Andreu Navarra

 

La figura histórica de Andreu Nin (El Vendrell, 4 de febrero de 1892-¿Alcalá de Henares?, 20 de junio de 1937) sigue rodeada de numerosos enigmas. Puede que, por esta razón, resulte tan atractiva para cualquier investigador que desee ver claro entre la maraña de violencias ideológicas que marcaron la convulsa primera mitad del siglo xx. Judit Figuerola, investigadora y traductora, tiene toda la razón cuando escribe que los estudios a propósito de Nin se han ocupado principalmente de su asesinato durante la Guerra Civil y que las ramas que con más frecuencia se han hecho cargo de él han sido la politicología, el pensamiento político y la historiografía. Parece que los temas culturales y su labor como traductor hayan quedado siempre en un segundo plano. Sin embargo, como divulgador de la literatura rusa y como ensayista, la figura de Andreu Nin es de gran importancia.

Más adelante, concluye: «Lo que convirtió a Nin en un personaje histórico fueron las circunstancias de su muerte, y no es exagerado afirmar que este hecho ha llegado a eclipsar su trayectoria intelectual y política» (2017: 21). Por su parte, el profesor y político interesado en Nin Ernest Benito firmó palabras casi idénticas: «Soy de los que siempre han creído que nuestra sociedad, y fundamentalmente la catalana, tiene una deuda pendiente con este personaje que tan mal, hasta no hace mucho, ha tratado nuestra historia. Su enorme personalidad ha quedado siempre apagada bajo la espectacularidad de algunas circunstancias de su vida y, sobre todo, de su muerte» (2007: 17). Es cierto: ya iba siendo hora de ir recuperando la vida de Andreu Nin. El mártir, el homenajeado, a veces no nos habían dejado ver al hombre. El esquema ha de ceder paso a la verosimilitud, con la dificultad de que Andreu Nin no dejó una huella abundante desde un punto de vista archivístico, por varias razones.

Andreu Nin durante su estancia en Moscú  (1922-1930)

La producción sobre Nin es inmensa, pero se centra en su significación política, aparece casi siempre ligada al proyecto truncado del POUM [Partido Obrero de Unificación Marxista), y es cierto que debemos empezar a incorporar al Nin vivo, esto es, la vida de Nin, al relato de sus propuestas y de sus realizaciones. Quien lo expresó de forma más clara y contundente fue Víctor Alba, antiguo poumista y estudioso del PCE y del POUM, que empezaba uno de sus artículos con la siguiente frase: «Nada peor, para un dirigente político, que ser recordado no tanto por lo que ha hecho como por lo que le han hecho»; y añadía: «Si no lo hubieran asesinado —o su asesinato hubiera sido menos misterioso y, sobre todo, menos envuelto de calumnias e injurias—, Nin sería recordado por su actividad de dirigente y también por el carácter movido de su biografía. Lo sería, pero menos, por su obra teórica» (1998: 119).

Marxistas y socialistas brillantes, escritores de izquierda en general, había muchos en la Cataluña de 1910-1923: Gabriel Alomar, siempre un periodista de primer orden; Manuel Serra i Moret, fundador de la Unió Socialista de Cataluña y no menos hábil en el manejo de la pluma; Rafael Campalans, director de l’Escola del Treball, y también autor de varios libros políticos valiosos; o Antoni Fabra i Ribas, pionero del colectivismo catalán. Pero, excepto Joan Comorera, fundador del PSUC, ninguno aventajó a Nin en osadía revolucionaria: ninguno volvió de Moscú con la intención de voltear la situación del marxismo internacional. Nin fue más lejos que nadie en la exigencia de una revolución obrera, en la negación del orden establecido, en ambición política.

Andreu Nin con su esposa Olga Tareeva y sus dos hijas (foto: archivo de Serra d’Or)

Nin destacó por su lucidez analítica, por la poderosa inteligencia de sus iniciativas y escritos historiográficos. Dotado de un estilo único, un tono severo y cortante, propio de un revolucionario, imaginó o proyectó construcciones políticas que hubieran podido imprimir un giro importante en la historia de su continente. La de Nin, como la de Macià, parece una de esas vidas concentradas hacia los meses finales, y en cierto modo fue así: una trayectoria truncada cuando iba, precisamente, a empezar a dar sus frutos maduros. Pero esa realidad no puede (o no debería) conducirnos a mantener el espejismo: las décadas anteriores, sus largas etapas de formación, sus textos menos conocidos, algunos de los cuales se han perdido para siempre en boletines o gacetas políticas de papel efímero que no han llegado a nuestros días, tienen mucho peso específico en la evolución política y cultural de su tiempo. Sería un error continuar tratando como en un segundo plano su producción periodística y sus libros de comentarios de actualidad política. Poner el acento sobre esa producción u obra no suficientemente valorada ha sido uno de los empeños de esta biografía: corregir el desequilibrio entre la muerte y la vida de Nin, para insistir más en su vida que en su muerte, eso fue lo que nos propusimos.

