El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Rodrigo Escribano Roca*
UNED
Universidad Adolfo Ibáñez de Chile
Resumen: Este artículo consiste en una revisión crítica de tres obras recientes que han renovado el debate sobre el lugar de los imperios y los procesos de reexpansión imperial en la política internacional contemporánea. En primer lugar, Empires of Eurasia de Jeffrey Mankoff interpreta a Rusia, China, Turquía e Irán como potencias posimperiales inmersas en procesos de reimperialización, que tratan de crear esferas de influencia sobre antiguos espacios que, de acuerdo con sus discursos, en algún momento pertenecieron a sus dominios imperiales. En segundo lugar, el texto comenta Empires: A Historical and Political Sociology de Krishan Kumar, que discute la narrativa teleológica según la cual el Estado nación habría sustituido al imperio como principio de organización política, y muestra hasta qué punto las lógicas imperiales se reciclaron, tanto en las metrópolis europeas como en los estados poscoloniales. Por último, Rethinking the End of Empire de Lynn M. Tesser compara varios casos históricos de colapso de grandes imperios y los reevalúa como procesos de reordenamiento gradual, marcados por la interferencia de las grandes potencias y por la instrumentalización del nacionalismo como recurso estratégico, pero no siempre rupturista o revolucionario. Leídas en conjunto, estas tres obras permiten comprender la crisis del orden liberal, el retorno de la conquista territorial y la vigencia de los legados imperiales en conflictos como el de Ucrania, abriendo el camino para pensar posibles agendas posimperiales para la Unión Europea.
Una Galaxia Imperial
La última trilogía de la archiconocida saga Star Wars (2015-2019) dejó un poso de decepción entre sus fans. Sus incongruencias narrativas y su recurso a las estereotipaciones estuvieron entre los elementos más señalados por crítica y público (Chetty, 2024). Nada en los vaivenes caprichosos de sus protagonistas, Rey y Kylo Ren, tuvo la capacidad de desatar las mismas pasiones desaforadas que en su día inspirasen las dos primeras trilogías (1977-1983; 1999-2005), centradas en la caída y redención del genocida galáctico más icónico de la cultura pop: Darth Vader. ¿A qué se debe el fracaso de una tríada de películas que contaba con precedentes tan exitosos?, ¿ha sido su vilipendio casi universal el fruto de simples errores de guion? Si atendemos a las tesis de estudiosos como Chris Kempshall (2022) y Fernando Ángel Moreno (2019), habría una causa más profunda, que radicaría en un problema de tipo histórico y filosófico.
Las dos primeras trilogías gozaban de consistencia ideológica: sus héroes luchaban por horizontes políticos discernibles y deseables. Los Lukes, Leias y Han Solos que poblaron las películas estrenadas entre 1977 y 1983 combatían en nombre de una utopía republicana, ecologista y comunitarista. Le hacían frente a un imperio que representaba el totalitarismo tecnológico —extrapolable a cualquiera de las superpotencias del momento— . Los imaginarios altermundistas propios de la era de la descolonización y la Guerra Fría le sirvieron a George Lucas para urdir un discurso heroico, que cobraba direccionalidad en el proyecto emancipatorio de destruir al Imperio Galáctico y fundar una república que liberase a los pueblos del universo (Kempshall, 2022, pp. 101-122; Moreno, 2019, pp. 187-203).
La trilogía estrenada a principios del presente siglo (1999-2005) era más compleja que su predecesora. Sin embargo, a fin de cuentas, se erigió como una defensa explícita de la democracia liberal frente a las dinámicas de polarización y concentración del poder a que dan lugar los absolutismos políticos y morales de toda índole —representados en la cerrazón teocrática de la Orden Jedi y las ambiciones autocráticas de sus enemigos, los Sith— (Casey & Kenny, 2023, pp. 221-246). El telos de una sociedad democrática volvía a alumbrar un ecosistema narrativo en el cual podíamos empatizar con los anhelos y fracasos de sus personajes. George Lucas lo había vuelto a hacer. De nuevo, Star Wars participaba de los dilemas de su contexto histórico, en este caso reivindicando los valores del liberalismo cívico frente a las derivas de securitización y autoritarismo presidencial que se adivinaban en medio de la llamada guerra contra el terror (Moreno, 2019, pp. 162-179; Kempshall, 2022, pp. 67-100).
