El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Luis Castro
A finales del pasado mayo Donald Trump había firmado 157 órdenes ejecutivas, de modo que pronto superará a las de su primer mandato, cuando publicó 220 en total. Ante tal avalancha de decretos, que vienen a alterar el orden político tanto dentro como fuera de Estados Unidos, es difícil evaluar su efecto global y puede ocurrir que pasen desapercibidos algunos de especial trascendencia. Eso ocurre, creemos, con las órdenes ejecutivas sobre política nuclear, que, si prosperan, pueden ser muy lesivas para la paz, la seguridad y el medio ambiente global.
Antes de seguir adelante, notemos que esta cadencia disparatada en la emisión de órdenes en absoluto indica improvisación o incoherencia, por muy aberrante que parezca en ocasiones. Se viene confirmando la idea de que la administración Trump sigue en líneas generales la línea programática previamente formulada por algunos de sus asesores, principalmente el think tank de la Heritage Foundation, que también ha incrustado en el entorno del presidente buena parte del personal político necesario para aplicar tales políticas[1].
En este caso, las órdenes ejecutivas se dirigen a los dos ámbitos principales de aplicación de la energía nuclear: el energético y el armamentístico. Por un lado, Trump pretende relanzar el proyecto de Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) de los años ochenta en el marco de una política de rearme capaz de enfrentarse simultáneamente a dos adversarios, Rusia y China, y seguir manteniendo la hegemonía en un mundo cada vez más multipolar[2]. Por otro lado, trata de estimular la construcción acelerada de nuevas centrales nucleares de última generación con el objetivo de cuadruplicar la potencia nuclear instalada para 2050. Estas agendas, sobra decir, se plantean sin demasiada consideración hacia las normativas y compromisos, tanto nacionales como internacionales, relativos a criterios de seguridad, preservación del medio ambiente o prevención de la carrera armamentista.

1. La “Cúpula dorada” y sus antecedentes históricos
El pasado 27 de enero el presidente Trump aprobó la orden sobre la “cúpula de hierro para América”, un escudo defensivo capaz de detectar e interceptar todo tipo de misiles lanzados contra EE.UU., sean balísticos, de crucero, supersónicos u otros[3]. Este país ya dispone de una amplia y variada infraestructura de ABMs (misiles antibalísticos), entre ellos los sistemas navales Aegis, a los que da servicio, entre otras, la base de Rota (Cádiz); pero ahora se pretende un salto cualitativo. Si el nombre, Iron Dome, copia el del sistema de defensa aérea israelí, por su envergadura y aspectos científico-técnicos evoca más bien la Iniciativa de Defensa Estratégica norteamericana de los años ochenta (SDI, más conocida como Stars war), a la que cita expresamente la propia orden junto al eslogan de campaña de Ronald Reagan: “la paz mediante la fuerza”. Siendo dos proyectos similares, analizar el contexto histórico de la SDI ayuda a entender la iniciativa de Trump, así como a formular las críticas a la falta de racionalidad científica, política y moral de uno y otro proyecto.
Como se recordará, Ronald Reagan trató de llevar adelante la SDI, que, después de 10 años de desarrollo, fue suspendida, no sin haber despilfarrado antes 30.000 millones de dólares. Por medio hubo problemas técnicos y financieros, pero también influyó el giro estratégico del propio Reagan, que del desaforado armamentismo de sus primeros años pasó en su segundo mandato a la distensión con la URSS, ya liderada por un Gorbachov con el que sintonizaba personalmente.
Ambos proyectos, el de Reagan y el de Trump, tienen toques de excentricidad y de megalomanía, que resultarían casi cómicos si no fuera por el letal peligro que conllevan. En este sentido, nos recuerdan las risas de la película de Kubrick “Teléfono rojo”, que en la escena final se nos congelan al contemplar el estallido de un Armagedón atómico, ya técnicamente posible entonces mediante la “Destrucción mutua asegurada” (MAD) por la guerra directa entre las dos potencias[4].
