El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Pensar la historia no es una tarea sencilla, pues las piezas del pasado cuesta ajustarlas para que realmente permitan arrojar luz para dar claves del presente. Esto es lo que desde Conversación sobre la historia viene haciendo y liderando Ricardo Robledo, nacido un 10 de febrero de hace unos años. El presente texto sobre Antonio Gramsci es una buena narración de ese esfuerzo por hacer “la labor del historiador”, algo mucho más complejo que elaborar una satisfactoria crónica del pasado. Sirva esta nota de felicitación a Ricardo desde la Mesa de Redacción.
Angelo D’Orsi
La labor del historiador
El Risorgimento: una revolución sin revolución
El precario estado de salud obligó al recluso a interrumpir la redacción de las notas durante algunos meses, por lo menos, durante el verano de 1931. En agosto padeció su primera crisis grave, con vómitos de sangre, que a él y a Tatiana los alarmaron, pero no así a la dirección de la cárcel. Interpelado por escrito por Carlo Gramsci, el doctor Cisternino, médico interno, respondió que el preso se encontraba en «óptimas» condiciones. La carta en la que sostenía dicho diagnóstico fue tachada por Tania de «verdaderamente infame».[1]
Probablemente Gramsci retomó el trabajo en otoño, pero quizá empezaba ya a barruntar su breve y oscuro porvenir. Su amigo Piero, alias «el Abogado», procuraba animarlo a través de Tatiana, a la que, sin embargo, expresaba su enorme preocupación por el mal estado físico y anímico de Nino: «Me parece que lo que le está flaqueando es justamente la voluntad». El tema que Gramsci pretendía afrontar era el primero de su programa de marzo de 1927, una historia de los intelectuales. Frente a sus dudas y titubeos, «el Abogado» lo invitaba a renunciar al perfeccionismo, es decir, «al prurito científico», que bloqueaba el trabajo: «¿Es posible que diez años de periodismo […] no hayan servido para curarte?».[2] Lleno de dudas y reticencias, Antonio empezó una segunda fase de su trabajo intentando proceder a una primera ordenación de lo ya escrito con anterioridad, pero, al mismo tiempo que se daba cuenta de que debía reprogramarse, se notaba cada vez con menos energía para proseguir y, sobre todo, para dotar a los Cuadernos de sistematicidad o, por lo menos, avanzar hacia «grupos de materia», como los llamó él mismo. Aquel mismo mes se refería así a todo ello: «Se puede decir que he dejado de tener un auténtico programa de estudio y de trabajo y que era lógico que así sucediera», al mismo tiempo que reconocía sin empacho, sino más bien con un cierto orgullo, cómo «el gran rigor filológico» al que se había habituado durante sus años en la universidad le había hecho «ser quizá excesivamente meticuloso con el método».[3]
Había llegado el momento de reconstruir la trayectoria histórica de los intelectuales en Italia, de la que, de acuerdo con el característico modus operandi gramsciano, podían extraerse referencias históricas válidas para otras realidades, aunque también aspectos de interés para la teoría política. En términos más generales, reaparecía la necesidad de enfrentarse a la historia de Italia, en particular al movimiento risorgimental, por el que hacía tiempo que se interesaba, seleccionando o reseñando libros y tomando notas. La «cuestión política de los intelectuales […] se convierte en el núcleo analítico de los Cuadernos gracias a la ampliación del método analógico de investigación histórica, incluso más allá del marco histórico risorgimental».[4]
