Carlos Gil Andrés
Profesor de Historia. IES Inventor Cosme García

 

El año nuevo comienza de verdad en septiembre. La vuelta al cole. El regreso a las aulas, la promesa de los cuadernos nuevos, el olor a imprenta de los libros, la inquietud del primer día. Pocas cosas hay tantas veces repetida y tan nueva como una hora de clase. No hay dos iguales.

Los profesores de historia necesitamos mucha imaginación. Tenemos que viajar en el tiempo y el espacio sin movernos de sitio. Evocar dentro de cuatro paredes acontecimientos, personas y formas de vida que desaparecieron. Porque el pasado no existe. Queda su memoria y los restos materiales que la historia interpreta y dota de sentido.

Si me permitieran elegir un lugar para la primera clase de este curso llevaría a mis alumnos a Berlín. A explicarles el horror y la barbarie del siglo del que venimos, la posibilidad del mal absoluto que habita entre nosotros, los miedos antiguos y nuevos que recorren el continente europeo.

Hay muchos sitios para elegir. Las sobrecogedoras estelas de hormigón del Monumento al Holocausto, la humanidad hecha cenizas en el impactante edificio de titanio y zinc del Museo Judío, las instalaciones de Topografía del Terror levantadas sobre los cimientos de las sedes de la Gestapo y las SS, el Monumento Conmemorativo del Muro de Berlín con los retratos de los que cayeron a sus pies, el cercano campo de concentración nazi de Sachsenhausen usado también por los ocupantes soviéticos o la sórdida cárcel de la Stasi en Hohenschönhausen. O los miles de Stolpersteine repartidos por la ciudad, pequeños adoquines de latón que recuerdan a los vecinos asesinados delante de los portales donde vivieron. Se llaman «piedras de tropiezo». En Berlín es fácil tropezar con ese pasado traumático.

Pero yo elegiría otro lugar en las afueras de la ciudad, uno que no esperarían mis alumnos: el palacio de la Conferencia de Wannsee. Es una villa de estilo neoclásico construida a principios del siglo XX. Las proporciones del edificio son delicadas y elegantes. Las dos alas de la mansión se abren en grandes ventanales hacia el lago Wannsee. Como todavía es verano por el agua azul cruzan varios veleros y al otro lado se distingue un balneario con bañistas que apuran la estación. Alrededor del palacio se extiende un jardín cuidado con gusto rodeado de bosquetes de robles frondosos y senderos de tierra y grava que serpentean entre la hierba siguiendo la orilla del agua. Hay varios bancos para sentarse a contemplar tanta belleza. Es lo que cualquier guía turística calificaría como un lugar idílico.

El interior lo desmiente. Hay una exposición sobre lo que ocurrió allí el 20 de enero de 1942. Ese día quince jerarcas nazis y altos funcionarios de varios ministerios del Reich se reunieron para organizar la «Solución Final», la deportación y el exterminio de los judíos europeos. El aparato del Estado se convirtió así en cómplice de un genocidio programado. Once millones de judíos, decía Heydrich, el director de la reunión, debían recibir el «tratamiento adecuado». Todos los asistentes mostraron una voluntad incondicional de colaboración. Solo se discutieron los límites del programa. ¿Incluimos a los medio judíos, a los hijos y nietos de las parejas mixtas? Cuestiones de detalle.

Adolf Eichman hizo de secretario, encargado de redactar las actas y de dar las instrucciones posteriores. Después de la reunión se sirvieron bebidas y luego comieron todos juntos. Un agradable encuentro social. Eichman estaba encantado, era el asistente de menor posición oficial y social. Se quedó al final con sus jefes, bebiendo y fumando alrededor de la chimenea encendida, la misma que podemos ver hoy en la visita. Todos satisfechos y de buen humor.

Lo que vino después fue mera burocracia. Órdenes, registros, trenes, campos, cámaras de gas. Papeleo, estadística, contabilidad. La maquinaria en marcha del exterminio. ¿Quién era él para juzgar?, dijo Eichman en el juicio celebrado en Jerusalén en 1962. Su conciencia no escuchó ninguna voz exterior. No hizo otra cosa que cumplir órdenes, seguir las reglas del sistema. Un funcionario eficiente. Esa es la lección de «la terrible banalidad del mal», escribió Hanna Arendt, corresponsal de The New Yorker en el juicio, «ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes». Hubiera sido reconfortante creer que los reunidos en Wannsee eran monstruos malvados, unos sádicos pervertidos. Pero fueron, y siguen siendo, terriblemente normales. Y «esta normalidad resulta mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas».

Esa es la lección de Wannsee. Me imagino ahora una reunión del Estado mayor ruso en el Kremlin hablando de efectivos, costes y bajas en Ucrania, o un almuerzo de trabajo de generales israelíes calculando objetivos y unidades en Gaza en una jerga técnica y deshumanizada. El lenguaje aquí nunca es inocente.

La clase no terminaría en el lago. Después cogeríamos el autobús 114 y el tren R7 hasta el centro de Berlín. Les pediría a los alumnos que pasearan por las calles del barrio de Kreuzberg o por los parques de Prenzlauer Berg y que abrieran bien los ojos. Berlín no es una galería de los horrores. Es una ciudad joven, desenfadada y laboriosa donde conviven casi cuatro millones de habitantes en un cruce extraordinario de razas, acentos y formas de vestir. Berlín no es —me temo— la imagen de toda Alemania, ni representa a toda Europa. Pero sí es un lugar donde la esperanza parece estar por encima del miedo.

La clase terminaría con la cita famosa que Antonio Gramsci tomó prestada de Romain Rolland. Vamos a trabajar todo el curso con el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad.

Fuente: La Rioja, 8 de septiembre de 2024

Portada: exterior del palacio de la Conferencia de Wannsee (foto de Carlos Gil Andrés)

Ilustraciones: imágenes del interior y alrededores del palacio de la Conferencia de Wannsee (fotos de Carlos Gil Andrés)

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2 COMENTARIOS

  1. Éric Vuillard escribió una novela relato sobre las relaciones entre patronos y poder Nazi L’ordre du jour Actes Sud, 2017, 150 p. También : Martin GILBERT The Routledge Atlas of the Holocaust, Routledge edition, USA/Canada, 1988, 1993, 2002, 2009, 286 p.

  2. En los sótanos de Wansee hay la Fundación. Buena biblioteca, buenos profesionales y excelente trabajo de difusión, los ladrillos fueron iniciativa suya. Tienen material pedagógico que puede pedir

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