El libro La República recoge las clases de Doctorado/Máster  que Josep Fontana ofreció durante 2002 a 2008 en el IUJVV-Departament D’Humanitats  de la Universitat Pompeu Fabra. Fontana nunca se presentó a dar una conferencia o a sus clases con un esquema. No confiaba en la improvisación creativa sino en una concienzuda preparación que llevaba el apoyo de las notas a pie de página. En eso consistían sus “apuntes” de los que el lector tiene una prueba en estas páginas que no se escribieron pensando en que formarían parte de un libro. El cuidado de Gonzalo Pontón lo ha hecho posible. Para no hacer más extenso este artículo solo se publican 3 de las 56 notas que pueden dar una idea de la bibliografía utilizada. El texto que publicamos pertenece al capítulo más extenso dedicado a la Revolución de Octubre. Lo hemos escogido porque inserta la coyuntura en el contexto internacional y nos cuenta cómo el fascismo iba permeando las más diversas capas sociales, un paisaje que no resulta extraño en nuestros días.

Presentación del libro: Josep Pich,  Gonzalo Pontón, Borja de Riquer

19 de mayo de 2025 . 12,30
Auditorio Mercé Rodoreda; Campus Ciutadella UPF
Se pude seguir en directo:

https://www.upf.edu/web/humanitats/streaming

Josep Fontana

 

El ocho de septiembre de 1934 el consejero de Gobernación Josep Dencàs escribió al vicecónsul alemán en Barcelona. El motivo de la carta de Dencàs era el de responder a una queja formulada por el cónsul en el gobierno de la Generalitat. Dencàs lamentaba «les molèsties i el perill que per les manifestacions i articles publicats en el periòdic Catalunya Roja li han estat adreçades, presentant-li les meves excuses i prometent-li que donaré les oportunes ordres per tal que no es repeteixi». Esta queja, aparecida en el órgano de los comunistas del PCC, debía de ser alguna de las habituales denuncias de lo que estaba sucediendo en la Alemania nazi, de las actividades nazis en Barcelona o de la campaña por la libertad de Ernest Thaelmann. Apenas un mes antes, el alcalde de Valls, perteneciente a Esquerra, Victorià Casaprima, había enviado al mismo cónsul alemán un telegrama en el que le comunicaba que «l’ajuntament de la meva presidència en sessió d’ahir acordà unànimement protestar procés contra Thaelmann i companys empresonats injustament i demanar-vos trameteu aquesta expressió sentiments humanitaris al vostre govern». El telegrama del ayuntamiento de Valls había motivado también una carta de queja del diplomático alemán en el gobierno catalán por tratarse de «un hecho de intromisión en los asuntos interiores de Alemania, intromisión que parece tanto más reprobable cuando procede de una autoridad en Cataluña».

Cartel del Comitè Català pro Esport Popular (imagen:  BNE)

La llegada de los nazis al poder en Alemania había dado al fascismo el certificado de amenaza a escala internacional que, hasta ese momento, no se había atribuido de manera tan clara al fascismo italiano. El diario de la Esquerra en Terrassa, La Acción, caracterizaba en abril de 1933 a Mussolini como “un muchacho al que llaman estadista, con osadía y absolutista, que explota finamente el rencor y la envidia organizada” y consideraba «más estabilizada por razón de carácter germánico la dictadura hitleriana que la de Mussolini pese a los diez años transcurridos desde su implantación». El mismo periódico, en cambio, no dudaba en calificar «la elección de Hitler para la cancillería del Reich” como “una gran amenaza para la paz mundial». El triunfo del nazismo había sido claramente percibido como el paso decisivo de la internacionalización del fascismo y como un ataque frontal al «obrerismo y a los partidos de izquierda que en forma evolutiva […] trataban de transformar la economía del mundo». Tal y como apunta Gabriel Jackson, hasta los primeros meses de 1934 el antifascismo como movimiento de resistencia no había sobrepasado los círculos de la militancia obrerista más combativa, de algunas minorías de intelectuales y estudiantes y de la importante diáspora antifascista, especialmente italiana, diseminada por toda Europa y América. La dinámica general de expansión de los antifascismos, quizás a excepción de los casos de Italia y Alemania, se explica en relación con su capacidad de injertarse en los conflictos e intereses locales, más que por la adopción de una postura unánime ante un enemigo que atacaba por todas partes los proyectos democráticos en sus múltiples significados. En este sentido, la dialéctica existente en el ámbito internacional, marcado por el desarrollo de los fascismos en Europa, con un nuevo contexto español, surgido de las elecciones de noviembre de 1933, y con el escenario político de una Cataluña autónoma a contracorriente facilitó una centralidad creciente en la política catalana, tanto de la amenaza fascista como de sus resistencias. Si la llegada al poder de Hitler encendió las luces de alarma de las organizaciones obreras y del conjunto de izquierdas liberal-democráticas, los eventos políticos de 1934 en Europa parecieron llevarlas a su máxima intensidad. El fracaso de la huelga general revolucionaria en Portugal contra el corporativismo del «Estado Novo», el intento de golpe de estado de las organizaciones fascistas en París y, especialmente, el aniquilamiento de la socialdemocracia austríaca a manos de los socialcristianos y fascistas en febrero de 1934 van a tener un fuerte impacto en la vida política de la república española y en el contexto particular de Cataluña. No se trataba sólo del interés y la preocupación con que las organizaciones políticas seguían el avance de un fenómeno «ultramoderno» como el fascista y de las principales movilizaciones antifascistas. La prensa obrera y de izquierdas muestra de forma bien clara a lo largo de 1934 la preocupación existente entre los militantes sindicales y políticos ante la extensión del fascismo.

El impacto de la novedad de lo que significaba el fascismo sobrepasó los círculos más estrictos de la militancia política y sindical para insertarse en la confrontación política cotidiana entre derechas e izquierdas en un sentido amplio y, en cierto modo, vago. Es decir, el esquema fascismo/antifascismo fue adquiriendo centralidad en la vida política catalana a lo largo de 1934. En este sentido, el triunfo de la CEDA en noviembre de 1933, la admiración de la misma hacia el nazismo y la exaltación recurrente por parte de Gil Robles de la «antidemocracia» convertía en más que plausible que cualquier persona que se identificara simplemente como republicana y de izquierdas considerara que el avance de los fascismos en Europa, aparentemente imparable, pudiera llegar a la España republicana. La dinámica europea, en cierto modo, servía para dar un nuevo significado a la confrontación política doméstica, magnificando algunos aspectos. En todo caso, lo que conviene preguntarse es el por qué en el largo del invierno de 1933-1934 «la palabra fascismo», como decía un periódico de izquierdas, «sale en las conversaciones de las peñas y las tertulias y en las páginas de los periódicos», por qué se había ido introduciendo una cierta inquietud popular, una clara preocupación, por la «ola negra que se extiende por todo el mundo», y, al mismo tiempo, una clara y confusa conciencia de oposición, un tipo de antifascismo popular confrontado al «fascismo casero». Para decirlo de forma sencilla, deberíamos saber explicar por qué los propietarios del IACSI podían ser rebautizados como «isidrofeixistas» o por qué la Alianza Obrera del Puente de Vilomara, tal y como le comunicaba el alcalde del pueblo a Lluís Companys, junto a medidas tan revolucionarias como «la abolición de los arbitrios que gravan el vino en la entrada en Barcelona» o «la persecución de la falsificación del vino» protestaban por los abusos «de los patronos contra los obreros liberales» que contrataban «únicamente a los que se someten a seguir las tendencias fascistas». La explicación del impacto de los fascismos en el contexto catalán, la reformulación del esquema fascismo/antifascismo en base a los elementos de confrontación política local y la extensión de una especie de conciencia de oposición, del todo popular, a lo que se entendía como fascismo merece plantear algunas prevenciones. En la base de la insurrección de octubre de 1934 ocupa un lugar preeminente tanto el temor a la amenaza fascista como la voluntad de resistencia al mismo por parte de amplios sectores de la sociedad catalana. Este hecho, sin embargo, no permite analizar la dinámica política catalana, a grandes rasgos, en noviembre de 1933 y octubre de 1934, en base a «un esquema demasiado rígido de fascismo burgués y obrerismo antifascista». Cómo han remarcado varios estudios recientes, uno de los elementos constitutivos del antifascismo europeo de entreguerras era su carácter plural tanto en la práctica política como a nivel discursivo.[1]

