David Navarro Martínez
Doctorando en Estudios Literarios, Universidad Complutense de Madrid

Carmen M. Méndez García
Profesora de literatura norteamericana, Universidad Complutense de Madrid

 

Poco después de la muerte de Adolf Eichmann en 1962, Hannah Arendt publicó su libro Eichmann en Jerusalén (1963), en el cual la filósofa alemana de origen judío detalla el proceso judicial que culminó en la condena a muerte del que fuera coronel de las SS, por genocidio y crímenes contra la humanidad. En este ensayo, que hoy se ha convertido en texto de referencia para el estudio de la psicología nazi, Arendt intenta desentrañar las razones que pueden llevar a un ser humano corriente, aparentemente despojado de maldad innata (así define ella a Eichmann) a responsabilizarse de las atrocidades que se produjeron durante la época del Holocausto.

Las conclusiones de Arendt sembraron una considerable polémica: no se trataba de una cuestión moral. Para entender Ravensbrück, Mauthausen o Auschwitz, había que prescindir de los conceptos del bien y del mal, y aceptar que el motor del asesinato de seis millones de judíos era, simplemente, la fuerza de la fidelidad a una adscripción política. Así, Eichmann y los demás criminales de guerra no se llegaron a cuestionar (y esta es la clave) las implicaciones éticas de su participación en la Segunda Guerra Mundial. Actuaban motivados por un sentimiento de colectividad que les llevaba a dejar de lado cualquier reflexión moral. Los nazis no tenían que ser necesariamente “malas personas”. Y esto lo escribió una judía.

De esta manera, Arendt acuñó el concepto de “banalidad del mal”, que hoy por hoy puede ser aplicado (salvando las distancias) a multitud de fenómenos sociales. Es particularmente interesante analizar cómo el espectador de televisión, al incluirse a sí mismo dentro de la colectividad de la audiencia, pierde la perspectiva crítica de lo que ve y relativiza las categorías éticas.

Otros autores más modernos, como el sociólogo marroquí Gérard Imbert, añaden a la tesis de Arendt la posibilidad de que la violencia pueda funcionar como espectáculo.

Se conjugan dos perspectivas complementarias: por una parte, el espectador no reflexiona sobre las implicaciones morales de los contenidos que está consumiendo, y por otra, disfruta realmente viendo a otras personas sufrir.

Por poner un ejemplo, el escritor americano Don DeLillo es muy elocuente acerca de este hecho en su novela White Noise (1985): cuando vemos morir a alguien, nuestra posición de testigos nos tranquiliza de alguna manera, porque eso significa que nosotros seguimos vivos; le hemos ganado a la muerte, mientras otros han sucumbido a ella.

En la actualidad existe, según Imbert, una disolución de la categoría clásica “placer-dolor”, en la medida en que, como espectadores, reivindicamos el derecho colectivo del sadismo, de ver sufrir a otros desde nuestra cómoda posición de “individuos desindividualizados”. El espectador se convierte en testigo, y la maquinaria televisiva tiende a la producción del performance, porque la emoción del sufrimiento es real. El dolor, el tormento, se han erigido en show, en un espectáculo social al estilo del teatro sangriento de Séneca.

Todos recordamos dónde estábamos el 11 de septiembre de 2001, y en compañía de quién veíamos la televisión: una consecuencia directa de la ritualización del dolor, cuyos elementos coinciden con los elementos del espectáculo. De hecho, el cine ha reflexionado acerca de las características del espectador-testigo de la violencia en producciones como Funny Games (Michael Haneke, 1997) o la saga Saw (James Wan y otros, 2004-).

Los límites del humor amarillo

La banalidad del mal y el sadismo están detrás de una tradición de formatos televisivos más o menos inocentes o amables, encabezada por el concurso japonés Humor amarillo (1986-1989) y que en España siguió su curso con El Gran Prix del verano (1995-2009).

Personajes del programam
Personajes del programa «Humor amarillo»

Hoy en día encontramos otros concursos en los que el error del concursante es penado con castigos físicos leves o un simulacro de ellos (Ahora caigoBoomCrush, la pasta te aplasta) o de reality shows en los que los participantes son sometidos, al menos aparentemente, a condiciones más o menos extremas de supervivencia (Supervivientes o La isla son los más populares, pero existen otros formatos mucho más duros, como SolosFear Factor o Kid Nation, entre otros).

Desde luego, y aunque el éxito de estos formatos pueda venir en parte justificado por el sentimiento sádico de la audiencia, sus consecuencias a nivel de sufrimiento ocasionado no pueden compararse de ninguna forma con las atrocidades de Eichmann. Pero, probablemente, sí pueden ser estudiados desde los mismos paradigmas.

Game 2 Winter
Game 2 Winter

¿Dónde está el límite? Recordamos el polémico caso de aquel reality show de supervivencia preparado para filmarse en Siberia en torno a 2017, en el cual, teóricamente, estarían permitidos los asesinatos entre concursantes (así lo decía el contrato del programa, aunque, lógicamente, las autoridades rusas no lo habrían permitido). Un proyecto, llamado Games 2 Winter en clara alusión a Los juegos del hambre, que tuvo que dar marcha atrás después incluso de que los concursantes estuvieran ya seleccionados, y que hoy en día es justificado por su productor como una mera estrategia de marketing para darse a conocer a sí mismo (en realidad, seguimos sin saber si esto es cierto o si, realmente, el proyecto tuvo que suspenderse por cuestiones legales).