Se ha señalado que toda la producción escrita por Gramsci, incluida la correspondencia, es una larga y dolorosa meditación sobre el tema de la derrota en su vertiente política, nacional y supranacional, aunque también sobre su propia derrota como individuo. No obstante, en un discurso que ha sido descrito como en espiral, la reflexión se dilata constantemente en un ir y venir temporal y temático, desde lo particular a lo general y viceversa, desde la historia italiana al escenario europeo y, alguna vez, extracontinental, norteamericano, sobre todo, aunque no solo. De la misma forma, el Gramsci historiador tampoco se limita a su propia época. Los suyos son análisis de largo alcance, que buscan y encuentran en los anales de Clío materia de la Antigüedad y el Medievo y, sobre todo, de la Edad Moderna, con la vista puesta en el nacimiento de la burguesía, la formación de los Estados, el Humanismo y el Renacimiento, la Reforma y la Contrarreforma, hasta desembocar en la Ilustración, matriz de la Revolución de 1789, con todo un ingente corpus de temas y problemáticas, en cuya cúspide se sitúa la auténtica joya de la corona, «su» Maquiavelo. A medida que se acercaba al mundo contemporáneo, cuyo correlato era básicamente para él el periodo risorgimental, el bagaje iba creciendo y crecían los motivos para intensificar la reflexión política, en particular sobre temas ligados a Italia, en el marco de su inagotable búsqueda de elementos que le ayudaran a comprender lo sucedido. La enseñanza profunda de Gramsci parece radicar en reflexionar sobre la larga duración, en busca de las causas remotas, las «taras históricas» de su país, casi siempre desde la óptica de la historia comparada.[5]

Polemizando con la interpretación de los historiadores liberales y nacionalistas y también cuestionando las lecturas hagiográficas, siempre claramente favorables a la Casa de Saboya, Gramsci rechazaba el concepto de «edad del Risorgimento», en la medida en que el proceso de unificación de Italia tenía sus raíces en el contexto europeo. En este como en otros casos, a pesar de que el punto de partida fuera un hecho local/nacional, en el análisis gramsciano reaparecía constantemente la exigencia de remitirse a Europa. Pero, independientemente de que se tratara de Italia y/o de Europa, lo que determinaba los resultados eran las relaciones de fuerza que habían impulsado o de las que se había beneficiado el movimiento de unificación nacional. A Gramsci le interesaba sobre todo analizar sus consecuencias a medio y largo plazo, a lo largo de las décadas posteriores a la unificación del país, hasta la llegada del fascismo, intentando hallar una explicación plausible a la derrota del movimiento socialista, porque el meollo de la cuestión no era otro que comprender las dinámicas sociales y políticas presentes en 1848, 1861, 1870, 1914 y, tácitamente, en 1922, en definitiva, «el largo Risorgimento»,[6] desde Cavour hasta Mussolini.
De ahí derivaba la necesidad de centrarse en la clase dirigente, que a Gramsci le permitía poner sobre el tapete el tema de la hegemonía, en relación dialéctica, por un lado, con la coerción y el dominio y, por otro, con el consenso, porque para que una clase alcanzara el poder tenía que ser antes clase dirigente, y solo una vez en el poder podía convertirse en dominante, aunque sin dejar de ser dirigente. Esa y no otra es la síntesis del pensamiento gramsciano a principios de los años treinta. Es más, como señaló por primera vez Gastone Manacorda, un gran historiador marxista, la clase dirigente es el núcleo del análisis gramsciano, [7] o, por lo menos, del propiamente histórico. En este contexto aparecía otro concepto, el de «revolución pasiva», procedente, como en tantos otros casos a los que ya nos hemos referido, de la Storia del Regno di Napoli, del pensador y patriota napolitano Vincenzo Cuoco, y al que, también como otras veces, había llegado indirectamente, quizá a través de una recensión de B. Croce.[8] El Risorgimento italiano no había sido simplemente una revolución agraria fallida, como se llegó a decir banalizando el pensamiento del autor,[9] sino algo más complejo, una «revolución sin revolución», una revolución desde arriba, sin el pueblo, una «revolución pasiva». Gramsci llegó a dicha conclusión teórico-política en el transcurso de los años 1930-1933, en los que depuró y precisó su análisis, estudiando la política de los moderados en el movimiento risorgimental, los cuales no habían logrado todos los objetivos que estaban a su alcance, a pesar de ser la clase dirigente y dominante. El Partido de Acción, es decir, los demócratas, había mostrado unas limitaciones parecidas, no llegando a ser nunca una fuerza autónoma ni capaz de dotar al Risorgimento de un carácter popular y democrático. Sus líderes no habían sabido trasformar en «atractivo organizado», es decir, en consenso, el atractivo que ejercían sobre una parte del pueblo. Si se los comparaba con los jacobinos la diferencia a favor de estos últimos era evidente (el juicio sobre el jacobinismo, antes crítico, se había vuelto claramente positivo).