Ahora bien, la última trilogía, producida por Disney, carece de utopías o de horizontes emancipatorios que les otorguen consistencia a las empresas de sus héroes. Su trama se inaugura cuando la Nueva República democrática, fundada gracias a los esfuerzos de los protagonistas de las entregas anteriores, ha fracasado irremediablemente, presa de sus propias contradicciones internas. Mientras tanto, la Primera Orden, un formidable complejo militar y burocrático que se dice heredero del desaparecido Imperio Galáctico, se aplica a reconquistar los planetas que este dominase en su día. Los espectadores no logran intuir qué desean los héroes de estas películas, ¿defender a una república inoperante? ¿independizar a unos cuantos sistemas planetarios? ¿crear su propio imperio? Lo cierto es que ninguna de las entregas que se sucedieron entre 2015 y 2019 aclaró esto. La falta de telos, de utopía, condicionó la construcción de los personajes y la linealidad de la trama, dificultando la digestión del gran público (Moreno, 2019, pp. 413-419). ¿Se trata esta carencia de un simple error de concepción artística?

No lo pareciera. De acuerdo con los analistas antes mencionados, este vacío es sintomático de una actualidad en la cual las promesas de las grandes familias ideológicas del siglo XX, principalmente el liberalismo y el socialismo, han caído en un descrédito creciente. Los identitarismos que exhiben los sujetos que campan por la película se antojan un tímido sustituto. Sin “fines de la historia” que vehiculen las aventuras y desventuras de sus héroes y las expectativas utópicas de sus espectadores, parece que la épica de Star Wars pierde su poder de apelación (Fukuyama, 2019; Traverso, 2019)[1]. Pero hay un elemento más importante aún para los efectos de este artículo. La única certidumbre política que nos ofrecen las películas de Disney es que sus personajes se enfrentan a un imperio zombi: la Primera Orden representa un totalitarismo irredentista, cuyo fin último es retrotraerse a un pasado imperial, resucitando el Imperio Galáctico. Este universo carente de utopías universalistas y sumido en un bucle circular de imperios que colapsan y regresan es lo único que Star Wars pudo ofrecer en la segunda década del siglo XXI. La trilogía, como sus predecesoras, es sintomática de su contexto histórico. En este caso, la crisis del orden liberal internacional y las campañas restaurativas de varios imperios hacen de telón de fondo.
En 2022, Jeffrey Mankoff exploró este escenario en su libro Empires of Eurasia: How Imperial Legacies Shape International Security (2022). Su obra sostiene que las potencias que con mayor asertividad desafían la hegemonía estadounidense —Rusia, China, Turquía e Irán— son todas Estados posimperiales inmersos en procesos de reimperialización. Cada una intenta reafirmar el control sobre regiones que una vez estuvieron bajo su dominio imperial. Este hecho subraya la fragilidad de la narrativa dominante según la cual el imperialismo desapareció de la política mundial tras las oleadas de descolonización del siglo XX. Durante la Guerra Fría, la idea de que los Estados soberanos habían deslegitimado por fin las formas imperiales de poder se arraigó profundamente tanto en el pensamiento académico como en el discurso público (Go 2024, 1-18).
Hoy, sin embargo, el ascenso de potencias que desafían la soberanía territorial y la autodeterminación nacional ha renovado el interés en las dinámicas imperiales como elemento central de la competencia global. Tanisha Fazal (2025) ha demostrado que la práctica antes tabú de la conquista territorial está regresando al repertorio estratégico de los Estados modernos. La invasión de Ucrania y las amenazas que se ciernen sobre Taiwán, Guyana e incluso Groenlandia ilustran esta tendencia. Asimismo, Monica Duffy Toft (2025) ha argumentado que las grandes potencias están reviviendo la práctica imperial del gobierno indirecto, invirtiendo pingues esfuerzos en la creación esferas de influencia que convierten a los países vecinos en Estados cliente. Este fenómeno alude tanto a las intervenciones de Rusia en el espacio postsoviético como a las acciones de China en el mar de China Meridional, así como a la diplomacia de las cañoneras y la retórica expansionista que cultivan los Estados Unidos de la era Trump.
