El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

 

José Luis Aguilar López-Barajas
Institute of History
Czech Academy of Sciences

 

 

Introducción

Dos hombres toman el té de las cinco en Oxford en una tarde nubosa de finales de los años cuarenta. El más mayor de los dos viste un traje oscuro acompañado de una corbata negra que se pierde bajo un chaleco abotonado. El más joven es un hombre de mediana edad, gafas redondas tras las cuales se asoma una mirada curiosa y confiada. Entre Lewis Bernstein Namier, judío nacido en Polonia en 1888 y emigrado a Gran Bretaña en 1907, y Alan John Percival (A.J.P.) Taylor, británico de 1906, estos encuentros fueron frecuentes desde los años treinta hasta la muerte del primero, en 1960. Namier era conservador y Taylor progresista, lo que no impidió que el académico senior acogiera al joven y prometedor historiador como su protegido. Una de las obsesiones que plagó las conversaciones ambos durante los años cuarenta y cincuenta fue un acendrado sentimiento anti-alemán, que provenía desde mucho antes de la guerra. En 1934, tras “la noche de los cuchillos largos”, en la que Hitler mandó asesinar a las SA de Ernst Röhm, Taylor esperaba a Namier en la estación de tren de Disley, donde ambos habían acordado encontrarse; Namier llegó entusiasmado e informó a su discípulo de la noticia “¡los cerdos se están matando! ¡los cerdos se están matando!”.[1]

Lewis Namier y A.J.P. Taylor -fuente: Gillman & Soame-

Namier era anti-alemán y anti-nazi por partes iguales; algo que hasta 1945 podía ser la misma cosa, pero no después. A diferencia de otros judíos de origen centroeuropeo, como su colega historiador del nacionalismo Hans Kohn, Namier mantuvo su hostilidad contra lo alemán y sus intelectuales tras la guerra.[2] Algo similar sucedió con su discípulo Taylor; ambos pensaban que el nazismo era la culminación de la historia de Alemania desde, al menos, el siglo XVIII. Aún en los años cincuenta, Namier no aceptaba reunirse con ningún alemán “si no sabía que había sido antinazi durante todo el periodo anterior y posterior a 1933. Incluso aquellos que se volvieron contra Hitler después de haber ayudado a su ascenso comparten la responsabilidad de lo que ha sucedido”.[3] En sus memorias, escritas en los años ochenta, Taylor recordaba un crucero por Tánger, donde había coincidido con una pareja de alemanes con los que estableció una relación amistosa. La mujer le “enseñó cómo pelar una naranja, un logro poco común y lo único que yo debo a un alemán”.[4] Las conversaciones de sobremesa de Namier y Taylor fueron una de las expresiones del sentimiento anti-alemán de posguerra, algo que, de forma natural, era extensible a la historiografía alemana. En una conferencia en 1950, Taylor lo expresó con estas palabras: “¿Qué historiador alemán se opuso al culto de Bismarck? ¿Qué probabilidades hay de que algún historiador alemán se oponga en el futuro al venidero culto a Hitler?”.[5] Las dos preguntas comprimen varios elementos que están en el origen de este libro. ¿Cuál fue la relación entre la historiografía anterior a 1945 y la de las décadas posteriores? ¿Estaban justificadas las reservas de A.J.P. Taylor? ¿Hubo, como Taylor temía, un culto -soterrado o no- a Hitler y al imperialismo alemán en décadas posteriores?

* * *

El antifascista conservador

La “Organización Internacional del Trabajo” publica anualmente una lista que recoge de forma exhaustiva los trabajos peligrosos, las profesiones y ocupaciones que de un modo u otro entrañan un riesgo para los trabajadores. Esta incluye la construcción de ferrocarriles, la minería subterránea, la agricultura en zonas pantanosas, la pesca en aguas abiertas, la operación en plantas petrolíferas, la ingeniería en centrales nucleares, el mantenimiento en autopistas o el reparto de comida a domicilio en vehículos de dos ruedas. La lista se va actualizando de forma periódica, incorporando nuevas ocupaciones peligrosas y retirando algunas que, o dejan de serlo, o simplemente son profesiones que se extinguen, como los conductores de carros de caballos. Desde su nacimiento a la actualidad, esta lista nunca ha recogido la profesión de historiador. Por lo tanto, en principio y hasta que se demuestre lo contrario, ser historiador nunca ha sido una profesión de riesgo.