En ambos casos se parte de “vestir al maniqueo”, de señalar a un enemigo mortal y perverso que amenaza la pervivencia del mundo civilizado: en otros tiempos era el “Imperio del mal” (la URSS) y ahora es China, que se ve como “un enemigo totalitario” con “amenazas reales y peligrosas para nuestra seguridad nacional y económica” y que juega con malas artes en los mercados (incluso el norteamericano), expande insidiosamente sus tentáculos inversores y diplomáticos por todo el mundo, especialmente el Sur global, e impulsa “una espectacular expansión de sus fuerzas nucleares, que podrían llegar a igualar o superar el arsenal nuclear de los propios EE.UU.”[5]. Su objetivo sería dominar Asia y, partiendo de ahí, lograr la hegemonía mundial. (En este punto se siguen las viejas ideas geopolíticas de Mackinder y Brzezinski, según las cuales el control de Eurasia garantizaría esa supremacía global). Como en plena Guerra fría, ahora se descarta cualquier respuesta que no sea el enfrentamiento en todos los ámbitos: comercial, diplomático, tecnológico y militar.
Este telón de fondo alimenta las visiones distorsionadas, las informaciones sesgadas y los bulos. Es significativo que la SDI de Reagan precisamente tuviera como desencadenante uno de estos. El 3 de mayo de 1977 el New York Times recogía el informe de una revista de la fuerza aérea norteamericana según el cual “la Unión Soviética ha logrado un avance técnico en las aplicaciones de la física de alta energía que le puede proporcionar un arma de rayos de energía dirigida [directed-energy beam weapon] capaz de neutralizar toda la fuerza de misiles balísticos de Estados Unidos y de anular la doctrina estratégica de este país”. Este sistema, basado en lasers situados en tierra y en el espacio, ya habría pasado por ocho ensayos exitosos en una base militar cercana a Semipalatinsk[6].

Él NYT buscó la confirmación de la noticia en el Pentágono, que la negó, aunque, añadía, “los soviéticos no hay duda de que están trabajando en algo”. Tampoco la CIA daba credibilidad al asunto. Luego se supo que el informe sobre el “rayo antimisil” venía del general George Keegan, ex jefe de la inteligencia de la Fuerza Aérea de EE.UU. Este militar ultra sintonizaba con un grupo de políticos y militares influyentes que creían (o decían creer) que la CIA aminoraba en sus informes la envergadura de los arsenales de la URSS, la cual supuestamente se estaba preparando para una guerra nuclear con el fin de controlar del mundo. En ese embate, “el rayo antimisil” le daría una superioridad definitiva. En consecuencia, la política de distensión con el bloque comunista iniciada por Kissinger, que había tenido un momento de gloria con los acuerdos de Helsinki de 1975, se consideraba peligrosa y, por el contrario, se imponía de nuevo el enfrentamiento con la URSS y una urgente recomposición del músculo militar en todos los ámbitos, evitando la firma de los previstos acuerdos de limitación de armas estratégicas (SALT II) [7]. Así pues, desde el primer momento se constató que los conceptos asociados a la SDI y a la distensión eran incompatibles.
En consecuencia, durante la segunda mitad de los años setenta se fueron articulando las fuerzas contrarias a la política de distensión en torno a instancias como el “Equipo B”, al que George Bush, director de la CIA, dio acceso a la información de la casa. El grupo estaba encabezado por Richard Pipes y contaba con Paul Wolfovitz, Donald Rumsfeld, Eugene Rostow y Paul Nitze, y luego impulsó una plataforma de presión más amplia, el llamado “Comité sobre el peligro presente”, en el que se integraron figuras como William Casey (sucesor de Bush al frente de la CIA), Dean Rusk, James Schlesinger y Ronald Reagan, entre otros. Estos magnates de la derecha republicana iban a tener un gran poder político durante décadas y de entrada impusieron sus enfoques en política exterior al vacilante presidente Carter. Para ello contaban con otro partidario de la línea dura, Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional, quien marginó al más contemporizador Cyrus Vance, secretario de Estado[8].
