El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


Es indudable que uno de los escritores vinculados a la Guerra Civil más seguidos y leídos por el gran público es Manuel Chaves Nogales. Por eso, el hallazgo de nuevos textos del periodista sevillano no suelen estar exentos de polémica. En el centro del debate se encuentra la publicación de nuevos textos atribuidos al autor, así como la cuestión de quién ha sacado a la luz esos materiales. La polémica ha enfrentado a investigadores, críticos y al editor Abelardo Linares, figura clave en la recuperación de Chaves desde la década de 1990. A través de este texto se puede seguir la controversia y las diferentes posiciones gracias a los enlaces a otros artículos implicados.

Abelardo Linares*

 

El 29 de junio pasado se publicó en Babelia, el suplemento literario del diario El País, una ¿concluyente? reseña de Domingo Ródenas sobre Guerra total, un libro que yo, su editor literario y comercial, considero la continuación de A sangre y fuego, el libro que llevó a su autor, Manuel Chaves Nogales, póstumamente a la fama y otros consideran (¡apenas en los dos últimos meses!) una mera atribución, un invento, un fake, un bulo, un disparate, una falsificación, un hecho delictivo. Este es el busilis, el intríngulis y el meollo de la discusión provocada por el hecho de que Guerra total se presente como obra legítima de Chaves Nogales, no como meramente atribuible a Chaves Nogales.

Puede considerarse un hecho, por lo tanto, que Guerra total ha provocado una cierta polémica, que es una verdadera polémica, si atendemos al creciente número de implicados en la discusión, del mismo modo que podría ser, igualmente, una falsa polémica, si acatáramos –por así decirlo– la sentencia sobre este caso ya dictada por la estilometría.

Si quise que Chaves firmara con su nombre los relatos de Guerra total fue, ante todo, por dos razones poderosas. La primera, porque el empeño más determinante, si los cuentos realmente fueran, que lo son, de Chaves Nogales, debería ser el devolverle, devolver a su autoría estos cuentos de algún modo ocultos, no por voluntad propia del autor sino por el inmenso desbarajuste personal y colectivo que significó para muchísimos españoles la Guerra Civil, el exilio y la Segunda Guerra Mundial; a lo que habría que añadir, en el caso de Chaves Nogales, su temprana muerte en plena madurez creadora, solo y en tierra extraña.

La simple atribución, el mantener que este puñado de cuentos podría atribuírsele a Chaves Nogales, pero tan solo eso, podría haber sido mucho más prudente y bastante más aceptable desde un punto de vista académico, pero hubiera sido, desde mi punto de vista –se le puede también llamar criterio o certeza–, no solo insuficiente sino injusto para con Chaves Nogales.

La segunda razón es mucho más personal e interesada ya que, en los últimos años, he ido reuniendo una inmensa cantidad de textos de Chaves Nogales –varios miles de páginas–, tanto firmados por su mano como escritos con seudónimo o de forma anónima, por lo que se necesitará el auxilio generoso de la estilometría para restituirle a Chaves Nogales su legítima paternidad. Dado, por lo tanto, que queda todavía muchísima obra suya desconocida o no reconocida por publicar, no tendría demasiado sentido editar este primer tomo de su obra oculta bajo el muy prescindible signo de lo supuesto y lo conjetural.

La reseña de Domingo Ródenas es negativa. Irrebatiblemente negativa. Lo que resulta bastante significativo, porque Domingo Ródenas no es solo reseñista en El País (periódico en el que –por cierto, y por lo que sé y he sufrido–, no se acepta “el derecho a réplica”) y catedrático de literatura española en la Universidad Pompeu Fabra, es también uno de nuestros mayores filólogos y un gran especialista en la literatura española de vanguardia. Su libro más reciente, El orden del azar. Guillermo de Torre entre los Borges (2023), es un prodigio de amenidad, erudición y buen sentido. A lo que hay que añadir que ha tenido la generosidad de colaborar con la editorial Renacimiento hasta en cinco ocasiones preparando ediciones y prólogos.