La capacidad de los profesionales del pasado para construir historias que apuntalaran al poder les situó durante mucho tiempo fuera del radar de las intrigas palaciegas y les mantuvo a salvo de copas envenenadas, patíbulos y pelotones de fusilamiento. Sin embargo, en el nervio de la profesión residía el potencial de alumbrar relatos del pasado que hicieran temblar los cimientos de las narraciones conservadoras, nacionalistas y cortesanas. En el siglo XX, aunque buena parte de los historiadores continuaron siendo cómodos para el poder, muchos hombres y mujeres profesionales de la historia mezclaron su labor profesional con la militancia en distinto fondo y forma. Para ellos, los problemas aumentaban. Durante la Segunda Guerra Mundial, algunos tuvieron la oportunidad de dar el paso de la reflexión a la acción, del archivo y el artículo al campo de batalla.

El 16 de junio de 1944, el historiador francés Marc Bloch, que había sido arrestado por la Gestapo como miembro de la Resistencia francesa tres meses antes, fue conducido a las afueras de la localidad de Saint-Didier-de-Formans, cerca de Lyon. Con paso baqueteado y renqueante por las torturas de la Gestapo, Bloch, de 57 años, encabezaba un grupo de antifascistas a los que los soldados nazis ordenaron situarse de espaldas al llegar al descampado escogido. Antes de la descarga de los subfusiles alemanes, al historiador le dio tiempo a pronunciar unas últimas palabras “¡Viva Francia!”. El rumor de la muerte de Bloch corrió por Francia durante aquellos días, hasta que fue confirmado el día 26, llegando a oídos de Lucien Fevbre, colega historiador y amigo inseparable de Bloch, que recibió la noticia desconsolado.[6]  Algunas docenas de kilómetros al este, se urdía entre bastidores un complot para asesinar a Adolf Hitler, pero este no estaba organizado por partisanos antifascistas, sino por personalidades conservadoras y antiguos partidarios de la política del Reich que habían acabado por convencerse del desastre que esta suponía para Alemania. Entre el grupo conspirador figuraba el historiador Gerhard Ritter, hijo de un pastor luterano de Hesse que había amasado una considerable fortuna, del cual Gerhard heredó su posición social acomodada y su visión conservadora de la historia de Alemania.

Ritter había asistido con simpatía a la toma del poder del nacional socialismo en 1933, como la única fuerza que ponía en cuestión la injusticia histórica del tratado de Versalles, que había supuesto la supresión de facto de la libertad alemana. Una década después, Ritter consideraba que la supervivencia de Alemania no solo no podía ser garantizada por Hitler, sino que estaba en peligro por su culpa. Por ello decidió sumarse al complot contra el Führer. El 20 de julio de 1944 el desarrollo del golpe fue un fracaso estrepitoso que no consiguió su objetivo final. Casi todos los integrantes del grupo fueron ejecutados de forma inmediata. Gerhard Ritter fue arrestado en octubre y conducido al campo de concentración de Ravensbrück y, unos días después, a la prisión berlinesa de la Lehrter Strasse. Con el año nuevo, escribía a su mujer: “pasado mañana habré estado en prisión durante nueve semanas. Pero si no tengo en cuenta la presión agobiante de mis preocupaciones y la profunda soledad, no tengo motivos para quejarme. La soledad se alivia con las nuevas pruebas de amor que me llegan”.[7]