Cartel del mitin organizado en Badalona el 18 de septiembre de 1934 (imagen: Fundació Josep irla)

Las variedades del antifascismo suponían no sólo posicionamientos diversos ante el ascenso de los fascismos, sino también caracterizaciones que podían resultar absolutamente contrapuestas. Ante el lema de «la clase patronal es el fascismo» que encabezaba el periódico de los sindicatos de oposición en marzo de 1934 y el grito de alerta contra el fascismo, «los traidores del republicanismo y el catalanismo» y el «vaticanista Gil Robles», de lo que hablaba el portavoz de Esquerra de Badalona existía una notable diferencia. Más aún cuando para los badaloneses de Esquerra el antifascismo significaba ir a «la conquista de la República, de la República liberal y democrática, de esa República republicana que siempre hemos soñado».

Sobre la base de una clara imbricación entre democracia y transformación social, con todas las acepciones posibles de ambas, el antifascismo en Cataluña desde la primera mitad de 1933 construyó respuestas diversas a la fórmula política que representaba el fascismo. De forma que la apelación indiscriminada de «fascista» respondía a un fenómeno dinámico en pleno auge y con muchas aristas y a un momento concreto en el que los diferentes sectores sociales y políticos tomaban posiciones. Para los aliancistas el fascismo era Gil Robles, el Papa y la burguesía; para los de izquierdas podía serlo Bertrán Musitu, Cambó y Calvo Sotelo, Albiñana, Peña Blanca y los sindicatos libres; los anarquistas podían considerar en septiembre de 1933 que se vivía en pleno fascismo, que se había completado el ciclo de todo un período dictatorial engendrador del «fascio», para el grupo de L’Opinió los fascistas eran las guerrillas de las JEREC, para estos últimos lo era La Lliga Catalana y para la Justicia Social eran el señor Hurtado y La Publicidad quienes practicaban el «filofascismo inconsciente». Los acontecimientos políticos europeos y el punto de inflexión de noviembre de 1933, con el consiguiente proceso de desarticulación de la política reformadora republicana, permitieron fijar de forma estable las fronteras de lo que era la amenaza fascista y las fórmulas con las que era necesario enfrentarse a ellos.

Podríamos pensar que esta conciencia de oposición, este tipo de rechazo popular al fascismo no era más que una capa de barniz de actualidad sobre los elementos de confrontación habitual entre derechas e izquierdas. De seguro que había bastante de eso, pero difícilmente podemos reducir el componente antifascista a un uso pasajero de las influencias políticas europeas. Un hombre como el peruano José Carlos Mariátegui en 1921 apuntaba sobre el fascismo italiano que para todos aquellos que «podían reunirse en una acción violenta contrarrevolucionaria […] el fascismo no era para ellos un programa sino una acción. Las cosas escritas en el programa general del fascismo están escritas con mayor precisión en otros programas de la política italiana». Precisamente, era el temor a la novedad del fascismo como acción contrarrevolucionaria lo que se encontraba en el centro del antifascismo popular. Un cartero de 28 años de Barcelona podía definir al fascismo como la «dictadura brutal y sangrienta que llega hasta los crímenes más repugnantes contra los destacados militantes de las organizaciones obreras, que quiere reducir a la mínima expresión», y para un joven fundidor de Vilanova éste no era más que una «dictadura que se impone por el régimen de la fuerza y ​​el terror». Un dirigente obrero como Joan Peiró señalaba el sentido de la «dictadura en potencia» de la «tropa ultrarreaccionaria que tiene miedo mandatarios a los Gil Robles, Martínez de Velasco, Goicoechea y al heredero del cretinismo primorriverista: […] una ofensiva del Estado y del capitalismo contra la libertad de los pueblos y, sobre todo, contra las conquistas que el proletariado ha conseguido en y después de la guerra grande». Para Peiró la amenaza de la “realización fascista” pretendía acabar con las mejoras sociales conseguidas por los trabajadores y con los postulados de la democracia. De forma concreta, para amplios sectores populares, el fascismo significaba la dictadura, el propio Peiró hablaría de «dictadura igual a fascismo», que acabaría con la República y con su proyecto social reformador, con el movimiento obrero y campesinos, con la Generalitat, la autonomía y con todo lo que se entendía como instituciones democráticas. Lo que se percibía popularmente como nuevo en el fascismo era que el «aplastamiento» se realizaba a través de una acción agresivamente militarista y violenta desde el poder contra lo que se consideraba el enemigo. No se podía hacer de otra forma en sociedades altamente politizadas. Los casos de Alemania y, sobre todo, de Austria lo habían mostrado bastante claramente.

Ponencia de la Aliança Obrera contra el fascismo (mayo de 1933)(foto: Plecs)

La preocupación por el avance del fascismo en Europa quedaba reflejada en el interés de publicaciones políticas de signo diverso, no sólo de la prensa obrerista, sobre la situación de lo que sucedía en Alemania, Austria y Francia. La atención, sin embargo, no quedaba sólo focalizada en estos tres escenarios. Otros igual de cercanos como el de la «dictadura constitucional» portuguesa, al mismo nivel «constitucional de Hitler, de Mussolini, de Machado, de Sánchez del Cerro y de tantos otros», merecieron también la atención de varios periódicos. Durante enero de 1934 La Humanitat y otra prensa de izquierdas comarcal, como El Día, fueron informando sobre el «movimiento revolucionario» en Portugal contra el «Estatuto do Trabalho Nacional» y la imposición de los sindicatos corporativos. Sin embargo, con una buena dosis de confusión: no se sabía “concretamente” si el movimiento “era comunista o sindicalista» aunque el veinte de enero se informaba de que la revuelta había sido derrotada y que la mayoría de los detenidos «son comunistas y así lo confiesan y, cómo no, se encuentran en minoría respecto a los anarcosindicalistas». En cualquier caso, la atención hacia Portugal servía para mostrar que había resistencias al «fascismo en marcha». Los hechos de febrero de 1934 en Francia y, muy especialmente, los de Viena y Linz fueron los que más fuertemente impactaron en la realidad política catalana y los que permitieron establecer más paralelismos con la evolución política doméstica.

Las fotografías de los enfrentamientos y de los miembros de las organizaciones de derechas desfilando por las calles de París el 6 de febrero abrieron la edición de La Humanitat tres días más tarde de que se produjeran. El mismo periódico republicano había seguido detalladamente el asunto Stavisky. La movilización de la derecha antirrepublicana francesa contra la democracia parlamentaria y la dimisión de Daladier rápidamente fueron explicadas por Rovira i Virgili como «una ofensiva rencorosa contra la República de izquierdas, que es la República verdadera». Si el intento de ataque al parlamento se había producido en la «Francia republicana y de izquierdas», la ofensiva de la derecha antirrepublicana no sólo podía producirse en España, sino que además podía resultar exitosa si no se le ponía freno. La manifestación y la huelga general antifascista del 12 de febrero fue seguida con expectación por su carácter de movilización unitaria. El 9 de febrero socialistas, comunistas y sindicalistas se manifestaron en contra del intento de asalto del parlamento del conglomerado antirrepublicano. El 12 de febrero la CGT convocó una huelga general en defensa de las libertades y en contra de la amenaza fascista con el apoyo de la SFIO. Los comunistas y su central sindical convocaron también la huelga y ésta acabó siendo masiva y unitaria en todo el estado. La unidad de acción iniciada entre socialistas y comunistas a raíz de febrero de 1934 cuajaría formalmente en el pacto de «unidad de acción» que ambos partidos firmarían en julio de 1934 y que despertaría tanta admiración como reservas entre las organizaciones más directamente interpeladas. La Unión Socialista explicaría el pacto por la necesidad de la lucha contra el fascismo remarcando que el fascismo «no es combatido solo por los partidos específicamente obreros. Los partidos de la democracia burguesa también son enemigos del fascismo» y que, por tanto, el frente único sólo podía ser considerado “como un ensayo”. Por su parte, los bloquistas aprovecharon el pacto de unidad entre comunistas y socialistas en Francia para atacar a la Komintern y a la dirección del PCF. La derrota de la insurrección defensiva de los obreros socialistas austríacos fue la que definitivamente intensificó la sensación de que el avance del fascismo resultaba imparable en Europa.