Antes de que acabara la presidencia de Carter (diciembre de 1980) la distensión podía darse por muerta: el presidente dejó en suspenso las conversaciones SALT II y en 1980, aconsejado por Brzezinski y el general William E. Odom, firmó la directiva presidencial 59, que concebía la posibilidad de librar una guerra nuclear limitada y ordenó el despliegue de los misiles de crucero y Pershing II en Europa. Reagan no hizo sino desarrollar esta línea armamentista, aumentando el presupuesto de defensa hasta un billón de dólares para su primer cuatrienio (que finalmente subió un 50 %)[9]. En algún momento se habló de una “segunda Guerra fría”, que en España se vivió de rebote por coincidir con las campañas en torno al ingreso en la OTAN.
Pero en la historia de la SDI interviene otro personaje clave: el siniestro Edward Teller, el “padre de la bomba de hidrógeno”, inspirador del Dr. Strangelove, que desde el Proyecto Manhattan venía pidiendo más y mejores armas para hacer morder el polvo a los soviéticos y erradicar el comunismo en el mundo. Consta que en septiembre de 1979 Teller informaba a Ronald Reagan, que pronto iba a ser candidato a la presidencia, de la conveniencia de un plan para interceptar los misiles soviéticos mediante rayos láser, una idea que entusiasmó a Reagan[10]. Mientras tanto, el Pentágono ya había puesto en marcha su propio programa de armas láser espaciales, a cargo de la Agencia de Proyectos Avanzados de Investigación para la Defensa (DARPA), que más adelante se ocupó de la SDI. Hoy sería esta misma agencia la encargada del proyecto, junto con la Agencia de Misiles de Defensa y la Fuerza Espacial de EE.UU. (Desde este punto de vista científico, la idea es muy anterior, pues ya Seguéi Korolev en la URSS y Wernher von Braun en la Alemania nazi y en EE.UU. habían imaginado dispositivos armamentísticos espaciales en los años cuarenta).
Ahora, como cabía esperar, el proyecto de Trump ha suscitado el entusiasmo de las grandes empresas del sector armamentístico. El complejo militar-industrial sigue con su ímpetu inercial tanto o más vivo que en la época de Ike. Entre las empresas implicadas estarían Space X, de Elon Musk, Northrop, Palantir y Lockheed Martin, principal proveedora del Pentágono, con el que tiene el 74 % de su negocio (en 2023, 48,6 mil millones de dólares). Esta valora así el asunto, para el que ofrece su colaboración sin reservas:
Se trata de una misión a escala del Proyecto Manhattan, urgente y crucial para la seguridad de Estados Unidos.
Lockheed Martin está listo para colaborar (…). Construimos con éxito la red de software de defensa antimisiles más poderosa del mundo, que conecta a las fuerzas de todo el mundo las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Hemos demostrado nuestra capacidad para trabajar con diferentes sectores para ofrecer lo mejor de lo mejor al combatiente…[11].
Pero las críticas que en su momento se hicieron al proyecto de Reagan siguen siendo pertinentes ahora. En síntesis, se trata de planes muy costosos, difícilmente realizables y, sobre todo, muy desestabilizadores del status quo internacional. Así lo expresa Dan Vergano, editor de Scientific American: se trataría de sistemas que “son innecesarios, impracticables y provocarían una nueva y peligrosa carrera armamentista”[12].

Aunque se presenta bajo apariencia defensiva y pacífica, la Cúpula de hierro sería una amenaza para la seguridad internacional al poner en grave riesgo la disuasión y el equilibrio atómico en la que se basa la “paz” entre las potencias desde la Guerra fría. A pesar de la considerable reducción de los arsenales nucleares desde mediados de los años 80, las potencias siguen teniendo una capacidad de respuesta (second strike) tal que podrían infligir daños irreversibles al país agresor incluso después de un primer golpe atómico (first strike). La disuasión, que evita la guerra atómica, se basa en la vulnerabilidad de las potencias y ahora desaparecería para la que tuviera tal escudo espacial.
Ello estimularía la carrera armamentista, al empujar a los adversarios a conseguir sistemas semejantes y a incrementar y mejorar sus armas atómicas, buscando nuevos proyectiles capaces de sortear los escudos antimisiles. Puesto que el escudo espacial pondría al país poseedor en una posición de ventaja estratégica decisiva, no se podría descartar la posibilidad de un ataque preventivo de sus adversarios para impedir su realización. Las autoridades chinas han hecho ya serias advertencias al respecto. El proyecto Cúpula dorada, dicen, “aumentará el riesgo de convertir el espacio en una zona de guerra y de crear una carrera armamentista espacial, y sacudirá el sistema internacional de seguridad y control de armamentos”[13]. Ya en 1985 Gorbachov advirtió a Reagan de que la SDI “socava seriamente la estabilidad”.
