El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Leoncio López-Ocón Cabrera
Instituto de Historia-CSIC
Los meses anteriores al estallido de la guerra civil española se caracterizaron por una intensa conflictividad ideológica, una aguda pugna política y una soterrada violencia social. La historiografía ha profundizado en el análisis de todos esos factores. Pero se ha prestado, sin embargo, menos atención al dinamismo científico que en aquellos días se estaba dando en el seno de la sociedad española, asociado a un notable impulso cultural y educativo.
Manifestaciones del desenvolvimiento notable de ciertas actividades científicas, como las biomédicas, y de la relevante presencia en el espacio público de la intelligentsia republicana en su variada tipología se aprecian en las páginas de los principales diarios que se publicaban en Madrid. Así lo podrá comprobar quien lea esta aproximación a como la opinión publicada en tres relevantes periódicos, como fueron El Sol, Ahora y El Debate informó de diversos hechos científicos y culturales producidos en la semana del 16 al 23 de febrero, coincidente con los primeros días de Gobierno del gabinete surgido del triunfo electoral del Frente Popular.
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En la antigua Roma el mes de “Februarius” estaba destinado a las fiestas de purificación y penitencia, pues se consideraba que la Naturaleza parecía purificarse bajo el régimen de lluvias predominante en esos días del año.
Esa consideración de los antiguos romanos no se cumplió en el territorio de la península ibérica en febrero de 1936. Durante varios días cayó agua con tanta intensidad que miles de hectáreas quedaron anegadas, numerosas ciudades y pueblos sufrieron desastrosas inundaciones, y fueron muy cuantiosos los daños en abundantes obras públicas, particularmente en el tendido ferroviario.
Las cámaras de los fotógrafos captaron los estragos causados por el temporal en múltiples lugares del territorio español, particularmente en las cuencas hidrográficas del Duero y sus afluentes, del Tajo y del Guadalquivir. En Madrid la gran crecida del Manzanares en torno al 19 de febrero inundó algunos puntos de sus riberas, aislando a los habitantes que vivían en sus orillas. Fotomontajes ofrecidos por el diario Ahora en días sucesivos dieron cuenta de los efectos de las inundaciones en los arrabales de ciudades como Zamora y Salamanca y sobre la forma en que el temporal revistió caracteres catastróficos en Sevilla, particularmente en barrios como el de Triana. La ciudad de Burgos también quedó anegada. Allí los ríos Arlanzón, Pico y Vera se desbordaron por tres veces en aquel invierno de 1936.
Mientras se combatían los estragos causados por esas inundaciones, que dejaron en Sevilla a varios miles de familias sin albergue, la sociedad española digería los resultados de las elecciones celebradas el domingo 16 de febrero que dieron el triunfo al bloque popular, victoria que no fue cuestionada en aquel entonces. El martes 18 de febrero un periódico distante del Frente Popular como era el diario Ahora, propiedad del ingeniero Luis Montiel y del que era subdirector Manuel Chaves Nogales, señaló con grandes titulares en su tercera página que el triunfo de las izquierdas había sido indiscutible, victoria que según su editorial lanzaba España a la aventura. En Madrid votaron 415.476 personas de 537.208 electores. Si los candidatos de la mayoría formada por las fuerzas del Frente Popular (Izquierda Republicana, Unión Republicana, Partido Socialista, Partido Comunista y otras fuerzas como el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña) obtuvieron más de 220 mil votos, los candidatos de la coalición antirrevolucionaria agrupada en torno a la CEDA no llegaron a los 190 mil votos. José Antonio Primo de Rivera, el líder de Falange Española, apenas superó los cinco mil votos. En Barcelona la coalición de izquierdas superó a la candidatura de derechas en casi cien mil votos. Ciertamente en el conjunto del Estado las fuerzas de los dos bloques estuvieron más equilibradas, aunque debido al sistema de asignación de escaños, que no tenía un carácter proporcional, las izquierdas superaban holgadamente en número de escaños a las derechas.

Tras unas horas de desasosiego en los círculos gubernamentales ante un resultado electoral inesperado y ante el temor de “la presión de las masas”, el Gobierno que presidía el político gallego Portela Valladares, de talante centrista, dimitió asumiendo el poder las izquierdas. Manuel Azaña regresaba a la jefatura del Gobierno el miércoles 19 de febrero formando un gobierno con ministros de Izquierda Republicana, el partido que él lideraba, y la Unión Republicana dirigida por Diego Martínez Barrio. Los trece integrantes de ese equipo gubernamental eran cualificados profesionales o destacados universitarios, algunos de los cuales habían acumulado experiencias de gestión en los asuntos públicos en el primer bienio republicano. Por ejemplo, el ministro de Hacienda, Gabriel Franco López, era discípulo del gran economista Flores de Lemus, y autor de valiosos estudios económicos. Enrique Ramos, el nuevo ministro de Trabajo, era profesor agregado a la cátedra de Derecho Romano de la Universidad Central, y había efectuado una encomiable gestión cuando fue director general de Turismo en 1931. El jurista Mariano Ruiz Funes, que asumió la cartera de Agricultura, había sido vicerrector de la Universidad de Murcia, donde había estudiado al inicio de su carrera de jurista el derecho consuetudinario en la huerta y el campo murcianos. El ministro de Industria y Comercio, el diplomático Plácido Álvarez Buylla, pertenecía a una ilustre saga de republicanos asturianos con presencia en la Universidad de Oviedo. De la cartera de Marina se hizo cargo el catedrático de Química biológica de la Facultad de Farmacia de la Universidad Central, José Giral.
