Antonio García Santesmases
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)  

 

Pablo Batalla es un gran periodista que forma parte, con todo merecimiento, de esa generación que ha caracterizado recientemente Santiago Alba Rico al hablar de «Viejos y jóvenes en la izquierda española». Una generación en la que sobresalen nombres como Daniel Bernabé, Clara Serra, Miquel Missé, Ana Iris Simón y este Pablo Batalla, autor de cinco libros de los cuales el último se titula Yo podría haber sido Fidel Castro. Una obra sorprendente, distinta, singular. En un momento donde muchos lectores se refugian en la burbuja que los acoge y solo leen a aquellos que les confirman en sus principios, que ratifican sus convicciones y que refuerzan sus prejuicios, es de agradecer que alguien tenga la curiosidad de ponerse en el lugar de otro y de hacerse cargo de la complejidad de distintas coyunturas históricas, en este caso nacionales. Esto es lo que logra Pablo Batalla en su libro: logra sumergirnos en un mundo de matices, de claroscuros, de paradojas, donde dos políticos en las antípodas ideológicas protagonizan un encuentro inesperado, sorprendente, imprevisto, a principios de los noventa del siglo pasado.

El contexto del encuentro

Son años en los que algo acaba de morir y algo todavía no ha llegado a nacer. Los años 1991 y 1992 —en los que se produce, primero, un viaje de Manuel Fraga a Cuba y, luego, el de Fidel Castro a Galicia— viven, tras la caída del Muro de Berlín, la desaparición del Pacto de Varsovia. Asistimos al final del mundo de la guerra fría y a la gestación de otro mundo cuyo nacimiento se producirá el 11 de septiembre de 2001, con el ataque a las Torres Gemelas. Todavía no ha llegado la «guerra contra el terrorismo», pero, mientras  teoriza el «fin de la historia», Samuel Huntington ya comienza a hablar del «choque de civilizaciones». Ya se ha producido la invasión de Kuwait y la primera guerra del Golfo. Y entretanto, muchos se preguntan por el futuro de Cuba. Las perspectivas económicas y sociales de la población de la isla son de todo menos halagüeñas. La Unión Soviética está dejando de existir durante la visita de Fraga a Cuba; y, cuando se produzca la de Fidel, ya habrá desaparecido, sucedida por un rosario de repúblicas y, sobre todo, por la Rusia de Borís Yeltsin.

El primer viaje se produce en efecto cuando todavía está Gorbachov al mando de la Unión Soviética, pero acaba de producirse el golpe de agosto del noventa y uno. Pocas semanas después, se producirá un debate en España sobre si debe subsistir el partido comunista o si hay que disolverlo en Izquierda Unida. En aquellos días de septiembre, con un Fidel en horas bajas, con una Cuba a la que se le augura un futuro parecido al de Rumanía, y por tanto con un Castro del que algunos imaginan que acabará como Ceaușescu, Manuel Fraga se presenta en Cuba. Viaja para recordar su infancia, para establecer relaciones de hermandad, para recobrar sus raíces. Acude con una gran comitiva de empresarios y de intelectuales, de gaiteiros y cocineros dispuestos a cebar de pulpo y de empanada a los gallegos residentes en Cuba, que asisten, entre perplejos y emocionados, a la visita del presidente de Galicia.

Manuel Fraga al pie del cañón en el Castillo del Morro de La Habana durante su viaje a Cuba en 1991 (foto: Efe)

Realmente estamos ante un «episodio nacional», al modo como los analizaba Galdós. La editorial Lengua de Trapo y el Círculo de Bellas Artes ofrecieron a Pablo Batalla escribir sobre algún acontecimiento posterior a la Transición (en ello consiste la colección titulada así, Episodios Nacionales) y él no dudó en elegir este suceso del que comienza por recordar que Fraga llegó a decir, para sorpresa de propios y extraños, que él, hijo de un emigrante gallego a Cuba que allá conoció a una vascofrancesa apellidada Iribarne, que en la isla pasó dos años de su infancia, «podría haber sido Fidel Castro» si se hubiese quedado allí. Hay que tener mucho ingenio, mucha perspicacia, mucha imaginación, para adentrarse en aquel mundo e imaginar qué pudieron vivir los dos personajes y cuáles eran las claves generacionales capaces de unirlos, más allá de sus trayectorias.

Hay que tener también una gran distancia generacional para ver con desapasionamiento lo ocurrido. Pablo Batalla solo tenía cinco años cuando se produjeron aquellos viajes. Para los miembros de mi generación, y todavía más para los miembros de la generación del 56, no hubiera sido posible tanta empatía con alguien como Fraga. Es cierto que llevaba años fuera del foco mediático. Cuando cae el Muro de Berlín y se produce la revolución de terciopelo en Praga, por los días en los que acababa trágicamente Ceaușescu, Fraga se hacía con la victoria por mayoría absoluta en Galicia. Desde aquel final del ochenta y nueve hasta 2005 gobernaría en Galicia. Un liderazgo prolongado, como lo tuvo Paco Vázquez en el Ayuntamiento de A Coruña; Miguel Anxo Fernández Lores, del BNG, en Pontevedra —ciudad de la que es alcalde desde 1999— o Abel Caballero en Vigo.

Las sucesivas mayorías absolutas de un Fraga concentrado en Galicia permitieron a la nueva generación del PP liderada por José María Aznar desarrollar su estrategia, sin tutelas ni injerencias. Son los años en los que se acaba el monopolio televisivo; en los que Izquierda Unida se hace con un nuevo liderazgo, el de Julio Anguita; también los años en los que aparece el diario El Mundo y en los que Alfonso Guerra dimite como vicepresidente del Gobierno de Felipe González. En aquel año noventa y dos en el que Barcelona organiza con éxito los Juegos Olímpicos y Sevilla estrena el AVE con motivo de la Expo, la extraña relación entre Fraga y Fidel aparece como una excentricidad. El Partido Popular de Madrid no lo entendía; el exilio de Miami se oponía; en un contexto internacional en el que las derechas vivían el 89 como reverso del 68 no era ninguna prioridad visitar La Habana, oponerse al bloqueo estadounidense y buscar una salida negociada a la situación de la isla.

El presidente de Cuba, Fidel Castro (c) y el presidente de la Xunta Manuel Fraga (d), durante la partida de dominó que jugaron en el municipio de Láncara (Lugo, Galicia) de donde proviene la familia del lider cubano. EFE/Lavandeira jr.
Los personajes

Fraga arriesga, y es mérito del libro adentrarnos en las razones que pudieron inducirle a explorar primero y recorrer después ese camino. Para ello era imprescindible profundizar en la evolución del personaje. Para alguien de mi generación, Fraga está asociado a lo que refleja admirablemente la serie Las abogadas, que narra el periplo de aquellas luchadoras antifranquistas, entre las cuales estaba la novia de aquel estudiante que murió a manos de la policía: Enrique Ruano. Es el Fraga que comienza su andadura ministerial con la ejecución de Julián Grimau; el Fraga implacable con los resistentes al franquismo, fueran estudiantes o catedráticos represaliados, como José Luis Aranguren, Enrique Tierno Galván o Agustín García Calvo.

Ese es el Fraga que queda en nuestra memoria y, para muchos, el único. Otros enfatizan su papel en la Transición y en la elaboración de la Constitución, sus aciertos y desaciertos como líder de la oposición y aquel techo electoral que parecía irrebasable. Él siempre alegaba que los había que ni siquiera tenían suelo, como la Democracia Cristiana o la Operación Roca, o no tenían voluntad para preservarlo, como era el caso del Centro Democrático y Social de Adolfo Suárez.

De todo esto se ha hablado y escrito en distintas obras. No ha sido así, o al menos lo escrito sobre ello no ha tenido la misma relevancia, más allá de Galicia, en lo que respecta al liderazgo de un Fraga que se hace cargo del legado del galleguismo cultural que habían liderado Ramón Piñeiro y el Grupo Galaxia, y que emprende iniciativas para poner a Galicia en el mapa. En una época en la que el País Vasco estaba vinculado a los problemas del terrorismo de ETA y en la que, paradójicamente, se hablaba de Cataluña como de un oasis, encontramos a un Fraga que se lanza a proponer iniciativas culturales y turísticas que van a cambiar la faz de Galicia. El turismo gallego se revitaliza con el Xacobeo y con las visitas a las comunidades gallegas de América, especialmente de Buenos Aires.

Por qué Cuba. Batalla nos propone un análisis complejo que permite explicar, si no la amistad, sí la complicidad entre ambos líderes. Y se pregunta si, además de las consideraciones económicas, no jugó un papel decisivo la pertenencia a la misma generación, haber sido educados por la misma orden religiosa o compartir una identidad masculina tradicional. Dicho con menos eufemismos: ¿en qué medida la educación en los jesuitas, la homofobía compartida, una interpretación del lugar de España en la historia que bebía de las mismas fuentes, la pasión por la naturaleza o el cultivo de las raíces no pudo influir en el acercamiento entre los dos?

Fidel Castro con Manuel Fraga en Láncara (Lugo) en una imagen del documental realizado  por Bambú Producciones

Batalla resalta las diferencias entre Fidel Castro y los líderes del socialismo del siglo XXI. En lo que respecta a la hispanidad, la perspectiva de Castro no fue nunca la de aquellos que afirman que no hay nada que celebrar en la Conquista: por el contrario, siempre sostuvo que a aquellos conquistadores había que situarlos en su época, y al hacerlo admirarlos. ¿Había una interpretación común en los dos líderes de los efectos del Desastre del 98? Uno de los hitos de la obra de Batalla, gran conocedor de los derroteros del nacionalismo español, es rescatar del olvido aquel antiamericanismo tradicionalista que existió en España; un tradicionalismo que nunca perdonó la perdida de la última colonia a manos de Estados Unidos. Un antiamericanismo —habría que decir antinorteamericanismo— que va desapareciendo cuando, frente a toda la retórica de la hispanidad franquista, el régimen sobrevive gracias al apoyo estadounidense, previa concesión de la presencia de bases militares en nuestro territorio.

El hombre que no pudo llegar a presidente del Gobierno de España se refugió en su Galicia natal, a caballo entre la Baviera que quería ser y la Sicilia que tal vez fue; entre su admiración a Franz Josef Strauss, líder de la CSU bávara, y la penetración del narcotráfico que se llevó a toda una generación de jóvenes gallegos, como se cuenta en el libro y la serie FariñaEs un Fraga que quiere ejercer el poder y hacer uso y acrecentar la soberanía de que dispone; la que es posible ejercer desde una comunidad autónoma.

¿Qué decir de Fidel Castro? En un momento de la obra, Batalla caracteriza de forma muy elocuente y expresiva lo que significa Cuba para una parte de la izquierda española, asemejándolo a lo que hoy significa Israel para una parte de la derecha y la ultraderecha española. Así como para los segundos Israel es el valladar frente al peligro islamista y requiere todo el apoyo del Occidente liberal, que no debe dejarse llevar por ningún tipo de buenismo suicida, Cuba es para los primeros el último bastión del socialismo frente al Imperio capitalista; la última reserva espiritual de una izquierda que se recrea en el pasado revolucionario. Naturalmente, ni todos los liberales consideran que hay que dar un cheque en blanco a Israel ni todos los izquierdistas avalan el régimen cubano: somos muchos los que consideramos que no es posible el socialismo sin democracia, ni hay posibilidad de hablar de democracia sin respetar el pluralismo y las elecciones libres; elecciones que nunca estuvieron ni están en la perspectiva de los dirigentes cubanos. Sobre esto se ha escrito mucho y pienso que, al menos desde el apoyo de Fidel a la invasión de los tanques soviéticos de Praga en 1968, el atractivo de la revolución disminuyó en muchos sectores de la izquierda socialista y eurocomunista. Máxime si tenemos en cuenta la posición realmente valiente que sostuvo en aquellos años el PCE, que le costaría tantos disgustos e incluso una escisión.

Carl Schmitt y Manuel Fraga en el Instituto de Estudios Políticos, 1962 (foto: Carl Schmitt Gesellschaft)
La soberanía y Carl Schmitt

Hay un punto de interés que no me resisto a comentar para terminar y para seguir dialogando con Pablo Batalla. El concepto de soberanía remite a una consideración del poder y del papel del derecho y del Estado. Pablo recuerda el debate entre Hans Kelsen y Carl Schmitt, recuerda que Kelsen renunció al doctorado honoris causa de la Universidad de Salamanca en 1954 y que Schmitt —que había sido el Kronjurist del Tercer Reich— recibió de Fraga, cuando este era director del Instituto de Estudios Políticos, la máxima condecoración del organismo. Manuel Rivas lo ha relatado con enorme intensidad en su obra Los libros arden mal. Este Schmitt sería recuperado años después por una parte de la izquierda como el gran debelador de las entelequias del mundo demoliberal, como el gran desmitificador del mundo jurídico abstracto; como el autor que muestra el auténtico lugar del derecho, del Estado, de la fuerza, de la violencia, de la soberanía.

Fraga, gran admirador de Schmitt, siempre tuvo claro que soberanía–soberanía solo la pueden tener las grandes potencias, los imperios. La tuvo España cuando mandaba en el mundo. De ahí los elogios a Fidel como símbolo y resto de aquellos españoles tenaces que un día fueron capaces de liderar el mundo; de ahí la melancolía de que él mismo podía haber sido Fidel Castro. En el mundo de la decadencia de las naciones, de las que dejaron de ser imperios hace muchos años, no cabe esa soberanía imperial, pero sí es posible revindicar un lugar donde la propia personalidad tenga alguna presencia. Es un planteamiento, como bien ve Batalla, muy distinto al que prima en la actualidad. En nuestro momento han hecho fortuna los que tratan de hacer frente a la Leyenda Negra justificando aquella violencia como un acto civilizatorio, o en todo caso inferior al carácter depredador de otros imperios. El Fraga maduro no pensaba así. Asumiendo el realismo político conservador, creía que solo cabía seguir los pasos de Cánovas del Castillo y de Antonio Maura y que había que poner poner en segundo plano a Donoso Cortés y a Ramiro de Maeztu. Este es el Fraga que, tras pasar por Londres como embajador, reivindicará el bipartidismo y el regionalismo, el conservadurismo y el liberalismo, el humanismo cristiano y el parlamentarismo.

Un mundo muy alejado de Fidel. Un mundo en el que Fraga combatiría dialécticamente con Xosé Manuel Beiras. Batalla recuerda la cantidad desbordante de autores y clásicos de la política que aparecían en los debates entre estos dos grandes parlamentarios. Por ello me permito sugerir, antes de terminar, a Pablo Batalla a que investigue otro episodio nacional que trasciende esta historia, pero está conectado con ella. Fraga muere en 2012 tras haber vivido sus últimos años como senador. Fidel vive hasta 2016. Atrás quedan los encuentros de los años noventa, antes de que Juan Pablo II visitara Cuba y aparecieran Hugo Chávez y el socialismo del siglo XXI. Batalla relata muy bien los entierros, las despedidas de los dos políticos: ni Fidel acabó como Ceaușescu, ni Cuba desapareció tras la caída del comunismo. Fraga sobrevivió hasta contemplar la nueva victoria del PP en noviembre del 2011, pero en aquel año del 2012 se produjo un hecho en Galicia; un episodio que está pidiendo que alguien lo analice con la perspicacia, la empatía y el ingenio que ha desplegado Pablo Batalla en este libro. Me refiero a lo ocurrido en las elecciones gallegas de octubre del 2012, cuando todo el mundo daba por amortizado a Xosé Manuel Beiras, pero el viejo líder nacionalista volvió a irrumpir con fuerza en la política gallega. Lo hizo con un asesor electoral llamado Pablo Iglesias Turrión y con una aliada llamada Yolanda Díaz. Fue después del 15-M y antes de las mareas de las «alcaldías del cambio» de mayo de 2015.

Sería magnífico que Lengua de Trapo encontrara a alguien que recordara aquel momento, aquellos hechos, aquel episodio con la maestría que ha demostrado Pablo Batalla en esta obra. Allí empezó una época en la que la generación de Pablo Batalla sería la protagonista y el relato sobre lo ocurrido está esperando un analista del ingenio y de la empatía del autor de Yo podía haber sido Fidel Castro.

 

Cubanismo (capítulo 9 de la parte III de Yo podría haber sido Fidel Castro)

Cuba, como el pasado según la célebre cita de Hartley, era un país extranjero en tiempo de homogeneización de los países todos: allá se hacían las cosas de otra manera. Y en Europa se idealizaba lo de otra manera que se hacían. La forma de cantar sus alabanzas siempre ha tenido algo de novela del realismo mágico. Cuba como sagrario de lo aguerrido y lo mágico, espacio de prodigios asombrosos pero reales, inteligibles, no ciencia-ficcionales: la mejor sanidad del mundo, vacunas contra el cáncer que el bloqueo yanqui impide que se comercialicen, los ciudadanos más cultos, un país donde se pasa necesidad por culpa del embargo, pero en el que mendigos y prostitutas disertan sobre Platón o el Diamat. Todo encoge al cocer aunque contenga una parte de verdad, pero no es verdad lo que buscamos en Cuba, como no la buscamos en una novela de Gabriel García Márquez. Buscamos verosimilitud o ni siquiera eso, sino un extrañamiento cautivador, coherencia narrativa e inspiración. El triunfo fidelista fue simultáneo al boom de la literatura latinoamericana o mejor dicho lo precedió, y no fue así por casualidad. Se prestó atención desde Europa a aquella novelística, y eso fue el boom, porque antes se le había prestado a los barbudos. Los ojos vueltos hacia la otra orilla del Atlántico al escuchar los tiros de Sierra Maestra se fijaron luego en otras cosas que pasaban entre el río Bravo y el de la Plata. Los pobladores de América Latina, habitantes de un mundo «pensado en otra parte» al decir de Nicolás Casullo, se habían revelado capaces de ser inspiradores, y no solo inspirados. La Revolución acabó siendo vista como un evento, no cubano, sino americano, capaz —escribe Miguel Gutiérrez— de «la ruptura del aislamiento y la superación de la balcanización política y cultural en que habían vivido nuestros países desde la emancipación».

Nació el cubanismo: un orientalismo de lo cubano, versión revolucionaria de esa mirada eurocéntrica que cuando echa la vista a sus márgenes o vecinos ve lo que quiere, y lo que quiere es ver su negativo, que no deja de ser una manera de verse a uno mismo. Se puede ser eurocéntrico para ensalzar Europa o denostarla. El cubanismo —diserta Iván de la Nuez— ama a Cuba, pero no tiene interés en los cubanos, su diversidad, su complejidad diacrónica y sincrónica; no los piensa histórica, sino míticamente. Esta literatura tiene «poco que aportar sobre la vida cotidiana que sucede en Cuba», pues se centra «en la crítica que supone el modelo cubano. Son muy pocos los que describen a conciencia quiénes son esos seres crecidos al sol de esa utopía caribeña. Y hay una razón muy sencilla para explicar esta carencia: la mayoría de los rapsodas desconocen esa vida. Les basta con conocer el capitalismo». Se ama una leyenda, versión contemporánea de los edenes precolombinos que los conquistadores buscaban, movidos por informaciones sobrias que el teléfono escacharrao del siglo xvi transformaba en fábulas deslumbrantes: Cíbola, Eldorado, Quivira, la Fuente de la Eterna Juventud, la Ciudad de los Césares. Se escuchaba que había algo de oro en alguna parte y eso se convertía, al echar a rodar, en la existencia de ciudades con casas, todas ellas, hechas de oro macizo. No dejó América desde entonces de ser espacio para la utopía, y no solo las de izquierdas. En el siglo XIX, los integristas españoles tenían su Cuba en el Ecuador de Gabriel García Moreno, conductor de un régimen teocrático entre 1861 a 1875, que fascinaba a aquellos como un lugar donde «vive la Iglesia como en sus mejores tiempos». Hoy, vemos a los libertarianos suspirando por convertir España en la Argentina de Milei.

De la Nuez caracteriza con mordacidad al «crítico occidental» que se dedica a ir «llevando y trayendo, comprando allá para vender acá, reintegrándose en los centros desde un viaje circular que comienza y acaba allí mismo». Cautivarse por lo exótico, cantar sus alabanzas, ornamentarse de arabesco y chinoiserie, pero sin pretender, en definitiva, hacerse árabe o chino, sino solo entrar y salir; regresar quince días, cuatro semanas después, salpimentado de un imaginario, de una cháchara, como quienes regresan de la India repartiendo barrilas sobre encontrarse a uno mismo entre gente que no necesita tener muchas cosas para ser feliz. Todo esto ha sucedido con muchos y muy distintos protagonistas de la historia de la cultura occidental y hasta de su incultura: he ahí los fascistas de principios del siglo XX embrujados por el Bushido. Pero no se salva la izquierda; ella también celebra corrientemente la «feria de las apropiaciones» de quien «no quiere renunciar al carnaval pero teme a sus sujetos; quiere a los tambores pero se cuida de los negros; asume las máscaras pero duda de los cuerpos». Vistos desde allá, los multiculturalistas parecen muchas veces «multioportunistas, traficantes de las tradiciones o legitimadores de cualquier caudillismo del Tercer Mundo».

Fidel Castro visita la casa natal de su padre, Ángel Castro, en Làncara (Lugo), el 28 de julio 1992 (foto: Liborio Noval, https://www.granma.cu/multimedia/imagenes/291390)

Egotistas y ensimismados, como tienden a serlo los intelectuales, los peregrinos del reino de Utopo se buscan a sí mismos y a sí mismos se hallan al encontrarlo a Él. El cineasta Oliver Stone ve en Fidel Castro «un boxeador que no cae»; el filósofo Sartre, un orador profesoral de discursos «didácticos, que «explica desde el principio hasta el fin por qué se ha decidido una reforma» y lo hace «con extraña elocuencia»; el novelista García Márquez, «un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos, y [que] aun en las circunstancias más difíciles, tiene un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío»; el poeta Rafael Alberti, un «héroe homérico»; Eduardo Galeano, el gran bardo de los nadies, «la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de [un] caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla»; la escritora y activista Alice Walker, «una secuoya, viejo árbol gigante, que mientras otros han sido segados, él sigue en pie». Y todos asignan al pueblo cubano la mera misión de un coro o una claque, que acompañe distante y unisónicamente, como hilo musical o como aplauso, en el teatro del devenir, el camino del héroe; su arco narrativo de La historia me absolverá Absuelto por la historia, título del libro de Luis Báez en que leemos estos y otros encomios. Fidel es un personaje de ficción, y el libro de Báez, la faja de elogios de su novela autoficcional. Como Christo, aquel artista cuyas obras consistían en envolver edificios o extensas áreas públicas (e incluso pequeñas islas) de tela de colores, Fidel no escribió su Quijote encerrado en un estudio y en páginas de papel, sino que redactó sus líneas en un lienzo de cien mil kilómetros cuadrados, en sus playas y sierras, sus ciudades y sus bohíos. No lo hizo de carrerilla, sino con los tormentos del creador, arrugando folios, tirándolos a un cubo de basura cada vez más rebosante de bolas de papel, pero el libro lo terminó, y como libro es excelso. La historia subyuga, no puede no subyugar, tiene de todo. Mas conviene no escuchar a sus actores, que pueden arruinar la magia describiéndonos las miserias del backstage: «Los que venimos de “allá” no traemos las buenas noticias que propaga el turismo revolucionario después de dos semanas de inmersión en aguas lejanas», dice De la Nuez.

Pero no nos parecen aguas lejanas, las de Playa Girón. Cuba habla español, es exótica pero poco, un trozo, no de Oriente, sino al fin y al cabo de Occidente; de nuestro mismo hemisferio. Admirábamos al Vietcong, pero no nos imaginábamos reptando en el arrozal; venerábamos a la URSS, pero había algo intraducible en el alma rusa, ese críptico fuego en la mirada de los raskólniki, un iconostasio cautivador, pero del que hay que ser clérigo para poder penetrarlo. Cuba es nosotros: un Poniente con salsa y daiquiris, con centros gallegos, un Kremlin inteligible sin falta de kremlinólogos; lo es Latinoamérica, ese continente que Roger Bartra equiparaba al axolote, un anfibio lacustre. La cultura latinoamericana es «moderna, occidental y utópica… pero no del todo. Periférica, pero a la vez enclavada en Occidente. Occidental, pero asimismo gobernada por unos espectros premodernos de largo alcance». La Cuba de Fidel Castro es para la izquierda de España y Europa lo que hoy es Israel para su ultraderecha: la utopía-fortaleza encastrada en las narices del gran enemigo (Estados Unidos para unos, el islam para los otros); la demostración viviente y animante de la posibilidad de la revolución imposible (para los fascistas, la etnocracia conservadora militarizada que ha conseguido ser Israel). Doreet Levitt recomendaba, de hecho, un acercamiento entre los artistas de ambos países, entre los que detectaba numerosas analogías: la ideología de pioneros, la mentalidad de gueto, el sentimiento de nosotros frente al mundo, la utilización, por muchos de ellos, del cuerpo no como metáfora o símbolo, sino como un paralelo con sus respectivas naciones. Sionistas de Cuba han sido los comunistas y sobre todo los españoles, que en ella han visto una patria para los rojos del mundo entero: una minoría perseguida durante mucho tiempo y que, aunque ahora ya no lo esté, conserva en el cuerpo la memoria del horror. Y puede pensarse que Manuel Fraga admitió a Cuba como los izquierdistas más realistas admiten a Israel. Está ahí, es un hecho consumado, busquemos la solución de un Estado que reúna en Sion, reconciliadas, a la cubanidad habanera y la miamense.

«Los cubanos deben triunfar o lo perderemos todo, hasta la esperanza», escribió Sartre. Los cubanos, para los cubanistas, no viven, no deben vivir solo para sí, sino que tienen la crística misión de vivir para los demás, de salvarnos a todos. Cuba es responsable —escribe De la Nuez— «de realizar la Revolución que los intelectuales occidentales no habían hecho y, de paso, cumplir con las expectativas de sus teorías. Responsable de construir el comunismo en el jardín de Estados Unidos. Responsable de cambiar las relaciones humanas». En el caso concreto de los españoles, acá pudimos ver en la Revolución cubana y sus insurrectos con apellido asturiano, andaluz, vasco, catalán, unos vengadores. Franco vio en Fidel al redentor de Cervera; la izquierda española, al de la Segunda República: un español que sí derrocó a su Franco. Y la izquierda gallega, el atractivo extra de un lucense de origen, condición que ya encandilaba al exilio republicano galaico en Iberoamérica de los años cincuenta, antes incluso del triunfo de la Revolución. El pintor Luis Seoane, exiliado en Buenos Aires, radiaba por ejemplo el 4 de agosto de 1958, en el programa Galiza emigrante, la gesta de «un fillo de galegos, Fidel Castro, ao que lle acompañan no seu estado maior guerrilleiros galegos», en una

«illa que chamaron en frase bastante cursi «a pérola das Antillas», que foi explorada polo navegante galego Ocampo, onde Evelino de Compostela alcanzou a fama de santidade e [… o]nde viviron e sofreron tantos desterrados galegos, como o gran poeta Curros Enríquez, e naceron tantas belas obras que fecundaron o pensamento galaico, como as primeiras edicións de Cantares gallegos de Rosalía, ou a Historia de Galicia de Murguía».

Monumento dedicado al Che Guevara en la avenida que lleva su nombre en Oleiros (A Coruña)(foto: marcos Míguez/La Voz de Galicia)

Por las mismas fechas, otro exiliado, Xosé Neira Vilas —que estará presente en la reunión de Fidel con la corporación de Oleiros en el Araguaney—, componía un poema laudatorio al entonces líder rebelde que hacía énfasis en las resonancias históricas de su muy gallego apellido, palpitante de hazañas de tocayos ilustres de otras eras:

Teu apelido nobre e trascendente
está a sinar un símbolo augural;
Castro fora doña Constanza de Arias,
e Castro a dina Inés de Portugal.

Castro os Lemos, don Pedro e don Fernando,
e Castro Rosalía, a Rula impar
que cramara xustiza aos catro ventos
cando veu a seu povo agrilloar.

Los barbudos resucitaban incluso a los proto-irmandiños alzados contra el emperador Augusto:

Cando entran as lexiós de Octavio Augusto
na nosa Terra, en fero vendaval,
os guerreiros galegos non se rinden:
vanse ó monte Medulio a pelexar.

E alí sitiados, xa sen esperanza,
unha agoirenta noite de luar
matáronse entre sí, sereamente,
denantes de con vida se entregar.

Valentes como aqueles son teus homes
prestos a parescer se falla fai,
porque prefiren a vivir escravos
trocar a vida en sagra liberdá.

*Antonio García-Santesmases (Madrid, 1954) es catedrático de filosofía política en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y militante del Partido Socialista Obrero Español, por el que fue diputado nacional en la legislatura 1996-2000 y de cuya corriente crítica Izquierda Socialista fue portavoz entre 1987 y 2000. Ha publicado libros como Marxismo y Estado (1986), Repensar la izquierda (1993) o Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo(2007). EL CUADERNO publicó en 2017 una larga entrevista sobre su trayectoria y su pensamiento.

**Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La SogaNortes, LaULa Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023) y Yo podría haber sido Fidel Castro(2024).

Fuente: El Cuaderno digital 22 de enero de 2025

Portada: detalle de la ilustración de cubierta del libro de Pablo Batalla (Ed. Lengua de Trapo)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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