Actos del primero de mayo de 1934 en Barcelona: colocación de la primera piedra del monumento a Francesc Layret (foto: Pérez de Rozas/AMB)

La comparación entre lo que había sucedido en Austria y el que podía suceder en la República española resultaba más que tentadora, además de razonable. Sandra Souto ha señalado que los socialistas españoles desde el primer momento relacionaron la situación austríaca con la española. De forma que Gil Robles era identificado con Dollfuss y se popularizaba la consigna «antes Viena que Berlín». Dollfuss había aplastado al movimiento obrero desde el gobierno del Estado y Lerroux/Gil Robles podían hacer lo mismo. Por último, tanto en Austria como en España, se luchaba contra el fascismo clerical. Los mismos paralelismos se establecieron desde la Cataluña autónoma. Quizá, incluso, con mayor intensidad.[2] El aplastamiento de los socialistas austríacos fue uno de los principales elementos que contribuyó a reforzar la conciencia transnacional de las izquierdas europeas, especialmente las socialdemócratas. También, en cierta medida, supuso el viraje en su respuesta al ascenso de los fascismos. Las referencias a la tragedia de Austria aparecieron en las páginas de la principal prensa barcelonesa, en las modestas publicaciones locales y en todo tipo de manifiestos y folletos. Los partidos de «la democracia burguesa», como les llamaban despectivamente las fuerzas obreristas, se mostraron claramente alarmados por la «verdadera finalidad de él [Starhemberg] y de Dollfuss»: «la destrucción de la democracia en todas sus formas». El 17 de febrero la huelga general y la acción defensiva de las milicias socialistas habían sido derrotadas en Viena, Linz y Graz. De esta forma, Engelbert Dollfuss culminaba la destrucción de las instituciones democráticas y del movimiento obrero, iniciada en marzo de 1933: primero suspendió el parlamento, prohibió una serie de derechos constitucionales, más adelante llegó a un acuerdo con la Italia fascista en materia de política exterior, ilegalizó al pequeño Partido Comunista y la Schutzbund socialista y, finalmente, aplastó a la potente socialdemocracia austríaca. A pesar de la resistencia armada de los socialistas, la telaraña del estado inspirado en la Italia fascista había sido tejida de modo demasiado sólida. En buena medida por la política de inacción de una parte importante del partido ante las medidas gubernamentales de Dollfuss.[3]

Cuando prácticamente la insurrección de los socialistas agonizaba en Viena, el 16 de febrero, La Humanitat anunciaba que los socialistas austríacos «mantienen la lucha contra el fascismo […] a pesar de las noticias oficiosas». El periódico republicano acompañaba el titular de portada con pequeñas piezas que dejaban claro el sentido de la acción de Dollfuss: Mussolini confiaba en su triunfo, los nazis se mostraban dispuestos a colaborar y la prensa de la derecha francesa le daba todo su apoyo. Durante el mes de febrero el periódico de la izquierda informó detalladamente sobre las consecuencias de la derrota de la “resistencia socialista”. El «dictador de bolsillo» fue motivo de las caricaturas de uno de los principales muñecos de La Humanitat, Francesc Nel·lo: con un mordaz «Ya ha salido el pollito» aparecía una esvástica saliente del huevo con el gorro del mariscal austríaco. Fue Rovira i Virgili quien expresó muy claramente desde el mismo periódico el por qué Austria preocupaba a los republicanos catalanistas en clave comparativa con la situación española. Si El Debate, La Nación, La Época y ABC aplaudían el aplastamiento de los socialistas austríacos, como lo hacían también «ciertos políticos de las derechas catalanas», era por que perseguían lo mismo: la destrucción de la democracia y la destrucción de la autonomía. Dollfuss y la Heimwehr aplastando a los socialistas habían aplastado la estructura semifederal de la República de Austria e «igual, exactamente igual, pasaría en España bajo Gil Robles». Rovira i Virgili profundizaba argumentalmente en la comparación para concluir que «a manos de Dollfuss y la Heimwehr la Austria democrática y semi federal va camino de convertirse en un Estado esencialmente unitario, como es hoy la Alemania de Hitler y cómo sería mañana la España de Gil Robles». La dinámica de los eventos de Austria permitió trazar el camino que la amenaza fascista podía seguir en la república española. Un hombre de la Izquierda como Ventosa i Roig explicaría los pasos seguidos «con la imposición del fascismo en Austria» que podrían aplicarse en España. Los socialistas austríacos eran demasiado fuertes como para eliminarlos sólo a través de una vez a la fuerza. Como señalaba Ventosa «los resortes del gobierno son ilimitados para debilitar y desmoralizar un partido o una organización de clase» y eso era lo que había sucedido en Austria.

Justicia Social. órgano de la Unió Socialista de Catalunya 17/02/1934

La socialdemocracia fue acorralada y ante «la desesperación se lanzó a la revolución», pero para “las fuerzas del gobierno y organizaciones fascistas no fue difícil aplastarla. Esta táctica y sus mismos objetivos eran, para Ventosa, «exactamente lo mismo que sostienían las extremas derechas en España, tanto si se llamaban francamente fascistas como si cubrían las apariencias con nombres más o menos llamativos». Pero ¿cuál era el programa de fondo? Para el exconsejero de economía de la Izquierda resultaba claro: destrucción de los partidos obreros y de los sindicatos, exaltación de un nacionalismo agresivo, promesas de resolver la crisis económica, supresión de toda organización democrática en el gobierno del estado y eliminación de los partidos burgueses que la defiendan. Ventosa añadía una reflexión importante: «las propagandas demagógicas y socializantes, las amenazas contra el gran capitalismo, en ningún sitio han pasado de ser palabras vacías para restar clientela a los partidos obreros y a las izquierdas burguesas. La banca, la gran industria, pagan a gusto el coste de las mejoras sociales, mientras el Estado le asegure y conserve el monopolio de la economía nacional, combatiendo a sangre y fuego toda tendencia colectivista».

Si las instituciones democráticas dejaban de serlo, se fascistizaban, como en Austria los «ressorts del gobierno», irían a parar a manos de los enemigos de la República, ¿Qué debían hacer los republicanos catalanistas precisamente para salvaguardar la democracia republicana, cerrar el paso en el estado corporativo y evitar la supresión de los partidos políticos democráticos? Las respuestas fueron diversas, pero apuntaron en una misma dirección. Jaume Aiguader habló de la segunda revolución. Excitar y sistematizar los propósitos y esperanzas populares del 14 de abril y anular los obstáculos «que han tropezado con la labor» para «reconquistar la Revolución». Los obstáculos no eran otros que las derechas que «se han apoderado de la República, sin que la República haya terminado la obra» El presidente Companys plantearía dar a la democracia «el ritmo expeditivo que necesita». El alcalde de Barcelona diría lo mismo, en otros términos: «Si la democracia no se decide a defenderse por medio de una adecuada reacción y en una cada vez mayor su prestigio, no podría contrarrestar estos ataques».