Algunos de ellos, como el propio Azaña, habían usado el Ateneo de Madrid como lanzadera para dar el salto a la actividad política. El ministro de Gobernación, el arquitecto Amós Salvador, había sido vicepresidente del Ateneo en 1931, el ministro de Estado Augusto Barcia Trelles había sido elegido presidente de esa institución en diciembre de 1933. Por su parte, el ministro de Comunicaciones, perteneciente a Unión Republicana, era Manuel Blasco Garzón, quien había sido presidente tanto del Ateneo hispalense como del Aero Club de Sevilla.
El nuevo Gobierno empezó inmediatamente a dejar su impronta política. Sometió a la aprobación de la Diputación permanente del Congreso de diputados un decreto ley de amnistía para los penados y procesados por delitos políticos y sociales, entre los que abundaban los protagonistas de la revolución de octubre de 1934 y los responsables del Gobierno de la Generalitat que habían intentado subvertir el orden constitucional, decreto que fue aprobado por unanimidad. En la noche del viernes 21 de febrero el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, lo firmó, siendo promulgado en la Gaceta en la mañana del sábado 22 de febrero. Fue una decisión saludada con alborozo por tirios y troyanos. El editorialista del Ahora, tras reconocer que la amnistía era el punto primero del programa del Frente Popular, advertía que “es seguro que, andando el tiempo, no faltarán comentaristas que pongan escrúpulos a la decisión; pero la política no se hace con doctrinas y disquisiciones, sino con realidades, y éstas nos dicen no sólo que la amnistía era inexcusable, sino conveniente”. Ese mismo día, el médico humanista Gregorio Marañón, colaborador habitual de ese periódico, firmaba un artículo titulado “Comprensión” en el que tras señalar que el imprevisto resultado electoral había producido una impresión colectiva de desconcierto, reconocía que era “ecuánime, normal y lleno de sentido”. Hacía también un llamamiento para que los vencedores administrasen su victoria con tanto tacto como el vencido su derrota, de manera que había que contemplar el futuro como si fuese a ser para todos. Y formulaba su ideario de convivencia: “que no es vivir en una pasiva deserción de los sentimientos, sino en una humana comprensión de que la verdad nuestra es sólo una parte de la verdad, y hay que dejar, por lo tanto, un margen de respeto para los que no piensan como nosotros; porque sólo con que profesen sinceramente su ideal, éste, aunque no sea el nuestro, es parte también de la verdad”.
Esos llamamientos a favor de la convivencia y del respeto mutuo coincidían con la eclosión de demandas para solucionar deficiencias en el funcionamiento de la administración pública, fundamentalmente en los ámbitos de la sanidad y de la educación, cuestiones que preocupaban sobremanera a las fuerzas del bloque social que habían dado el triunfo electoral al Frente Popular.

Así en una plana especializada en temas de Medicina y Biología que publicaba de manera irregular El Sol un joven siquiatra que no llegaba a la treintena, el doctor Dionisio Nieto (1908-1985), recién regresado de una etapa formativa en Alemania, publicó el martes 18 de febrero de 1936 una acerba crítica sobre la situación del estado de la asistencia psiquiátrica en España. Preocupado por la divulgación psiquiátrica se vio obligado a ofrecer previamente una idea clara sobre la situación en la que se encontraba la asistencia del enfermo mental en España. Quería contribuir de esa manera a crear un fuerte estado de opinión en torno al problema que le preocupaba para “emprender una organización decorosa en este aspecto de la salud pública”.
Aportó entonces una serie de hechos para sostener su tesis de que la deficiente asistencia psiquiátrica en España era “el primer problema que la sanidad pública tiene planteado en nuestro país”. Basándose en cifras publicadas por la Oficina Psiquiátrica de la Dirección General de Sanidad señaló que en 1934 se había asistido a 26.325 personas en los establecimientos habilitados para los enfermos mentales, lo que significaba 11 enfermos por cada 10 mil habitantes. Dado que, en Alemania, cuya organización de asistencia a los enfermos mentales le era conocida, la tasa de enfermos mentales que recibían tratamiento médico era de 42,4 por 10 mil habitantes y como quiera que la frecuencia de las enfermedades mentales en España era similar a la de otros países europeos, manifestó, Dionisio Nieto, que de esa comparación se deducía que en España más de dos terceras partes de los enfermos mentales no recibían tratamiento. Cifra que habría que aumentar pues, según cálculos que había hecho Kraepelin respecto a Alemania en 1903, había que considerar que el número total de enfermos doblaba al que recibía asistencia en los sanatorios.
