En El diario en el mundo del c19 combiné datos, anécdotas y humor ácido, con un toque de literatura de anticipación. El texto, aunque no panfletario, es político, reflejando el ambiente social entre el pánico y la incredulidad del momento inicial. Armado con una hoja de cálculo y los datos ‘en abierto’, acerté bastante con las predicciones. Habiendo pasado cinco años, ahora contemplo que la pandemia nos dejó dos heridas: el retroceso en la esperanza de vida (de 84 a 82,5 años en dos años), y los discursos de los “fogoneros del pánico” que intentaron aprovechar la crisis para desestabilizar al Gobierno, pero la población, poco a poco, fue comprendiendo la dinámica del virus. Y tal vez ahora la sociedad, ya lo ha hecho Jiménez Losantos, comprenda que comer plomo, incluido el político, es venenoso. 

 

Santiago M. López

Universidad de Salamanca

Guillermo Castán ha realizado un encomiable texto en el que refleja el peso de los artículos referidos a la pandemia Covid-19 y, como no podía ser de otra forma en el Blog Conversación, su puesta en relación con respecto a las pandemias anteriores. Dentro de este conjunto Castán ha incluido “El diario en el mundo c19”, una crónica que realicé entre el 15 de marzo y el 25 de abril de 2020. Mi idea era hacer el diario de la cuarentena con tintes de literatura de anticipación en el muy corto plazo. Por aquel tiempo había disfrutado mucho viendo la serie Years & Years. Fueron días trabajado a tiempo completo dedicados a un impulso muy concreto: contarles a los amigos que de esta se salía, aunque no indemnes.

Los acontecimientos de la semana previa al domingo 15 de marzo fueron claves.

Coleaba lo sucedido el domingo 8M. Aquel fin de semana había sido particularmente movido en Madrid. A la celebración del 8M se añadió el mitin de VOX en Vistalegre y el inicio de la temporada de visitas a las residencias de los familiares mayores. La manifestación del 8M en Madrid fue convocada por la “Comisión 8M”. Tuvo tres “encabezamientos” que reflejaban la falta de unanimidad en la izquierda y la falta de lazos con los últimos hálitos liberal-progresistas de la derecha. Uno era el constituido por las ministras del Gobierno además de Grande-Marlaska y Begoña Gómez. Otro lo conformaba por la ministra Irene Montero y, el tercero, el conducido por Begoña Villacís, quien sería expulsada de la manifestación. Se reunieron unas 120.000 personas, pues ya el miedo al Sars-Covid-2, más del 50% de la población ya pensaba que no se debían hacer celebraciones públicas, mermó la asistencia a una cuarta parte de los ciudadanos que tradicionalmente se concitan en esta fecha.

Aunque el 8M y sus manifestaciones han quedado en la conciencia colectiva como la referencia clave en el proceso de propagación inicial del virus. Se trata de un asunto que repite siempre que puede Jiménez Losantos bajo el término de “el contagiódromo”. Sin embargo, lo cierto fue que la infección se había extendido desde mediados del mes de febrero. Tanto el movimiento de los hinchas del Valencia al estadio de San Siro el 19 de febrero, como la marcha de los independentistas a Perpiñán el 29 y las visitas del fin de semana a las residencias tuvieron mayor repercusión. Ello se apreciaría en el agregado y las tipologías de los infectados al observarse las curvas de contagio en las dos y tres semanas posteriores. Las manifestaciones locales al aire libre, las cuales solo implican traslados cortos en medios de comunicación públicos, tal y como fueron las del 8M, eran acontecimientos de muy baja capacidad de contagio. De nuevo, esto también quedó demostrado por las curvas de contagio. Experimentalmente, desde mediados de marzo, los estudios confirmaban las sospechas de que el contagio por aerosoles en espacios cerrados durante una exposición larga era la vía principal de transmisión del virus.