Humbert Torres, para justificar una acción de fuerza en caso de que la «ascensión pseudolegal de las derechas al poder […] fuera a destruir las ideas liberales y la práctica de la libertad en todas las manifestaciones de la vida individual y colectiva», remitía a todo lo sucedido en Europa. Si las derechas llegaban al gobierno del Estado, para Torres no tardarían «una semana en desvergonzarse y todos los hombres de izquierda deberían pasar un calvario similar al que están corriendo los hombres de izquierda de Portugal, de Polonia y de Austria». Para el médico leridano el ejemplo de las derechas europeas señalaba el peligro de lo que podía suceder en la península. Una vez éstas se hubieran «encumbrado» en el poder, habría emergido «de dentro de su alma toda la escoria que tienen las clases egoístas y acomodadas». El propio Torres apuntaba un aspecto importante que había facilitado el «encumbramiento» de las derechas al poder: la «saturación de juridicidad» de las izquierdas europeas que inconscientemente habían hecho el juego al avance del fascismo.

Para evitar que en Cataluña y España se siguiera el camino de Alemania, Italia, Hungría o Austria había que buscar «el remedio fuera de la democracia, aunque sea con el sentimiento de los demócratas», como expresaría Pere Foix. Reflexiones en el mismo sentido aparecieron regularmente en la prensa local y comarcal de los de republicanos. Ante la amenaza de los fascismos había que cambiar alguno de los utillajes de la democracia republicana. No resultaba demasiado claro cuál de ellos era necesario sustituir para apuntalarla, desarrollarla y cortar de raíz los males que la acechaban.

Programa de la campaña antifascista organizada por ERC en Granollers en abril de 1934 (imagen: Fundació Josep Irla)

La recepción de la amenaza fascista en las prácticas y reflexiones políticas fue aún más fuerte en el obrerismo catalán. Austria se convirtió en el ejemplo más claro de lo que podía ocurrir, especialmente a ojos de los socialistas, la Alianza y el BOC, los comunistas, los sindicalistas de la oposición y los autónomos. La Unión Socialista, además de informar con todo tipo de detalles de los crímenes del «fascismo católico y nacionalista del bandido Dollfuss» y de dar «gloria a los mártires del socialismo austríaco», extraía una lectura política de la derrota de la socialdemocracia de Austria. El pueblo no podía permitir ni el menor avance de la contrarrevolución ya que en caso de hacerlo estaría todo perdido. Josep Miret desde la Justicia Social hacía un llamamiento a la insurrección armada, «Por la insurrección armada. ¡En pie de guerra todos!», y Pablo Cirera consideraba que los eventos de Austria habían puesto al descubierto otro fenómeno. Ante una amenaza efectiva de dictadura no había otra garantía real que los partidos proletarios, ya que los partidos de izquierda burguesa «hecho y hecho, no son más que una mera y pura ficción». Las palabras de Cirera contrastaban, por otra parte, con la acción de su partido. El propio Comorera, siendo consejero de economía, señalaba el cruce en el que se encontraba la clase trabajadora: el camino de la defensa o el camino del ataque. Comorera se preguntaba: «¿Debemos esperar o tomar la iniciativa?» y respondía que la posición sistemáticamente defensiva conducía fatalmente en la derrota. «Eso ha ocurrido en Alemania y Austria» y, señalaba el dirigente socialista, «ante el ejemplo de estos dos países declaro hoy que si las fuerzas de izquierdas no quieren tener la iniciativa, las tragedias alemana y austríaca serán en breve la española». Si para el órgano de la USC el católico Dollfuss había asesinado «la revolución socialista austríaca» en este crimen habían colaborado decididamente tanto Mussolini como el Papa. No en vano, para la publicación socialista, había sido un cura el «fundador del fascismo austríaco».

La Alianza Obrera, la plataforma de quienes no tienen ninguna, como diría maliciosamente la USC, hacía también una lectura en clave ibérica lo que había sucedido en Austria. Dollfuss maniobraba jesuíticamente amparándose en una pretendida lucha contra el fascismo exterior yendo de la mano del fascismo autóctono. Lerroux maniobraba jesuíticamente gobernando al dictado de monárquicos, monarquizantes y de acuerdo con el fascismo. Los socialistas austríacos dejaron pasar el tiempo hasta que la tromba de la tiranía y el despotismo católico fascista cayó encima suyo. En España si se esperaba demasiado los eventos desbordarían al proletariado y éste se vería obligado a actuar a la defensiva. La lección de Austria parecía clara: «Nuestra posición no debe ser de defensa, sino de ataque. Nuestra tarea de organización y nuestra actuación de lucha deben ser inmediatas y avasalladoras». Ésta misma posición era la del BOC, por otra parte, el principal motor organizativo y político de la Alianza. La prensa bloquista informó detalladamente de lo que significaba la imposición del fascismo en Austria, desde la ejecución del dirigente socialista Koloman Wallisch hasta la destrucción de los barrios obreros de la Viena roja.

La seria amenaza del fascismo fue percibida como tal no sólo entre los principales dirigentes y propagandistas de las organizaciones, sino que se extendió por los capilares de las bases obreristas. La célula local del BOC en Granollers el marzo de 1934 hacía un llamamiento a los trabajadores ante el avance del fascismo. En Granollers se organizaba el fascismo, «tienen listas de militantes obreros que deben ser asesinados». Los fascistas eran «un grupo de gamberros, católicos que siguen las orientaciones de Dollfuss, de Hitler, de Mussolini y Gil Robles, acatan las órdenes de Pío XI que todavía le chorrean las muelas de la sangre de las mujeres y las criaturas austríacas». Si los trabajadores continuaban desprevenidos como Alemania, como en Italia y como en Austria «Sería necesario hacer el Frente Único en las cárceles, en los campos de concentración y en los cementerios». El Sindicato de Trabajadores de la colonia Güell planteaba la misma preocupación en su diario, «el momento actual es de una importancia decisiva, puesto que de atrasarse tenemos la figura monstruo del fascismo, dispuesta a repetir la hazaña de Alemania y de Austria» y el semanario de los socialistas de Valls, Treball, apuntaba enérgicamente contra la iglesia católica: «la imbécil prensa derechista, portavoces del Vaticano, ha comentado con alegría sádica la «victoria» de su fiel perro de presa Dollfuss […] Tiene nada de sorprendente en estas condiciones que en torno a su cadáver [el de socialistas austríacos] se agiten ya siniestros, los cuervos del imperialismo de Alemania, ¿De Italia y la Iglesia romana?». Entre los medios del sindicalismo revolucionario, de los sindicatos de oposición o bien autónomos, la preocupación por los eventos de Austria y el ascenso de los fascismos en Europa tuvo también una importante incidencia. Su prensa, especialmente Combate, en buena muestra tanto con artículos informativos como con reflexiones más de fondo en las editoriales y en los textos de hombres como Peiró o Tomàs Llorca. Para la importante Federación Local de Sindicatos de Sabadell sería, sobre todo, a partir del ascenso de los nazis a Alemania cuando el fascismo se vería como una auténtica preocupación.

Caricatura satírica del dibuixant Gustau Vila “Grapa” contra els carlistes, el clergat, la FAI i el feixisme. Al «Vertical» del 17 de novembre de 1933,

El periódico Vertical, recién formado el gobierno de Hitler en Alemania, exponía que este hecho supondría que «la represión más brutal caerá sobre los hombros de los que se nieguen a adorar el monstruo tricéfalo: Dios, Estado y Capital». Los sindicalistas de Sabadell reasignaron a nivel local el significado del fascismo a escala internacional: «El momento es de gravedad ya no sólo por lo que respecta a Sabadell, sino de forma internacional. El capitalismo se está organizando políticamente bajo la bandera fascista para aplastar todo lo que nazca del pueblo en un sentido de emancipación social. En el caso de Sabadell se vislumbra, evidentemente, el funcionamiento del fascismo catalán. La figura de Cambó, con sus manifestaciones poco claras, su incorporación a la lucha política en defensa de los intereses capitalistas, algo nos dice de todo esto». En el caso de los sindicalistas de la FLS la oposición y el rechazo al avance de los fascismos queda claramente vinculado al anticapitalismo obrerista.