Pero además de exponer la insuficiencia de la asistencia a un sector de la población que la necesitaba ese joven neuropsiquiatra también denunció cómo se atendía a esos enfermos mentales, pintando un cuadro tenebroso al manifestar lo siguiente: “Si se exceptúan poco más de media docena, la mayor parte de los manicomios españoles son verdaderas mazmorras, refugios de espanto donde se hacinan enfermos en peores condiciones que animales” de manera que, por ejemplo, en Almería se separaba a los sexos encerrando a las mujeres en una especie de jaula de grandes dimensiones instalada en el gran patio del manicomio. Junto a la miseria de los alojamientos en los que se almacenaban enfermos también denunció que se les tratase como animales y se lamentó de que en España hubiese surtido tan poco efecto las campañas iniciadas en el siglo XVIII por el médico francés Pinel para que a los enfermos mentales se les tratase como enfermos y no como endemoniados.
Para ayudar a encontrar una solución a un problema que consideraba apremiante “en el orden social, benéfico y sanitario” apeló a la historia, pues en el desenvolvimiento de la asistencia del enfermo mental España había desempeñado un papel de precursora. Mencionó, al respecto, como en 1409 fray Jofre Gilabert había fundado en Valencia el primer manicomio de Europa, el primero de otros tantos creados a lo largo del siglo XV en Zaragoza, Sevilla, Toledo y Valladolid. E hizo un repaso a la legislación que se había elaborado, llena de buenas intenciones, pero ineficaz. Al respecto consideró que era ejemplar la ley de Beneficencia de 23 de enero de 1822, en pleno trienio liberal, demostrativa de las repercusiones que tuvo en Europa las campañas de Pinel. A Dionisio Nieto le pareció acertado que en ella se dispusiese la construcción de hospitales públicos para los enfermos mentales en los pueblos que el Gobierno juzgase conveniente, que podían ser comunes a varias provincias, sin necesidad de situarlos en las capitales, sino en los puntos que ofreciesen más ventajas para la curación. Y que se determinase que los enfermos debían estar separados según el carácter y período de la enfermedad, y según el sexo, prohibiéndose para siempre “el encierro continuo, la aspereza en el trato y los golpes, grillos y cadenas, disponiendo en cambio que se ocupara a los enfermos en trabajos manuales adecuados para cada uno, según posibilidades y dictamen del médico”. Pero todas esas prescripciones dejaron de cumplirse. Denunció asimismo la inoperancia de la legislación posterior, por ejemplo, el reglamento de 14 de mayo de 1852, derivado de la ley de Beneficencia de 30 de junio de 1849, por el que los manicomios, en número de seis, pasasen a depender del Estado como establecimientos generales de Beneficencia. Uno de ellos fue el construido en la población madrileña de Leganés. Luego, ante la inoperancia del Estado, se decidió que eran las provincias las entidades responsables de ofrecer asistencia a los enfermos mentales, dictándose otro decreto en 1887 por el que se autorizaba a las Diputaciones a ampliar los manicomios provinciales transformándolos en regionales, indicando la conveniencia de que se estableciesen en Madrid, Zaragoza, Valencia, Sevilla, Valladolid y La Coruña. Como prueba irrefutable de la inoperancia de las medidas administrativas destacó que un real decreto de 27 de octubre de 1891 había conferido el carácter de regional al manicomio que construyera la Diputación de Madrid, que treinta años después no estaba aún terminado.
Para corregir ese estado de cosas y resolver los problemas relacionados con la asistencia de los enfermos mentales se había creado, ya entrado el siglo XX, una Liga de Higiene Mental. Gracias a su labor de lobby ante los poderes públicos y de haber llevado a cabo una serie de campañas ante la opinión pública se consiguió, ya proclamada la Segunda República, que se promulgase otra ley en 1931. En ella se reguló el ingreso de los enfermos en los establecimientos, se daban normas para su asistencia, se creó un Consejo técnico consultor con funciones de inspección sobre los manicomios. Se produjo entonces un aumento considerable de los enfermos asistidos, pero como no se habían construido nuevos manicomios ni adecentado los existentes el problema de la asistencia a esos enfermos mentales se había agravado. Y las visitas de inspección demostraron la situación lóbrega de muchos establecimientos, en algunos de los cuales los enfermos estaban enjaulados.
Preocupado por qué hacer ante panorama tan desolador ese psiquiatra expuso a sus lectores que en un próximo artículo señalaría los caminos que había que emprender para solucionar eficazmente el problema que había expuesto en esa colaboración suya con el diario El Sol.