Las calles de Salamanca (en este caso, confluencia de la calle Zamora con la plaza de los Bandos), desierta en los primeros días del confinamiento (foto: Luis Martín Luis)

El miércoles 11 en la Universidad de Salamanca la opinión general aún no se había decantado en el sentido de tener que cerrar las instalaciones e irnos a casa. Sin embargo, el parasitólogo Antonio Muro de la USAL era muy claro en su apreciaciones y recomendaciones. Lo primero que hice fue suspender una reunión presencial que teníamos un grupo de investigación para el viernes en Ávila y sustituirla por una reunión vía on-line. Algunos de mis colegas aún eran reticentes y pensaban que estaba precipitándome. Como director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la USAL indiqué a todos los miembros, en especial a los doctorandos y estudiantes, que debían prepararse; el jueves tenían que recoger todo lo necesario, en especial sus ordenadores y materiales de trabajo, pues a las 16:00 horas del jueves supervisaría el cierre del Instituto. El 12 la Junta de Andalucía había decidido cesar la actividad en todos los centros de educación. También ese día lo hizo la Universidad de Castilla – La Mancha. Con alguna que otra excepción la medida que propuse fue seguida. Es cierto que en algún caso se me esgrimió que estaba tomando una decisión personalista y contraria a la libertad individual. Todo quedó zanjado cuando el Rector Rivero comunicó que nos preparásemos para el cierre de la universidad el día 13 viernes. Ese día, en la Comunidad de Madrid ya se había decido cerrar todos los centros comerciales no esenciales y en las autonomías de Valencia, Cataluña, Murcia y País Vaco se habían iniciado los primeros confinamientos territoriales. El confinamiento general por parte del Gobierno Central empezó el 14 de marzo con la declaración del Estado de alarma por quince días.

La verdad es que me di cuenta de que me enfrentaba a una típica curva del pánico en la percepción ciudadana sobre un acontecimiento de tipo exponencial. Obviamente, no fui el único. También los partidarios de avivar el fuego del crisol del odio eran muy conscientes de la oportunidad que se presentaba, como en cualquier catástrofe.

Aquel fin de semana la ciudadanía distaba mucho de haber entrado en pánico. La percepción general de que la situación iba a derivar en breve en inmensas cantidades de muertes estaba solo en la conciencia de los/as expertos/as. Los políticos estaban siendo informados y realmente ya estaban convencidos de que se avecinaban serios problemas, pero a todos nos costaba captar la magnitud de la catástrofe que enunciaban epidemiólogos y matemáticos. Pamuk reflejaría perfectamente el ciclo de la curva del pánico en su libro Veba Geceleri, editado en 2021 y traducido al español al año siguiente como Las noches de la Peste.

Entierro de un fallecido por Covid-19, en Vitoria (foto: REUTERS)

Ya encerrado en casa y sin mucho papel de WC, empecé a recopilar datos sobre la Covid-19. Siguiendo heterodoxamente los modelos estándar de propagación de las epidemias fui metiendo en una página Excel los datos que ofrecían la Universidad Johns Hopkins y el Financial Times. A su vez, me fui haciendo con documentos de expertos y tejí una pequeña red de amigos médicos y de personal de enfermería para que me informaran del día a día en los hospitales. Todas las mañanas antes de las siete estaba delante del ordenador introduciendo los últimos datos recopilados en EE. UU. coincidiendo allí con el inicio de su madrugada. Eso me daba un cierto margen de anticipación para modificar el texto que había dejado, más o menos hecho, la noche anterior para mandarlo una hora antes de las 11, que era cuando salía Fernando Simón haciendo los informes oficiales. Esto quiere decir que todos los días me la jugaba con mis pronósticos. Y el reto me encantaba.

El modelo que desarrollé se ajustaba en función de la comparación con los datos de países con mejor sistema de atención médica, como Alemania, y con uno similar, como Italia. También se ajustaba en relación al “futuro”, es decir, en relación a cuánto nos alejábamos de la senda marcada por China. Yo mismo me quedaba sorprendido de cómo era posible que un profe de historia económica con un ordenador portátil y jugando con los datos de acceso abierto había días que clavaba los resultados y, lo más sorprendente, mis cálculos de la fecha de salida de la primera y devastadora ola se cumplieron bastante bien. No obstante, al mes me di cuenta de que ya no podría ir mucho más allá, pues las cifras se veían revisadas de manera sustancial en todos los países por el número de víctimas que no se conseguían contabilizar diariamente. El sistema de registro de la mortalidad se había visto desbordado en todos los países. Intenté calcular las desviaciones, pero tuve que parar algunas jornadas hasta que masivamente se revisaron las cifras por los organismos nacionales e internacionales.

Leída hoy toda aquella crónica lo que permite es reconstruir la curva del pánico y apreciar los dos daños que nos causó.