Tan negativa o tan severa –si se prefiere– es la reseña de Domingo Ródenas que empieza siendo ya negativa desde el propio título: “El último Chaves Nogales o un pseudo-Chaves”. Y es un título negativo porque la conjunción disyuntiva que emplea no funciona como una conjunción disyuntiva que nos emplace o nos permita elegir entre dos opciones, del mismo modo que ante un supuesto artículo sobre un supuesto magnate norteamericano que se intitulara ¿Elon Trash, santo o miserable? podemos estar razonablemente seguros de que al final terminaremos enterándonos de que ese Elon Trash es, por supuesto, un miserable.

El semanario Madrid (en la imagen, portada de la edición del 30 de diciembre de 1937), donde se publicaron los relatos recopilados en Guerra total.

No hay duda, por lo tanto, de que desde el título empieza a señalar Ródenas que los relatos de Guerra total no son de Chaves Nogales sino obra de un pseudo-Chaves formado por un puñadito de escritores: Eduardo Borrás, Rafael Delgado, Fernando de la Milla y Antonio Ruiz Vilaplana (cuatro en total, exactamente, y no cinco como apunté equivocadamente en mi epílogo).

Ródenas basa su incredulidad en que los relatos sean en verdad de Chaves y su apuesta en que los relatos son realmente de los cuatro escritores reales que los firman (y de sus cuatro seudónimos), principalmente, en que al leer los ocho cuentos atribuidos “observó” –la palabra y la acción es importante– “entre ellos una divergencia de calidad en la composición y en la prosa, pero también una notable distancia literaria entre estos (por lo menos en cinco de ellos) y los que son inequívocamente de Chaves”, que serían únicamente los dos primeros, los firmados por Chaves. Es decir, Ródenas habría observado o advertido que los ocho cuentos atribuidos a Chaves mostraban, por una parte, diferencias variadas entre ellos, lo que abonaría la hipótesis de que fueran de varios escritores y no de uno solo; y por otra, que la calidad de los ocho cuentos atribuidos era muy inferior a la de los cuentos inequívocamente de Chaves Nogales, lo que también constituiría un fuerte argumento a favor de que pertenecieran a varios autores y no a un único autor.

Desde el punto de vista de la calidad literaria, juzga Ródenas que los dos cuentos primeros son extraordinarios mientras que los ocho siguientes le resultan, al parecer, un tremendo y auténtico desastre. Veamos las limitaciones y carencias que a este propósito apunta Ródenas. Aunque él las ofrezca como meros “apuntes”, resultan absolutamente incompatibles con el gran escritor que es Chaves Nogales: el narrador a veces es imperito, “incurre en clichés y repeticiones léxicas, resulta plano en el desarrollo narrativo y cierra con párrafos superfluos… sintaxis, vocabulario previsible y reiterado… los relatos… pecan de un didactismo propagandístico y una intencionalidad ejemplarizante… simplicidad en las estrategias narrativas”.

Conocidos “los peros” que Domingo Ródenas le pone a los dichosos ocho cuentos atribuidos, habría que concluir en buena lid que esos cuentos son, por emplear una frase que alguna vez utilicé en mi infancia sevillana y que de seguro también empleó el maestro Chaves Nogales de niño en más de una ocasión: “una mierda pinchá en un palo”. Si lo contado por Ródenas se correspondiera con la realidad objetiva o, al menos con la opinión mayoritaria de especialistas y lectores atentos, Guerra total sería, por lo tanto, una completa estafa. Involuntaria, por mi parte, y del todo lamentable, pero una estafa. No tiene por lo tanto sentido de la justicia alguno la frase última con la que Domingo Ródenas, benevolente en exceso, remata su reseña: “a Abelardo Linares hay que agradecerle este controvertido rescate”. Soy el primero en pensar –y no sería nunca el último– que si Guerra total no fuera por entero de Chaves Nogales, el libro sería, más que un error o un engaño, una absoluta y un tanto estúpida estafa.