Tras su regreso hacia principios de 1935 de Alemania, donde dispuso de una beca de la JAE (Junta para la Ampliación de Estudios) de seiscientas pesetas mensuales para estudiar Anatomía e Histopatología, Dionisio Nieto se incorporó al Instituto Cajal para dirigir una sección de Anatomía patológica neuropsiquística con un sueldo anual de seis mil pesetas. En esa institución científica, que tenía problemas de financiamiento en el curso 1935-1936, su mentor fue el prestigioso neurólogo y psiquiatra Gonzalo R. Lafora (1886-1971), personaje al que gustaba pisar muchos charcos por su talante combativo. Precisamente el mismo día en el que Dionisio Nieto daba a conocer en El Sol su diagnóstico de la asistencia psiquiátrica en España, Lafora continuaba una diatriba que había iniciado semanas atrás contra “los mercaderes del libro de texto”, es decir la perniciosa práctica de aquellos docentes, fundamentalmente de los institutos de bachillerato, que imponían a sus alumnos el conocimiento memorístico de los libros de texto que producían. En su colaboración del martes 18 de febrero de 1936 comentaba una serie de cartas que había recibido solidarizándose con su punto de vista, como la que le había enviado el catedrático de Filosofía del Instituto de León, Hipólito Romero Flores, quien le comentó que el asunto del libro de texto “tantas veces perfilado y siempre intacto, es de una lobreguez pedagógica y moral tan acusada, que sólo siendo profesor, fiel al complejo de representaciones ideales que implica serlo dignamente, puede sentirse el bochorno que él supone”. Los apoyos que había encontrado a su punto de vista le reconfortaron a Lafora al constatar que había “otra España con afanes de superación” de manera que, “no todo el profesorado de nuestros Institutos tiene ese concepto mezquino de la enseñanza criticado en nuestros artículos”. E hizo la siguiente reflexión: “No deseamos que el lector saque una impresión pesimista y desconsoladora, pues aunque es mucho lo que hay que destruir y modificar, existen ya numerosos hombres de buena voluntad a los cuales debemos alentar en sus afanes de perfección. Con ellos y un Estado que se preocupe más de la enseñanza secundaria podremos conseguir un movimiento renovador para que otras generaciones no pasen por el suplicio intelectual a que se vio sometida la nuestra y aun atormenta a la generación de nuestros hijos. Confiemos, pues, con optimismo en un mañana mejor si laboramos por ello con la debida constancia e independencia de criterio”.
Simultaneaba Lafora su campaña contra los abusos de los mercaderes de los libros de texto con sus trabajos e investigaciones como psiquiatra. En el mismo diario El Sol, con el que Lafora mantenía una estrecha relación de colaboración desde que apareciese su primer número el 1 de diciembre de 1917, días después -el miércoles 26 de febrero- en su sección “Crónica médica” se anunciaba el inicio de un curso de psiquiatría para médicos y legistas que se impartiría en su clínica psiquiátrica ubicada en el hospital provincial. Las conferencias teóricas, que se enumeraban, serían públicas, pero para las demostraciones prácticas, que se harían con enfermas de la clínica psiquiátrica de mujeres de ese hospital, había que inscribirse pagando una cuota de 50 pesetas destinadas al sostenimiento de la mencionada clínica psiquiátrica.
Esas actividades docentes y científicas impulsadas por Lafora en su clínica psiquiátrica del hospital provincial de Madrid revelaban la intensa actividad investigadora en la que se encontraban implicados numerosos médicos españoles en los inicios de 1936. Un grupo significativo de ellos eran los malariólogos, quienes se estaban movilizando para organizar en Madrid el tercer congreso internacional de paludismo que se proyectaba celebrar en la capital de la República española el 12 de octubre de 1936.

Ya a principios de ese mes de febrero de 1936 -según noticia de El Sol del viernes 7 de febrero- un jurado formado, entre otros, por los médicos Alberto Palanca, Julio Bravo y Emilio Luengo y el crítico de arte y director del Museo de Arte Moderno Ricardo Gutiérrez Abascal (Bilbao 1883-México 1963), más conocido por su seudónimo de Juan del Encina, eligió el cartel anunciador de ese congreso. Se trataba del elaborado por el ingeniero agrónomo José Benito Barrachina, cuyo lema era “Exterminio”. Días después el comité organizador del congreso difundió una circular de la que se hizo eco la prensa y El Sol abrió sus páginas en la ya mencionada plana que dedicaba a la Medicina y a la Biología a una extensa colaboración del doctor Luis Nájera Angulo (1901-1976). Este especialista en medicina tropical, que entre 1929 y 1930 había dirigido en Guinea Ecuatorial el Laboratorio de la Hipnosería, ubicado en Fernando Poo, era un estrecho colaborador de Gustavo Pittaluga, uno de los grandes especialistas europeos en la lucha contra el paludismo y, como tal, representante español en el comité de higiene de la Sociedad de Naciones, además de ser director de la Escuela Nacional de Sanidad, que tenía su sede en el número 21 de la madrileña calle de Recoletos.
El 18 de febrero de 1936 Luis Nájera, que por aquel entonces era secretario de redacción de la excelente Revista de Sanidad e Higiene Pública y portavoz de la mencionada Escuela Nacional de Sanidad, aprovechó su tribuna en El Sol para explicar la significación de ese certamen internacional y subrayar la importancia científica de sus tareas. Para ello se esmeró en combatir los prejuicios de muchos escépticos acerca de la relevancia de los congresos científicos. Ese tipo de eventos, en cuya organización se volcaron diferentes gobiernos republicanos, tenían detractores por considerarlos manifestaciones caras y lujosas de comunicación científica, a lo que Luis Nájera replicó con que se podía considerar al lujo como “la verdadera espuma de la civilización”, y que los congresos científicos aspiraban a ser “la meta de ansias de superación bien legítimas y siempre renovadas bajo cualquier clima cósmico o político”, además de favorecer la práctica del turismo que podía compensar los “sacrificios económicos” que implicaba su organización.