[10] Por otra parte, a dicho Partido de Acción le reprochaba Gramsci una «actitud “paternalista”» en relación con las masas populares, a las no había sabido conectar con el Estado, mientras él mismo era «molecularmente absorbido por los moderados »,[11] lo cual nos permite entender que el foco del análisis gramsciano no era en este caso la historia económico-social, tal y como se sostuvo en el encendido debate posterior a la publicación del volumen Il Risorgimento en la edición temática de los Cuadernos (1949), sino que estaba estrictamente ligado a la teoría política. En relación con el presente, a Gramsci lo que le importaba era saber qué había pasado desde el punto de vista de la lucha por la hegemonía, quién y por qué había vencido y quién y por qué había sido derrotado.[12]
Dicho discurso no podía obviar la debilidad estructural de la burguesía italiana y el drama de fondo, a saber, el carácter elitista del Risorgimento, la falta de participación de las masas populares, especialmente las campesinas, sobre todo del sur del país. El concepto de revolución pasiva, entendida como «la falta de iniciativa popular en el desarrollo histórico», se convirtió en una de las grandes claves interpretativas de la historia de Italia. Si bien las masas populares se habían mostrado subversivas, lo habían hecho de forma esporádica, ocasional e inorgánica. La historia misma de los siglos XIX y XX podía leerse a la luz de dicho concepto, en la medida en que había habido movimientos de reforma y guerras de independencia, pero nada comparable a la Revolución jacobina francesa, punto de referencia absoluto desde una perspectiva política e histórica. De ahí, partiendo de la idea de que los jacobinos eran equiparables a los bolcheviques, surgía el parangón con la Revolución rusa. El concepto de revolución pasiva se había dilatado, probablemente en paralelo con el de hegemonía, hasta el punto de convertirse en el «paradigma historiográfico» de Gramsci, aunque a la hora de leer dicha evolución como un progresivo abandono de la óptica revolucionaria, en favor, básicamente, de la vía democrática, tal y como ha sido interpretado recientemente, debamos ser prudentes.[13] En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de que a Gramsci el concepto le sirvió para caracterizar numerosos procesos contemporáneos, como el fascismo, el corporativismo, el estalinismo, el New Deal, etc., ni tampoco de que resultó decisivo desde el punto de vista de la investigación histórica, convertido casi en el gran instrumento de análisis que iría lentamente proporcionando los materiales para la elaboración teórica, en la que, a su vez, jugó también un papel central el tema de la hegemonía.

En comparación con las revueltas que tuvieron lugar en Francia a caballo de los siglos XVIII y XIX, el Risorgimento italiano ponía de manifiesto la insuficiencia de las fuerzas nacionales: el motor de las nuevas ideas no había sido la clase dominante, la burguesía, sino el sector de los intelectuales, que, no obstante, habían creado una representación abstracta del Estado como un «absoluto racional». Y esa falta de anclaje del Estado de los intelectuales italianos con los grupos sociales y económicos había determinado su debilidad. Aun así, Gramsci consideraba que había que interpretar dialécticamente las corrientes principales del Risorgimento, complementarias entre sí, y emitía un juicio más positivo sobre el Cavour integrante de la revolución pasiva —la «guerra de posiciones»— que sobre el Mazzini de la iniciativa popular —la «guerra de movimiento» o «guerra guerreada»—: Cavour había sido consciente de su tarea, pero también del papel de Mazzini, quien, en cambio, no lo había sido en absoluto; es más, si lo hubiera sido, si hubiese renunciado a su hierático semblante de profeta iluminado, probablemente el Risorgimento se habría asentado sobre unas bases más modernas y avanzadas, europeas. En definitiva, Cavour había sabido llevar a cabo su obra, orientada a «diplomatizar la revolución», anotaba genialmente Gramsci, hermanando en ese sentido al conde turinés con Guicciardini.[14] La conclusión sitúa mejor la idea:
