Hace unos meses  Eric Alterman, profesor de la Universidad de Nueva York,  llamó la atención en “The New Yorker” sobre el fenómeno de la “desigualdad intelectual”. Se refería  al hecho de que algunas personas tienen los recursos para intentar entender nuestra sociedad, mientras que la mayoría no los tiene. A finales del año pasado, Benjamin M. Schmidt, un profesor de historia de la Universidad del Nordeste, en Boston, publicó un estudio que demuestra que, durante la última década, la historia ha sido el área académica que más rápido ha decaído, aun cuando el número de estudiantes universitarios ha crecido.
La magnitud del declive de alumnos de historia es más notable desde 2011 y 2012. Evidentemente, la crisis financiera de 2008 transmitió a estudiantes (y padres) el sentimiento de la necesidad de elegir una carrera de un ámbito que les dé mayor seguridad a la hora de desarrollar una profesión. Casi todas las carreras que han experimentado un crecimiento desde 2011, según señala Schmidt en un estudio anterior, pertenecen a disciplinas denominadas STEM (por sus siglas en inglés, de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) e incluyen enfermería, ingeniería, informática y biología (un estudio reciente de Times expone que el número de estudiantes de informática ha crecido más del doble entre 2013 y 2017). “M.I.T y Stanford están realizando grandes avances en el ámbito de las ciencias”, me comenta Alan Mikhail, el jefe del departamento de historia de Yale. Otras universidades han tendido a emularlas, sin duda porque es lo que anima a los grandes financiadores hoy en día, y con su dinero viene el prestigio que da a las universidades la reputación nacional. David Blight, profesor de historia en Yale y director de Gilder Lehrman Centre, institución centrada en el estudio de la esclavitud, me cuenta una versión similar en relación a la financiación. En una reunión reciente con los gestores de la universidad oyó decir que los patrocinadores buscan financiar programas de STEM, y añade Blight: “son los patrocinadores quienes toman las decisiones”. 
Lippman
A medida que el discurso político va cayendo en la influencia de fuentes que desdeñan la verdad o la credibilidad, nos acercamos a la situación de la que Walter Lippmann advertía hace un siglo en su valiosa obra Libertad y prensa. “Las personas que se alejan de los hechos importantes que suceden en su entorno son las víctimas inevitables de la propaganda y la crispación. El charlatán, patriota de salón, puede surgir solo cuando el público carece de acceso a la información”, escribió. Un país cuyos ciudadanos desconocen la historia está destinado a ser dirigido por charlatanes y patriotas de salón. Donald Trump demostró ser tal desde el momento en que despegó su carrera política, sobre las mentiras acerca del lugar de nacimiento de Barack Obama o convirtiendo la inmigración legal en la excusa de todos los males del país, a pesar de que cualquier análisis histórico lúcido demostraría que ha sido una de las mayores fuentes de la innovación, creatividad y productividad económica de EE. UU. http://www.sinpermiso.info/textos/el-declive-del-pensamiento-historico
EN DEFENSA DE LA HISTORIA agrupa colaboraciones de algunos de los mejores historiadores que han hecho de la defensa de su oficio algo más que un modus vivendi. Inaugura la serie E.H.Carr. La publicación tiene la ventaja de ofrecer a profesores y alumnos enlaces a la biografía, bibliografía y reseñas de su obra más conocida.
 

Helen Carr
Escritora, historiadora medieval y bisnieta de E. H. Carr

Entre enero y marzo de 1961, el historiador y diplomático Edward Hallett Carr dio una serie de conferencias, que luego se publicaron como una de las teorías históricas más famosas de nuestro tiempo: ¿Qué es la Historia? En sus conferencias, aconseja al lector que «estudie al historiador antes de empezar a estudiar los hechos», argumentando que cualquier relato del pasado está en gran parte escrito en la agenda y el contexto social de quien lo escribe. “Los hechos… son como el pescado en la losa de la pescadería. El historiador los recoge, los lleva a casa, los cocina y los sirve”.

