José Luis Martín Ramos

 

Fernando del Rey  ha contestado a las observaciones críticas que le hice, pensándoselo bien y rectificando su intención inicial de no hacerlo. Se lo agradezco, el lector de esta conversación tendrá con ello más elementos de juicio y yo la ocasión de hacer alguna puntualización.

De entrada, tomando algunas de mis palabras y frases del prólogo de mi libro sobre el Frente Popular (2015), me identifica  como historiador beligerante, al servicio de una causa que por sus palabras (“militante de una causa”) sugiere que es partidaria y, sobre todo, hace incompatible con “conocer, comprender y explicar el pasado con una metodología crítica”. Para que el lector entienda mi beligerancia reproduzco el párrafo entero que contextualiza esa confesión mía sobre aquel ensayo sobre el Frente Popular: “No es una interpretación “neutra” ni aséptica, en la que no creo para ningún ámbito de nuestra vida, tampoco el intelectual y muchísimo menos para lo que se ha dado en llamar ciencias sociales. Lo que yo ofrezco es una interpretación beligerante, que defiende el valor histórico, político y ético de la Segunda República, a pesar de los peros parciales que se le puedan poner”, y más adelante añado: “Que sea beligerante, que tome partido de entrada –en términos académicos diríamos que parto de una hipótesis, de una teoría y de una metodología- no significa que sea arbitrario. La argumentación se ha basado en objetos compartibles, en fuentes documentales localizadas y localizables y cuando esas fuentes no han sido suficientes o son problemáticas, se ha procurado advertir al lector que lo que se afirma, en tal ausencia, es una consideración hipotética, no gratuita, pero sí sujeta a mayor prueba”.

Ese es el rechazo a la supuesta neutralidad -podría añadir también al relativismo, al discurso simplista de los dos extremos- la beligerancia de la que hablo; que no es la beligerancia “militante” partidista que sugiere Fernando del Rey. Y añado, que esa beligerancia no está reñida con conocer, comprender y explicar el pasado con metodología crítica –todo lo contrario, como lo he señalado- y que mi beligerancia considera hipótesis, no apriorismos; no conocemos, comprendemos y explicamos desde un cerebro vacío sobre el que impactan los hechos sino desde una comprensión del mundo desde la que conocemos los hechos; la historia se construye, desde luego, pero no amontonando hechos, no de cualquier manera, sino ordenándolos, discriminándolos, respondiendo a una arquitectura. En ese sentido hablaba de “historia en construcción» Vilar, sobre el que no tengo ninguna duda de a quién daría la razón en este debate nuestro.

Ahora, 21 de julio de 1936

Nunca he reducido la Segunda República a una “democracia de masas”, precisamente porque tuvo etapas políticas y evolución histórica, como señala Del Rey y yo no desconozco en absoluto; lo que hago es señalar “el proyecto general del Frente Popular, tal y como se configuró de manera concreta en el caso español, como el más completo y coherente de democracia de masas”.  Y por más que Fernando del Rey dice que no quiere entrar en el debate sobre la “democracia de masas”, no ha evitado hacerlo; aunque solo abriendo la puerta para descalificar la “democracia de masas” por ser “un concepto tan polisémico”. Eso es tirar la piedra y esconder la mano. No responderé devolviéndola, pero sí recojo la piedra y hago una aclaración: democracia de masas puede ser tan polisémico como revolución, reforma, reacción y muchos términos que utilizamos en el oficio de historiar y en nuestra vida cotidiana. Que puedan ser utilizados en sentidos diferentes no descalifica el nombre, lo que importa es el sentido; para el lector reproduciré cuál es el sentido que yo  le doy en ese mismo prólogo:

democracia de masas, que se origina en la decisión consciente de éstas, se construye y se gestiona institucionalmente, y se desarrolla y se controla de nuevo desde la acción de masas; que contempla como complementaria, no solo compatible, la gestión institucional y la movilización social.

El problema de fondo no es que “democracia de masas” pueda ser un término polisémico, sino que no hay, ni en la historia ni en el debate de ideas y político, una sola concepción de la democracia; que no solo es democracia la democracia parlamentaria. Yo tengo una concepción concreta y me parece que Fernando del Rey, aunque le duela, también tiene la suya.

Lamento que me tache de “administrador de la verdad”, que otorgo o niego permisos; es algo impropio de la templanza con que dice que se maneja y que añade que espera que yo pueda conseguir algún día. No tengo empeño en adoctrinar, sino el mismo empeño que él en ser franco y honesto en mi relato; nunca he invitado y menos obligado a compartir, pero  siempre defenderé el derecho a exponerlo. Siento decir que –en mi opinión- Del Rey me atribuye un juicio de intención, aunque le moleste el término. Juicio de intención que podría haber reconsiderado, quizás, si hubiese seguido leyendo –o citando- el prólogo donde digo que nunca obligué ni a mis alumnos ni a mis lectores a estar de acuerdo conmigo; que considero impropio “inculcar ninguna supuesta verdad” y que lo que pretendo es dialogar, poniendo de mi parte lo imprescindible: mis conocimientos y mi opinión, sin tapujos.  Servidumbres de las polémicas escritas que muchas veces pueden podrían  pulirse en un debate directo.

Considera inaceptable que le aplique determinados términos. Puede hacerlo, aunque pienso que la mayor parte de los que cita no son inaceptables, sino que él no los acepta, no los comparte, pero son términos críticos que no implican falta de respeto. Sí reconozco que hay dos que pueden haberse prestado a equívoco: correveidile y morboso, pero en ningún caso se los dedicaba a Del Rey. El de correveidile es una alusión general a una mala praxis del oficio, la de reproducir sin filtro los documentos, que resulta más grave cuando la documentación es un testimonio hostil. En cuanto a morboso no lo digo yo – repásese mi crítica – sino él.