Más incluso que un diplomático, Cavour fue esencialmente un político «creador», solo que su manera de «crear» no era la de un revolucionario, sino la de un conservador; y el que triunfó, en última instancia, no fue el programa de Mazzini y de Garibaldi, sino el de Cavour.[15]
Dicho juicio fue compartido por un historiador moderado, en absoluto sospechoso de gramscismo, como Walter Maturi,[16] incapaz, en cambio, de suscribir el criterio más restrictivo de Gramsci sobre el liberalismo cavouriano y en general piamontés. Ciertamente, en la fase en la que Cavour dirigió el proceso, el Piamonte había jugado un papel históricamente positivo, comparable al del París que, con sus masas, encabezó la Revolución de 1789. Pero, añadía Gramsci: «Los liberales de Cavour no son jacobinos nacionales», sino que concibieron la unidad de Italia «como una ampliación del Estado piamontés y del patrimonio de la dinastía [de la Casa de Saboya], no como un movimiento nacional desde abajo, sino como una conquista regia»,[17] una fórmula derivada de Alfredo Oriani (La lotta política in Italia, 1892), destinada a convertirse en célebre. Por otro lado, sobre Camillo Benso, expresaba, como acabamos de recordar, juicios que, en cierta medida, resultan también más matizados: «se comportó egregiamente», pero «como hombre de partido». A pesar de ello, demostrando una gran honestidad intelectual, Gramsci admitía la posibilidad de que el conde hubiera representado «los más profundos y duraderos intereses nacionales, aunque solo en el sentido de que había ampliado el espacio que había que dar a la comunidad de exigencias de la burguesía y la masa popular».[18] Ciertamente —y es algo que Gramsci reconocía al mostrar las insuficiencias de los demócratas y los intelectuales que habían pretendido guiar un movimiento popular sin haber sido verdaderamente capaces de suscitarlo—, la unificación de los distintos Estados en un nuevo Estado, Italia, fue realizada precisamente por esos liberales y no por los otros, el Partido de Acción y los mazzinianos, los demócratas y los republicanos de distinto sesgo, los cuales, como confirmación de su derrota, fueron absorbidos en el bloque moderado después de la Unificación, según Gramsci mismo subrayó, no sin deplorarlo implícitamente. Se había puesto de manifiesto entonces una característica que él creía ver en algunas de las respuestas al fascismo, completamente incapaces de mantenerse en el difícil terreno de la política real, como, por ejemplo, la Secesión del Aventino. El Partido de Acción solo había sabido responder a la hegemonía de los moderados con «quejas o desahogos puerilmente sectarios y partidistas, que no podían convencer a los jóvenes cultos y dejaban indiferente al pueblo […]». De manera que la democracia burguesa, incapaz de contar con una base popular, había resultado insuficiente e incompleta y había quedado en manos de una oligarquía clientelista.[19]
Gramsci también interpretaba la historia del sur de Italia en la formación del Estado unitario en términos de un enfrentamiento irresuelto entre la ciudad y el campo. En cierto sentido, se había tratado incluso de un conflicto entre naciones:
En el Risorgimento, además, se manifiesta ya embrionariamente la relación histórica entre el Norte y el Sur como una relación similar a la de una gran ciudad con un gran campo, pero no como la normal relación orgánica de la provincia con la capital industrial, sino que, al producirse entre dos vastos territorios con una tradición civil y cultural muy distinta, se acentúan los aspectos y las características de un conflicto de nacionalidades.[20]