Por tales razones estimaba que el mandato recibido por la delegación española que asistió al segundo congreso internacional de paludismo, celebrado en Argel en 1930, de que el siguiente se celebrase en Madrid, había que aceptarlo con alborozo dados los beneficios de todo tipo que aportarían los mil congresistas procedentes de todo el mundo que se preveía que asistiesen al congreso madrileño, cuya celebración se tenía que haber llevado a cabo en la primavera de 1935, pero que por las dificultades políticas se pospuso de acuerdo con la Comisión de Paludismo del Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones, en la que ocupaba un lugar preeminente Gustavo Pittaluga, como ya se ha señalado.
Entre los aspectos positivos de ese futuro congreso internacional Luis Nájera resaltó que era una magnífica oportunidad para que los “varios centenares de los técnicos de mayor competencia mundial en el problema del paludismo” comprobasen que “nuestra lucha antipalúdica, a pesar de las varias ‘reorganizaciones’ que ha padecido en los últimos tiempos, cuenta con los elementos necesarios para desarrollar una gran labor, como de hecho la ha logrado en muchas ocasiones, aunque su éxito, en evidente desproporción con aquellos, se haya conseguido en función del esfuerzo de los médicos y de una activa gestión directora”. Ese encomio le sirvió para trazar una breve historia de los trabajos antipalúdicos en España, resaltando sus discontinuidades entre el pasado y el presente en las que encontró una posible explicación acerca de la “leyenda negra” sobre las aportaciones culturales y científicas generadas en la sociedad española.
Explicó entonces que los trabajos antipalúdicos contemporáneos en España se habían iniciado a comienzos del siglo XX con la labor de ilustres médicos, entre los que destacó a Francisco Huertas Barrero, Antonio Mendoza y Gustavo Pittaluga, pero no comenzaron a dar fruto hasta que en la década de 1920 se creó la Comisión Antipalúdica en la que los hermanos Sadi y Eliseo De Buen, Emilio Luengo y un plantel de jóvenes sanitarios e investigadores consiguieron reducir de modo considerable el peligro del paludismo, enfermedad endémica transmitida por la picadura de un mosquito de la familia Anopheles, cuyo hábitat favorable eran las zonas donde había abundante agua estancada procedente de regadíos y de la lluvia. Abundaban por tanto en la ribera del bajo Guadalquivir, el delta del Ebro y la Vera en la provincia de Cáceres, así como en zonas de la huerta de Murcia y en lugares de Ciudad Real. Hasta tal punto había tenido éxito esa labor que el Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones pensionaba desde mediados de la década de 1920 a grupos de médicos de todos los países del mundo a hacer prácticas en el Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata en la provincia de Cáceres y a estudiar la organización y técnica antipalúdicas existentes en España.

Esos logros tenían lejanos precedentes pues el médico de Felipe II, Luis Mercado, logró individualizar clínicamente, según Luis Nájera, la nosografía de las fiebres palúdicas. Y gracias a los conocimientos adquiridos en tierras americanas se consiguió difundir en Europa las virtudes curativas de las quinas “muchos años antes de que el inglés Talbot [Robert Talbor] vendiera a Luis XIV el pretendido secreto de los ´polvos de jesuitas’, que así llamaban entonces, como es sabido, al polvo de la corteza de quina”. Pero esos saberes no se actualizaron de modo que en el siglo XIX los médicos y la administración sanitaria no lograron proteger la salud de los soldados españoles que fueron movilizados para luchar contra los independentistas cubanos, siendo diezmados por las fiebres palúdicas. Esa ignorancia fue vista por Luis Nájera como “la última página de la ´leyenda negra´ que ha pesado sobre España como una maldición, proferida ciertamente por la envidia, pero alimentada por nuestra desgana”.
A propósito del impacto que tuvo en la sociedad española la incompetencia del Gobierno al afrontar la crisis cubana transmitió Luis Nájera un testimonio oral recogido de un testigo directo del desastre colonial, al que parecía admirar por sus conocimientos, según se deduce de este testimonio, que transcribimos en su integridad: “Por si no fuera bastante a convencernos la elocuencia de los hechos históricos, yo he tenido la fortuna de escuchar a ese hombre que ha logrado la maravilla de convertir en ciencias biológicas la Geografía y la Historia (para nadie puede ser un secreto que he nombrado a Gonzalo de Raparaz) la narración de esa página triste a que me refería. Pintaba el insigne Reparaz con mano maestra el aguafuerte de aquellos barcos que traían a la metrópoli espectros de hombres atenazados por las fiebres palúdicas, y me refería como se rebeló contra aquella tragedia publicando un artículo en el que afirmaba que nuestros soldados no perecían víctimas de los insurrectos, sino de la incuria de nuestras autoridades sanitarias y políticas; que era preciso ante todo enviar quinina y médicos que supieran su oficio; y añadía como aquel artículo, sensato y patriótico, le valió… ir a la cárcel”. Recibía de esa manera el publicista Gonzalo de Reparaz, que por aquellos días de febrero de 1936 estaba haciendo un seguimiento de los fundamentos geopolíticos del conflicto angloitaliano que tenía como escenario el Mediterráneo, el mismo trato despectivo que los franceses habían dispensado a Maillot allá por 1860 cuando “el médico de la sala donde no se muere” había empezado a utilizar la quinina en el hospital de Bône en el momento en el que la mortalidad y morbilidad palúdicas estaban poniendo en grave peligro al ejército francés ocupante de Argelia.
