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Conversación sobre la historia
Felipe VI se enfrenta al reto de romper con una tradición de intermitencia de la Corona y lograr traspasarla a su heredera
Jaume Claret
Las Casas Reales europeas que reinan todavía acumulan un gran simbolismo y, más allá de los problemas particulares de cada cual, todas ellas constituyen el último baluarte de unidad: desde Reino Unido, Países Bajos o Bélgica hasta las testas coronadas nórdicas y los microestados continentales. Basan su legitimidad en una combinación variable de utilidad, ejemplaridad y tradición. Seguramente es aquí donde estriba la debilidad de los Borbones españoles.
En relación a su utilidad, esta se ha visto cuestionada históricamente por un republicanismo tan débil como persistente, por un poder ejecutivo con tendencia a invadir y reducir el espacio del jefe del Estado y por un creciente distanciamiento de las nuevas generaciones… aunque este último punto, debido al silencio demoscópico del CIS, sea difícil de asegurar cómo ha evolucionado. En cambio, las informaciones sobre la falta de ejemplaridad del actual rey emérito ya son de dominio público, y hasta se ha llegado a convertir en caricatura a quien había logrado el consenso social llamado juancarlismo.

Tras años de protección por parte de la clase política y el ecosistema mediático español, los secretos y las confidencias primero circularon por las redes sociales y, finalmente, fueron recogidas por todos los medios. Eso que antes se consideraba proximidad y simpatía, hoy se condena como una muestra de corrupción y excesos. Ahora que el recuerdo del 23-F ya se ha diluido y cuestionado, la sociedad ya no se siente concernida por los supuestos servicios prestados y, en cambio, sí que rechaza comportamientos a medio camino entre el abuso y la desconexión de una realidad marcada por la acumulación de crisis económicas.
Por lo tanto y pese a los esfuerzos de los monárquicos por vender el reinado de Felipe VI como un nuevo comienzo, difícilmente la Corona española puede apelar a la utilidad y la ejemplaridad. Solo quedaría la tradición… Ahora bien, un rápido repaso al registro histórico de los Borbones en este país, nos muestra que tampoco permite grandes alegrías. Desde la abdicación forzada de 1808 ante Napoleón hasta la proclamación de la Segunda República de 1931, pasando por el exilio de Isabel II en 1868, la monarquía ha sido una figura que aparece y desaparece del escenario político según las convulsiones del país.
De hecho, en época contemporánea, solo han podido encadenar un máximo de dos monarcas: Fernando VII e Isabel II antes de la proclamación de la Primera República (después del pequeño paréntesis de Amadeo de Saboya); Alfonso XII y Alfonso XIII seguidos por la Segunda República; y, de momento, Juan Carlos I y Felipe VI. Por lo tanto, el reinado del actual monarca se enfrenta al reto de romper con esta tradición de intermitencia y lograr traspasar la corona a su heredera.

La disfuncionalidad constitucional
Aun así, el listado que acabamos de ofrecer incluye una trampa. Porque en la sucesión generacional se obvia el salto que dejó fuera a Juan de Borbón, eterno aspirante al trono que sus hagiógrafos definían como «hijo de rey y padre de rey, nunca reinó». Porque con la figura de Juan Carlos no tuvo lugar una reinstauración, sino una nueva instauración. El por entonces todopoderoso Francisco Franco condicionaba así el futuro del país –la monarquía no se discutía— y, de paso, manipulaba los intereses de los diferentes aspirantes y construía una nueva legalidad.
La pluma de José Luis de Vilallonga, recreando la visita de los príncipes a un dictador ya hospitalizado y de camino a la tumba, ilustra muy bien este (ab)uso discrecional del propio poder y, aun así, la buena sintonía entre digitador y digitado: «¿Será posible –dijo el General— que este Chico me tenga un ápice de afecto a pesar de las faenas que vengo haciéndoles a él y a su padre desde hace años? […] Cuando hablaba de la real pareja con la Señora, el General repetía: “No sé si el príncipe será tan buen rey como debiera serlo gracias a la educación que ha recibido, pero de lo que sí estoy seguro es de que ella será una gran reina”».