Obviamente, el proyecto es incompatible con las manifestaciones del propio Trump, que incoherentemente ha hablado en varias ocasiones del “horror” de las armas nucleares y de la conveniencia de reanudar negociaciones de desarme con Rusia y China. “No hay razón −ha declarado− para que estemos construyendo armas nucleares completamente nuevas, ya tenemos muchas. Podríamos destruir el mundo 50 veces, 100 veces. Y aquí estamos construyendo nuevas armas”[14]. Pero, como señalan los especialistas del Boletín de Científicos Americanos, “Trump busca desnuclearización, pero pretende una “Cúpula dorada” de defensa anti misiles. (…) No puede tener ambas cosas”[15].
El asunto se revela aún más sombrío, si cabe, a la vista de la penosa situación en que se hallan los acuerdos internacionales relativos a armas atómicas. En 2018-2019 EE.UU. y Rusia se retiraron del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio; EE.UU. hizo lo mismo en 2002 con los acuerdos de reducción de misiles ABM y tampoco ha ratificado el Tratado de prohibición de armas nucleares de 2021. Por otro lado, las conversaciones relativas a la reducción de armas estratégicas (START) están en punto muerto, después de que Rusia suspendiera su participación en 2023[16]. Sin olvidar que el proyecto “Cúpula de hierro” también supone violar otros acuerdos internacionales, como el Tratado sobre el espacio de 1967, que prohíbe colocar armas de destrucción masiva en el espacio, la Luna o cualquier otro cuerpo celeste. Y no fue el menor dislate de Trump durante su primer mandato el romper el compromiso de Obama y otras potencias con Irán para limitar su programa nuclear. Con ello volvía a una política de enfrentamiento y presiones, en línea con las posturas de Israel y Arabia Saudí, que se está revelando como muy desestabilizador en una zona ya muy convulsa. El reciente intercambio de ataques entre Israel e Irán lo ha puesto en evidencia, lo mismo que la fragilidad de los “escudos” antiaéreos: la “cúpula de hierro” israelí ha sido incapaz de detener los misiles iraníes, a pesar de contar con el apoyo logístico y militar de EE.UU. (inteligencia y misiles antiaéreos). No es seguro que la operación “León creciente” haya sido capaz de destruir la infraestructura nuclear iraní, aunque sí ha provocado fugas radiactivas y químicas; y ha dinamitado las incipientes conversaciones Irán-EE.UU. que se celebraban en Omán
(En este apartado nos hemos centrado en el análisis del proyecto “Cúpula dorada”. Pero la Heritage Foundation dedica amplio espacio en su programa a otros sistemas de armas nucleares, para los que pide su “modernización, adaptación y expansión”, incluyendo la Tríada estratégica (misiles balísticos intercontinentales, submarinos nucleares y bombarderos estratégicos)[17].

2.- ¿Cuadruplicar el parque de centrales nucleares?
Aunque en otro orden de cosas, también es alarmante la política energética nuclear de Trump, a la que ha destinado cuatro órdenes presidenciales firmadas el pasado 23 de mayo. Ya el 20 de enero había emitido un decreto inicial que invocaba una supuesta “emergencia energética nacional” para justificar un programa acelerado de aumento de la producción energética[18]. Una orden del todo injustificada si tenemos en cuenta que Estados Unidos es excedentario en el mercado energético y el primer productor de energías fósiles.
Estamos ante una prolongación de la política energética de su mandato de 2017-2021, que liberalizó (léase desreguló) e impulsó esa producción, especialmente la de combustibles fósiles −al grito de drill, baby, drill!−, acelerando las licencias administrativas y eludiendo mayormente la legislación medioambiental y los compromisos internacionales. Lo cual se enmarca en el giro de 180º respecto al “fanatismo climático de la administración Biden”; de ahí que una de las primeras decisiones de Trump fuera retirar a EE.UU. de los acuerdos climáticos de la Conferencia de París y otra anular el compromiso de fabricación de coches eléctricos[19].