Desde ese punto de vista, el papel de los grandes intelectuales del sur, desde Giustino Fortunato hasta Benedetto Croce, habría sido indispensable si no hubieran carecido de iniciativa, valentía y coherencia. Pero junto a esos grandes intelectuales, había otras figuras menores, los «leguleyos», que, en función de intermediarios, sirvieron de nexo entre los empresarios y los campesinos y entre estos y los diversos organismos y aparatos del Estado, figuras equivalentes a los intelectuales «técnicos» del norte, los cuales, en cambio, pusieron en contacto a los trabajadores con los empresarios. En cualquier caso, el sur había quedado «reducido a una lonja semicolonial de contratación».[21]

El moderno Príncipe
La necesidad «de profundizar en la historia del Risorgimento surgía naturalmente de la urgencia por entender mejor los orígenes del fascismo»,[22] o ese era al menos uno de los objetivos fundamentales que el prisionero de Mussolini pretendía alcanzar con su labor intelectual. Por debajo de la superficie, los Cuadernos e inclusive las cartas pueden ser interpretados como un contrapunto al fascismo convertido en régimen: la infravaloración del fenómeno inmediatamente posterior a la Gran Guerra se había transformado en un interés máximo por el fascismo institucionalizado, en el que afloraban fenómenos políticos susceptibles de ser categorizados, como, por ejemplo, la revolución pasiva. Puede decirse que en los textos de Gramsci, siempre con las limitaciones autoimpuestas a una escritura consciente de que debía superar los filtros de la censura, el fascismo aparece tratado con una enorme regularidad. Con distintas variantes, el término y la cuestión, que «comparada con los grandes temas filosóficos del corpus elaborado en la cárcel, puede parecer marginal […], conecta todo el entramado hasta llegar a ser el tema central, además del más dramático».[23] La dramaticidad provenía obviamente de la situación en la que se encontraba su autor, dado que había sido precisamente el fascismo el que, con su victoria sobre el socialismo, lo había encarcelado, de manera que el objeto de su interés era al mismo tiempo su enemigo personal, y el esfuerzo que suponía su trabajo intelectual se veía agravado por el necesario para sobrevivir en las condiciones a las que dicho régimen lo había reducido. Enfática, pero no erróneamente, un historiador comunista definió a Gramsci como «el hombre por excelencia de la lucha contra el fascismo», una definición que no debemos olvidar, en la medida en que además de un estudioso, Gramsci fue un combatiente, «un combatiente —como a él mismo le gustaba decir a menudo— caído en la lucha», justamente contra ese enemigo. Pero, si bien es cierto que no podemos reducir su figura a la del militante y mártir antifascista, por más que en ese ámbito ocupe un lugar muy destacado, también lo es que no podemos obviar que sus miras, «conectadas y constantemente reconducidas a la historia de las clases subalternas y su emancipación, a la reflexión sobre el Estado y la sociedad civil italiana, a los problemas de la revolución y, por tanto, a la meditación sobre la política, los partidos y el moderno Príncipe», eran también teóricas.[24]
¿Qué significa esa fascinante y célebre formula del «moderno Príncipe»? Se trata, ni más ni menos, que de una especie de llamativo eslogan que sintetiza la lectura creativa del pensamiento de Maquiavelo realizada por Gramsci, el cual, no sin admiración hacia el florentino, se opuso al «”maquiavelismo” de los cortos de entendederas».[25] Maquiavelo, en ese sentido, constituye una referencia esencial e ineludible en la teoría política de Gramsci, cuyo interés por él fue creciendo con el tiempo, hasta superar el mostrado por Croce, Marx, Lenin, etc., y convertir al florentino en la figura clave de la reflexión teórico-política del sardo en la cárcel.[26]
No es este el lugar indicado para reconstruir en detalle el recorrido que siguió Gramsci hasta llegar a Maquiavelo, con el que acabó identificándose: si Maquiavelo, derrotado y fuera de juego, había redactado las páginas de El Príncipe en el Albergaccio, Gramsci, entre rejas, con todas las dificultades a las que ya nos hemos referido, se dedicó a escribir su propio De Principatibus, como en cierta medida podríamos titular los Cuadernos, más que un tratado, «una obra viva».