Figuerola se fija en una frase de Víctor Alba para empezar a construir su trabajo sobre la obra cultural de Nin: «Con la perspectiva del tiempo, lo veo básicamente como un hombre de letras que hacía política por sentido del deber. […] Su punto de partida de reflexión pienso que era más literario que no político o moral» (2017: 14). Nuestro punto de partida es diferente. Nin era, sí, un hombre de letras: un periodista, pedagogo, escritor y traductor. Cómo negarlo. Sin embargo, la frase puede llevarnos a pensar que Nin fue básicamente un escritor con un agudo sentido del deber que le condujo a la política. Pero… ¡qué política! La del revolucionario marxista más radical de la España de su tiempo. Nin hubiera podido continuar ejerciendo las letras de haber sido un político convencional. Pero, literalmente, entregó su vida y la práctica totalidad de sus energías al ideal leninista. Más que un hombre de letras, con la lista completa de sus publicaciones en la mano, deberíamos llegar a la conclusión de que nos encontramos ante un ensayista marxista, que traducía para comer, antes que delante de un escritor frustrado. Por la sencilla razón de que podría haber elegido no frustrar esa carrera, escribiendo novelas o teatro o periodismo cultural, como muchos otros escritores anarquistas, socialistas o comunistas. Podría haber sido un César M. Arconada catalán, pero no quiso seguir ese camino literario.

Andreu Nin en el centro, en el III Congreso de la Oposición Comunista de España (OCE) celebrado en 1932, en el que se creó la Izquierda Comunista de España (ICE) (foto: Corriente Roja)

Andreu Nin vivió largos años en la clandestinidad, sufrió atentados, pasó una década en la Unión Soviética formándose como revolucionario profesional, lideró la CNT y contribuyó a crear un partido de acción leninista que quería encaminarse hacia la creación de una Internacional de partidos socialistas a la izquierda de Stalin y Trotski. ¿No parece una tarea excesiva para alguien que se sintiera básicamente un literato? Parece que la revolución fuera la auténtica vocación de Andreu Nin, por lo menos desde 1919, año en que fue expulsado del periódico La Publicidad, precisamente por sus simpatías hacia los bolcheviques. Entre el Andreu Nin de los historiadores del marxismo y el de Figuerola, tenemos que trazar un camino integrador que nos conduzca a la comprensión de este hombre: un intelectual que se ahogaba en la inacción y que pensaba que la cultura debía supeditarse al ideal absoluto de la revolución obrera. Un bolchevique puro.

Lo cual no era obstáculo para que resultara un hombre de trato agradable, siempre que no intentaran negar en presencia suya la necesidad histórica de establecer un gobierno obrero revolucionario. Sobre Nin se ha llegado a escribir que nadie lo vio enfadado nunca (Parés, 1998: 142). Obviamente, ha de ser una exageración; pero bien sintomática del talante vital de nuestro biografiado. Lo atestiguan multitud de testimonios. Víctor Alba escribió:

Nin era cordial. No era simpático en el sentido de seductor. Era muy cordial, muy abierto. Recibía muy bien a la gente, a los militantes jóvenes. Yo era un muchacho de veinte años cuando empezó la guerra y hablaba con Nin con toda normalidad, entonces éramos de un mismo partido: él era el líder y yo estaba de redactor en La Batalla. Lo que pasa es que no era un seductor de masas ni de gente. Él era básicamente un funcionario; entendámonos, no un burócrata. Funcionario, ¿qué es? El señor que hace funcionar. Cuando Nin y Joaquín Maurín se volvieron a juntar, ¿qué hizo Nin en seguida? Se encargó de La Nueva Era, que era una revista que salía cuando podía, y desde entonces empezó a salir regularmente. Se encargó de la secretaría general del FOUS (Federación Obrera de Unidad Sindical), que reunía a los sindicatos controlados por el BOC y después por el POUM en Girona, Lleida, Tarragona y muy pocos en Barcelona, y ¿por qué?, porque era el hombre que hacía funcionar las cosas, más que Maurín. (Figuerola, 2017: 39)

Andreu Nin en un mitin del POUM en el teatro Capitol de Valencia en 1937 (foto: ABC)