Resumen de informes incluidos en el estado de la Causa General correspondiente a Valdepeñas (Ciudad Real)

Lo que sí me parece inaceptable es sugerir que detrás de mi postulación de la historia social haya algún  tipo de blanqueo de los asesinatos, de tener aversión a quien no suaviza la tragedia de los asesinatos cometidos. Me parece una sugerencia impropia de alguien que pide objetividad; merecería un calificativo más duro. Y no le va a la zaga la displicencia con que responde a mis argumentos sobre la calificación de la violencia. La displicencia y la ligereza cuando se excusa en obra anterior suya y obra de otros para no repetir en este libro los marcos generales, sociales, que antecedieron y en los que se produjeron la violencia. Presupone que todos los lectores conocerán las obras anteriores y descuida que cada libro -también la monografía- ha de ser una unidad completa. Recoger todos los factores que son antecedentes y causales de la violencia –no en el detalle, obviamente, pero si en las líneas fundamentales– no solo no era desproporcionado sino que resulta imprescindible, para que la “mirada profunda a la dimensión de la violencia” no acabe siendo reduccionista.

No está de más reiterar la faceta positiva de su trabajo, porque mis palabras no eran retóricas y me alegra que piense que el listado de víctimas merece publicarse, porque es, en sí mismo, una aportación fundamental de su investigación. Es un trabajo ingente y aunque no sé si hay una sola tesis central, sí coincido con él en cuestiones fundamentales: que la violencia ilegal fue homicida y que estuvo organizada por comités, que integraron –en Ciudad Real y en Cataluña- todas las formaciones que luchaban contra la sublevación. Pero añado que no comparto la subvaloración que hace del esfuerzo gubernamental por acabar con esa violencia, sugiriendo – esa ha sido mi impresión – que vino a acabarse por agotamiento. Y lo que repite sobre José Serrano Romero confirma esa subvaloración – cuando menos subvaloración- cuando lo hace partícipe de los asesinatos por ser correligionario e incluso amigo de algunos autores y niega veracidad al testimonio; las razones que da para condenarlo son circunstanciales o hipotéticas, no aporta ningún caso en el que Serrano Romero haya intervenido directamente. Y resulta chocante que exima a Vidal Barreiro “primero, porque lo hicieron las propias autoridades franquistas” y luego porque no ha encontrado prueba directa de participación, criterio que no aplica a Serrano Romero.

El control gubernamental de la situación no fue una cuestión de distancia geográfica, aunque este factor también influyó, sino mucho más complejo de autoridad, reconocimiento de la autoridad y capacidad real de volver a ejercerla. No voy a desarrollarlo aquí, lo he hecho en mis trabajos sobre la guerra civil en Cataluña. Y eso también vale para mi afirmación sobre que los comités no hicieron ninguna revolución, lo he argumentado y apoyado documentalmente en esos trabajos. Tampoco yo pretendo presumir de curriculum, pero me veo obligado a decir que si quería entender o discutir las afirmaciones que hago sobre la violencia, los comités, la guerra y la recuperación de la autoridad institucional, republicana, la referencia que había de tomar eran- dejando aparte trabajos parciales anteriores- La rereguarda en guerra. Catalunya, 1936-1937 (Barcelona, 2012), Territori capital. La guerra civil a Catalunya, 1937-1939 (2015) y Guerra y revolución en Cataluña. 1936-1939. (2018). También en ellos habría comprobado que en Cataluña, a la que yo me he referido en diversas ocasiones en mi crítica, los republicanos participaron activamente en la violencia, incluso más tiempo que los comunistas del PSUC; republicanos que eludían el discurso revolucionario de la izquierda obrera.

 

Que los dos primeros libros estén publicados en una de las lenguas que se usan en España, el catalán, no creo que sea inconveniente para tenerlas en cuenta en el mundo académico; y, en cualquier caso, el tercero lo está en castellano por una editorial suficientemente conocida. Le agradezco su referencia al prólogo del libro sobre el Frente Popular – en el que por cierto ya remitía a las obras  de 2012 y 2015- pero lo pertinente habría sido tener en cuenta las que trataban directamente el período de julio de 1936 a febrero de 1939, cuando Cataluña fue ocupada por el fascismo. A ellas remito al lector que quiera saber cuál es mi conocimiento y mi interpretación sobre la guerra y la violencia y por qué hago las afirmaciones que Del Rey no entiende o no comparte.

Sobre el uso de las fuentes primarias mantengo lo dicho, que no es solo una observación a Del Rey, sino la constatación de una dificultad importante y del uso poco crítico que una parte de la historiografía hace. Solo quiero añadir, para mayor tranquilidad de Del Rey, que sí he trabajado la documentación de los Consejos de Guerra, no en las obras que acabo de citar, en otras anteriores sobre los tiempos de la dictadura en Cataluña; pero nunca se me ha ocurrido repetir las afirmaciones injuriosas que en ellos se vierten constantemente y que tienen por consecuencia principal la denigración del vencido. Con todo respeto y sin ir más allá, creo que Del Rey se ha equivocado, no en el  uso de las fuentes documentales en la investigación, inexcusable, sino en su uso en el relato; no porque tenga que suavizar, sino porque historiográficamente es discutible y tampoco me parece prudente – dejémoslo en esto – repetir las infamias que en ellas puedan  exponerse.

Portada: Milicianos participantes en la defensa de Talavera, en septiembre de 1936 (foto: Díaz Casariego, archivo de EFE)
Fotografías: Conversación sobre la Historia

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