Este resurgimiento de los imperios es congruente con los diagnósticos de ciertas obras de historiográficas que nos revelan sus genealogías. La reimperialización de la arena geopolítica parece atender a patrones persistentes. Recuerda la tensión estructural identificada por James Muldoon (1999) en su obra seminal Empire and Order, que describió el desarrollo del sistema internacional como el resultado de una dialéctica no resuelta entre el modelo del Estado territorial soberano y el del imperio, como sistema de poder transespacial e intercomunal.
Dos libros recientes ofrecen interpretaciones relevantes sobre el papel de los imperios en la configuración del orden mundial: Rethinking the End of Empire: Nationalism, State Formation, and Great Power Politics, de Lynn M. Tesser (2024), y Empires: A Historical and Political Sociology, de Krishan Kumar (2020). Ambas obras enriquecen la tesis de Mankoff y critican la noción de que la modernidad marcó el fin del imperio y el ascenso del Estado nación. La siguiente sección explora sus argumentaciones en detalle, conectando sus aportes con la lógica que impregna la competencia contemporánea entre grandes potencias. Por último, recurriré a Post-Imperial Possibilities: Eurasia, Eurafrica, Afroasia, de Jane Burbank y Frederick Cooper (2023), para considerar cómo los órdenes internacionales podrían evolucionar más allá del binomio soberanía/imperio. Comprender el retorno de los imperios no es un ejercicio de nostalgia histórica: es clave para entender las fuerzas que están remodelando el orden mundial en la actualidad.
El imperio después del imperio: la lógica persistente del dominio imperial
Aunque los imperios colapsan, la lógica política que los sostiene suele persistir. Jeffrey Mankoff, en Empires of Eurasia, sostiene que Rusia, China, Irán y Turquía no son simplemente potencias revisionistas, sino Estados postimperiales que buscan imponer esferas de influencia sobre territorios y sociedades que, de acuerdo a los relatos políticos de sus gobiernos, una vez estuvieron bajo su dominio. Rusia ilustra este fenómeno de la forma más coercitiva, combinando fuerza militar, tácticas híbridas, reivindicaciones irredentistas y presión energética. Moscú ha instrumentalizado el petróleo y el gas para expandir su influencia en las antiguas repúblicas soviéticas, mientras que la anexión de Crimea, las guerras en Ucrania y Georgia y las intervenciones en Kazajistán reflejan la visión putinista del “extranjero cercano” como una esfera histórica de control ruso.
China adopta un enfoque más económico. A través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta fomenta la dependencia por deudas, asegura recursos y construye un orden transregional que tiene a Pekín por epicentro. Irán proyecta su influencia mediante el patrocinio ideológico del islamismo radical y las milicias y redes chiitas, mientras Turquía combina la diplomacia cultural neo-otomana con intervenciones militares y económicas selectivas en los Balcanes, el Cáucaso, el norte de África y Oriente Medio. Pese a sus métodos distintos—coerción, presión económica, religión o poder blando—las cuatro potencias desafían las normas liberales de soberanía absoluta de los Estados, generando formas de control extraterritorial que reconfiguran las jerarquías del mando en las regiones en las cuales operan. El análisis de Mankoff muestra cómo la sociología histórica explica mejor que la geopolítica clásica las estrategias revisionistas: las élites en Moscú, Pekín, Teherán y Ankara conciben sus Estados como poseedores de una autoridad residual sobre comunidades que formalmente abandonaron sus viejos imperios. Las narrativas civilizatorias, las diásporas, las etnicidades superpuestas y las superposiciones culturales legitiman nuevas formas de suzeranía posimperial —una soberanía parcial ejercida mediante injerencia e intervención.
Esto plantea una cuestión más profunda: ¿están regresando los imperios o nunca se marcharon del todo? Para responderla, es necesario explorar el terreno de las definiciones. Krishan Kumar, en Empires: A Historical and Political Sociology, define imperio como un sistema político en el cual una autoridad central gobierna territorios y poblaciones diversas a través de la coerción, la negociación, la administración jerárquica y las justificaciones universalistas. Peter Fibiger Bang (2021, 1-101) amplía esta visión: los imperios son repertorios de poder, sistemas asimétricos que vinculan a grupos diversos en formaciones políticas compuestas y estratificadas. Son, por consiguiente, entidades distintas tanto de los Estados nación —unitarios—, como de las federaciones —que en principio no establecen jerarquías entre sus partes—.