Gerhard Ritter en los años 50 -Bundesarchiv-

La derrota de la Alemania nazi parecía segura, el Ejército Rojo descendía vertiginosamente sobre el Reich de los mil años y las ciudades que se interponían entre la capital alemana y los soviéticos iban cayendo una a una. En enero de 1945 la caída de Berlín no era aún inminente, pero la catastrófica marcha de guerra hacía más vulnerable si cabe la situación de aquellos que como Gerhard Ritter se pudrían en las cárceles del Reich. A espera de un juicio, que con seguridad le condenaría a muerte, el historiador se volcaba en sus lecturas para mantener la cabeza fría: “puedo volver a trabajar espiritualmente con gran energía: todo tipo de cosas interesantes para las que antes no tenía tiempo. […]También me gustaría leer mucho más a Tucídides y Plutarco y Séneca y Tácito. […] Troeltsch me dio pie a una profunda reflexión sobre mi propia filosofía de la historia, que ahora también intento profundizar en la confrontación con Nietzsche y Jaspers. Las cartas de Burckhardt son un verdadero refresco ocasional, y estoy deseando estudiarlas más a fondo y no sólo hojearlas. Así que estoy completamente absorto por todas las grandes mentes y estoy constantemente en conexión con ellas, no me siento solo”.[8] Es difícil saber con exactitud si Ritter exageraba serenidad ante la delicada situación para tranquilizar a su mujer. El corpus de lecturas que señalaba en su carta le habían acompañado durante su formación. Un conjunto de autores, partiendo de los clásicos, que aparecían una y otra vez en las reflexiones de los historiadores alemanes nacidos, como Ritter, en las dos últimas décadas del siglo XIX. El sentido de volver a ellos en un momento difícil en busca de evasión y consuelo suponía agarrar un asidero que le devolviese, aunque fuera de forma intangible y abstracta, a lo que consideraba como propio. A falta del hogar y la familia el consuelo intelectual, el volver a las lecturas que le apasionaban, era una forma de sobrellevar la incertidumbre constante de un más que posible final trágico.

Las semanas transcurrían con lentitud hasta que un día el silbido de las balas y los cañones comenzó a dejarse sentir afuera de los muros de la prisión. El Ejército Rojo había sido más rápido que los jueces nazis. Ritter estaba salvado. Volver a la vida normal sobre los escombros que recubrían cada centímetro de Berlín no iba a ser sencillo. Al menos Ritter consiguió salir con vida de la Guerra. Otros como Marc Bloch no tuvieron tanta suerte. Sin embargo, desde muy pronto, se percibía que los doce años de gobierno de Hitler no podían ser tratados ni como un paréntesis ni como un apéndice de la tradición alemana, sino que habían golpeado su médula y, tras su derrota, llegaba el momento de ajustar cuentas. Filósofos, políticos e historiadores alemanes se pusieron a la tarea de dilucidar qué había ocurrido para que la próspera y moderna Alemania hubiera desembocado en algo como el nazismo. ¿Había que hacer un borrón con todo lo escrito hasta ahora? ¿Hasta qué punto el desarrollo de la Historia alemana avisaba de lo que estaba por venir? ¿Dónde situar el anclaje ideológico y político del nazismo? Estas y otras preguntas se planteaban en los despachos ministeriales, en los pasillos de las facultades y en las tabernas cochambrosas de cada barrio.

Escrita aún durante la guerra, pero publicada en los años cincuenta, la última obra maestra de Gerhard Ritter venía impulsada “por los vaivenes del alma y de la mente” provocados por la conflagración mundial. “Ninguna otra generación se ha confrontado jamás en un grado tan profundo con el problema vital de cómo y con qué medios las fuerzas demoniacas de una guerra descontrolada pueden quedar constreñidas”. Una pregunta que atañía de manera muy particular a “nosotros los alemanes” y que Ritter formulaba de la forma siguiente: “¿Cuáles fueron los elementos históricos que condujeron a nuestro pueblo a convertirse en abyecto seguidor del más extremo militarismo que el mundo ha conocido, de una personalidad maniaca que hizo del buen nombre de Alemania el horror y el espanto de Europa?”.[9] La obra de Ritter, concretada finalmente en cuatro gruesos volúmenes, se interrogaba acerca del militarismo como una constante trágica en la historia alemana. Posteriormente entraremos en los problemas que plantean las preguntas y respuestas de Ritter; retengamos por ahora la sensación de urgencia que sus palabras transmiten. En la posguerra todos los ojos se giraban entonces hacia los historiadores, ya que algo de tanto calado como el nazismo no había podido surgir de manera espontánea o, como la espora de un hongo, de una noche a otra. Había algo adherido a la historia alemana que había conducido a aquello. Algo iba mal y había que averiguar el qué. Era hora de dar comienzo a lo que los alemanes han llamado Vergangenheitsbewältigung o ajuste de cuentas con el pasado. Gerhard Ritter fue una de las figuras más importantes en esta tarea, aunque no la única.