Esos descréditos del pasado serían superados con la celebración del tercer Congreso Internacional de Paludismo que, en opinión de Luis Nájera, permitiría “borrar para siempre los últimos recuerdos de nuestra leyenda negra” porque los malariólogos que acudiesen a él “tendrán ocasión de ver y admirar nuestros servicios antipalúdicos centrales y locales, muchos de ellos verdaderamente modelos, y otras instituciones que, como el Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata, nada tienen que envidiar a las similares de otros países”.
Pero aparte de hacer publicidad de una manifestación de una “decorosa y moderna” organización sanitaria el Congreso cumpliría una función pedagógica en tanto en cuanto que su celebración haría factible que “la totalidad de nuestros técnicos van a contrastar sus métodos y sus ideas con los de países distintos, en los que las modalidades de la acción presentan desde luego facetas muy diferentes, pero en muchos casos susceptibles de adaptación a nuestros peculiares ambientes, o al menos generadoras de concepciones nuevas que pueden suponer perfeccionamientos estimables”.
Llamó entonces la atención sobre los desafíos que aún quedaban por acometer en materia de paludismo tanto a su generación como a las sucesoras para llevar a cabo el saneamiento de los países tropicales, que se estaba iniciando en la década de 1930. Así en materia de terapéutica antipalúdica expuso los esfuerzos realizados por los farmacólogos “en los últimos años” para obtener una serie de productos sintéticos que sustituyesen con ventaja a la quinina y demás alcaloides de las quinas, en el caso de que se confirmasen sus especiales propiedades.
Aludió también a que la acción farmacológica de la quinina seguía presentando numerosas incógnitas por lo que los investigadores tenían que perseverar en “lograr una administración racional de dicha droga”. Al respecto mencionó los recientes trabajos que estaba llevando el profesor Loewenstein [Ernst Löwenstein de la Universidad de Viena (Karslbad 1878-Berkeley 1950)], quien estaba ensayando “una ruta nueva mediante la utilización de pomadas que permiten la absorción de la quinina por la piel”.
Dio cuenta asimismo de como las investigaciones impulsadas a finales de la década de 1920 por el Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones sobre el paludismo en los deltas del Rin, del Danubio y del Ebro, donde Pittaluga había movilizado a un amplio equipo de colaboradores, habían permitido la obtención de datos del mayor interés, “pero que requieren un mayor un ulterior examen crítico de conjunto para llegar a conclusiones epidemiológicas susceptibles de aplicación a casos prácticos”[1].
Finalmente, Luis Nájera mencionó como “el gran enigma que plantea la cuestión del ‘anofelismo sin paludismo’ y sus posibles relaciones con las plantas cultivadas, también en estudio a la hora presente, parece fuente capaz de proporcionar un nuevo caudal de observaciones biológicas y epidemiológicas del más alto interés”.
Todas esas cuestiones, entre otras, serían tareas que abordar en el próximo congreso que estaba presentando a quienes leyesen su texto, y que consideraba relevantes porque la mitad del territorio español “tiene que soportar el pesado gravamen de una intensa endemia palúdica, que resurgirá con sus antiguos caracteres así que se relajen los resortes de la actual organización profiláctica”.
Por todas estas razones consideraba que tanto la administración pública como las autoridades españolas tenían que contribuir al éxito de ese tercer congreso internacional de Paludismo, de cuyos debates, sugerencias e iniciativas podía depender “el bienestar y la vida de muchos millares de campesinos andaluces, levantinos y extremeños”, principales afectados por la malaria en la sociedad española de aquel entonces.
La organización de ese congreso internacional coincidía con una poderosa corriente de intercambios científicos y culturales con diversos países del mundo que protagonizaban representantes diversos del ámbito cultural y del mundo académico, científico y técnico español de aquel entonces.

Así en la semana que se está evocando en estas páginas los medios de comunicación dieron amplia cobertura a diversos acontecimientos relacionados con esa proyección internacional de la cultura española. Destacamos de ellos los siguientes.
Una de las figuras señeras del pensamiento español durante el primer tercio del siglo XX, Miguel de Unamuno, viajó por aquellas fechas al Reino Unido donde la Universidad de Oxford le concedería el doctorado honoris causa. Su desplazamiento por Europa, pues antes de llegar a Gran Bretaña pasó por París, sus actividades académicas y sus declaraciones fueron seguidas puntualmente por los medios de comunicación. Gracias a ellos sabemos que recibió un efusivo recibimiento al llegar a Londres, donde impartió una serie de conferencias en el King’s College ante un nutrido grupo de profesores hispanófilos de todas las universidades británicas.