Por lo que al sector nuclear se refiere, la política de Trump se puede resumir en el lema “Make the Atom Great Again”, que parte de un supuesto atraso de la industria nuclear en Estados Unidos respecto de otras potencias y de China en particular, un país que “se conjura para superar a Estados Unidos como potencia nuclear al licenciar otros diez reactores nucleares este año”[20]. Como en otros ámbitos, también se ve este país asiático como el principal adversario a abatir. China, además de un parque nuclear más reciente, tiene en ejecución un programa más rápido y con mayor diversidad tecnológica (reactores de IV Generación y modulares), mientras que la tecnología norteamericana se basa casi exclusivamente en los ya viejos reactores de agua a presión o en ebullición (PWR y BWR). Pero Estados Unidos sigue liderando el sector con 92 reactores nucleares y 93 GW de potencia instalada, aunque su parque nuclear es obsoleto, con 43,2 años de media frente a los 10,9 de China, que tiene operativos 55 reactores con 55 GW de potencia[21]. Así pues, Trump trata de renovar y multiplicar por cuatro la potencia nuclear instalada para llegar a los 400 GW en 2050, superando a China, que habría alcanzado “sólo” 200 GW en 2040. Ello supondrá la construcción de al menos 300 centrales nucleares más, con lo que EE.UU. a mitad de siglo igualaría al total de centrales hoy existentes en todo el mundo[22].
Con ese ambicioso objetivo el pasado 23 de mayo Trump firmó cuatro órdenes presidenciales: (1) “para revitalizar la industria nuclear”; (2) “para reformar las pruebas de reactores nucleares en el departamento de energía”; (3) “para desarrollar tecnologías avanzadas en reactores nucleares para la seguridad nacional” y (4) “ordenando la reforma de la Comisión Reguladora Nacional” (NRC)[23]. Estas órdenes en conjunto suponen una reforma a fondo del sistema institucional y normativo que hasta ahora había regulado el ámbito de la energía nuclear, afectando principalmente a los departamentos de energía y de defensa y a la NRC. Aquí solo vamos a comentar algunos aspectos generales.
Además de multiplicar la producción de energía nuclear[24], se trata de desarrollar nuevos reactores avanzados que, según se dice en una de las órdenes, “abrirán una gama de nuevas aplicaciones para apoyar a los centros de datos, la manufactura de microchips, la producción petroquímica, la sanidad, la desalación, la producción de hidrógeno y otras industrias”. Los nuevos tipos de reactores serían de Generación III+, modulares y de tamaño reducido.

Si la Cúpula dorada recuerda la Stars war de Reagan, este ambicioso programa evoca la publicidad de los “átomos para la paz” de Eisenhower. Pero implica una movilización de recursos públicos y privados de tal envergadura que cuesta imaginar que sea realizable para una economía ya muy lastrada por una gigantesca deuda pública y que aún debe hacer frente a gastos pendientes de décadas anteriores. Sin ir más lejos, el Departamento de Energía cuantifica en 887 billones de dólares el coste aún necesario para limpiar de residuos radiactivos y rehabilitar las instalaciones nucleares relacionadas con el proyecto Manhattan y la Guerra Fría[25]. Muchas de estas instalaciones serán necesarias para impulsar el anunciado programa nuclear, pues todavía hoy, aunque las centrales nucleares son operadas por empresas particulares, el estado federal sigue a cargo de buena parte de la gestión del ciclo del uranio y de la I+D nuclear a través de los laboratorios nacionales, todo lo cual se pondrá de nuevo al servicio de las empresas energéticas.