A propósito de A sangre y fuego comete Domingo Ródenas algún pequeño error, como el considerar que tres de sus relatos vieron por vez primera la luz en la revista Bohemia. Los nueve relatos de A sangre y fuego aparecieron todos ellos en La Nación de Buenos Aires, de no haber sido así no podrían haber sido publicados en julio de 1937 en Santiago de Chile. Pero la cosa no tiene la más mínima importancia. Lo que sí la tiene es el hecho de que mientras los ocho cuentos atribuidos los considera llenos de defectos, tanto la versión primera de 9 relatos como la extendida a 11 relatos de 2013 le resultan –con enorme razón, por supuesto– “a la luz de cualquier lectura estética o ideológica, extraordinarias”.

Fernando de la Milla Alonso de la Florida (Jerez, España, 14 de febrero de 1895 – Estados Unidos de América, C. 1961) retratado en la portada de dos de sus obras (montaje: Diario de Jerez)

Por cierto, ya que Domingo Ródenas cita la edición de A sangre y fuego de 2013 (de ella llega a decir: “ninguna de las once piezas de ese conjunto incurre en torpeza o endeblez de asunto”), publicada tanto por Libros del Asteroide como por mí, quizás no esté de más traer a cuento las circunstancias que la rodearon.

Hacia 2013 yo había conseguido hacerme con una copia digital de todo lo publicado por Chaves Nogales en la revista cubana Bohemia, por entonces aún no digitalizada, gracias, en primer lugar, a la ayuda de un escritor cubano amigo, Jorge Domingo, que la estuvo revisando en la Biblioteca Nacional y en el Instituto de Lingüística de La Habana. Conseguí también hacerme por entonces con una colección, en rústica y muy extensa, del semanario mexicano Sucesos para todos,lo que me permitió publicar la edición definitiva y completa del reportaje novelado Los secretos de la defensa de Madrid,de Chaves Nogales con los muy sugerentes dibujos de Jesús Helguera. Descubrí asimismo que en ambas revistas aparecían los cuentos ‘El refugio’ y ‘Hospital de sangre’.

El segundo de dichos relatos era absolutamente desconocido, pero el primero había sido incluido en las ediciones inglesas, tanto en revistas como en libro, de A sangre y fuego. Lo que, a diferencia de todo lo relacionado con la edición pirata chilena, nos confirma que fue el propio Chaves Nogales quien decidió incluir ese cuento en la colección. Se me ocurrió entonces la idea de editar una edición ampliada del libro con los dos nuevos cuentos, y como los derechos los tenía la editorial barcelonesa Libros del Asteroide, hable primero con Pilar, la hija mayor de Chaves Nogales, para proponérselo y luego con el dueño de Libros del Asteroide y llegamos al acuerdo de que él no se opondría a que yo firmase mi propio contrato con los herederos y editara A Sangre y fuego con los nuevos cuentos, a cambio de que él, unos meses más tarde pudiera hacer lo mismo y publicar su propia edición. A continuación, me encargué de revisar las distintas ediciones del libro en vida de Chaves Nogales y llegué a la conclusión de que la edición más completa y más fiable, además de ser la última, era la de la revista Bohemia. En la sede de la editorial Renacimiento, mi hijo, Abelardo Linares del Castillo-Valero y Marie-Christine del Castillo-Valero se encargaron de revisar todas las variantes de texto existentes y fijar el texto definitivo. Una vez finalizado el trabajo se lo entregamos a María Isabel Cintas, quien hizo un prólogo introductorio para esa edición del que se prescindió más tarde por razones que se detallan en un artículo publicado en Zenda el 17 de febrero de 2018: “María Isabel Cintas, única editora literaria de Chaves Nogales, exiliada en Manchuria y prisionera de Zenda”.