Lo que sí está claro es que, cada día más, es necesario hacer una reflexión seria sobre los contenidos que demandamos como consumidores, y qué tipo de necesidades buscamos satisfacer con ellos.


Fuente: «Otras miradas«,  Público

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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8 Comentarios

  1. Creo que lo que Hannah Arendt, denominó como la «Banalidad del Mal» podria llegar a contemplarse desde otro punto de vista, que quizá pueda llegar a poseer una apreciación, mas real, mas aproximada a lo que realmente sucedió con el Holocausto, provocado por los nazis. A mi juicio la especie humana, no ha inventado nada mejor, que las organizaciones burocráticas, como aparato tendiente a diluir las responsabilidades de los sujetos que integran esas organizaciones. El Nazismo también creó una burocracia para el exterminio, que funcionó como una maquinaria bién aceitada, en la cual cada uno de sus integrantes, desarrollaba una taréa simple y sencilla, que sumadas todas ellas entre sí. culminaban en el Holocausto. De algún modo Primo Levi quizo decir algo parecido, cuando hablaba de «una cadena que terminaba en el campo (de exterminio)»

  2. Creo que estamos banalizando la misma idea de la banalidad del mal, ya de por sí problemática. Lo mínimo que hoy puede decirse sobre la acuñación de esta categoría es que fue desafortunada. Es Arendt quien banaliza el mal creyendo que un mal como el del genocidio puede ser banal. Hacer uso de la categoría para cuestiones tirando comparativamente a banales no me parece que ayude mucho. No lo hace que se asuma, como es bastante usual, que Arendt tuvo razón y nos legó una buena herramienta de análisis.

  3. Una estructura civil o miltar ayuda a tranquilizar conciencias. Mejor dicho, con uniforme ni te planteas las canalladas que que ordenan, duermes muy tranquilo, despues de lanzar una bomba atomica sobre una ciudad y matar 100.000 personas. O 40.000 kilos de napalm sobre «las selvas de Vietnam» (me parecio ver unas casas… imaginaciones. Volvamos a snifar coca y beber whiskiey). Si, la banalidad del mal esta en todas partes.. incluidas las «democracias». Y por supuesto que existe. Vaya si existe y muy cerca. Mete una camara oculta en un matadero, una granja industrial, un geriatrico, un siquiatrico o cosa por el estilo (documental Dominion) y tendras muchas oportunidades de verla de cerca. Quiza se te quiten las ganas de comer carne y desde luego lo que se te quita esla esperanza en nuestra especie enloquecida.

  4. Es la postura de Elisabeth Costello, la criatura y alter-ego del premio Nóbel J.M. Coetzee, el Vargas Llosa ayer sudafricano, luego australiano, ahora cosmopolita. Huyó de la Sudáfrica que salía del apartheid para nacionalizarse en la Australia que se funda en el genocidio indígena. ¿Su coartada? Banalizar los genocidios equiparándolos a la matanza industrializada de animales. Por favor, guardemos las proporciones.

    • ¿Quien dijo que sin mataderos industriales el exterminio industrial tal vez no se le hubiera ocurrido a nadie? ¿Banalizar? Yo mejor diria que se aprende mucho en un matadero. Por cierto, comparar a los asesinos de judios con los uniformados de las bombas atomicas ¿tambien es banalizar? Claro, hay que guardar las «proporciones». Veo que todavia cree usted que la especie homo sapiens (que risa! ) es algo especial. Debe ser consecuencia de la «educacion» catolica.

      Banalizar es simplemente RECONOCER que personas con famila a la que aman, amigos a los que ayudan, gente amable, simpatica y cariñosa, pueden sentarse en un escritorio o en la cabina de un bombardero, o …. donde usted prefiera y «cumplir con su deber» Asi de simple.

      • Lo siento, Andrés, le agradezco el diálogo, pero no me animo a continuar si parece atribuirme una enormidad como la de banalizar el genocidio atómico. Ni siquiera banalizo la matanza de animales. Sólo he dicho y mantengo que han de mantenerse las proporciones precisamente para no banalizar.

  5. Tony Judt, «Cuando los hechos cambian», Taurus, 2015 [2008]:
    Unas líneas del capitulo «El problema del mal en la Europa de la postgerra» p.152

    Hace sesenta años Hannah Arendt temía que no sabríamos cómo hablar del mal y que por lo tanto no comprenderíamos nunca su importancia. Hoy hablamos del <> todo el tiempo, pero con el mismo resultado, al haber diluido su significado” (…)
    “Quizá todos debiéramos tener cuidado cuando hablamos del problema del mal. Porque hay más de un tipo de banalidad. Está la banalidad de la que habló Arendt: el inquietante, normal, cotidiano mal de los humanos. Pero hay otra banalidad: la banalidad del uso excesivo, el desalentador e insensibilizador efecto de ver o decir o pensar lo mismo demasiadas veces hasta que hemos adormecido a nuestra audiencia y la hemos vuelto impune al mal que estamos describiendo. Y esa es la banalidad – o <> – a la que nos enfrentamos hoy”

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