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Los recuerdos de mi infancia de la historia y del aprendizaje de la historia estuvieron marcados por el legado familiar omnipresente de mi bisabuelo E. H. Carr, apodado «el Profe». Era el tipo de hombre que siempre tenía agujeros en las mangas, comía pudin de leche todas las noches y odiaba el alboroto. A pesar de esto, era muy venerado, tanto que mi abuela quitaba el polvo a las plantas de la casa antes de su llegada. Murió seis años antes de que yo naciera, pero su energía perduró dentro de nuestra familia y alentó mi insaciable interés por la historia. Al extender mi árbol genealógico en el suelo de la sala de mis abuelos y acercarme al nombre de Edward Hallett Carr, nació un interés que duró toda mi vida y un diálogo imaginario con mi bisabuelo.

El año pasado, ¿Qué es la Historia? fue publicado como Penguin Classic y desde su publicación original se han vendido más de un cuarto de millón de copias. Sigue siendo un texto clave en el estudio de la historia y sus preguntas provocativas perduran e influyen todavía en algunas de las principales cuestiones a las que se enfrenta nuestra sociedad cuando se trata del problema de los «hechos».

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C.B.A. («Betty») Behrens (imagen: Institute of Historical Research)

E. H. Carr, conocido por su familia y amigos como «Ted», llevó su vida diaria con una rutina estricta. Todos los días se levantaba temprano y después del té y las tostadas se encerraba durante todo el día en su estudio. Escribía siempre a mano con lápiz; solo su secretaria era capaz de transcribir sus garabatos. Sus interminables páginas manuscritas finalmente tuvieron como resultado una articulación torcida en su mano derecha, una marca física de su lápiz. Su trabajo tuvo mucho éxito, pero no así su vida personal. Tuvo dos matrimonios infructuosos, el segundo con la apreciada historiadora Betty Behrens y mi abuelo recordaba que hacia el final “el Profe» se encontraba a menudo en desacuerdo con su esposa. En definitiva, su obra fue su primer amor.

Carr no era un historiador según los estándares tradicionales. No estudió historia en la universidad, ni se doctoró, ni siguió una carrera académica convencional. Después de graduarse en Cambridge en 1916 con un título de lenguas clásicas, ingresó en el Ministerio de Relaciones Exteriores, lo que resultó ser sumamente influyente en la forma en que más tarde abordó el estudio de la historia. Durante su carrera política, solo en 1919 estuvo presente en la Conferencia de Paz de París, involucrado en la redacción del Tratado de Versalles y en la determinación de la nueva frontera entre Alemania y Polonia. Más tarde ocupó un puesto en la División de Relaciones Exteriores del Ministerio de Información, donde trabajó con el famoso espía ruso Guy Burgess. El recuerdo de este período de su vida perdura en las estanterías del estudio de mi padre. Una copia encuadernada en cuero de Don Quijote «a Ted», un regalo de despedida de sus colegas del Ministerio de Información; Guy Burgess fue uno de los firmantes.

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En 1936, asumió un puesto en la Universidad de Aberystwyth como profesor de política internacional. Aquí comenzó sus escritos sobre política exterior, entre ellos The Twenty Years Crisis (1939), publicado justo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, en el que se interrogaba sobre los problemas estructurales político-económicos que darían lugar al conflicto.

En 1941 se convirtió en editor asistente del Times, antes de entrar en el mundo académico, primero en el Balliol College de Oxford, en 1953, y dos años más tarde en el Trinity College de Cambridge. Continuó escribiendo hasta el día de su muerte, en 1982, a los 90 años, con su cuerpo muy cansado, pero una mente que seguía corriendo a un ritmo implacable.