Durante mucho tiempo, los teóricos de las relaciones internacionales y los estudios del nacionalismo —de George Sabine a Ernest Gellner y Benedict Anderson— asumieron que, a lo largo de los cuatro últimos siglos, los imperios cedieron paso a los Estados nación modernos. Los órdenes legales plurales y las soberanías estratificadas de los imperios fueron desapareciendo frente a la irrupción de Estados centralizados y homogéneos. Esta teleología narra un triunfo lineal del Estado nación, asociándolo a una serie de episodios fundamentales: Westfalia (1648), las independencias americanas (1776-1824), el colapso de los imperios ruso, alemán, austrohúngaro y otomano tras la Primera Guerra Mundial (1917-1923), las descolonizaciones de África y Asia (1947-1997) y la disolución soviética en 1991 (Cooper 2022, 491-526).
Sin embargo, Kumar y Lynn M. Tesser cuestionan esta narrativa. La gobernanza imperial, argumentan, no desapareció, sino que se adaptó. La observación más provocativa de Kumar es que el Estado nación no suplantó al imperio, sino que lo transformó. El colonialismo interno, las jerarquías legales y los pluralismos persistieron dentro de Estados que reclamaban homogeneidad. El Reino Unido, por ejemplo, funcionó como un “imperio en miniatura”, en el cual la conquista y la jerarquía estructuraban las relaciones entre sus naciones constituyentes. Italia y Alemania surgieron igualmente mediante procesos de agregación imperial que culminaron en su unificación nacional. Los primeros Estados poscoloniales en América también pueden entenderse como “fragmentos de imperio”: varios de ellos perpetraron anexiones, colonizaron territorios indígenas y establecieron regímenes de ciudadanía excluyentes. Kumar llama la atención respecto de otro fenómeno: los propios imperios sentaron las bases del nacionalismo. La centralización administrativa y la estandarización lingüística que iniciaron en algunos espacios, como la India, fomentaron inadvertidamente la conciencia nacional.
Para Kumar, el imperio y la nación no son opuestos, sino formas superpuestas de imaginación política. Siguiendo a Frederick Cooper, el autor señala que los movimientos nacionalistas a menudo buscaban la autonomía o la paridad de sus integrantes dentro del sistema de poder imperial más que la independencia. Solo dos guerras mundiales, el agotamiento europeo y el ascenso de Estados Unidos y la Unión Soviética universalizaron el nacionalismo como un movimiento que abogaba por el desmantelamiento definitivo de los imperios. Y, aun así, ambas superpotencias surgieron de procesos imperiales de expansión territorial y emplearon el imperialismo informal durante la Guerra Fría. La expansión del Estado nación y del orden internacional no puede disociarse de las dinámicas imperiales de poder.
Lynn M. Tesser desarrolla esta interpretación en Rethinking the End of Empire. La autora estudia comparadamente el colapso de los imperios español, otomano, austrohúngaro, ruso, alemán, británico y francés, demostrando que el surgimiento de estados nacionales en estos contextos no resultó solo del triunfo del nacionalismo, sino de oleadas de repliegue imperial e interferencia de grandes potencias. Los primeros secesionistas de América, los Balcanes, Oriente Medio o África a menudo buscaban restaurar los privilegios perdidos como consecuencia de políticas de centralización imperial o garantizarse cuotas de autonomía que no necesariamente conducían a la independencia política. En la América española y en Grecia, el lenguaje nacionalista cristalizó solo después del fracaso de los proyectos autonomistas, de cruentas guerras civiles e intervenciones extranjeras.
El caso de los Balcanes ilustra especialmente bien este fenómeno. En la región existían movimientos identitarios muy diversos —religiosos, lingüísticos, regionales— que no eran necesariamente nacionalistas en origen. Sin embargo, las potencias occidentales tendieron a interpretarlos y presentarlos como “movimientos nacionales”. Al hacerlo, impulsaron la creación de nuevos Estados, pero al mismo tiempo contribuyeron a desestabilizar a unas sociedades que hasta entonces habían sido relativamente plurales en su composición étnica y en sus sistemas jurídicos.