Maquiavelo fue ciertamente un autor muy frecuentado en la Italia de la primera posguerra mundial, tanto como para despertar el interés del Duce, quien llegó a firmar un Preludio a Maquiavelo.[27] Aunque, obviamente, su posición estuviera en las antípodas de la Mussolini, Gramsci tampoco quiso hacer solo una lectura histórica de Maquiavelo, sino darle un «uso». En octubre de 1926, poco antes de su detención, lo presentaba ya como una metáfora para referirse a los instrumentos destinados a la conquista y la defensa del poder:
Nosotros, los comunistas, tenemos principios, una doctrina y unos objetivos concretos que alcanzar. Y solo en consonancia con nuestros principios, nuestra doctrina y los objetivos que nos proponemos, establecemos nuestra línea política real. Nuestro «Maquiavelo» son las obras de Marx y de Lenin.[28]
Ya antes de empezar a estudiar intensivamente la obra, El Príncipe no era para él, por tanto, solo un fascinante tratado de teoría política, sino sobre todo un manual de acción, una obra política en el sentido más pleno e inmediato del término. Cabe, no obstante, recordar que un personaje como su «buen maestro» Cosmo había insistido, escribe Gramsci, «en que yo dedicara un estudio a Maquiavelo y el maquiavelismo; desde 1917 una de sus ideas fijas fue precisamente que tenía que escribir un estudio sobre Maquiavelo».[29] Y de nuevo dirigiéndose a Tatiana, Gramsci observaba cómo ningún estudioso había
puesto en relación los libros de Maquiavelo con el desarrollo de los Estados en toda Europa en el mismo periodo histórico. Atraídos por el problema puramente moralista del denominado «maquiavelismo», no han caído en la cuenta de que Maquiavelo fue el teórico de los Estados nacionales regidos por una monarquía absoluta.[30]
Valga esta referencia como ejemplo de la novedad que supuso la lectura gramsciana, todavía no plasmada por escrito, puesto que por entonces carecía de la autorización para escribir en la celda, sin efecto hasta febrero de 1929. Pero, en las primeras páginas manuscritas ese mes, en el párrafo 10 (Gramsci solía numerarlos), aparece sire Niccolò: «Demasiado a menudo se considera a Maquiavelo como el “político en general”, válido para cualquier tiempo. Y ese es ya un error de política», porque, aseveraba enérgicamente Gramsci, estaba «ligado a su tiempo».[31] En realidad, al convertir a Maquiavelo en instrumento del que servirse, mutatis mutandis, para elaborar un sistema teórico-ideológico para su propio tiempo y sobre todo para el tiempo del contrataque del proletariado, Gramsci contradeciría su propia afirmación. Aunque las referencias al secretario florentino en la primera redacción de los Cuadernos fueran escasas y en el primer plan de trabajo no apareciese ni siquiera su nombre, Maquiavelo pasó a ocupar un lugar central en los textos posteriores, entre 1932 y 1934, como punto final de un itinerario de «esclarecimiento del problema Maquiavelo-política», cuyo corolario fue, a su vez, el de una política para la filosofía de la praxis, o lo que es lo mismo, de la teoría revolucionaria marxista.[32]
En definitiva, Maquiavelo fue el Virgilio que guio a Dante-Gramsci por los meandros de la política, entendida como teoría, pero sobre todo como historia de Italia, en una relación simbiótica entre las dos disciplinas. El Príncipe, en tanto que libro vivo y obra dramática, es a la vez un tratado de teoría política y un espejo de lo ocurrido en Italia en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento. El creciente interés por Maquiavelo, que encontró en el Cuaderno 8 (1932) una suerte de punto de inflexión, se explica asimismo como resultado de un replanteamiento crítico del marxismo que llevó a Gramsci a una definitiva ruptura del soporte que representaba el marxismo-leninismo, una especie de camisa de fuerza de la que consiguió deshacerse. Pero ya en el Cuaderno 4 (1930), en el epígrafe Marx y Maquiavelo, podía leerse:
Este tema puede dar lugar a un doble trabajo: un estudio sobre las relaciones entre ambos como teóricos de la política militante, de la acción, y un libro que extraiga de las doctrinas marxistas un sistema ordenado para la política actual, del tipo de El Príncipe. El tema sería el partido político en sus relaciones con las clases y con el Estado, no el partido como categoría sociológica, sino el partido que quiere fundar el Estado.[33]