Los cuatro volúmenes de El problema del militarismo alemán (1954-1968)
Meinecke y la Catástrofe Alemana

El 2 de enero de 1946 amaneció nublado en Gotinga.  Las campanas del cementerio tañían solemnes anunciando la llegada de nuevos cadáveres, como era habitual en los últimos meses. Cruzando las puertas del cementerio, una pequeña comitiva portaba un ataúd a los hombros. Un frío bajo y seco se incrustaba en los riñones y dificultaba la respiración. Sobre todo, a un hombre menudo, de barba poco poblada y gafas redondas que acompañaba algo apartado la procesión funeraria. Era un hombre de edad avanzada que parecía inspirar respeto a juzgar por la actitud de los demás asistentes, que se acercaban timoratos para intercambiar unas palabras con el anciano. Era el historiador Friedrich Meinecke quien, pese a los achaques que sus 83 años habían vuelto cotidianos, asistía con tristeza al funeral de su amigo Hermann Oncken, al que había estado unido, profesional y personalmente, durante más de cinco décadas.

La ceremonia fue escueta, el pastor protestante no se excedió en su sermón y el ataúd fue enterrado con la ayuda de los operarios del cementerio. Todo el mundo esperaba, sin embargo, las palabras de Meinecke sobre su viejo amigo. Mucho tiempo había pasado desde que ambos asistieran a los seminarios de Sybel y Treitschke en Berlín. Más de medio siglo que parecía una eternidad, un mundo que había dejado de existir. Finalmente, el viejo historiador tomó la palabra para glosar los logros de su colega:

“Siento la necesidad de dar testimonio del reflejo heroico que su dotada naturaleza ha dejado en el corazón de sus amigos. No sólo admiramos el rico y al mismo tiempo fácil y brillante talento del investigador, sino que también supimos que detrás de todo ello había un hombre interiormente genuino, veraz, fiel y modesto. La vida lo llevó a lo más alto de la carrera profesional. Entonces le impuso una de las pruebas de carácter más difíciles que se le pueden hacer a un académico. La aprobó sobre la base de la pureza de su vida interior. Y cuando le llegó el largo tiempo de sufrimiento del cuerpo, que precedió a su muerte, su fuerza espiritual ya no pudo desarrollarse como antes, pero su alma pura, infantil y conmovedoramente modesta se volvió aún más radiante. En este sentido, ahora vive para sus vecinos y amigos. Pero cuando el pueblo alemán vuelva a reflexionar con más calma sobre los hombres de esta última época que han llegado a ser preciosos para él, el efecto a distancia de su espíritu brillante también comenzará de nuevo y será recibido con gratitud por aquellos que sean receptivos. ¡Dichoso el hombre al que se le concedió ese doble efecto de espíritu y alma! Descansa ahora plácidamente, querido amigo”.[10]

Hermann Oncken en los años 30 -Bundesarchiv-

El viejo Meinecke señalaba el fin de una época y el comienzo de otra; no era una clausura cualquiera, un portazo en seco, sino un nuevo comenzar que fuera capaz de reconocer los restos dignos de un pasado manchado, entre los que debería figurar Hermann Oncken. Las palabras de Meinecke en el funeral de su amigo son significativas de la tarea que emprendería en los últimos años de su vida; un recorrido crepuscular digno de glosar por razones intelectuales, pero también sociales. El funeral de Oncken fue una representación a pequeña escala de un panorama general que afectó a la profesión historiográfica alemana: todos estaban pendientes de las palabras de Meinecke. El historiador era la referencia inexcusable del gremio desde comienzo del siglo y, con el tiempo, había adquirido un estatus de referencia moral que se sumaba a su aura de respetabilidad.