Carr fue uno de nuestros pensadores más grandes e influyentes. Sin embargo, fue su interés en la Revolución rusa, que presenció a distancia como funcionario de Relaciones Exteriores, lo que inspiró su fascinación por la historia. La semilla del pensamiento que creció en ¿Qué es la historia? pudo haber sido plantada incluso antes, cuando todavía era estudiante en Cambridge. Recordaba a un influyente profesor que argumentaba que el relato de Herodoto sobre las Guerras Persas en el siglo V a. C. estaba determinado por su actitud hacia la Guerra del Peloponeso. Carr lo calificó de una «revelación fascinante», y «me proporcionó mi primera comprensión de lo que era la historia». Para Carr, Herodoto demostró que el historiador con frecuencia no se basa en hechos objetivos, sino en sus experiencias de los mismos. «Nuestra imagen de Grecia en el siglo V a. C. es defectuosa, no tanto porque muchos fragmentos se han perdido accidentalmente, sino porque es, en general, la imagen conformada por un pequeño grupo de personas en la ciudad de Atenas”.

Originalmente liberal, Carr comenzó a mirar el mundo con «ojos diferentes» y desde 1931, después de la Gran Depresión, comenzó a perder la fe en el concepto de capitalismo y en la estructura política en la que se forjó su carácter primitivo. En su creciente interés por la historia rusa y en la lectura de la literatura rusa que tenía a su disposición, encontró la inspiración para escribir los 14 volúmenes de la Historia de la Rusia soviética, cuya primera parte se publicó en 1950. Durante su elaboración se iba convenciendo cada vez por la ideología soviética y antes de su muerte en 1982, se le instó a formalizar sus creencias políticas, lo que hizo en una carta personal de tres páginas a mi abuelo, que sobrevive escondida en lo profundo de los archivos familiares; estipula que era un marxista.

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Historia de la Rusia soviética fue un audaz intento de recopilar cuidadosa y meticulosamente todos los datos disponibles y al hacerlo articuló un enfoque impresionantemente objetivo de la historia rusa. Sin embargo, fue en esta búsqueda de objetividad que Carr se topó con el mismo problema que surgió muchos años antes en Cambridge con Herodoto. Encontró el enfoque objetivo de la teoría histórica difícil de lograr. En el largo proceso de escribir Historia de la Rusia soviética, parece haberse desgarrado en su enfoque. Al principio fue optimista; «es posible mantener que la verdad objetiva existe», pero para 1950 concluyó: «la objetividad no existe».

Los historiadores del siglo XIX creían en la historia objetiva. Adoptaron una cronología de eventos y evidencias, un método hecho famoso por el erudito Leopold von Ranke en la década de 1830, que quería «simplemente mostrar cómo era realmente«. Carr rechazó este enfoque obsoleto describiéndolo como una «falacia absurda».

T. S. Eliot dijo una vez: «Si uno puede realmente penetrar en la vida de otra época, está penetrando en la propia vida«. Eliot también reconoció que el estudio de la historia es clave para entender el mundo contemporáneo. Sin embargo, mientras compilaba Historia de la Rusia soviética, Carr descubrió que lograr esa penetración en la época era una tarea imposible: si bien podemos formular una comprensión subjetiva del pasado, no podemos saber exactamente como era.

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Los hechos se pueden cambiar o manipular para beneficiar a quienes los transmiten, algo de lo que actualmente somos muy conscientes. Durante la vida de Carr, el régimen de Stalin destruyó documentos, alteró pruebas y distorsionó la historia. Con esto en mente, lo que Carr cuestiona en ¿Qué es la Historia?  es la continua tergiversación y mal uso de los hechos, deliberada o accidentalmente.  Alienta a cualquier estudiante de historia a discernir: “¿Qué es un hecho histórico? Es una pregunta crucial que debemos considerar con mayor atención”.

Carr comienza su interrogatorio analizando cómo el «hecho» es preparado y presentado por el historiador que lo estudia. Lo hace dividiendo los hechos en dos categorías: hechos del pasado y hechos del presente. Un hecho del pasado -por ejemplo, «la batalla de Hastings se libró en 1066”- es indiscutible pero básico. Un hecho del presente es algo que un historiador ha elegido como un hecho: “En general, el historiador tendrá el tipo de hechos que desea. La historia significa interpretación”.