En este contexto, el nacionalismo dejó de ser solo una forma de sentimiento colectivo y se convirtió en una herramienta política: un recurso que las élites podían utilizar para reorganizar jerarquías de poder o arrancar concesiones a las grandes potencias. Algunos grupos invocaron la idea de “nación” para reclamar igualdad de derechos dentro de los imperios existentes; otros, en cambio, defendieron proyectos de federación que mantenían muchas de las estructuras imperiales, aunque con nuevas fórmulas de autonomía. Tesser, en sintonía con Kumar, subraya así que el legado imperial no desapareció sin más: fue resignificado y reconfigurado en clave nacional, pero siguió estando muy presente en las fisonomías que adoptó el poder político.
Ambos autores subrayan la persistencia de mecanismos imperiales informales: culturales, económicos, institucionales e incluso militares. La Commonwealth, la Francofonía y la Comunidad Iberoamericana son continuidades estructurales, no meros símbolos. La invasión rusa de Ucrania demuestra cómo pueden afirmarse violentamente los vínculos posimperiales, mientras que en otros lugares la nostalgia y los legados institucionales sostienen la influencia. Las teorías del “neocolonialismo” y del “imperio informal” captan estas realidades. Kumar advierte además que imponer el modelo de Estado nación en sociedades plurales —especialmente en África, Asia y Oriente Medio— ha producido con frecuencia inestabilidad crónica, alimentando nuevos imperialismos.
En conjunto, Kumar y Tesser desmontan el mito de una ruptura nítida entre imperio y Estado nación. Estas formas de gobierno se solapan, ambas capaces de coerción y acomodación. El imperio termina formalmente, pero sus lógicas perduran. Reconocer estas continuidades es vital para comprender tanto la historia como los patrones imperiales que siguen configurando el orden internacional actual.
Los imperios, como sistemas de organización política, nunca desaparecieron por completo; más bien se reciclaron y reconfiguraron. La Paz de Westfalia consolidó la idea de la soberanía territorial absoluta, pero no eliminó las rivalidades entre las grandes potencias europeas. Estados como Prusia, Austria, Francia, España, Rusia o el Reino Unido continuaron disputándose espacios fronterizos y gobernando poblaciones multiétnicas mediante sistemas jurídicos plurales y aparatos políticos descentralizados y estratificados.
La independencia de Estados Unidos, Haití, Brasil y las repúblicas hispanoamericanas reforzó el ideal de un orden internacional basado en la igualdad soberana; sin embargo, en la práctica, los imperios siguieron siendo regímenes plenamente legítimos de poder. Tanto en Europa como en América, los Estados continuaron expandiéndose territorialmente e incorporando poblaciones a las que les asignaron estatutos de subordinación legal. El colapso de los imperios alemán, austrohúngaro, ruso y otomano tras la Primera Guerra Mundial fortaleció a los imperios británico y francés y facilitó la expansión imperial japonesa. Ni la Sociedad de Naciones ni el principio de autodeterminación lograron frenar la reconstrucción del imperio soviético o la reimperialización nazi.
No fue sino hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando la dominación imperial perdió su legitimidad normativa. El orden internacional de posguerra consagró la soberanía nacional y el proceso de descolonización. Sin embargo, las superpotencias de la Guerra Fría reemplazaron la anexión formal con la creación de grandes imperios informales, que requirieron de la aplicación de todo un abanico de técnicas de dominación indirecta. Las intervenciones encubiertas, bases militares, gobiernos cooptados y redes de élites dependientes garantizaron la subordinación de países enteros a Washington y Moscú sin necesidad de conquista directa.
Por consiguiente, desde esta perspectiva histórica de larga duración, el resurgimiento de dinámicas imperiales en el presente no es una anomalía, sino la expresión de un patrón estructural. Las ambiciones posimperiales de Rusia, China, Irán y Turquía —así como las propuestas de la era Trump de comprar o anexar territorios como Groenlandia, Panamá o incluso Canadá— responden a una lógica geopolítica de raigambre histórica: en un mundo multipolar, las rivalidades entre grandes potencias reviven los incentivos para controlar regiones estratégicas y reservas de poder. Como señala Julian Go (2024, 1-18), los renacimientos imperiales no son meros delirios anacrónicos, sino un patrón constitutivo de la política internacional. Esto invita a preguntarse si estamos condenados a un mundo donde la conquista, la violación de fronteras y las jerarquías desiguales entre pueblos se repitan sin cesar.