Pero sigamos con la reseña de Domingo Ródenas, ya que llegamos a uno de los puntos fuertes de su escrito, en el que declara que los dos relatos de Bohemia, que fueron añadidos a la edición de A sangre y fuego de 2013 y forman ahora parte de Guerra total: ‘El refugio’ y ‘Hospital de sangre’, son dos muestras de la maestría narrativa de Chaves puesta al servicio de su voluntad testimonial y de denuncia. De los otros ocho relatos, en cambio, no puede afirmarse lo mismo, porque ninguno fue firmado por Chaves”. Como podrá ver y comprobar el lector atento, Domingo Ródenas parece conceder una importancia excesiva y definitoria al hecho de que un determinado texto aparezca firmado por un determinado escritor, lo que abre una puerta simbólica a la posibilidad de que, para él, en cualquier texto literario firmado pueda llegar a valer todo la firma y apenas nada el texto.

Sorprendentemente –o no– y al contrario de lo que sostiene Domingo Ródenas, hay conocedores de Guerra total para quienes los relatos más flojos del conjunto son precisamente ‘El refugio’ y ‘Hospital de sangre’. El primero por tener un punto inevitablemente melodramático ya que la escena culminante es la que nos muestra a un padre sosteniendo a su hijita muerta en los brazos, recién desenterrada de un reciente bombardeo y el segundo, ni siquiera recogido en el semanario Madrid, nos presenta la abnegación y la entrega generosa a sus semejantes de una monja (sinceramente republicana y hasta sobrina de Indalecio Prieto) que atiende en un hospital, sin inmutarse, a milicianos heridos, ciertamente heroicos, pero también vociferantes y adictos a la blasfemia.

‘La tanguera’, ilustración de Josep Bartolí para el relato del mismo nombre publicado en la revista ‘Madrid’.

Quizás, sencillamente todo sea cuestión de gusto y de ahí que algunos, como Domingo Ródenas, alaben ‘El refugio’ y ‘Hospital de sangre’ porque “en ambos brilla el talento del escritor” y otros prefieran ‘El traidor’ o ‘Un excelente verdugo’ e incluso el un tanto tremendista ‘Lo de Badajoz’.

Resulta especialmente sintomático lo que cuenta y conjetura Domingo Ródenas acerca de cómo y en qué manera pudieron los firmantes de los cuentos participar en su confección. Aventura a este respecto que del propio Chaves Nogales pudo muy bien partir la idea de que Borrás, Delgado, de la Milla y Ruiz Vilaplana aceptaran el reto o, como prefiere nuestro crítico: “el envite de escribir reportajes novelados a la manera de los que Chaves ya había publicado (por ejemplo, en la revista República, donde en julio y agosto volvió a aparecer ‘¡Viva la muerte!’)”.

Por sintomático me refiero a que no solo Domingo Ródenas, también otros escritores y críticos excelentes, de gran experiencia filológica y asimismo catedráticos de literatura, como Andrés Amorós y Fernando Valls, se abonan a la extraña hipótesis de que fue Chaves Nogales quien animó a cuatro neófitos o inexpertos firmantes a escribir cuentos “chavistas” en lugar de escribirlos directamente él mismo, que sabía perfectamente cómo hacerlo.

Así, Andrés Amorós escribe en El Debate: “El sentido común nos dice que, en ese momento, los relatos breves sobre episodios reales de la guerra civil constituían un género literario que tenía éxito y que cultivaban no pocos escritores de los dos bandos. Por supuesto, A sangre y fuego, con su gran calidad, había contribuido a popularizarlo. No me parece inverosímil que Chaves Nogales decidiera crear, en la revista Madrid, una sección dedicada a este género y que animara a escribir relatos de esa línea a algunos escritores amigos suyos, que estaban entonces cerca de él”.

Por su parte, Fernando Valls, en su ponderada y detallista reseña de Infolibre a Guerra total, no descarta del todo la autoría de Chaves, pero también él se siente “tentado a pensar que acaso hicieron un concurso sobre quién era capaz de imitar mejor el estilo y los temas propios de Chaves Nogales”.

“Tragedia en la sierra de Pancorvo” (sic), publicado en la revista ‘Madrid’ en 1938.