En las primeras líneas del Cuaderno, en el epígrafe Historia de los intelectuales italianos, en el punto n.º 2, se encuentra Maquiavelo, y más adelante aparece una nota luminosa, retomada en el posterior Cuaderno 13 (fechable en 1934):
El moderno Príncipe. Bajo este título podrán agruparse todas las ideas de ciencia política capaces de contribuir a la elaboración de un trabajo de ciencia política concebido y organizado según el modelo de El Príncipe, de Maquiavelo. [34]
Maquiavelo se convirtió, así, en el reactivo para verificar dicho planteamiento, que incluía la acentuación de la centralidad del momento político, del que Gramsci admitía, por tanto, al menos una relativa autonomía en relación con el económico. En el fondo, resurgían, de distinta forma, el viejo «sorelismo» y «bergsonismo» que, aunque moderadamente, había apreciado el joven Antonio, estudiante, periodista y militante del Partido Socialista. También en el fondo, Gramsci creía vislumbrar en el florentino una concepción de la política que, por más que fuera «científica», poseía un componente fundamental de carácter emocional y voluntarista. Maquiavelo, Marx y su Manifiesto, y en el fondo él mismo, encerrado en una cárcel fascista, compartían la condición de autores-actores, cuyos textos, además de tratados históricos y teóricos, eran manuales para la acción política. A los tres los animaba la incitación al acto práctico, a la praxis, y el intento de descubrir los entresijos de la política. Maquiavelo era, en suma, un precursor de Marx, aunque también un protojacobino, en una sugerente combinación de utopismo y realismo que nos los presenta como un gigante por fin situado en el lugar que se merecía, precisamente en las páginas de uno de los más articulados y literariamente logrados cuadernos especiales, el n.º 13, que el mismo Gramsci quiso titular Breves notas sobre la política de Maquiavelo. El moderno Príncipe no podía ser ya un «individuo concreto», sino una estructura, una organización, un partido político: «El moderno Príncipe», escribía Gramsci, «debe contener una parte dedicada al jacobinismo […] como ejemplo de la manera en que se ha formado concretamente y ha operado una voluntad colectiva». El tema de fondo no era otro que saber «¿cuándo es posible decir que existen las condiciones para que se pueda suscitar y desarrollar una voluntad colectiva nacional-popular?», y, «en busca de los intentos realizados a lo largo de los siglos para despertar esa voluntad, así como de las causas de los sucesivos fracasos»,[35] desde el Imperio romano hasta las comunidades medievales, Gramsci se preguntaba por qué dichas condiciones no se habían producido en Italia. El análisis que proponía en calidad de historiador era de carácter socioeconómico, pero como, por lo que al proletariado se refiere, no perdía nunca de vista su fin último, de tipo político, el resultado final, tal y como hemos señalado anteriormente, no dejaba de ser político-ideológico. Se trataba, en suma, no solo de entender, sino de pasar a la acción, habiendo aprendido de los errores y las derrotas. Obviamente, el moderno Príncipe era el partido, visto, a fin de cuentas, como un intelectual colectivo, cuya función, según escribía,
debe y no puede dejar de ser la de defensor y organizador de una reforma intelectual y moral, lo cual implica crear el terreno para un ulterior desarrollo de la voluntad colectiva nacional popular orientada a la consecución de una forma total y superior de civilización moderna.[36]

Entre la historiografía y la ciencia política
Gramsci recurría a fórmulas ajenas que reutilizaba, incluso descontextualizadas y modificadas: la «reforma intelectual y moral» remite, de hecho, a Georges Sorel, un autor que, como hemos visto, había ejercido en él una notable influencia durante su periodo juvenil. Para Gramsci, la filosofía de la praxis era un extraordinario ejemplo de la reforma intelectual y moral que Benedetto Croce había intentado en vano negar, y debía servir para transformar en acción colectiva y voluntad coherente y organizada el sentido común de unos tan amplios como disgregados estratos sociales.[37] Aunque se tratara de una acción a nivel de la «superestructura», resultaba impracticable «sin una previa reforma económica, hasta el punto de que el programa de reforma económica era justamente el modo concreto que tenía de presentarse cualquier reforma intelectual y moral».[38]