Por fortuna, la historia imperial no solo inspira vaticinios tenebrosos, sino también motivos para un optimismo prudente. En Post-Imperial Possibilities: Eurasia, Eurafrica, Afroasia, Jane Burbank y Frederick Cooper sugieren que el colapso de los imperios europeos en el siglo XX no tuvo como consecuencia necesaria el surgimiento de Estados nacionales débiles sometidos a lógicas neocoloniales. También generó proyectos alternativos que intentaron imaginar formas políticas más amplias y cooperativas, capaces de superar tanto la subordinación imperial como el exclusivismo y el carácter divisorio de los Estados nacionales. Burbank y Cooper admiten que las desintegraciones imperiales del pasado siglo no produjeron un sistema internacional igualitario: las nuevas naciones heredaron desigualdades profundas, y las instituciones liberales apenas lograron corregirlas. La vulnerabilidad de Ucrania o la dependencia estructural de tantos Estados africanos y asiáticos lo muestran claramente. Sin embargo, estos resultados no eran inevitables. En las primeras décadas tras el fin de los imperios surgieron intentos de construir marcos regionales supranacionales que escaparan al binomio imperio/Estado nación.
Los autores analizan tres proyectos paradigmáticos. El eurasianismo, concebido inicialmente por emigrados rusos tras 1917, proponía la reorganización político-diplomática de un bloque civilizatorio basado en tradiciones ortodoxas y eslavas. Aunque más tarde sería instrumentalizado por el Kremlin, su origen incluye aspiraciones de articulación regional más complejas. Euráfrica, nacida en los años veinte como un plan colonial, fue reinterpretada tras 1945 como una unión euroafricana para el desarrollo compartido. Afroasia, impulsada en los años cincuenta, buscaba unir a los países recién descolonizados en un bloque geopolítico que trascendiera la lógica bipolar de la Guerra Fría.
Lo relevante es que estos proyectos aspiraban a reorganizar el poder a escala continental sin reproducir la dominación imperial clásica. No pretendían crear nuevos imperios, pero tampoco defendían la emergencia de un mosaico de Estados aislados y débiles que, en última instancia, serían vulnerables frente a la intervención de las grandes potencias. En su lugar, imaginaban comunidades amplias, pluralistas y basadas en el beneficio mutuo. Euráfrica y Afroasia, sobre todo, ofrecían alternativas reales a las lógicas neoimperiales: buscaban generar espacios políticos lo suficientemente vastos y fuertes como para resistir las imposiciones de los grandes actores internacionales y corregir las inequidades consustanciales a las relaciones desiguales de intercambio que se habían normalizado en el mercado mundial. Su fracaso, nos cuentan los autores, no se debió necesariamente a su inviabilidad, sino al peso de los imaginarios nacionalistas, la falta de voluntad de las élites políticas locales a la hora de cederle poder a instancias supranacionales y las dependencias estructuradas por la Guerra Fría. Para Burbank y Cooper, el hecho de que estas posibilidades acabaran por ser marginadas no demuestra tanto su imposibilidad como la estrechez de la imaginación política que impusieron el modelo del Estado nación soberano y las lógicas neoimperiales de poder internacional.
Timothy Garton Ash, en su artículo “Postimperial Empire” (2023), destaca que la invasión rusa de Ucrania obliga a la Unión Europea a confrontar su propio entorno posimperial. Durante décadas, la UE se presentó como un proyecto posnacional y pacífico, pero la guerra la empuja a asumir nuevos rasgos de signo imperial: ampliación hacia el este, mayor poder de disuasión y una creciente responsabilidad geopolítica. Esta evolución recuerda a los proyectos suprarregionales analizados por Burbank y Cooper, aunque en un contexto distinto. Al igual que Euráfrica y Afroasia intentaron transformar legados imperiales mediante nuevas formas de cooperación, la UE se ve ahora forzada a integrar, proteger y estabilizar un vecindario marcado por las herencias no resueltas del desmantelamiento de la Unión Soviética.