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R. G. Collingwood (imagen: Books, Inq.)

Carr no fue el pionero de la teoría histórica subjetiva. R. G. Collingwood pensó que el pasado objetivo y la opinión del historiador sobre él se mantenían en una relación mutua; sugería que ninguna visión del pasado detentada por un historiador era incorrecta y también que la historia solo se manifiesta con la interpretación del historiador. Carr refutó este enfoque, argumentando que el trabajo del historiador es comprometerse con el hecho como un diálogo; «Es un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo interminable entre el presente y el pasado”.

¿Qué es la Historia? no solo aborda el tema de la interpretación de los hechos, sino también la forma en que el historiador está influenciado por ellos. Afirma que la historia es un «proceso social» y que ningún individuo está libre de restricciones sociales, por lo que no podemos imponer nuestra comprensión moderna del mundo a nuestros antepasados. «El progreso en los asuntos humanos», escribió, «ya sea en la ciencia o en la historia o en la sociedad, se debe principalmente a la audaz disposición de los seres humanos a no a limitarse a buscar mejoras parciales en la forma en que se hacen las cosas, sino a presentar desafíos fundamentales, en nombre de la razón, a la forma actual de hacer las cosas y a las suposiciones declaradas u ocultas sobre las que se apoya”.

En 1962, Isaiah Berlin, contemporáneo y opositor de Carr, revisó ¿Qué es la Historia? en el New Statesman y criticó las cuestiones centrales planteadas. Berlin no estaba en absoluto de acuerdo con la teoría de que la motivación personal no contaba para la acción y no estaba de acuerdo con Carr en el tema clave de la objetividad, que según Berlín puede obtenerse a través de los métodos utilizados por el historiador.

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Isaiah Berlin (imagen: Financial Times)

A pesar de las críticas, ¿Qué es la Historia? preconiza la necesidad de la subjetividad en el estudio de la historia, argumentando que todos somos moldeados por la sociedad y la época en que vivimos. En última instancia, comprender esto nos permite pensar críticamente sobre la evidencia presentada ante nosotros, antes de comenzar a montar el rompecabezas del pasado.

Poco antes de su muerte Carr había preparado material para una segunda edición de ¿Qué es la Historia? Solo llegó a escribir el prefacio, pero en él se muestra partidario de “una visión optimista, o por lo menos más sana y equilibrada del futuro”.

Mi abuelo, John Carr, describe cómo su padre «solía sentarse en el salón principal, con nosotros alrededor entretenidos con nuestras propias ocupaciones, mientras él escribía sus profundos pensamientos en papeles que se acumulaban alrededor de su silla«. Este recuerdo del caos del pensamiento profundo, los trozos de papel revoloteando a sus pies, es el que me gustaría mantener, y mentalmente, tal vez sentarme y mirar mientras imagina su próximo libro. En realidad, tengo la suerte de observar que el trabajo que creó ocupa su lugar en la gran escena de la historia, y comparto con mi abuelo la esperanza de que “estimulará un mayor estudio y comprensión del futuro camino hacia adelante del mundo”.

Fuente:
NewStatesMan
Traducción: Anna Maria Garriga Tarré (Sin Permiso)


DRH:

BIOGRAFÍA:
Jonathan Haslam. E.H. Carr. Los riesgos de la integridad
BIBLIOGRAFÍA
Libros de E.H. Carr
Sobre la polémica entre Isaiah Berlin y E.H. Carr existe un estudio de Alex Holachek, Ethical Historiography: The Berlin-Carr Debate and the Revolutionary Realism of Alexander Herzen, Middletown,  Wesleyan University, 2010

RESEÑAS

Anthony Grafton. What was History? THE ART OF HISTORY IN EARLY MODERN EUROPE

Reseña de Antonio Feros en Revista de Libros
Roberto Breña.  «E. H. Carr: Historia, disidencia e ideología».
Reseña de Qué es la Historia


Sobre este tema, véase en este blog el artículo de G. Pontón
¿Para qué sirve la historia?

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2 Comentarios

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