burgos, Soria y La Rioja. Ahí no ha habido deforestación significativa ni siquiera con la desamortización de Madoz y ello tiene que ver precisamente con esa nota de comunalidad. (Y el hecho de que muchos municipios de la zona carecen de recursos alternativos para la supervivencia, como también es escasa la propiedad rústica privada). Solo recuerdo el conflicto que hubo años atrás entre los partidarios del aprovechamiento del monte a matarrasa frente a los de la entresaca.
    Por último, indico que Soria fue pionera en el aprovechamiento energético de la biomasa. Uno de los promotores fue Pineda, industrial que comercializó las briquetas o pellets por primera vez. El Centro de Investigación NUclear II, felizmente frustrado, fue reconvertido por el CIEMAT como lugar de investigación de energías alternativas, especialmente relacionadas con la biomasa.

  2. Gracias por el comentario Luis. Aportas un elemento interesante que tiene que ver con la explotación sostenible de la madera en bosques gestionados comunalmente. Circula por ahí una teoría muy extendida que viene a decir que los comunales conllevan necesariamente sobre explotación de los recursos (la famosa «tragedia de los comunales»). Sin embargo, la historia está llena de casos en los que la gestión comunal no solo ha sido compatible, sino que ha fomentado claramente formas de aprovechamiento sostenible de los bosques. Los ejemplos que pones son un caso. Yo conozco más lo ocurrido en el norte de Navarra, dónde en muchos pueblos, el incremento de la demanda de madera y de carbón vegetal desde finales del XIX permitió un aumento de la producción para obtener ingresos de los montes comunes, sin que ello supusiera una degradación de los bosques. En los sitios donde se establecieron reglas adecuadas para incrementar la explotación a la vez que se reforestaba, los vecinos tuvieron más trabajo, los ayuntamientos aumentaron sus ingresos y mejoraron la vida diaria con traídas de agua, de electricidad, construcción de escuelas…y la mayor parte de los hayedos y robledales de la zona siguieron (y siguen) ahí.

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