En la llamada al gran mitin antifascista que el 29 de septiembre de 1933 se realizó en la capital del Vallès, esta vinculación era explicitada sin tapujos. No tenía sentido plantear la lucha contra el fascismo en abstracto. Había que emprender una acción defensiva y ofensiva contra el fascismo teniendo claro un horizonte: «Es el capitalismo el culpable». La lucha contra el fascismo tenía dos objetivos «bien precisos: anti-fascista y anti-capitalista». El fascismo no era un hecho accidental, iba «incrustado en la raíz misma del capitalismo”. Por eso, en la lucha contra el fascismo asesino, ha de plantearse la desaparición del capitalismo y los regímenes que le toleran.» Mientras el caso de Austria había permitido leer en clave catalana la posibilidad del avance del fascismo en la república española, el ascenso del nazismo a Alemania había causado una notable conmoción.  Entre los partidos obreristas, como el BOC, el ascenso de Hitler al poder revestía una mayor trascendencia que los casos similares de Italia o Hungría. La implantación del nazismo en Alemania era históricamente mucho más grave porque «Alemania ha sido la cuna del socialismo […] Ha sido el país clásico de la teoría socialista. La organización obrera alemana, sindical y política, aparecía como algo perfecto hasta que ha ido perdiendo una posición después de la otra, se ha batido en retirada hasta quedar vencida, el 30 de enero de1931». Además, la victoria fascista en Alemania tenía una inmediata repercusión en la política general europea: se produciría una alianza fascista entre Alemania e Italia y la posibilidad de un ataque capitalista en la URSS la reforzaría. Se trataba de «una verdadera catástrofe para la clase trabajadora de todo el mundo». Con acentos diversos, la llegada al poder de Hitler había sido captada como una auténtica catástrofe por el conjunto de fuerzas obreristas catalanas. Otra cosa eran las lecturas estratégicas y tácticas que de la derrota alemana extraerían las diversas organizaciones del movimiento obrero. A los republicanos catalanistas, Hitler les preocupaba por lo que significaba de ataque frontal a las instituciones democráticas. La elección de Hitler constituía «una gran amenaza para la paz mundial y […] una ofensa infligida al sentido liberal y progresivo de la Alemania nueva, que quiere vivir, y con razón, bajo las prerrogativas de la democracia estricta». No les preocupaba tanto la persecución de los enemigos políticos, como mínimo la de los comunistas. De hecho, los republicanos no querían saber nada de dictaduras: «Ni blancas, ni negras, ni rojas». Josep A. Trabal no dudaría desde las páginas de La Humanitat al afirmar que «Stalin, Mussolini, Hitler, marcan desde el Mediterráneo al Volga pasando por la Unten der Linden, el trágico triángulo de la reacción antiliberal que trata de establecer su dominio sobre Europa». El asombro de los republicanos catalanistas ante el ascenso del nazismo, o de otros fascismos, venía por lo que éste tenía de «doctrina antidemocrática y antiparlamentaria», de dictadura que no representaba al pueblo y, en consecuencia, tampoco representaba la libertad. En esta lógica, tomaba pleno sentido la alegría de un Rovira i Virgili ante las declaraciones públicas del Labour Party de oposición a todo tipo de dictadura y de defensa de la democracia parlamentaria. En oposición, según el propio Rovira, tanto a «la amenaza de un fascismo de derecha» como a «una especie de fascismo de izquierda más o menos bolchevizante».

Junto a los paralelismos con el caso austríaco, del espanto sobre el ascenso de Hitler en Alemania y de lo que sucedía en la vecina Francia y, en menor medida, en Portugal, las referencias, en algunos casos pintorescas, al avance imparable del fascismo en todas partes llenaron las páginas de las publicaciones y las intervenciones de los actos políticos. La Italia fascista y Mussolini recurrentemente aparecían como el principal foco de irradiación fascista en Europa. Mussolini había llegado al poder detrás de Dollfuss y estaba al «acecho» de lo que sucedía en la República española. Otras informaciones sobre la dictadura monárquica en Bulgaria o sobre el «fascismo en Venezuela» ayudaban a confeccionar la percepción de una amenaza que en cualquier momento podía ponerse en marcha contra la República. Por el contrario, el martirologio antifascista, desde el recuerdo de Matteotti hasta Ernest Thaelmann, Koloman Wallisch y «los tres comunistas búlgaros», fue adquiriendo cada vez un mayor protagonismo a lo largo de 1934 en la oposición en el ascenso fascista. El efecto de que el choque, muy especialmente, producido por el ascenso del nazismo generó fue el de una importante acción política antifascista inicialmente empresa por las organizaciones obreristas. Entre el invierno de 1933 ya lo largo de 1934 podemos seguir la intensa actividad de actos de afirmación antifascista no sólo en Barcelona sino en toda Cataluña. Un gran mitin antifascista en Igualada en septiembre de 1933, otro mitin antifascista en el teatro Bosque, de Mataró, con Peiró y Mascarell; en Sabadell sobre el Socorro Rojo con Arlandis, Lina Òdena y Casanellas; en el Ateneo Obrero Cultural de Granollers el maestro anarquista Josep Xena hablando sobre el fascismo y la guerra; ya entrado en 1934 en la Cooperativa Obrera Manresana un mitin contra la guerra y el fascismo, con Pere Ardiaca y Cándido Bolívar; el acto político de presentación de la Alianza Obrera contra el fascismo en La Bohemia de Barcelona, ​​con más de 8.000 asistentes según Adelante, en el que intervendrían Juan López, Maurín, Miravitlles, Vidiella, Nin, Villa Cuenca y Francesc Arín; las pancartas de «Muera el fascismo» en las manifestaciones, como la del 1 de mayo de Tàrrega; los ataques a las empresas alemanas con sede en Barcelona que financiaban a los nazis o bien los gritos de «Hitler no, Thaelmann sí» y «abajo el imperialismo español. El fascismo, la Liga y San Isidro» que se podían escuchar en las manifestaciones obreras de Barcelona muestran cómo el antifascismo se convertía en un componente importante de la acción política obrerista.

Imagen: Universitat de Lleida

Incluso el antifascismo se situó en la base de movilizaciones que sobrepasaban la acción política considerada como habitual. El diez de septiembre de 1933 un joven militante del BOC de Balaguer fue asesinado de una puñalada por miembros del Requeté. Unos 200 carlistas habían celebrado un encuentro en el pueblo vecino de Camarasa y una vez finalizado se detuvieron en el centro de Balaguer para, una parte de ellos, visitar la iglesia de Santa María. Si el fascismo avanzaba era necesario cerrarle el paso. Por «impedir las provocaciones fascistas», los comunistas y jóvenes izquierdistas de la capital del Noguera se enfrentaron con los tradicionalistas. No era la primera acción directa contra las actividades consideradas como fascistas, que por otro lado eran casi todas las organizadas por las fuerzas de las derechas antirrepublicanas, ni tampoco sería la última.