Para captar esta sensación de adulación, nada mejor que acudir a unas notas que redactó su discípulo, el historiador Ludwig Dehio, con motivo del noventa cumpleaños de Meinecke en 1952. Las notas, que fueron leídas por Dehio en un homenaje público, poseían una inusual belleza que transmitía el profundo respeto que muchos le profesaban y gracias al cual se reunieron para presentar “una reverencia a la imagen de un hombre al que el destino le ha concedido lo más raro: me refiero a la vecindad de la más alta edad y el más alto mérito – un mérito vivo que, habiendo crecido constantemente en largas décadas de la vida anterior, acaba de aumentar en la novena hasta su validez e impacto final”. Pero Dehio tenía una posición singular, como veremos en su momento, y el respeto por Meinecke era acompañado por una sutilísima crítica, en la que comparaba a Meinecke con el historiador del siglo XIX Leopold von Ranke, como dos individualidades en mitad de una crisis, ambas escindidas por dos sentimientos, el ethos y el kratos, esto es, la ética y el poder, sobre las que oscilaron en momentos decisivos. Este aspecto problemático acuciaba a Meinecke: “su desarrollo interior era peculiarmente vacilante. Su naturaleza no se lo puso fácil, como si quisiera obligarle a entrar en sus propias profundidades. Al fin y al cabo, era un problemático por naturaleza, no un epicista como Ranke”. Esta era una manera muy amable de aludir al agresivo nacionalismo alemán que Meinecke sostuvo durante la mayor parte de su vida. Sin embargo, el ethos iba ganando la partida, y su personalidad se volcaba “con anhelo hacia la cultura intelectual del pasado, esta personalidad tierna pero cerrada en sí misma no se entregó a ninguna tarea que no le conviniera; y a través de su feliz realización se fue afirmando en el silencio con la certeza de una planta que surge de los escombros y la sombra hacia la luz”. El silencio es algo a lo que acudía de nuevo Dehio para dar más vigor a la figura de Meinecke, “en el Tercer Reich se adhirió ostensiblemente a las palabras de Schiller: el verdadero sentimiento apenas se da a conocer sino en el silencio”. El silencio de Meinecke era interpretado como una nota favorable, Dehio entiendía su oposición al Reich por incomparecencia o ausencia de entusiasmo. Hoy sabemos, sin embargo, que Meinecke recibió con cierto regocijo las victorias militares iniciales del Reich en la II Guerra Mundial, aun habiendo tenido una relación más que problemática con el régimen que le acabó dando un crédito moral del que disfrutó tras el final de la Guerra. Meinecke fue expulsado de la dirección de la Revista de Historia en 1935 y defendió a colegas judíos.

Friedrich Meinecke en 1942 -Bundesarchiv-

Aunque el nacionalismo alemán de Meinecke nunca se disipó del todo; Dehio fue muy comprensivo al hablar su posición ante la Gran Guerra, que fue de fervoroso apoyo, a la que aludía como “una primera borrasca que se apoderó de su feliz barco de vela”, pero que, una vez “el estado combatiente exprimió las posibilidades inhumanas de la civilización moderna para ganar poder, el velo de la visión rosada se rasgó para Meinecke y su optimismo monista fue sustituido por un pesimismo dualista”. La transformación de Meinecke en un demócrata fue lenta, pausada, progresiva y siempre con una sombra de duda sobre su sinceridad. El incisivo Dehio veía, sin embargo, la razón política e histórica de Meinecke como semejante “a un médico de rayos X que hace visibles las funciones de los ventrículos del corazón a los asombrados espectadores, a un anatomista que señala con precisión las articulaciones y los cordones nerviosos. Gracias a ella ha resultado ser el gran pensador problemático e histórico”. En la coyuntura de posguerra, incluso Dehio, y es difícil saber hasta qué punto lo expresaba con sinceridad, encontraba en Meinecke unas características particulares que le hacían la persona idónea, el historiador de la crisis, que señalara el camino a seguir. El homenaje concluía: “le vimos dominar este difícil destino con el compromiso devoto de toda su personalidad, creciendo constantemente para hacer frente a las crecientes tareas, sin ser apoyado por la piadosa confianza de Ranke, pero también sin ser ahuyentado en la negación por el miedo al mundo de Burckhardt. Así, con una leal fidelidad a la herencia espiritual occidental de Alemania, fue capaz de allanar el camino desde la antigua soberanía del Estado-nación hacia una nueva y profunda solidaridad occidental a gran escala”.[11]