Y es que el POUM, la unión de la fuerzas marxistas heterodoxas del país, era, también, la escuela de adultos diseñada por el aún maestro Nin, en 1935. La central sindical controlada por el POUM, la Federación Obrera de Unidad Sindical (FOUS), nació en mayo de 1936. Se trataba del embrión de sindicato unitario con el que Nin soñaba desde 1933, cuando escribió su libro sobre las organizaciones obreras internacionales. Comentó su inminente fundación y lo que deberían ser sus primeros pasos en un artículo para La Batalla demasiado optimista, en el que afirmaba que la UGT no había sido nunca nada en Cataluña y que la CNT acababa de perder su predominio (25 de abril de 1936). Naturalmente, eran fuegos artificiales. A la FOUS, cuyo secretario general fue Nin, ni le dio tiempo para consolidarse ni representó una amenaza para el anarcosindicalismo.

El 23 de septiembre de 1936, Andreu Nin explicaba en La Batalla por qué había tenido que impulsar la disolución de la central sindical del POUM, la FOUS. No había podido conseguir que ingresara en la UGT. En este artículo, Nin trataba de explicar por qué era necesario reformar radicalmente la UGT desde dentro. En el mismo número de La Batalla se resumen varias intervenciones públicas de Nin en Torroella de Montgrí y Banyoles, junto al camarada Coromines, de la Juventud Comunista Ibérica, y Josep Pallach, que en los años cuarenta tendría un papel determinante en la reanudación de las actividades del POUM en el interior de Cataluña. La evolución de Pallach fue interesante. Como Maurín, viró hacia la socialdemocracia hasta el punto de que en los años setenta fue uno de los cofundadores del Partit Socialista de Catalunya.

Andreu Nin, en el centro, como Conseller de Justícia de la Generalitat en 1936 (foto: archivo de La Vanguardia)

El fragmento arriba citado procede de una entrevista oral que Judit Figuerola mantuvo con Alba el 28 de diciembre de 1999 (2017: 39). Puede conducirnos a la siguiente inquietante pregunta: de haber sido Nin más antipático, menos carismático, ¿hubiera acabado torturado y asesinado en 1937? El ensañamiento de Stalin y sus acólitos con este dirigente catalán sólo puede explicarse a partir de lo que Nin se disponía a construir en 1937: algo que sólo él, liberado de ataduras internacionales, desembarazado de los celos de Trotski, con una larguísima experiencia organizativa y una competencia profesional única, podía concebir: una nueva Internacional Obrera, en competencia con la que lideraba Stalin y la que planeaba Trotski. La revolución inmediata que preconizaba el POUM durante el segundo año de guerra civil tenía pocas o ninguna posibilidad de triunfar y pervivir, mientras Juan Negrín, con sus aliados, estuviera al frente del gobierno, y sin poder contar con la cifra de afiliados que engrosaban las masas de la CNT. Sin embargo, era la existencia misma del grupo niniano y mauriniano lo que exasperaba al comunismo disciplinado: era la herejía que batir, la insoportable perseverancia de la crítica antiestalinista la que debía ser borrada de la faz de la tierra. Al fin y al cabo, una minoría de bolcheviques audaces se había hecho con el poder en la Rusia de 1917 (aunque en las historias de esa Revolución suele obviarse que una enorme parte del ejército desertó y se unió a los maximalistas para tratar de conseguir la prometida salida de la Primera Guerra Mundial). La posibilidad, por remota que fuera, de que algo así pudiera ocurrir en Barcelona o Madrid era demasiado inquietante para quienes habían descartado un proceso revolucionario o su continuación.

El principal empeño de Nin cuando fue detenido era convencer a los anarquistas de que debían conservar el poder revolucionario conquistado durante el verano de 1936, y constituir un auténtico gobierno obrero revolucionario enfrentado al republicano. El peligro era que Nin consiguiera convencerlos, con sus legendarias dotes persuasivas. No era muy probable. Sin embargo, había que asegurarse. De haber sido una personalidad más gris, de no haber contado con unos conocimientos tan metódicos y un espíritu tan profundo de libertad, de no haber contado el POUM con un líder tan inteligente, tan incorruptible e indomeñable, Nin no hubiera representado ninguna amenaza seria para los enemigos que lo asesinaron.

Fuente: extraído de La revolución imposible. Vida y muerte de Andreu Nin, Tusquets, 2021, págs. 325-331.

Portada: Andreu Nin con Wilebaldo Solano, fotografía de Agustí Centelles, Centro Documental de la Memoria Histórica, Salamanca.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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