El sábado 22 de febrero El Sol publicó una crónica de su corresponsal en Londres, quien se hizo eco de la primera de sus conferencias en tierras británicas titulada “Las juventudes españolas actuales y la generación del 98” y de unas declaraciones de Unamuno en las que además de reconocer que don Manuel Azaña tenía la ambición de crear pueblo, se autodefinió como liberal, si bien reconoció que “los liberales somos una especie de raza paleontológica”.
Precisamente el día anterior -el viernes 21 de febrero- el diario Ahora dio a conocer el último artículo periodístico escrito por Unamuno antes de la celebración de la jornada electoral del 16 de febrero. Estaba dedicado a glosar una carta recibida desde Berlín donde el traductor al alemán de las obras de Blasco Ibáñez se quejaba de cómo se estaba torpedeando su trabajo aduciendo que el novelista valenciano fue francmasón. Tales maquinaciones le llevaron al pensador vasco a iniciar su comentario semanal en la tribuna de Ahora con esta reflexión “cada día recibe uno nuevas muestras de la triste deficiencia -que llega a enajenación- mental colectiva que está asolando al mundo civilizado europeo y en que se ve también arrastrada nueva pobre Patria”. A la pregunta de su corresponsal berlinés de si Blasco Ibáñez fue francmasón Unamuno adujo que le había contestado que “jamás oí ni que lo fuera ni que no lo fuera… y que este es un asunto que nunca me ha importado un pitoche”. Y ante quienes le reprocharon que debía de tener conocimientos de la masonería por haber pertenecido a la Liga Internacional de los Derechos del Hombre, cuya sección española había presidido, asociación a la que se consideraba “una especia de Orden Tercera de la masonería”, adujo su desconocimiento de su doctrina, ignorada también por quienes con gran ardor la combatían, como eran los jesuitas, quienes según Unamuno “se distinguen -a pesar de la leyenda en contrario- por no saber enterarse de las doctrinas contra que combaten”.
Esas digresiones sobre la masonería las hizo Unamuno preocupado por la confusión que se estaba propalando entre masonería y liberalismo, “sólo que éste sin secretos, ni ritos, ni ceremonias, ni símbolos, ni liturgia de ninguna clase”. De modo que contra el liberalismo, que para Unamuno era el derecho de gentes moderno según había manifestado Antonio Maura y expresión de la civilización internacional, se estaban conjurando “las dos internacionales anti-liberales, las de las dos dictaduras: la fascista y la comunista. Ambas coinciden en execrar de la libertad y de la individualidad, ambas en combatir a la democracia. Para sustituirla por una ‘memocracia’”.

El tránsito de Unamuno por París coincidió con lo que era en aquel momento la máxima atracción artística de aquel invierno en la capital de Francia: la Exposición de los Artistas Ibéricos, organizada por el director del Museo del Jeu de Paume y la Sociedad de Artistas Ibéricos que había contado con el patrocinio de la Junta de Relaciones Culturales del Ministerio de Estado. En ella se pretendía mostrar un panorama completo del arte contemporáneo español. De esos artistas dos pintores disponían de salas completas para exhibir su obra: José Gutiérrez-Solana y Daniel Vázquez Díaz, quien había pasado catorce años de su vida en París y cuya obra glosó en las páginas de El Sol su crítico de arte Enrique Ruiz Vernacci el domingo 23 de febrero. Ese artículo estaba ilustrado con una representación variada de la obra de este pintor en la que destacaban diversos retratos, utilizando distintas técnicas, que había hecho de Cajal en 1921, de Marañón en 1923 y los óleos dedicados al mismo Unamuno en 1921 y en 1933 a Juan Ramón Jiménez quien ese mismo día del 23 de febrero de 1936 publicó una de sus habituales colaboraciones en la edición dominical de El Sol titulada “Con la inmensa minoría. Crítica”. En ella, entre varias reflexiones, sostuvo a propósito de su lectura del libro de poemas Cántico de Jorge Guillén que este escritor era “nuestro primer poeta científico de hoy”, y recomendaba a todos los amigos de la “poesía pura” que leyesen los poemas vivos recién publicados por Miguel Hernández, “el extraordinario muchacho de Orihuela” en el último número de la Revista de Occidente en el que junto a “seis sonetos desconcertantes” se encontraba “una loca elegía a la muerte de su Ramón Sijé”.