La paradoja es que la UE encarna tanto la promesa como la tensión de una entidad posimperial: rechaza la conquista, pero se ve obligada a proyectar poder; promueve la igualdad, pero administra relaciones profundamente asimétricas con sus países candidatos o vecinos. Por ello, la guerra en Europa reabre el debate sobre cómo debe organizarse el poder político en un mundo que escape de los excesos del imperialismo y el nacionalismo. No se trata de reconstruir imperios, pero tampoco basta con invocar la soberanía nacional clásica. El reto consiste en inventar nuevas formas de autoridad regional que gestionen la jerarquía y fomenten la cooperación sin reproducir la dominación.
Desde esta perspectiva, la agenda europea adquiere un significado global. Si la UE logra consolidarse como una actriz posimperial —capaz de equilibrar seguridad y pluralismo, solidaridad y autonomía— podría convertirse en un modelo para regiones del mundo atrapadas entre la inercia imperial y la fragmentación nacionalista. La forma en que Europa responda a la continuación de la guerra en Ucrania será una prueba crucial. El desafío no es solo la supervivencia de la UE como tal, sino la posibilidad de institucionalizar una gramática distinta del poder —más allá tanto del imperio como del Estado nación— y proyectarla como alternativa viable en un escenario internacional que sigue estando profundamente marcado por los legados no resueltos y los conflictos congelados que dejaron tras de sí los imperios.
Conclusión
La relectura conjunta de Mankoff, Kumar y Tesser muestra que el mundo contemporáneo no se entiende sin reconocer las persistencias imperiales. Los colapsos de los imperios nunca produjeron rupturas limpias: dejaron tras de sí jerarquías, prácticas informales de dominación, marcos institucionales asimétricos y repertorios estratégicos que hoy reaparecen bajo nuevas formas. La guerra de Ucrania, las tensiones en Asia Oriental y la proliferación de esferas de influencia confirman que la lógica imperial sigue disputándole el terreno a la soberanía nacional. En este escenario, la Unión Europea se encuentra ante un dilema definitorio: renunciar a cualquier papel geopolítico —y ser arrastrada por los nuevos imperios— o asumir una agenda posimperial capaz de equilibrar seguridad, pluralismo y responsabilidad regional sin reproducir lógicas de dominación.
El comentario de Star Wars resulta, de nuevo, iluminador. Las dos primeras trilogías ofrecían universos donde el conflicto político se orientaba hacia un horizonte emancipador: derribar al Imperio, defender la república, o preservar la democracia liberal frente a la deriva autoritaria. Ese telos hacía posible la épica. La trilogía más reciente, en cambio, muestra un mundo sin utopías, atrapado en la inercia de imperios que vuelven una y otra vez, y poblado por héroes que luchan sin saber qué construir. Esa misma desorientación se refleja en la política internacional actual, donde el agotamiento de las grandes ideologías y el retorno de la fuerza como principio ordenador parecen cerrar las posibilidades de imaginar un futuro común.
Con todo, la historia —al igual que la ficción— no está escrita de antemano. Así como Burbank y Cooper recuerdan que existieron alternativas posimperiales viables, también hoy pueden concebirse formas políticas que superen el binomio nación/imperio sin caer en la fragmentación ni en la coerción. En ese sentido, cabe desear que cuando llegue la próxima trilogía de Star Wars el mundo haya recuperado un horizonte político más claro: no una restauración imperial ni una simple defensa del statu quo, sino un proyecto capaz de articular cooperación, justicia y pluralidad. Ojalá que, dentro y fuera de la ficción, podamos volver a contar historias —y construir instituciones— que ofrezcan algo más que la repetición circular del pasado: tal vez un camino hacia una galaxia donde valga la pena vivir.
Ash, T. G. (2023, abril 18). Postimperial Empire. How the War in Ukraine Is Transforming Europe. Foreign Affairs, 102(3). https://www.foreignaffairs.com/ukraine/europe-war-russia-postimperial-empire
Burbank, J., & Cooper, F. (2023). Post-Imperial Possibilities: Eurasia, Eurafrica, Afroasia. Princeton University Press.
Cooper, F. (2022). Decolonizations, Colonizations, and More Decolonizations: The End of Empire in Time and Space. Journal of World History, 33(3), 491-526.