Con frecuencia se han tendido a privilegiar reflexiones filosóficas como el pistoletazo de salida del ajuste de cuentas con el pasado alemán. El libro de Theodor Adorno y Max Horkheimer La dialéctica de la Ilustración, publicado en 1944, intentaba proporcionar una explicación histórico-filosófica del fuste torcido de la Historia que había conducido al nazismo. En El problema de la culpa, dos años después, el también filósofo Karl Jaspers interrogaba a la sociedad alemana y la ponía frente al espejo de su responsabilidad. Ese mismo año, el octogenario Friedrich Meinecke, componía a través de recuerdos y reflexiones apresuradas su versión de la Historia. El libro se llamó La Catástrofe alemana y fue más leído que los otros dos, alcanzado cuatro ediciones en los tres primeros años tras la publicación.[12]

La catástrofe alemana, 1946

Meinecke ejercía en La catástrofe alemana un extraño papel de historiador-prescriptor, algo nada habitual en la historia pero que la situación alemana del momento justificaba. No sería un caso aislado en el país. El historiador católico bávaro Franz Schnabel, a quien luego veremos, que había accedido a la cátedra más importante de la universidad de Múnich, en la reedición de su historia de Alemania mostraba con apenas disimulo la satisfacción por la tarea que se le había encomendado: “tras el final de la guerra tengo la oportunidad de desempeñar un papel destacado en la reconstrucción desde los cimientos del sistema educativo y escolar de mi pequeña patria bávara. Fue la tarea más urgente que se nos encomendó tras la catástrofe, y pude llevarla a cabo en agradable colaboración con las numerosas personas implicadas, que trataron de aprender del pasado y se esforzaron honesta y desinteresadamente por anteponer siempre los intereses del conjunto a cualquier otro punto de vista”.[13] De una manera similar, Gerhard Ritter comenzaba su obra sobre el militarismo alentado por “la conciencia de que en la nueva e inesperada situación de nuestro país mi libro puede jugar un papel importante”.[14] Todos albergaban pretensiones exageradas, pero lo hacían al calor de un apoyo político que confió en el magisterio de los historiadores como figuras cívicas y guías para el futuro. Meinecke escribía a un colega historiador en octubre de 1945:

“La gente de hoy, en su miseria arremolinada, anhela un apoyo espiritual. Mis pocos ensayos periodísticos también han sido recibidos con gratitud hasta ahora, por lo que he podido saber, y me complace especialmente la aprobación de su contenido. Sin embargo, he llegado a dudar de que mi escrito sobre la catástrofe alemana, que ya he completado, tenga el mismo éxito. La gente todavía no ha aprendido nada del colapso, está atascada en los trenes de pensamiento nacionales convencionales y, aunque condena el nazismo, no piensa las cosas en profundidad”.[15]

Meinecke se mostraba escéptico frente a la posible recepción de su libro en la sociedad alemana, como si temiera que ésta no estaría a la altura de las circunstancias. Pero, ¿fue La catástrofe alemana una propuesta a la altura de las circunstancias?…

Notas

[1]Adam Sisman, A.J.P. Taylor. A biography, Londres, Sinclair-Stevenson, 1994, p. 117.

[2] D.W. Hayton, Conservative revolutionary. The lives of Lewis Namier, Manchester, Manchester University Press, 2019, p. 409.

[3] Ibídem, p. 313.

[4] A.J.P Taylor, A Personal History, Londres, Atheneum, 1983, p. 143.