La orientación europea de la cultura española coincidía con un interés por intensificar las conexiones con otros continentes, particularmente con el americano, lugar de atracción de la población migrante española de manera que, por ejemplo, en Brasil habían llegado más de medio millón de españoles entre 1880 y 1930. No ha de sorprender por tanto que una foto de la llegada al aeródromo madrileño de Cuatro Vientos del piloto de la marina de guerra cubana, Antonio Menéndez Peláez, ocupase la portada del diario Ahora el sábado 22 de febrero y que fuese objeto de una extensa entrevista en El Sol de ese día bajo el titular de “El hombre, la máquina, el vuelo”. Era una muestra de la admiración que se le tributaba por ser el primer piloto que había volado en solitario entre Cuba y España tras hacer nueve etapas entre Camagüey y Sevilla donde había aterrizado en el aeródromo de La Tablada el 14 de febrero de 1936. Se le rindieron todo tipo de honores no solo por su hazaña aeronáutica, sino también por sus orígenes asturianos, pues hasta los trece años había vivido en una parroquia de Soto del Barco, donde aún permanecían familiares suyos, como mostró un amplio reportaje ilustrado ofrecido por la revista Estampa, propiedad de los mismos dueños del diario Ahora.
Los aviadores empezaban a cruzar el océano Atlántico de manera bidireccional. Uno de los cicerones que tuvo Menéndez en su estancia española fue el joven piloto civil Juan Ignacio Pombo, quien había protagonizado en 1935 el último gran vuelo de la aviación española, al unir Santander con la capital de la República de México.

Pero también conectaban las dos orillas del Atlántico académicos y productos culturales de variados contenidos ideológicos y desigual empeño científico. El domingo 23 de febrero el diario El Debate, portavoz de la CEDA, dedicó un suplemento extraordinario a la conmemoración del cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires, acompañado de un potente discurso visual, basado en las veinte ilustraciones que trazaban la evolución urbana del poblado fundacional a la vibrante metrópoli del siglo XX.
En sus páginas se insertó una valiosa colaboración de Fernando Márquez Miranda sobre los pueblos indígenas argentinos a la llegada de los españoles. En ella ese catedrático de las Universidades de Buenos Aires y La Plata que estaba realizando una larga estancia en Madrid -días antes había dado una conferencia ante los integrantes de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología Americana- presentó a los diaguitas, habitantes del noroeste argentino, a los que consideró como “el pueblo más civilizado de la Argentina precolombina” por su agricultura intensiva, su habilidad en la alfarería, como lo revelaban diversos objetos que acompañaban a su texto, su trabajo con metales y su culto de los muertos en el aspecto espiritual.
No obstante, en esa especie de dossier, predominó el tono de exaltación de la acción colonial española, en el marco mental de las coordenadas de un nacionalismo conservador que nutriría los contenidos del discurso ideológico de la hispanidad, como se aprecia en las colaboraciones tituladas “El origen heroico de América”, “Viajes al Río de la Plata y Fundación de Buenos Aires”, “Bases jurídicas de la expedición de Mendoza” y “Geografía histórica de las costas del Río de la Plata” en el que el marino e historiador Julio Guillén Tato, haciendo alarde de sus conocimientos de los fondos del Museo Naval, encomió la labor cartográfica de los jesuitas misioneros como el padre Quiroga. El Debate mostraba por aquellas fechas un especial empeño en destacar las aportaciones científicas de los jesuitas. Por ello en su suplemento cultural del domingo anterior, el de 16 de febrero, se había dedicado un amplio artículo a un observatorio de física cósmica en San Miguel, cerca de Buenos Aires, cuya dirección el Gobierno argentino había encomendado al jesuita Ignacio Puig, quien había sido el subdirector del Observatorio del Ebro en Tortosa hasta que el Gobierno republicano disolvió la Compañía de Jesús.
El interés por el continente americano no se limitaba a los órganos de expresión vinculados a las fuerzas conservadoras del arco parlamentario. Las izquierdas seguían con interés los logros que se estaban produciendo en el ámbito educativo por el gobierno mexicano. De ellos daba prueba El Sol en un suelto sobre “La escuela en Méjico” en su edición del 19 de febrero. En él se resaltaban los avances que se estaban produciendo en la escolarización de la población rural de ese país americano como se apreciaba en la organización de dos mil escuelas y en la fundación de cincuenta jardines de niños establecidos en comunidades agrarias e indígenas, cuya acción se coordinaba con el departamento de Salubridad pública con el objetivo de favorecer la medicina preventiva y disminuir la mortalidad infantil de la población mexicana.

[1] Al aludir a las investigaciones lideradas por Pittaluga en el delta del Ebro quizás Luis Nájera, que era un estrecho colaborador de él en la Escuela Nacional de Sanidad, tenía en mente la magnífica monografía titulada “Le paludisme dans les ‘deltas’ (Études sur certains conditions naturelles et expérimentales de l’Anophélisme dans le delta de l’Ebre, 1926-1930), elaborada por los doctores Perepérez, Gutiérrez Lara, Bote, Zozaya, Cartañá, Torrademé y Gil Collado, bajo la dirección de Gustavo Pittaluga, y que fue publicada en los Archives Roumaines de Pathologie Expérimentale et de Microbiologie en su ejemplar de marzo de 1932.
Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: banquete de homenaje a José Sánchez-Covisa y Julio Bejarano, en febrero de 1936, con motivo de la publicación de su obra Elementos de dermatología. Los dos autores, que durante la guerra ocuparían respectivamente los puestos de director del Hospital Clínico de Madrid y presidente del Colegio de Médicos, morirían en el exilio (foto de Rico en Ahora, 5 de febrero de 1936).
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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