Fazal, T. M. (2025, marzo 21). Conquest Is Back. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/russia/conquest-back
Fibiger Bang, P. (2021). Empire-A world History. Anatomy and Concept, Theory and Synthesis. En P. Fibiger Bang, C. A. Bayly, & W. Scheidel (Eds.), The Oxford world history of empire. Volume one: The imperial experience. Oxford University Press.
Go, J. (2024). Reverberations of Empire: How the Colonial Past Shapes the Present. Social Science History, 48(1), 1-18. https://doi.org/10.1017/ssh.2023.37
Hopkins, A. G. (2018). American Empire: A Global History. Princeton University Press.
Kempshall, C. (2022). The History and Politics of Star Wars: Death Stars and Democracy. Taylor & Francis.
Kumar, K. (2020). Empires: A Historical and Political Sociology. John Wiley & Sons.
Mankoff, J. (2022). Empires of Eurasia: How Imperial Legacies Shape International Security. Yale University Press.
Moreno, F. Á. (2017). La ideología de Star Wars. Guillermo Escolar Editor.
Muldoon, J. (1999). Empire and order: The concept of empire, 800-1800. Macmillan.
Tesser, L. M. (2024). Rethinking the End of Empire: Nationalism, State Formation, and Great Power Politics. Stanford University Press.
Toft, M. D. (2025, marzo 13). The Return of Spheres of Influence. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/united-states/return-spheres-influence
[1] Dos buenas obras que dan cuenta de la crisis de las utopías ideológicas y su relación con la emergencia de demandas de tipo identitario.
* Rodrigo Escribano Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Centro de Estudios Americanos de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile. Este artículo de divulgación se inscribe en el marco de los proyectos Ramón y Cajal – RYC2023-044990-I financiado Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España y Fondecyt Regular N° 1240232 financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID)
Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: fuerzas armadas de la Primera Orden, complejo militar y burocrático heredero del Imperio Galáctico (Star Wars VII: el despertar de la Fuerza) (foto: starwars.fandom.com)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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Muy discutible el concepto de imperialismo que se maneja en el artículo y su derivada del “posimperialismo”. Se confunde la cuestión de los espacios de influencia y de defensa con el imperialismo y la política imperialista. Hay que forzar muchísimo el concepto de imperialismo para calificar a China o Irán de Estados posimperiales. Equiparar la política imperialista, blanda o dura, de EEUU con la política comercial y de inversión de China, absolutamente respetuosa con los estados como no es el caso de EEUU o de Francia, pretender que el objetivo de esa política es someter a los pueblos a través de la deuda, me parece de una ligereza intelectual absoluta. Su afirmación de que Irán “proyecta su influencia mediante el patrocinio ideológico del islamismo radical y las milicias y redes chiitas”, desconoce el complejo mundo del islam y el referente que siempre ha tenido el islam iraní en el mundo chií a lo que, a lo sumo, Irán ha añadido el apoyo a la resistencia palestina frente al verdadero imperialismo. Quien ha patrocinado el islamismo radical no es Irán, sino EEUU desde los tiempos de Al Quaeda y los turbios manejos del ISIS. Por la vía de pretender que toda política exterior de potencia es imperialista se desdibujó la percepción del imperialismo.
Profesor Martín Ramos:
Es un honor recibir un comentario suyo y le agradezco sinceramente el tiempo y la atención que ha dedicado a la lectura del artículo. Precisamente uno de los objetivos al publicar en Conversaciones sobre Historia es abrir espacios de diálogo intelectual exigente, incluso —y quizá sobre todo— cuando ese diálogo es intenso y crítico. En ese sentido, su intervención me parece muy valiosa, aunque, si me lo permite, creo que algunas de sus afirmaciones requieren matización y precisión conceptual. Mi intención con esta réplica no es invalidar lo que usted plantea —que en varios puntos considero atendible—, sino contribuir a un intercambio razonado que, espero, ayude a aclarar los supuestos analíticos del texto. Dado que el formato del medio no permite extenderse, le dejo aquí un enlace a una respuesta más detenida y ordenada, que también quedará disponible para los lectores: diálogo.https://mega.nz/file/GtQGgJaY#EUL0ysvxEKwFjdRrivkXjv1XWCOmlHRJWgylHDyc7x0. Le agradezco de nuevo el comentario y quedo atento a continuar el diálogo.