[5] Ronald J. Granier, “A.J.P. Taylor on the ‘Greater’ German Problem”, The International History Review, 23, 1 (2001), pp. 28-50.

[6] Carole Fink, Marc Bloch. A Life in History, Cambrigde, Cambridge University Press, 1989, pp. 320-324.

[7] Klaus Schwabe, Gerhard Ritter – Ein politischer Historiker in seinen Briefen, Boppard am Rhein, H. Boldt, 1984, p. 394.

[8] Ibídem, p. 395.

[9] Gerhard Ritter, Staatskunst und Kriegshandwerk: Das Problem des Militarismus in Deutschland, Múnich, Oldenbourg, 1954, p.1.

[10] Friedrich Meinecke, Werke. Bd. 8. Autobiographische Schriften, Stuttgart, Koehler, 1969, p. 491.

[11] Ludwig Dehio, Friedrich Meinecke, der Historiker in der Krise, Berlin, Colloqium Verlag, 1953.

[12]Wolf Lepenies, La seducción de la cultura en la historia alemana, Madrid, Akal, 2006, pp. 148-149.

[13] Franz Schnabel, Deutsche Geschichte im Neunzehnten Jahrhundert, Friburgo, Herder, 1948, p. VII.

[14] Ritter, Staatskunst… p.3.

[15] Friedrich Meinecke, Ausgewählter Briefwechsel, Stuttgart, Koehler, 1962, pp. 575-576.

Ernst Nolte y Jurgen Habermas (fotos: AFP/ORF)
Índice de la obra
Introducción
I. Las cenizas del Reich de los mil años. Los historiadores y la nueva Alemania. (1945-1971)

Dos antifascistas improbables: Gerhard Ritter y Friedrich Meinecke entre la guerra y la posguerra

El antifascista conservador
Meinecke y la Catástrofe Alemana

A la búsqueda de nuevos referentes intelectuales: Jacob Burckhardt

Basilea mira a la historia. Burckhardt y Nietzsche contra el historicismo
Tres conferencias en 1948. Un nuevo comienzo a distintas velocidades

El “camino errado de la nación” y el tipo ideal de historiador dogmático

La historia en manos del socialismo de estado

La mente oscura de Heidelberg. Carl Schmitt y los historiadores

El fracaso del mito liberal de Heidelberg
El discípulo aventajado. Reinhart Koselleck y la patogénesis de la modernidad

Los historiadores, la Ostforschung y el revanchismo tras 1945

Hermann Aubin. Fronteras y revanchismo entre lo político y lo historiográfico
La “expulsión” y el sufrimiento de los alemanes

Los gemelos Hans y Wolfgang Mommsen y el problema de las generaciones

Una familia ilustre en horas bajas
¿Quién era Max Weber? Wolfgang Mommsen y la primera disputa generacional

El gran dilema del historiador comunista. Escribir historia después de Stalin

Los límites de la desestalinización. La disidencia leal de Jürgen Kuczynski
Marxismo y economicismo. Una cuerda nunca rota del todo

La controversia Fischer. Historia y política en busca del origen de la Primera Guerra Mundial

Los contornos de un debate
Gerhard Ritter a la defensa de la Alemania conservadora
Ludwig Dehio y el gremio de historiadores
El debate en su tiempo
“En nombre de la comunidad historiográfica alemana”. Cuestiones políticas

La difícil relación entre los historiadores judíos y sus pares alemanes

La trágica historia de Joseph Wulf
Nosotros y ellos. De Raul Hilberg a Saul Friedländer

El Instituto de Historia Contemporánea de Múnich (IfZ) y la explicación funcionalista del Holocausto

En busca de referentes. Franz Schnabel en Múnich
Martin Broszat
¿Cuánto contaba Hitler? Funcionalistas versus intencionalistas

Marxismo e historia global en Alemania del Este. El Instituto de Historia Universal de Leipzig

Walter Markov
El marxismo, el Sur Global y la historiografía colonial. De Walter Markov a Manfred Kossok

II. De la consolidación a la reunificación (1971-1990)

La historia social de la “escuela de Bielefeld”

