Antonio Bernárdez Sobreira

 
Hay en una estancia del Senado una pintura maravillosa, que comenzó Francisco Jover y remató Joaquín Sorolla. Les recomiendo la descripción que de ella publica la página oficial de la segunda Cámara.

Jura de la Constitución por S.M. la Reina Regente Doña María Cristina, 1897
Jura de la Constitución por S.M. la Reina Regente Doña María Cristina, 1897

En el centro de la composición, la Reina Viuda María Cristina de Habsburgo, “apoyando una de sus manos sobre las Sagradas Escrituras”, jura fidelidad al Heredero de la Corona (el no nato futuro Alfonso XIII, a la sazón residente del seno materno) así como su adhesión a la Constitución de 1876. Sostiene la Biblia el Demiurgo, Antonio Cánovas del Castillo, acompañado de los dos Secretarios de las Cortes más antiguos. Junto a la Reina, diversos componentes de la Familia Real y próceres del Reino, destacando el Presidente del Consejo de Ministros, Práxedes Mateo Sagasta, y el otro Demiurgo del sistema restauracionista, el general golpista Martínez Campos. El Trono, el Sable, el Código Legislativo, el Altar, los diferentes elementos del conjunto aparecen representados en el crítico año de 1885, cuando no han pasado ni veinte años desde que la abuela del heredero fuese expulsada, Gloriosa mediante, y apenas una década del retorno borbónico en la figura del padre y mediante el socorrido método del pronunciamiento. Para remarcar el efecto simbólico, una Habsburgo se encarga de asegurar la continuidad de la rama “legítima” borbónica frente al cuestionamiento carlista o republicano.
Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera
Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera

En otra estampa, ya crecidito aquel no nato, posa con el general golpista Miguel Primo de Rivera a quien acaba de confirmar como Jefe del Gobierno, corriendo el año 1923. Aquel que recibe del Monarca el cariñoso apelativo de “mi Mussolini”, pretenderá construir un nuevo régimen sobre los rescoldos del viejo sistema constitucional de 1876. El Borbón se siente liberado de aquella fidelidad jurada por su madre: educado para reinar desde el seno materno, considera su derecho el inmiscuirse en las tareas de gobierno hasta el punto de apoyar la congelación sine diedel propio texto constitucional. Es paradójico que en un sistema liberal que tiene como uno de sus principios constitutivos la igualdad ante la Ley, sea el principio de desigualdad por nacimiento quien define en esencia el régimen político, hasta el punto de que la propia Nación no es quien de ejercer la soberanía en su totalidad, compartida entre el Rey y las Cortes.
Jura del Juan Carlos I ante las Cortes franquistas
Jura del Juan Carlos I ante las Cortes franquistas

En una tercera estampa, noviembre de 1975, Juan Carlos I asume la Corona a la muerte del vencedor de la Guerra Incivil, a la sazón Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Hay un paralelismo con el juramento de María Cristina, la escena transcurre en las Cortes franquistas, que comienzan aquí su proceso de harakiri, pese a los gritos de Girón de Velasco. El discurso no tiene desperdicio: agradecido con el legado del Dictador, otro Borbón asume la Corona, rodeado de los próceres de la Nación y de su propia familia, nuevamente un escenario solemne digno de una pintura neoclásica de David. Tiene Juan Carlos todo el derecho a reinar, y no solo porque así lo haya decidido Franco, sino porque ha tenido que lidiar durante años con la Corte de los Milagros del Palacio del Pardo, empezando por la temible Collares, y ha tenido que distanciarse de su propio padre, el nieto de aquella Habsburgo, siempre bajo la atenta vigilancia de aquel chambelán opusino que transmutó en víctima del terrorismo, Operación Ogro mediante. No cabe duda de que el derecho de Juan Carlos es un derecho de conquista, visto lo visto.
Leonor de Borbón y Ortiz, heredera de La Corona, leyendo la Constitución
Leonor de Borbón y Ortiz, heredera de La Corona, leyendo la Constitución

En una última imagen, la heredera al Trono de España en el año 2018 lee un fragmento de la Constitución. El marco no es la Sede de la Soberanía Nacional, sino el Instituto Cervantes, pero una vez más están presentes los próceres, que aplauden a una Institución que nuevamente se coloca en el centro del sistema político, como garante del régimen democrático. Vuelve a aparecer el principio de la desigualdad por nacimiento sobre cualquiera base meritocrática o representativa. Resulta inquietante, ciertamente, la imagen de esa niña de trece años que impone su figura por encima de cualquier criterio jurídico medianamente racional más allá del resultado de la unión de un espermatozoide y un óvulo (Reales, eso sí). Los monarcas del pasado eran guerreros que ganaron su posición en una pugna entre iguales (primus inter pares) y que luego consolidaron mediante el principio hereditario, lo que se llama el derecho de sangre o de nacimiento. Los de ahora viven de las rentas de la Historia aupados por un cuerpo institucional a los que resulta cómoda la Corona, pues evita la incomodidad de tener que fabricar el consenso en torno a figuras electas: fíjense por ejemplo en la que está cayendo en los EE.UU. La imagen de la madre entre el público, congestionada con la actuación de la nena, es una nota de color en todo esto: su princesita brilla en el teatrillo político, pues no se trata de nada más que eso, ni nada menos.
La familia real española en pleno
La familia real española en pleno

Pero no piensen que la Monarquía es un anacronismo. Al contrario, es una Institución profundamente posmoderna, que tiene como principios básicos la subjetividad del relato y la naturaleza performativa. El relato nos dice que la Institución es la clave que sostiene el marco político, la garante de la unidad nacional, la cabeza del poder civil y el militar. Y tenemos que creerlo, porque así figura en la Constitución, aunque al contrario que en el caso italiano, por poner un ejemplo, aquí nunca se consultó su continuidad. La performance refuerza el carácter simbólico. El monarca actual, Felipe VI “El Preparado”, fue desde muy pequeño presentado como el continuador de la dinastía, educado como su bisabuelo (aquel que caído el golpista acabó también cayendo) para demostrarnos que el principio de desigualdad por nacimiento está más que ratificado, justificado, legitimado. Y la princesa niña, pues por la senda del papá. La objetividad performativa, la continuación de la estirpe, el ditirambo. Les dejo con una última estampa, pero esa bien pueden comentarla ustedes.
 
 

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