El primero y palmario de los daños fue la mortalidad. Perdimos entre 2019 y 2020 0,8 puntos de esperanza de vida. Eso se manifestó en términos per cápita en que fuimos el sexto país con mayores pérdidas. ¿Debido a qué aquella pérdida? La Covid-19 fue una epidemia que afectó más en términos de mortalidad a los mayores y, en términos de propagación, a las clases bajas, que a su vez eran los cuidadores de los mayores. Nuestra Covid-19 fue en gran medida la crisis de nuestro sistema de atención médica en las residencias.

El segundo no es un daño tan palmario. Se trata del aumento de plomo en el crisol del odio en la España contemporánea del siglo XXI. Los españoles habían pasado setenta años sin sufrir un acontecimiento que se llevara por delante diariamente a miles de ciudadanos. La angustia de preguntarse cuándo se terminaría ese incremento diario y brutal de víctimas puede decirse que noqueó a la mayoría de la población. En aquellos momentos había que sacar a la gente del aturdimiento. El Blog, a través de aquella crónica se sumó a otros de carácter más técnico o médico, para hacer, se podría decir, “periodismo de combate” ante la avalancha de necedades y tergiversaciones cuyo objetivo final era echar más plomo al crisol del odio.

El bulo sobre la relación entre las manifestaciones feministas del 8 de marzo y la difusión del Covid-19 se materializó en la “operación Sanitario” de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Comandancia de la Guardia Civil en Madrid (dirigida por Diego Pérez de los Cobos), en el marco del sumario instruido por la titular del juzgado de Instrucción número 51 de Madrid, Carmen Rodríguez-Medel (montaje: elDiario.es)

La angustia puede convertirse en desesperación, creando así la situación ideal para que los fogoneros del pánico lo transformen en odio. Y sí, con el relato de la pandemia los fogoneros del pánico consiguieron encender de nuevo crisol del odio. La ecuación que manejaban era la siguiente: si el 11M, el primer crisol del odio en la España del siglo XXI, se había llevado por delante a un Gobierno, estaba claro que al llegar a la cifra de 15.000 fallecidos los españoles no lo soportarían más y el Gobierno caería. Los fogoneros pronosticaron que a esa cifra se llegaría pronto, dados los incrementos de contagios. La clave de este discurso era encontrar una nueva fecha-acontecimiento mítico, como el 11M. Estaba claro que iba a ser el contagiódromo del 8M. La fe ciega en que el 8M había sido un gigantesco contagiódromo abonaba que se llegaría a aquella profética cifra de 15.000 en breve. Sin embargo, no sería hasta el 9 de abril cuando se alcanzaría la cifra. Para esa fecha buena parte de la población ya había entendido el comportamiento del virus, la dinámica de los crecimientos exponenciales y el valor de la ciencia. Así que nunca sucedió lo que pregonaban los fogoneros.

Hoy sabemos que casi un 30% de la población sigue recelando de las medidas que se tomaron a lo largo de la crisis. Posiblemente alguna parte de ese porcentaje corresponda a la gente que centra en el 8M su rechazo, pero no lo conocemos con exactitud. Lo que sí alcanzamos a adivinar  es que algo del plomo contra el 8M se suma al crisol del odio, y que casi 4 millones de votantes son adeptos a las teorías de la conspiración, condicionado todos los procesos electorales y las inestabilidades de los Gobiernos en nuestro país. Este es el segundo daño que nos dejó la Covid 19.

La DNA, el nuevo rinoceronte o cisne negro que nos ha tocado, posiblemente haya incrementado la cantidad de plomo en el crisol del odio. Las próximas elecciones nos dirán cuanto odio han sabido acumular una vez más los fogoneros del crisol del odio.

Fuente: Conversación sobre la historia

Portada: Edward Hopper. Day After the Funeral, 1925. acuarela, grafito sobre papel. Art Gallery of Ontario. Gift of Ash K. Prakash, 2022. 2022/17

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

Artículos relacionados

«La experiencia adquirida tras el coronavirus se puede perder en tres generaciones». Entrevista a Santiago M. López

Santiago M. López. Diario en el mundo del c19

CORONAVIRUS (III). Los miedos, las emociones y la política

CORONAVIRUS (VIII). El coronavirus y la insoportable levedad del capitalismo

El apagón. Cómo el coronavirus sacudió la economía mundial

 

 

 


Descubre más desde Conversacion sobre Historia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Apoya a Conversación sobre Historia

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí