Palabras y conceptos son como seres vivos. Nacen en un determinado contexto, crecen, evolucionan y se transforman según las circunstancias y, finalmente, pueden llegar a desaparecer y caer en el olvido. Sin embargo, esta trayectoria ‘natural’ a veces resulta forzada por intereses particulares (políticos, económicos, ideológicos…), hasta pervertir su significado original. De aquí la importancia de contar con buenos (y jóvenes) historiadores capaces de impulsar investigaciones relevantes que devuelven la dignidad a la disciplina y el valor a las palabras y a los conceptos. Dos ejemplos recientes son los de Alba Nueda Lozano y Arnau Fernández Pasalodos.

 

Jaume Claret

 

Hace ahora casi cuatro años, Donald Trump protagonizaba un discurso de no aceptación de su derrota electoral que rompía las normas formales de la democracia estadounidense. Mientras esperamos que la historia le dé una nueva oportunidad este noviembre para reconocer la derrota electoral, vale la pena recuperar un análisis publicado por la lingüista Ana Escartín en medio electrónico The Objetive —donde el amarillo corporativo se ha convertido en profecía de la deriva de esta cabecera. Esta profesora instalada en Francia nos advertía: «El diálogo es muy difícil con quienes distorsionan la lógica de las instituciones, cuestionan los principios de la ciencia e incumplen las reglas de la comunicación. Hablamos otro idioma.»

La deformación de las palabras no ha anunciado nunca nada bueno. Lo constataron autores capitales como Victor Klemperer en LTI. La lengua del Tercer Reich (Minúscula, traducción de Adan Kovacsics) o George Orwell en 1984 (Debolsillo, traducción de Miguel Temprano), entre otros muchos. Lo comprobamos cotidianamente con las torsiones que, por intereses espurios, sufren palabras como libertad, convivencia, exilio, bilingüismo o concordia. De ahí la necesidad de contar con un pensamiento crítico, con un conocimiento contextual y con una voluntad de alerta cívica. Y es en este cruce donde la historia —tanto la disciplina como sus profesionales— tendrían que estar presentes y tendrían que ser útiles. Como aquellos famosos versos —en uno de los poemas paradójicamente más manipulados—, su papel tendría que ser: «salvarnos las palabras, para devolvernos el nombre de cada cosa».

De la pobreza y el hambre

Por fortuna, hay nuevas generaciones de historiadores que —además de preparados, formados e internacionalizados— parecen decididos a tomar el relevo a partir de investigaciones de calidad, con una cuidada narrativa y con una evidente voluntad de combatir olvidos y sesgos. Revisar críticamente el legado recibido y plantear nuevas perspectivas es siempre un ejercicio —científica y cívicamente— positivo, especialmente ante la deriva de algunos nombres consolidados. El también historiador Julián Casanova (Zaragoza, 1956) lo diagnosticaba en un tuit reciente: «Veo la evolución de intelectuales con la edad (la que yo comienzo a tener) y la gente interpreta que la mayoría se hacen más conservadores, de derecha y ultraderecha. No es solo un asunto de ideología. Cuando el ego sube, el pensamiento crítico baja y el provincianismo avanza.»

La joven investigadora Alba Nueda Lozano (Villarrobledo, 1996) es uno de estos ejemplos de excelencia individual y, a la vez, de éxito fruto de trayectorias coherentes en centros modélicos como el Departamento de Historia de la Universidad de Castilla-La Mancha y de Granada. Este 2024 ha publicado en la granadina Comares y a partir de su tesis doctoral El hambre como arma. Escasez republicana en la guerra civil (1936-1939). Su trabajo nos recuerda cómo la guerra —y especialmente cuando es civil— siempre tiene un impacto cruel sobre la población.

Nueda Lozano hace una investigación absoluta. Su mirada incluye aproximaciones políticas, nutricionales, logísticas, culturales y de género. Respecto de este último elemento, a pesar de que las decisiones estuvieran en manos masculinas, la responsabilidad de llevar un plato a la mesa recaía sobre las mujeres. El empeoramiento progresivo de la situación alimentaria tendrá un triple efecto. Por un lado, cuando «la escasez se convierte en hambruna», se impone un racionamiento que solo funciona sobre el papel. Así, muchos productos desaparecen y aquellos que no lo hacen están tan adulterados que acaban resultando perjudiciales para la salud. Resulta cautivador leer fragmentos como este: «la leche condensada adquirió una connotación tan vinculada con la medicina que, hasta enero de 1938, se distribuyó en toda la provincia de Albacete en las farmacias y no en los establecimientos de alimentación».

De la otra, surge todo un mercado gris —el intercambio de productos fuera del control oficial— y negro. Todo ello aumenta las desigualdades y, como siempre, la desgracia de unos muchos se convierte en el beneficio de unos pocos. Finalmente, están los efectos del hambre: «La vinculación entre la alimentación y la victoria no es, ni mucho menos, una característica aislada del contexto español.»

Sin rebajar la dureza de determinadas situaciones de nuestro presente, la perspectiva histórica nos permite entender el drama humano vivido en el lado republicano durante la guerra y prolongado y agraviado en la posguerra. Pero mientras lo primero tiene unos orígenes comprensibles –la absurda política de no-intervención de las democracias, la priorización de las necesidades del frente, la conservación de grandes bolsas de población y la pérdida de las zonas productivas agrarias y ganaderas y, como siempre, el derroche, el enriquecimiento ilícito y el robo—, para lo segundo no bastan las excusas del régimen —la pertinaz sequía, la destrucción de la guerra o el aislamiento por parte de los Aliados— y se acumulan las motivaciones políticas y la ineficacia de raíces ideológicas. Solo hay que recordar cómo, en los años 40, «un 40% de la producción cerealista y más de un tercio de la oleícola» se vehiculaban a través del mercado negro.

Hasta el último aliento 

Otro representante de esta nueva hornada de historiadores es Arnau Fernández Pasalodos (Barcelona, 1995). Él también acaba de publicar una obra renovadora sobre nuestro pasado inmediato para ayudarnos a recuperar el significado real de expresiones como «falta de libertades», «dictadura» o «represión». No es casual que lo haya hecho en el catálogo de Galaxia Gutenberg, puesto que este sello barcelonés —reconocido en 2023 con el premio al mejor proyecto editorial otorgado por los libreros españoles— muestra unas consistentes líneas editoriales que lo han convertido en un referente ineludible para la comprensión de nuestro pasado, tanto nacional como internacional.

Sirvan de ejemplo los últimos libros de los ya veteranos Christopher Clark (Sydney, 1960) y Antonio Cazorla (Almería, 1963). El australiano, catedrático en Cambridge, hace un repaso trepidante del ciclo revolucionario europeo de 1848 en Primavera revolucionaria (traducción de Eva Rodríguez), mientras que el español, catedrático en Trent (Ontario), combate el mito sobre la colonización agraria durante la dictadura en Los pueblos de Franco.

Volviendo a Fernández Pasalodos, Hasta su total exterminio. La guerra antipartisana en España, 1936-1952 vuelve a ser fruto de una excelente tesis doctoral defendida en la Universitat Autònoma de Barcelona, donde el catedrático Javier Rodrigo (Zaragoza, 1977) está consolidando una compacta estirpe de investigadores. Esta investigación concreta destaca por dos aspectos principales: uno de forma y uno de fondo. Respecto del primero, hay que destacar la capacidad narrativa. Así, el texto se aleja de las servidumbres propias de los trabajos académicos por, sin perder exigencia disciplinaria, incluir rasgos de la no-ficción y de la literatura del yo —hay un vínculo familiar que actúa como acicate oculto—, e incorporar texturas y dimensiones formales que muestran tanto la calidad de su pluma como una preocupación por la divulgación de calidad.

En cuanto al fondo, el libro recupera la olvidada e implacable persecución de la guerrilla por parte del franquismo para integrarla dentro del relato historiográfico español e internacional y, a la vez, para abrir perspectivas y hablarnos de los efectos de la represión sobre la población civil, de la cotidianidad de los números de la Guardia Civil en primera línea de combate y de la distancia entre relato y realidad. Como nos recuerda él mismo, «conceptos como el de guerra antipartisana no vienen a sustituir a otros como el de guerra civil, sino que ambos se complementan, ya que fue en el marco de la guerra general que se dieron los condicionantes para que en España apareciese una intensa lucha antiguerrillera que se desplegó de forma ininterrumpida hasta 1952». Tanto Fernández Pasalodos como Nueda Lozano trabajan para salvarnos la buena historia

Reseña de Alba Nueda Lozano El hambre como arma Granada: Comares, 2024 272 pág. y
Arnau Fernández Pasalodos Hasta su total exterminio Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2024 448 pág.

Fuente: Política & Prosa 31 de octubre de 2024

Portada: ‘Esperant la sopa’, oli de 1899 obra d’Isidre Nonell. Museu de Montserrat

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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1 COMENTARIO

  1. Gracias por esta revista historiográfica. Sobre tensiones y conflictos armados, nos enseñan muy bien los geografos Yves Lacoste (La géographie ça
    sert à faire la guerre, 1977) Michel Fournier y el politologo Jean Pierre Filiu (Comment la Palestine fut perdue et pourquoi Israël n’a pas gagné. Histoire d’un conflit (XIX e – XXe siècle) Paris, Seuil, 2024, 426 p.) : una guerra se acaba cuando una de las potencias es vencida y pueden abrirse negociaciones. Esta afirmación de averiguara en Ukrania, durante o después de 2024-2028 (mandato de D. Trump). Pero no se sabe si funciona con Medio Oriente. Luis Bertrand Fauquenot, 12 de noviembre de 2024

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