Dejando aparte ciertos detalles resulta sorprendente el alto grado de coincidencia que muestran las hipótesis de Ródenas, Amorós y Valls. En mi opinión los tres empiezan por coincidir en haberse leído A sangre y fuego y Guerra total y en ver importantes o reveladoras similitudes entre ambas colecciones de cuentos, ya que de no haberlas visto hubieran zanjado en unas líneas la cuestión diciendo que ni los cuentos de Guerra total estaban firmados por Chaves Nogales ni tenían nada que ver ni con su estilo ni con su mundo. Pero coinciden también, y esto es lo más sorprendente y decisivo en imaginar, cada uno con su matiz, que los cuatro firmantes conocían sin duda los relatos de guerra de Chaves Nogales. Amorós cree, como hemos visto, que A sangre y fuego popularizó el género de los “relatos breves sobre hechos reales” y que no es inverosímil que “animara” a algunos escritores amigos suyos a escribir relatos de esa línea, Valls supone los relatos de guerra de Chaves Nogales eran lo bastante populares como para justificar un concurso de imitadores de esos relatos. Ródenas, finalmente, propone que Chaves les planteó a los cuatro firmantes el reto –ciertamente poco chavista y algo narcisista– de que se atrevieran a imitar sus cuentos de guerra y que, vista la inferior calidad de la imitación, “muy bien pudo, corregirlos para insertarlos dentro de la serie de episodios bélicos de la revista Madrid”.

La invencible dificultad para validar las hipótesis de Amorós, Valls y Ródenas estriba en que prácticamente nadie, por no decir sencillamente nadie, se había percatado ni tenía idea alguna de que Chaves Nogales fuera por entonces no ya un gran narrador, sino un simple narrador. Y menos aún que fuera el autor de A sangre y fuego, libro del que Chaves Nogales ni siquiera llegó nunca a tener noticia que se hubiera publicado. Es muy cierto que, como dice Amorós y parecen presuponer Valls y Ródenas, A sangre y fuego contribuyó en forma decisiva a popularizar el género literario de los cuentos basados en hechos reales, pero a partir de los años dos mil, no en 1937 o 1938. En esas fechas, Chaves Nogales era exclusivamente un periodista y nada más que un periodista. A nuestros, por lo demás, muy excelentes ensayistas, Amorós, Valls y Ródenas, se les va en esta ocasión el santo (Chaves Nogales) al cielo creyendo que este tuviera por entonces alguna autoridad o prestigio como narrador. Coherentemente con esto, cuando en República se publica ‘¡Viva la muerte!’ –queda comentado en mi epílogo– se le presenta a Chaves como periodista, además de que Chaves se presenta a sí mismo bajo el seudónimo de Juan Martín.

Propone Ródenas que los cuatro firmantes podrían haber tomado como modelo, para sus imitaciones chavistas, el extraordinario relato de A sangre y fuego ‘¡Viva la muerte!’, reeditado en los últimos siete números del semanario República, en julio y agosto de 1937. Pero tal cosa es extremadamente improbable porque implicaría acceder a siete números de una revista de tan restringida circulación, fuera de Niza, la ciudad francesa en la que se editó, que aún falta por localizar el número 5 de esta publicación, incompleta incluso en la Biblioteca Nacional de Francia. No es fácil tampoco, que Borrás, Delgado, Ruiz Vilaplana y de la Milla se hicieran con esa revista publicada cinco meses antes que Madrid, pero aún más complicado resulta el que llegaran a enterarse nunca de que el Juan Martín de República, pero también de Madrid, donde firma “Bigornia”, fuese en realidad Chaves Nogales.

La nula experiencia narrativa de los cuatro firmantes torna increíble el que pudieran escribir todos ellos excelentes relatos “a la manera de” Chaves Nogales, cuando en ese momento en Europa nadie conocía fidedignamente cuál era “la manera de Chaves Nogales” como narrador. Es además importante insistir en pequeños detalles significativos como que Chaves Nogales es uno más en República, junto con Fabián Vidal y Francisco Muñiz, pero que fue el director en la sombra de Madrid e ideó y moduló todas las secciones del semanario y tuvo que ser suya la responsabilidad de que en él apareciesen un gran número de trabajos anónimos o con seudónimo y de que hubieran secciones como ‘La sexta columna’ o ‘Estampas de la guerra’ que estaban escritas por más de un colaborador. Chaves Nogales, por ejemplo, además de como Chaves Nogales y como “Juan Martín”, firmó también trabajos en ‘La sexta columna’ como “Zoilo” y en ‘Estampas del Frente’ como “El camillero”.