La Alianza Obrera contra el fascismo considera el crimen cometido en Balaguer como «el primer síntoma alarmante de los ataques que preparan los grupos de la reacción contra la clase obrera». Para el Comité de la Alianza «la muerte del compañero Mariano Pujol por los requetés» era «abiertamente un acto fascista». La respuesta, en clave antifascista, por la muerte del militante bloquista fue la convocatoria de una huelga general el 11 de septiembre que tuvo amplio seguimiento en Lleida y Balaguer. Comunistas y socialistas, militantes del BOC y del PCC en Balaguer, bloquistas, ugetistas y socialistas en Lleida, respondieron con una importante movilización. En Balaguer los comunistas montaron puntos de control por las calles y cachearon algunos de los domicilios de los monárquicos más significados. Parece que también fueron ellos quienes detuvieron a un buen número de carlistas que después serían entregados a la Guardia civil. La huelga en la capital del Noguera fue seguida ampliamente con fuerte tensión en medio del entierro del militante bloquista. En Lleida la convocatoria de huelga adquirió bastante más dureza. Los telegramas del gobernador civil de Lleida a su homónimo de Barcelona permiten observar la confrontación que caracterizó la jornada antifascista. Según el gobernador, el 11 de septiembre «Los comunistas de esta capital formando grupos de 15 ó 20 individuos han intentado paralizar la vida comercial de la Ciudad, suspender mercados y cerrar establecimientos habiendo también pretendido quemar la Iglesia de San Pedro sin conseguirlo. Por la tarde pretendieron elementos comunistas celebrar una manifestación que no había sido autorizada para protestar por la muerte de un correligionario en Balaguer […] habiendo tenido que actuar la fuerza pública que disolvió dicha manifestación en el momento en que un orador dirigía la palabra desde un balcón del local de los Sindicatos”. Pocos días después el propio gobernador informaba de que la autoridad judicial había puesto en libertad a todos los detenidos con motivo de los sucesos desarrollados en Balaguer excepto a tres y pedía los criterios a seguir en lo concerniente a propaganda fascista y si debía autorizarse la constitución de entidades de dicho carácter declarado o encubierto.

La huelga general de respuesta a los hechos de Balaguer mostraba la potencialidad del instrumento mental antifascista por vehiculares movilizaciones políticas generales no estrictamente vinculadas a problemáticas laborales o locales. Entre los círculos obreristas no había ninguna duda de que el asesinato de Balaguer había sido una clara embestida fascista. Resultaba claro, cómo lo expresaba la protesta dirigida al gobernador civil de Barcelona por un grupo de obreros de Ribes de Freser, que el vil asesinato obrero Pujol de Balaguer» se debía a la permisividad de las autoridades ante «las manifestaciones fascistas». La potencialidad del antifascismo iría ganando terreno entre finales de 1933 y 1934 abonada, en buena medida, por una cierta corriente unitaria entre las bases del obrerismo organizado. Teniendo bien presente esta virtualidad, la Aliança Obrera de Catalunya realiza su primera acción importante en todo el Principado convocando una «vaga general de 24 horas contra el fascismo» en solidaridad con los obreros huelguistas de Madrid. Movilizaciones antifascistas del mismo carácter habían tenido lugar en Elche en febrero de 1934 en solidaridad con los socialistas austríacos o en Asturias”. De este modo, el Comité de la Alianza Obrera convocó al 13 de marzo de 1934 una huelga general de 24 horas para demostrar que «la contrarrevolución hallará, hasta en los más recónditos lugares de la Península, baluartes proletarios que defenderán vindicándola cualquier ofensa que se haga, no importa dónde, en nuestra clase». Aunque la huelga va a tener un seguimiento desigual, la movilización antifascista va a servir para resolver varios problemas políticos planteados dentro del movimiento obrero de Cataluña. En primer lugar, la Alianza Obrera sin el apoyo de la CNT podía desarrollar una acción autónoma de importancia. En segundo, sirvió para clarificar cuál debía ser la función de una plataforma unitaria como la de la Alianza y, por último, para intentar escamotear el liderazgo del gobierno y el ERC en el enfrentamiento con el gobierno Lerroux. La solidaridad antifascista sirvió para canalizar y resolver en la acción política todas estas cuestiones pendientes. El reclamo antifascista, el «¡Abajo el fascismo!, ¡Por la libertad de los presos revolucionarios!, ¡Viva la solidaridad proletaria!», con el que se llamaba a la huelga resultaba efectivo para movilizar y definir estrategias precisamente porque era un denominador común de las bases obreristas. La huelga general de 24 horas fracasó en la ciudad de Barcelona, pero tuvo un amplio seguimiento en una cuarentena de municipios entre los que había buena parte de los principales centros industriales del Principado como Manresa, Sabadell, Mataró o Reus. La valoración de la huelga por parte del comité de la Alianza Obrera fue de un moderado optimismo, a pesar de los ataques que el mismo comité recibió de varias de las fuerzas que integraban la Alianza y el propio gobierno. Especialmente, las críticas de la USC y de la Izquierda a la huelga general de los aliancistas revelaban la voluntad de aplacar cualquier iniciativa surgida al margen del gobierno catalán que pudiera cuestionar el liderazgo del «baluarte de la República» frente a la amenaza fascista.

La Unión Socialista habló claramente del fracaso de la huelga general de Alianza Obrera y de la “huelga del martes”. Rafael Folch y Capdevila denunció a la Justicia Social «la actuación del Comité regional de Alianza Obrera» por haber puesto en «ridículo la fuerza y ​​la serenidad del proletariado de Cataluña». Para la USC «el único instrumento de Cataluña capaz de poder ser utilizado contra el avance de la reacción capitalista» era el gobierno de la Generalitat. Para reforzar su posición, los socialistas catalanes se cogían a las palabras de Indalecio Prieto: «Frente al fascismo sólo están los socialistas y la Izquierda Catalana. Con la Izquierda, como factor de lucha antifascista, y con todos los socialistas, en la vanguardia del combate revolucionario». Ésta era la misma posición del gobierno catalán y de la Izquierda. En La Humanitat la huelga antifascista fue tildada de «ofensiva turbia contra la libertad colectiva de Cataluña». «Contra el fascismo y contra la política de derechas del gobierno» sólo el gobierno de la Generalitat era «garantía de republicanismo y de democracia auténtica» y debía tener la iniciativa.

Ahora 2 de mayo de 1934. Noticia de la manifestación del domingo 29 de abril.

La acción política declaradamente antifascista no era patrimonio exclusivo de las fuerzas obreristas. Como hemos señalado, la preocupación por la amenaza fascista fue más que importante entre el republicanismo catalanista y tuvo la su concreción en la actividad política de los izquierdistas. Si el 13 de marzo la Alianza Obrera había declarado una huelga general antifascista, dos semanas antes la Izquierda había organizado una manifestación antifascista ante la crisis del gobierno Lerroux. El editorial de La Humanitat dejaba claro que para resolver la crisis gubernamental «Todas las combinaciones son posibles menos una. Hay un hito el límite estricto de la que no puede rebasarse en absoluto: y es la CEDA de Gil Robles y todo lo que hay en su entorno y hacia la derecha». En este caso «Sería el fascismo en marcha camino del poder y de los órganos de gobierno del Estado. Sería el descalabro de la República». Delante esta posibilidad, el 1 de marzo por las calles de Barcelona se organizó una «nutrida» manifestación antifascista encabezada por los diputados de la Izquierda Josep Puig i Ferreter y Miquel Cunillera. Según la crónica de La Humanitat los gritos de «Viva Cataluña», «Viva la República» y «Abajo el fascismo» se sintieron hasta que la manifestación acabó en la plaza de la República donde una veintena de manifestantes fueron recibidos por Lluís Companys.