Un nuevo estilo intelectual. Hans-Ulrich Wehler y Jürgen Kocka
Influencias intelectuales: Eckart Kehr, la subversión de la tradición y el primado de la política interior
El estudio de la burocracia y la larga sombra de Max Weber
El Sonderweg -camino especial- alemán. Entre el éxito fulgurante y el descrédito irreflexivo
Las políticas editoriales de Wehler. Nuevas rupturas generacionales

La mirada al exterior. la internacionalización de la historiografía alemana

El contexto global: Francia, Alemania y la sociología histórica americana
La escuela de Annales y la Historia Social alemana ¿Por qué no hubo un Braudel alemán?

Más allá de una historia ilustrada. Historias culturales, psiquiatría y delincuencia a la sombra de Foucault

Wehler contra Foucault (y todos los demás)
Entusiasmos foucaultianos
Locura, nerviosismo y psiquiatría
Delincuentes, excluidos y el estado capitalista

Investigar la vida cotidiana a la sombra del nazismo

Martin Broszat, Múnich y el Proyecto Baviera (1977-1983)
Niethammer contra los Krupp. Historiografía y radicalismo en Essen
Historia oral en la Cuenca del Ruhr
¿Historia, para quién? Alf Lüdtke, historiadores descalzos y las disputas sobre las prácticas históricas
Grandeza y miseria de la Alltagsgeschichte

Reinhart Koselleck. Modernidad, historia y conceptos

Prusia entre la Reforma y la Revolución
Teoría de la historia, conceptos y temporalidad

Hacia el Historikerstreit

Distintas formas de hacer memoria: Helmut Kohl y Richard von Weizsäcker
El Historikerstreit, Ernst Nolte y el revisionismo
Entre el revisionismo justificativo de Nolte y Hillbruger y el ahistoricismo de Habermas

Narrar la Nación. Las Historias de Alemania

La larga sombra de Treitschke
Golo Mann
“En el principio fue Napoleón”. Nipperdey contra Wehler
La batalla editorial. CH Beck
¿Dos versiones tan distintas?

III. La Alemania unificada hacia el presente (1990-2022)

Ajustando cuentas con el pasado comunista

La caída del Muro y la toma de control de las universidades
Más allá del totalitarismo

A vueltas con el Holocausto

Entre historización y desconcierto
Racionalidad, cientifismo y banalidad. Visiones contrapuestas

Theodor Schieder y las “raíces pardas” de la historiografía de posguerra

¿Señor Schieder, cómo era Königsberg durante la guerra?
El legado pardo de los “criminales de escritorio”

La sociedad alemana y los perpetradores del Holocausto

La exposición de la Wehrmacht (1995-2002) y Opa War Kein Nazi
Daniel Goldhagen y los verdugos voluntarios
El estudio de los verdugos en el siglo XXI

Bismarck escondido en el Tiergarten. El legado de Prusia en el siglo XXI

¿Prusia nos sigue envenenando?
La herencia del Imperio alemán, los Sonámbulos y la I Primera Guerra Mundial
Democracia, ¿Un affaire alemán? Hedwig Richter y la historización del II Reich entre lo historiográfico y lo público

La historiografía y el pasado colonial en Alemania

El elefante de Bremen
Historikerstreit 2.0 o el Catecismo alemán
¿De Windhuk a Auschwitz? Continuidades y rupturas entre el genocidio colonial y el Holocausto
El castillo de Berlín y el Foro Humboldt. La memoria colonial y el espacio público

Epílogo

Fuente: fragmentos de la introducción y del capítulo 1 y sumario del libro de José Luis Aguilar López-Barajas, Escribir historia después de Hitler. Historiografía y política en Alemania (1945-2022), Madrid, Sílex, 2025. 614 págs.

Portada: tras la liberación del campo de concentración y exterminio de Bergen-Belsen, funcionarios públicos y autoridades de la provincia de Hanover y de la ciudad de Celle contemplan luna de las fosas comunes de víctimas del campo, 24 de abril de 1945 (foto: colección del Imperial War Museum)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia y José Luis Aguilar López-Barajas

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