De Fernando de la Milla, autor del que reedité dos libros hace ya bastantes años, sí se saben bastantes cosas, entre ellas su buena relación con Chaves, con el que trabajó varios años en el diario Ahora, pero de Antonio Ruiz Vilaplana, Eduardo Borrás y Rafael Delgado Almagro, en especial de los dos últimos, sabemos muy poco. En realidad no podemos tenerlos ni por amigos ciertos de Chaves Nogales ya que eran unos diez años más jóvenes que Chaves, Vidal y Muñiz (los tres, ya en la cuarentena, eran los responsables absolutos de los dos semanarios), y no hay ningún nexo biográfico, ideológico o literario que los relaciones.

Antonio Ruiz Vilaplana en Nueva York, 1938 (foto: La Biblioteca Fantasma)

Ruiz Vilaplana sí conocía a Chaves Nogales, ya que había trabajado como corresponsal de la sección de tribunales del diario Ahora, pero la cuestión, como contaré en otro momento, es muy compleja. José Carlos Mateos, en su libro Manuel Chaves Nogales, la construcción de un mito, cuenta cómo en agosto de 1936, en una reunión del Consejo Obrero del diario Ahora Chaves Nogales toma la palabra para decir que uno de los que están en la obligación de despedir, para hacer economías, es a un redactor de tribunales, Antonio Ruiz Vilaplana, que hace ya un par de años que no manda colaboraciones al periódico y cobra 300 pesetas. Lo que no cuenta Chaves Nogales, quien no parece saber en ese momento si Vilaplana está o no está en territorio leal, es que nuestro hombre era abogado de Luis Montiel, el propietario de Ahora, cosa que le constaba a Chaves, como conocemos por otras fuentes. Pero tal dato nos informa suficientemente de que Chaves Nogales no era estrictamente amigo de Ruiz Vilaplana, aunque reprodujera en Madrid, muy elogiosamente, tres fragmentos de su libro Doy fe…Un año de actuación en la España nacionalista.

De los anarquistas catalanes Eduardo Borrás López y Rafael Delgado Almagro no hay demasiado que decir, aparte de que Borrás pasó una buena temporada en la cárcel y no parece fácilmente explicable ni porqué los dos cuentos que firma como Enrique Albritt llevan una sola “t” y no dos como llevarán más tarde en la Argentina, ni cómo puede ser que en su cuento ‘La tanguera’ demuestre conocer Sevilla como la palma de su mano, cuando no resulta nada probable que hubiera jamás vivido una temporada en esa ciudad. En el caso de Rafael Delgado lo más inexplicable o extraño es que usara no uno sino dos pseudónimos: Lumo Reva y Rafael D. Almagro. Alguien que escribe por vez primera cuentos, como se supone que le pasó a él y escribe y publica tres cuentos estupendos, de los que debería estar tremendamente orgulloso, difícilmente firmaría uno solo de ellos y no los tres.

Pero también para esto último tiene Domingo Ródenas una hipótesis un tanto numerológica, consistente en que “con el fin de evitar la repetición de las mismas firmas y dar impresión de pluralidad, tanto Chaves como Eduardo Borrás y Rafael Delgado habrían publicado cada uno tres relatos, aunque solo uno con su nombre propio”.

Es cierto que cada uno de los tres autores publicó tres relatos, pero Borrás publicó uno con su nombre y otros dos con un solo seudónimo; Rafael Delgado, otros tres, pero uno con su nombre y los otros dos con dos seudónimos, y Chaves Nogales dos con su propio nombre (y no uno, como quisiera Ródenas) y uno con el seudónimo de Juan Martín. Aparte de eso publican los tres solo tres relatos cada uno, entre otras cosas porque la revista duró apenas tres meses y no unos cuantos años, como seguro que hubiera querido Chaves Nogales. Además, no tiene ningún sentido que se hubieran confabulado para algo tan baladí ni que los relatos comprometidos fuesen tres y no trece o veintitrés.