El componente antifascista adquirió una actividad cada vez mayor en la actividad política de la Izquierda a medida que avanzó en 1934. Actas y manifestaciones antifascistas organizadas por los izquierdistas se hicieron cada vez más frecuentes a medida que avanzaba en 1934, hasta el punto de que el 29 de abril la Izquierda realizó una gran movilización antifascista en Barcelona como protesta en «las nieblas de El Escorial» y el rechazo al acto de adhesión a la figura de Gil Robles que la CEDA había organizado el 22 de abril en El Escorial y que había generado una fuerte inquietud al recordar a las adunate previas a la marcha sobre Roma y a los más recientes sucesos de París y Viena. La Izquierda puso en marcha una autentica movilización de sus bases en la jornada antifascista del 29 de abril. El antifascismo, contrapuesto al fascismo «de los gilrobles, los albinyanes y los primorriveristas», resultaba útil para poner en marcha una movilización masiva en este caso por parte de la Izquierda y sus juventudes. El conjunto de las comarcales de la Izquierda activó a sus afiliados para hacer frente a los «fascistas españoles» en «su primera demostración en El Escorial». El presidente de la Federación Comarcal de ERC de Montblanc, Enric Pujadas, se dirigió a toda la serie de centros locales pidiendo que «es preciso que, en la manifestación del domingo, día 29, figuren todos los buenos republicanos, todos los amantes de Cataluña, todos los amigos de la libertad. No debe faltar ni un centro, ni un ciudadano» y añadiendo en referencia a la concentración de El Escorial que era necesario «superarlos en número y en calidad». Debía realizarse un gran acto de protesta «contra esta provocación reaccionaria de la España negra» y para facilitarla saldría «a las cinco del mañana de nuestra morada social un autómnibus llevando las representaciones de nuestros centros federados con sus banderas o estandartes». La protesta se complementaba, además, con un repleto programa de turismo izquierdista que incluía visita a la tumba de Macià, y ofrenda, visita al palacio de la Generalitat, el Ayuntamiento, el Parlamento y, por último, «el interesante Museo instalado en el Palacio de Pedralbes, del que es conservador nuestro querido compañero en Deogracias Civit». Al margen de la oferta turística, lo importante era la intensa movilización desplegada por los izquierdistas con motivo de una gran protesta antifascista que no era exclusiva de la Cuenca de Barberà. Contra «la llopada feixística de terres espanyoles» se realizaron actos y llamadas para que acudieran los afiliados y simpatizantes de Esquerra en la jornada antifascista del día 29. En Granollers, Reus, Osona, Bages, Anoia, Badalona, el Penedès o el Vallès, entre otros, se consiguió movilizar ampliamente las bases izquierdistas.

Entre las acciones previas encaminadas a poner en marcha el engranaje de la movilización, hubo un encendido de hogueras «contra el fascismo» en varias cimas del Principado organizada por las JEREC: en la colina de la Tossa de Montbui, en la colina del Hombre, en la montaña de Puigterrà, en varios puntos del Baix Camp y en la Mola de Sant Llorenç entre otros muchos, la manifestación antifascista resultó todo un éxito. Muchas personas gritando «¡Presente! Al grito de alerta contra el fascismo». El semanario Mirador caracterizó a la movilización como la muestra de «el nacimiento de una conciencia colectiva que se elabora a trompicones, con una ley de turbulencia intermitente, como un movimiento telúrico» formado por la Cataluña republicana y catalanista, la Izquierda y las JEREC, Acció Catalana, el PNRE, el Estado Aragonés y la Actuación Valencianista de Izquierdas, la Unión Socialista, la Izquierda Federal y la Unió de Rabassaires.

Rabassaires de Llinars durante la manifestación del 29 de abril de 1934 (foto: Torrents i Merletti)

A partir de mayo de 1934 con el inicio de la crisis constitucional entre el gobierno catalán de izquierdas y el gobierno de la República de centroderecha, la «inminencia de peligro por la República» asignada al fascismo, es decir a la posible entrada de la CEDA en el gobierno de la república, se fue percibiendo cada vez con mayor fuerza entre el republicanismo catalanista. Del mismo modo, el rechazo a lo que se entendía como fascismo fue adquiriendo cada vez más centralidad en un contexto de confrontación política creciente entre ambos gobiernos. Los propietarios del IACSI se convertirían en «isidrofascistas», mientras había mítines y actos, donde aparecía recurrentemente la determinación de combatir la «furia fascista y monárquica», y actos masivos de carácter antifascista organizados por los izquierdistas se iban repitiendo. Sólo en Falset, la concentración antifascista organizada por las comarcales de la Izquierda del Priorat el 1 de mayo se reunieron, según El Pueblo, más de 15.000 republicanos. Según el periódico marcelinista, la concentración de Falset estuvo llena de pancartas con «afirmaciones republicanas catalanistas y especialmente antifascistas», como “la aplicación de la Ley del campo», «Abajo el fascismo», «Antes que el fascismo la revolución» o «Viva la República Catalana». La percepción de que la amenaza fascista podía caer en cualquier momento sobre la democracia republicana, los ganancias y expectativas de reforma social, la autonomía y el movimiento obrero era ampliamente compartida entre republicanos catalanistas y obreristas, no resulta tan claro que entre ellos existiera una concepción similar de lo que se llamaba como fascismo. De hecho, probablemente no podía ser de otra forma ya que lo que podía caracterizarse como en fascista era un proceso de integración, de coagulación de un amplio espacio antidemocrático en torno a la alternativa de acabar con la República. Por tanto, desde el rechazo a la amenaza entendida como fascista podía hacerse hincapié en uno u otro de sus elementos constitutivos a la hora de caracterizarla a tener en cuenta esta cuestión para explicar uno de los principales elementos que se encontraba en la base de la acción insurreccional de octubre, la posibilidad vista como más que real de liquidación de la República democrática, la autonomía, el movimiento obrero y los primeros pasos de un estado corporativo. La posibilidad de lo generalmente llamado como fascismo en 1934. Cuando las diversas organizaciones obreras de Tarragona en septiembre de 1934 protestaban enérgicamente «de los acuerdos de las asambleas del Instituto de San Isidro fascista en Madrid y de los fascistas reunidos en Covadonga» y pedían la clausura del propio Instituto «organización de fascistas y anticatalanes, con la incautación de sus bienes sociales en indemnización a los rabassaires» señalaban uno de los pilares sociales, el de los propietarios agrarios, que a su juicio constituía el «fascismo casero». Cuando la Federación Local de Sindicatos de Sabadell exponía que «en el fascismo español juega un papel predominante el clero, son los ministros de Dios, que han perdido la fe en el altísimo para entregarse con pasión doliente a las miasmas más pútridas de la tierra» señalaba otro de los elementos constitutivos de éste. Un hombre como Maurín fijaba su atención en la «burguesía totalmente reaccionaría» como  motor de la amenaza fascista y a los parados, requetés y miembros de las organizaciones derechistas juveniles y paramilitares como combustible, que lo del fascismo no era «una expansión de 4 señoritos o bien un entretenimiento para pasar el tiempo en agradable tertulia […] es el último reducto del capital organizado para defender su mando y privilegio». Francesc Botella, consideraría que el fascismo eran las «milicias en marcha, los banqueros que las financiaban, los fabricantes que creaban el ejército de reserva al cerrar sus fábricas…» y el semanario La Hora al preguntarse que es el fascismo afirmaba «He aquí una pregunta que poca gente se ha hecho en serio.

Como ocurre con muchos movimientos colectivos, la apariencia, la espectacularidad, esconde el contenido real. Es un evento ultramoderno […] es el último baluarte del sistema capitalista, amenazado de ruina por su descomposición interna y por el empuje furioso del proletariado». En la caracterización obrerista de la amenaza fascista aparecían, sobre todo, los isidros, banqueros e industriales, la iglesia, el Requeté, Gil Robles a la cabeza y casi todas las fuerzas de la derecha unidas para mantener intactos los intereses de las clases dominantes aniquilando el movimiento obrero. En las diversas respuestas de la encuesta que el semanario La Hora hizo a la «juventud revolucionaria» el peligro fascista, generalmente, se entendía como la dictadura que por la fuerza y ​​el terror se imponía sobre las organizaciones obreras. En todas ellas había también un cierto triunfalismo respecto al fascismo propio del movimiento obrero europeo. Éste era la expresión agónica del capitalismo y, por tanto, caería por su propio peso. Al margen de las teorizaciones de los dirigentes obreristas sobre el fascismo, muy probablemente lo que más pesaba en la caracterización de éste entre los militantes obreros era su agresividad desconocida para destripar el movimiento obrero y eliminar sus conquistas, como señalaba el órgano de la Unión Local de Sindicatos de Lleida, Lucha Social, la mejor caracterización de la amenaza fascista en España se encontraba en los puntos programáticos que el congreso de la CEDA aprobaría en abril de 1934: «Derogación de la legislación sectaria, socializante y antiespañola», «Reconstrucción de España. Guerra en la lucha de clases», «Ante todo España y sobre España Dios», «Antiparlamentarismo. Antidictadura. El pueblo se incorporará al Gobierno de un modo orgánico y por la democracia degenerada» y «Disciplina. Los jefes no se equivocan». Precisamente era esa acción destructiva del fascismo lo que Joan Peiró remarcaba como aspecto central de la «fascistización del Estado republicano», del mismo modo que lo hacía Tomàs Llorca en las páginas de Combate.