El aspecto más preocupante de este programa quizá sea el proyecto de reforma de la NRC, que, por cierto, sigue casi al pie de la letra las orientaciones del Proyecto 2025. La reforma cambia el carácter de la comisión, de modo que pase de ser una instancia independiente de control y garantía de la seguridad de las instalaciones nucleares a ser un organismo impulsor del programa nuclear. Se trata de “optimizar los requerimientos reguladores y los procesos de autorización para reducir costes y acelerar el desarrollo de la industria nuclear”. Con ello se busca “asegurar que la NRC facilita en vez de obstaculizar el desarrollo e innovación de la industria nuclear”, evitando retrasos y aumentos de costes que disuaden la inversión privada[26]. Ello supone minimizar las pautas de seguridad y protección de la salud pública y del medio ambiente, considerando, por ejemplo, que el criterio de que ninguna dosis de radiactividad es inocua −en el que la comisión y los organismos internacionales se han basado siempre− según la orden de Trump “carece de sólida base científica”.
Todo esto significa un paso atrás de décadas, invalidando la reforma legal de 1974, que creó la NRC como organismo regulador independiente, tras la fase previa de la Comisión de Energía Atómica, que indebidamente asumía el papel de promotora y controladora de las instalaciones nucleares. Trump quiere que la comisión elabore nuevas normas reguladoras en un plazo de dieciocho meses, agilizando de los trámites y la cooperación con los promotores privados.
También fija un plazo de tres años como límite para el trámite de autorización de los futuros reactores, sean del tipo que sean, e incluso ordena que antes de tres años esté ya operativo alguno de los reactores de nuevo tipo, de lo que se harán cargo los departamentos de defensa y de energía. Pero si hacer muchas cosas a la vez y muy rápidamente es desaconsejable en general, lo es muy especialmente en el ámbito de la tecnología nuclear, máxime cuando se trata de poner en marcha tecnologías de nuevo cuño no experimentadas. Los últimos reactores operativos en EE.UU., las unidades 3 y 4 de la central de Vogtle (Georgia), han tardado más de diez años en la construcción, a pesar de que seguían la conocida tecnología del agua a presión de matriz Westinghouse[27].
Que la NRC deba hacerse cargo de esta agenda (lo que probablemente implicará la sustitución parcial de su personal técnico) redundará en detrimento de su principal tarea actual, la supervisión del parque nuclear de Estados Unidos, que, como hemos indicado, ya es más bien obsoleto, siendo problemático que se pueda adaptar a los apremiantes dictados presidenciales. En definitiva, con estas peligrosas órdenes ejecutivas la población correrá un riesgo cada vez mayor, siendo dudoso además que la industria “incluso sin la supervisión y la regulación necesarias, pueda construir centrales nucleares a tiempo y dentro del presupuesto”[28].

Notas
[1] https://conversacionsobrehistoria.info/2024/10/09/proyecto-2025-la-institucionalizacion-del-trumpismo/.; “Trump pone en marcha el Proyecto 2025: los 26 primeros decretos del presidente de Estados Unidos”, El Grand Continent, 21 de enero de 2025.
[2] Henry Obering III and Robert Peters, “Time for a New Missile Defense Rewiew and a Space-Bend Missile Defense”, en https://www.heritage.org/defense/report , 11 de marzo de 2024. Los autores sostienen que ahora el proyecto no puede fracasar técnicamente pues se dispone de medios científicos más adecuados que hace 40 años.
[3] https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2025/01/the-iron-dome-for-america/. Posteriormente el proyecto ha pasado de ser de hierro a dorado, no sabemos si por la querencia de Trump por las cosas de ese color.
[4] El título original de la película, estrenada en 1966, es Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb.
[5] The Heritage Foundation, Project 2025. Mandate for Leadership. The Conservative Promise. Presidential Transition, 2023, pp. 91-92 y 279. Lo cierto es que China dispone de 600 ojivas nucleares, frente a las 5.179, según el último informe del SIPRI.
[6] “Soviet Breakthrough is Reported in Work on an Anti-Missile Beam”, NYT, 3 de mayo de 1977 (el texto va sin firma); el texto que comentaba el NYT era: Robert Hotz, “Beam Weapon Threath”, Aviation Week and Space Technology, 2 de mayo de 11973.
[7] Oliver Stone and Peter Kuznick, The Untold History of the Unitred States, 2013, pp. 397-397. Los informes de la CIA de esos años acreditaban una actitud meramente defensiva de la URSS y de ningún modo avalaban su ventaja armamentística, que la URSS, en nuestra opinión, no llegó a tener en ningún momento.