En cualquier caso, lo sorprendente no es que Domingo Ródenas considere una “conjetura” suya el que Chaves, Borrás y Delgado pactaran que los tres utilizarían seudónimos, aparte de sus nombres verdaderos, para “evitar la repetición de las mismas firmas y dar impresión de pluralidad”, sino el que considere que su propuesta de que Guerra total esté escrito por cincos autores y no por uno solo, como yo afirmo, “es una conjetura, pero no más audaz” que la mía. En mi opinión, la conjetura de Domingo Ródenas se acerca peligrosamente a la ocurrencia, pero en todo caso, aceptando que sea una conjetura, me parece muchísimo más audaz pretender que un libro tan tremendamente unitario, en todos los sentidos, como Guerra total pueda ser obra del autor de A sangre y fuego y de cuatro escritores más, sin experiencia en el género narrativo, que obra en solitario del autor reconocido de A sangre y fuego.

Ilustración que acompañaba en el periódico ‘Madrid’ al relato ‘Lo de Badajoz’, recogido en ‘Guerra total’.

Tengo por cosa firme y segura que Domingo Ródenas cree de buena fe, como lector y como estudioso, que en el semanario Madrid Manuel Chaves Nogales solo y únicamente escribió tres cuentos –ya publicados con anterioridad– y que los ocho restantes, aquellos que yo tomo por realmente inéditos y que son los que justifican la edición de Guerra total, fueron escritos por los cuatro periodistas que los firman y no por Chaves Nogales. Sin embargo, Ródenas, en sus líneas finales tiene la generosidad y un admirable afán de objetividad que le lleva a incluir un “Sin embargo…” que podría poner en cuestión todo lo hasta el momento reflejado en su reseña. Ese “sin embargo” consiste en hacerse eco de un estudio estilométrico de la revista Publishers Weekly.

De acuerdo a ello Domingo Ródenas se aviene a consignar, finalmente, la posibilidad de que los relatos de Guerra total pertenezcan a Chaves Nogales. Bueno, en realidad, lo que dice Ródenas es que “la hipótesis de que estamos ante la exhumación de relatos desconocidos de Chaves Nogales sigue, por tanto, viva”. Puesto que la exhumación atañe siempre a cuerpos absolutamente muertos, pudiera ser que nos quedemos con la duda, dado el pseudo-Chaves al que se alude en el título de la reseña, si ese pseudo-Chaves es un pseudo Chaves muerto o un pseudo Chaves vivo. En el caso de que fuera un pseudo Chaves vivo nos encontraríamos, sin sombra de duda, ante un Chaves Nogales zombi. Pero tal cosa debiera ser motivo de discusión intelectual entre académicos conocedores de las virtudes de la estilometría y no por un aficionado, quizás en exceso entusiasta, como es mi caso.

*Abelardo Linares (Sevilla, España, 1952) ha publicado cuatro libros de poemas y un pequeño ensayo, Fortuna y fracaso de Rafael Cansinos-Assens. Recientemente ha sido el responsable de la edición de Guerra total, un volumen de cuentos de Manuel Chaves Nogales que puede considerarse la continuación de A sangre y fuego y ha despertado cierta polémica literaria. Dirige la editorial Renacimiento, de Sevilla.

Fuente: FronteraD 6 de agosto de 2026

Para leer más:

Guerra total: el gran bulo editorial del año, por Yolanda Morató, en Zenda, 27 de mayo de 2026

El último Chaves Nogales, o un pseudo-Chaves, por Domingo Ródenas de Moya en El País, 29 de junio de 2026

Chaves Nogales, autor de El Quijote, por Juan Bonilla en Jot Down Magazine, mayo de 2026

También en junio nieva Chaves Nogales, por Abelardo Linares, en Jot Down Magazine, junio de 2026

Portada: Ilustración que acompañaba al relato ‘Un excelente verdugo’, en el periódico ‘Madrid’.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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