Manifestación contra  la anulación de la Llei de contractes de conreu en junio de 1934. Camil Merletti. Col•lecció Merletti de l’Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya.

En el terreno político, el fascismo pretendía «aniquilar, destruir toda protesta del pueblo trabajador por los medios más abominables y dictatoriales». Ésta era la preocupación central que motivaba la oposición al fascismo entre los militantes obreristas, así como su caracterización. La disyuntiva, en palabras de Lorca, era terminante: «O el pueblo trabajador se une por encima de ideologías y partidos, con un fin concreto e inmediato, o dentro de poco el fascismo dará buena cuenta de todas las mejoras económicas y libertades políticas que, a fuerza de tantos sacrificios, tiene conquistadas la clase trabajadora». Había que hacer frente a la amenaza fascista para no perder los avances que la república democrática había comportado y para garantizar la supervivencia de las organizaciones autónomas de los trabajadores. Ésta era la percepción probablemente más extendida entre las bases obreristas frente al fenómeno fascista y su posible avance en la península. Si para los militantes obreristas el fascismo preocupaba, especialmente por lo que tenía de «acción violenta contrarrevolucionaria» contra la clase trabajadora y sus organizaciones, para los republicanos catalanistas preocupaba por lo que tenía de ataque a las instituciones de la democracia republicana y la autonomía. El «fascismo puro», como lo expresaría una de las editoriales de La Humanitat, era sinónimo de «Antidemocracia. Fanatismo, reacción de sangre, unitarismo», plenamente identificado con Gil Robles y la CEDA. Ventosa i Roig, que había sido consejero de Economía y Agricultura y hombre fuerte de la Izquierda en Vilanova, había señalado que el fascismo atacaba de lleno a las instituciones democráticas y que al hacerlo justificaba «de antemano, todas las violencias que contra él puedan emplearse». Para los republicanos catalanistas, dentro y fuera de la Izquierda, la democracia republicana y las instituciones democráticas, representaban al pueblo. En el marco de la República “los partidos de izquierda en forma evolutiva» podían realizar su programa de reforma social. El fascismo era la “expresión más clara de odio a la democracia y al parlamentarismo y, por tanto, la amenaza más frontal en la Cataluña autónoma, en el baluarte del republicanismo auténtico en palabras de los propios republicanos. Ante «esa inminencia de peligro» las fuerzas de izquierdas debían permanecer junto a su gobierno «pase lo que pase, sea necesario lo que sea necesario». La amenaza fascista era, fundamentalmente, el ataque a las instituciones democráticas que ofrecían unos medios para su propio cambio y el de la sociedad. El ejército negro de Gil Robles, los monárquicos, los carlistas, Albiñana, Falange Española, los diversos grupúsculos existentes en Cataluña, Calvo Sotelo y todo el conjunto de la derecha antirrepublicana española, incluso la Lliga en algunos momentos, podían ser vistos por los republicanos catalanistas como parte de la amenaza fascista precisamente porque negaban la posibilidad de democracia y, en consecuencia, de reforma social. Si la CEDA y el conglomerado antirrepublicano se amparaba en las instituciones republicanas para instaurar un «fascismo legal», es decir si éstas dejaban de ser democráticas, habría que defender «la autonomía, la libertad y la democracia».

6 de octubre de 1934. Barricada frente a la sede de la Alianza Obrera en la calle Santa Anna de Barcelona (foto:Josep Maria Sagarra i Plana – Arxiu Nacional de Catalunya)
Notas

[1] La prevención sobre la tentación de enfocar la situación política catalana desde noviembre de 1933 en base a un esquema demasiado rígido de fascismo burgués y obrerismo antifascista en Ucelay, E., La Catalunya populista, Barcelona, ​​La Magrana,1982, p.195. Sobre el carácter diverso del antifascismo tanto como práctica política como a nivel programático ver el muy buen artículo de Prezioso, S., “Antifascism and Anti-totalitarism: The Italian Debate”, en Journal of Contemporary History, 43 (4), 2008, p.555-572. Para el caso británico resulta interesante Copsey, N.; Olechnowicz, A., Varieties of Antifascism: Britain in Inter-War Period, en el que se analiza todo el abanico de la cultura política antifascista partiendo de que ésta tenía como denominador común una “political and moral opposition to fascism rooted in the democratic values ​​of Enlightment tradition”.

[2] Souto, S., “De la paramilitarización al fracaso: las insurrecciones socialistas de 1934 en Viena y Madrid”, Pasado y Memoria, 2, 2003, pp.42-43. Marta Bizcarrondo apuntó muy acertadamente en un artículo sobre el contexto histórico de octubre de 1934 que “todo parece indicar la presencia de una mayor sensibilidad al fascismo en Cataluña que en Asturias”. Ver Bizcarrondo, M., “El marco histórico de la revolución” en Estudios de Historia Social, 31, 1984, p.26.

[3] La Humanitat, 28/02/1934, p.8. Sobre Austria ver Lewis, J., Fascismo y la working class en Austria 1918-1934, New York/Oxford, Berg, 1991, p.166-201 y, especialmente, Rabinbach, A., The crisis of Austrian Socialismo. From Red Vienna to Civil War 1927-1934, Chicago, The University of Chicago Press, 1983 y Wegs, J.R., Workers in Arms: The Austrian Schutzbund and the Civil War of 1934, Nueva York, Monthly Review Press, 1978.

Índex

 

Pròleg, per Gonzalo Pontón

  1. El triomf de la República

El fracàs de la dictadura
L’aliança contra la monarquia
Les eleccions d’abril: la fi de la monarquia

  1. Reformes i resistències

L’aïllament internacional
Les relacions amb l’Església
La reforma militar

  1. Els partits polítics

Les esquerres
Les dretes
Els partits polítics estatals durant la Segona República

  1. La Catalunya republicana

L’Estatut d’autonomia
Els partits polítics
Els partits polítics catalans durant la Segona República
Els problemes del camp

  1. La qüestió agrària

La reforma agrària
La «contrareforma» agrària
Represa de la reforma
Camperols i assalariats
El problema del blat

  1. Les revoltes socials

El moviment obrer: UGT i CNT
La insurrecció de l’Alt Llobregat

  1. La virada de la República

Els antecedents de la revolució d’octubre de 1934

  1. La revolució d’octubre

Catalunya
La percepció dels fets fora de Catalunya
Astúries
Una visió de conjunt més enllà d’Astúries i Catalunya
La insurrecció d’octubre a l’Europa de 1934: l’impacte de l’ascens dels feixismes i les seves resistències

  1. El pacte antirevolucionari

La repressió
La coalició radical-cedista
La corrupció del Partit Radical
El govern Portela Valladares
Les eleccions de febrer

  1. El Front Popular

La conspiració civil i militar

  1. L’aixecament militar

El cop d’estat
La guerra civil
La derrota de la República

  1. La república a l’exili

La resistència guerrillera
La lluita clandestina
La supervivència de la República

  1. La cultura republicana

Epíleg. Recuperar la història de la Segona República espanyola

Sigles

Bibliografia

Traducción: Margarita Ibáñez Tarín (Conversación sobe la historia)

Fuente: Josep Fontana. La República. Universitat Pompeu Fabra. 2025, pp. 338-369

Portada: 29 d’abril de 1934. Manifestació antifeixista de Barcelona. “La manifestació dels paraigües”. El pas per Via Laietana. Foto Josep Maria Sagarra i Plana Font: ANC

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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La Viena Roja

 


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