[8] Oliver Stone and Peter Kuznick, Op. Cit., pp. 399, 402, 416; Josep Fontana, Por el bien del imperio, 2011, pp. 576-578.
[9] Es digno de reflexión acerca de la locura armamentista que el orden de magnitud del gasto militar se haya incrementado desde esos 1,5 billones de dólares cuatrienales de 1981 hasta el billón de dólares anual anunciado por Trump para 2026.
[10] Josep Fontana, Op. cit., pp. 619-620. El autor recuerda una anécdota significativa: en 1940 Reagan había actuado como agente secreto en la película Murder in the Air, en la que logra apoderarse de un rayo de la muerte ubicado en un dirigible enemigo. Seguramente también influyeron en el ambiente belicista las películas de Stars War (iniciadas en 1977), que hacen amplio uso de armas y escudos láser. Sensu contrario, el film The Day After (1983), que escenifica con realismo un holocausto nuclear, influyó en el cambio de actitud de Reagan hacia las armas nucleares.
[11] “Cúpula dorada para América”, en https://www.lockheedmartin.com/en-us/capabilities/missile-defense/golden-dome-missile-defense.html. La Lockheed también fue una de las principales participantes en la SDI de Reagan.
[12] Dan Vergano, “Trump’s Iron Dome Space Weapons Ignores Physics and Fiscal Reality”, Scientific American, 19 de febrero de 2025.
[13] “China advierte de que el sistema Cúpula dorada podría desencadenar la carrera de armamentos en el espacio exterior”. En https://spanish.xinhuanet.com/., 29 de mayo de 2025.
[14] Gabe Whisnant and Jesus Mesa, “Donald Trump, Wants to Get Rid of Nuclear Weapons”, Newsweek, 14 de febrero de 2025; Zeke Miller and Michelle L. Price, “Trump wants denuclearization talks with Russia and China, hopes for defense spending cuts”, (AP News.com).
[15] El entrecomillado es precisamente el título del artículo de Celia McDowall and Ankit Panda, BOAS, 29 de abril de 2025.
[16] Se suele olvidar que ya el Tratado de no proliferación de 1968 comprometía a las potencias a negociar la progresiva reducción de arsenales nucleares hasta su total eliminación.
[17] The Heritage Foundation, Project 2025, sección 2.4, pp. 87ss.
[18] “Unleashing American Energy”. https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/executive-orders/.
[19] The Heritage Foundation, Op. cit., p. 257. El discurso ecologista es una de las bestias negras para la Fundación, que lo tilda de “polarizador”, “extremista”, “radical”, etc., pues estima que obstaculiza el natural desarrollo de las fuerzas productivas y de los negocios en general. Por el contrario, se trataría de enfocar la regulación ambiental según “principios de libre mercado”.
[20] Ignacio Domingo, artículo con ese título en El Diario de 8 de junio de 2925.
[21] Datos del Foro Nuclear español y de la Agencia I. de Energía Atómica. https://www.iaea.org/es/temas/reactores-nucleares-de-potencia.
[22] Edwin S. Lyman, “The NRC’s new Mission Impossible: Making Atoms Grat Again”. https://thebulletin.org/2025/05/the-nrcs-new-mission-impossible-making-atoms-great-again/. He tomado parte de este título para encabezar este artículo.
[23] https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/executive-orders/.
[24] Como anécdota, en una de las órdenes se menciona el reciente apagón de España y Portugal como algo que aconseja aumentar y asegurar la producción energética.
[25] The Heritage Foundation, Op. cit., p. 371. Entre esos gastos está el almacén centralizado de residuos radiactivos, del que EE.UU. aún carece.
[26] The Heritage Foundation, Op. cit., pp. 365 y 369.
[27] Ha sido una experiencia muy común en todos los países que la construcción de centrales atómicas rara vez ha cumplido los plazos previstos, como tampoco se ha ajustado a los presupuestos iniciales.
[28] Edwin S. Lyman, “The NRC’s new Mission Impossible: Making Atoms Grat Again”. https://thebulletin.org/2025/05/the-nrcs-new-mission-impossible-making-atoms-great-again/.
Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: MARKETWATCH PHOTO ILLUSTRATION/GETTY IMAGES, ISTOCKPHOTO
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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