Al margen de las dotes de prospectiva del dictador, el fragmento señala literariamente la debilidad institucional que el prestigioso jurista Bartolomé Clavero (Madrid, 1947-Sevilla, 2022) explicitó con contundencia: «La Monarquía actual es extraña no sólo por extemporánea, sino también por disfuncional, por una disfuncionalidad constitucional explotada además por ella misma y por los partidos centrales que vienen sucediéndose al frente del gobierno del Estado. Todo ello ha podido desarrollarse a partir de una instauración dictatorial de la Monarquía que no se ha sometido del todo a una reinstauración parlamentaria».
No es de extrañar, por lo tanto, que esta preocupación haya sido heredada por los continuadores del magisterio de Clavero y, singularmente, por el grupo allegado al entorno del catedrático, también de la Universidad de Sevilla, Sebastián Martín (Sevilla, 1976). Precisamente, en una conferencia que dio en febrero de 2024 en la UOC, publicada poco después en el blog Conversación sobre la historia, ya señalaba cómo «la monarquía se dibujaba como el horizonte que permitiría dotar de continuidad a las posiciones de poder socioeconómico debidas a la “Victoria”».
En esta línea de reinterpretación de la legislación franquista y de su herencia hay que situar la mayoría de las aportaciones recogidas en el interesante y voluminoso –directamente inmanejable— Desarrollo de la dictadura, dictadura del desarrollo. El régimen franquista en su entorno internacional (1945-1969) (Athenaica, 2025), en donde Martín hace que le acompañen como coeditores Federico Fernández-Crehuet (Granada, 1970) y Alfons Aragoneses (Madrid, 1973), profesores de las Universidades de Granada y Pompeu Fabra, respectivamente. En la introducción, ponen el dedo en una de las llagas arrastradas: la consideración del periodo 1945-69 como un tramo transitorio de preparación para la democracia, pero en el que se acuñaron representaciones culturales, arquetipos de argumentación o marcos intelectivos que duran hata hoy. Como ha podido decirse «esta pervivencia anómala de “los discursos oficiales cincelados por el franquismo” se ha debido a la todavía escasa objetivación historiográfica del periodo».
Precisamente, el citado Aragoneses dirigió la tesis de Jordi Cerdà (Barcelona, 1990) que se encuentra en el origen del reciente libro La monarquía franquista: discursos doctrinales y legislativos (Dykinson, 2025). Disponible para ser descargado gratuitamente, el estudio demuestra la evolución utilitaria del concepto «monárquico». Así, mientras que en la larga postguerra sirvió para consolidar la figura del dictador entendida como un «Monarca sin Reino», a partir de la Ley de Sucesión el futuro monarca se convertía, cobijado dentro del cañamazo jurídico franquista, sucesor del Caudillo. Es decir, tanto la legitimación como la institucionalización surgieron de la realidad creada por los vencedores de la Guerra Civil.
Seguramente sin pretenderlo, las escenas de complicidad edulcorada y agradecimiento acrítico hacia el dictador incluidas en las memorias dictadas por el emérito consolidan la intuición de Clavero, ahora sustanciada por Cerdà. Más allá de los intereses espurios de Reconciliación (Planeta, 2025) –tanto por parte de Juan Carlos como de parte de la polémica biógrafa Laurence Debray—, su éxito comercial –más de cuarenta mil ejemplares en su primera semana a la venta— no compensa el nuevo golpe a la tríada que debería sostener el futuro de la monarquía.
Ni la utilidad, ni la ejemplaridad ni la tradición salen reforzadas. Al contrario. El futuro de la Corona española se encuentra, pues, en la encrucijada entre seguir siendo un atavismo histórico que depende de las circunstancias o convertirse en una institución plenamente integrada en un marco democrático moderno que exige que todo el mundo sea igual ante la ley y realmente útil. Ahora bien, esto último implica ser capaz de articular un discurso que pueda sobreponerse al maniqueísmo político-ideológico-nacional y situarse como referente aspiracional. Quizá sea pedir demasiado.
Fuente: Política & Prosa 1 de febrero de 2026
Portada: Franco recibe al entonces príncipe Juan Carlos y a Felipe de Borbón en el Pazo de Meirás, agosto de 1975 (Central Press/Hulton Royals Collection/Getty Images)
Ilustraciones: Conversación sorbe la historia
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Me gustaría algún comentario sobre la “información privilegiada” del rey emérito buscando regresar -antes de- regresar a la Madre Patris.