Ahora bien, la pregunta fundamental concierne a la identidad del partido «moderno Príncipe»; es decir, si, como generalmente se ha tendido a creer, se trataba de aquel Partido Comunista o del partido en cuanto tal. Y, dando por buena la segunda posibilidad, ¿debemos pensar que Gramsci había aceptado los principios de la democracia liberal?, ¿o, más bien, se trataba de un partido no solo comunista, sino «totalitario» y que excluía la democracia incluso en su seno?;[39] o, en el otro extremo, ¿era un partido que, basado en el principio de la hegemonía entendida como sistema de alianzas, se situaba plenamente en el tablero del Estado liberal?[40] En ambos casos se trata de interpretaciones forzadas. Una vez más, Gramsci parece escapar a semejantes esquemas. Aunque de forma no del todo clara, tenía, en cambio, en mente un proyecto nuevo que había incorporado una gran cantidad de enseñanzas e inputs, e intentaba escarbar en terrenos vírgenes con instrumentos que se veía obligado a fabricar a partir de patrones de los que el pensamiento y la literatura le ofrecían infinitos ejemplos. Su fuente principal no era la tradición heredera de Montesquieu, sino más bien una genealogía que grosso modo podemos atribuir a Rousseau/Marx/Labriola/Lenin, en la que no podemos obviar hasta qué punto él introdujo innovaciones tan significativas como para que en el horizonte se vislumbrara una corriente de pensamiento completamente nueva, que solo puede ser denominada «gramsciana», en la medida en que resulta irreductible a los márgenes de los distintos ismos de su época.
Hemos examinado la ciencia política de Gramsci y el lugar que se le puede atribuir en la tradición italiana, la cual, partiendo por lo menos de Maquiavelo, llegaba hasta los autores «elitistas» a caballo de los siglos XIX y XX. En realidad, aunque existan dichos nexos, tampoco podemos ignorar que la aproximación gramsciana no fue nunca jurídico formalista, sino histórico-filosófica, algo que la distingue y en muchos aspectos la aleja, por ejemplo, de G. Mosca, el cual, como observaba el mismo Gramsci, no superó nunca dicho punto de vista. No obstante, del mismo Mosca (con el que, a pesar de ser profesor de la universidad de Turín durante unos treinta años, Gramsci no llegó nunca a tener ninguna familiaridad)[41] y, en el fondo, de sus compañeros Pareto y Michels, así como, a nivel internacional, de Weber, Henri de Man, Bujarin y otros, obtuvo la por entero maquiaveliana, a la par que marxiana, confirmación del dualismo dirigentes/dirigidos, élites/masas y gobernantes/gobernados. Otro tanto ocurrió con la confirmación del predominio de la fuerza en la gestión de la sociedad, aunque también, respecto al mundo moderno, con la necesidad de elaborar ideologías, inventar fórmulas políticas, crear sentido común y construir hegemonía. Y todo ello siempre desde la convicción de que la política y, por tanto, su «ciencia», no podían prescindir de los movimientos reales de la sociedad y, menos aún, de sus conflictos.[42] Sin mucho temor a equivocarnos, podemos afirmar que la ciencia política gramsciana, que él ponía poco a poco a punto y enlazaba con la sociología, implicaba y reclamaba un vínculo con la historia, porque, de lo contrario, hubiera quedado reducida a «una filosofía de los no filósofos», de la misma forma que la filosofía, «escindida de la teoría de la historia y de la política», quedaba reducida a pura metafísica.[43] Lejos, en muy buena medida, de la ciencia política «canónica», la gramsciana se presenta, así, vinculada a la historia e incluso identificada con la política misma, en la medida en que la historia es actividad a la vez que pensamiento. Sin embargo, se impone otra consideración, y es que de Mosca y, en menor medida, del resto de los pensadores que agrupamos en la categoría del «elitismo», Gramsci extrajo, si no las bases, por lo menos la confirmación de la hipocresía del sistema democrático, en el que el factor numérico (o sea, el principio de las mayorías/minorías) resulta solo un aspecto más (terminal, en este caso) de dicho sistema, en cuyo interior actúan, más o menos encubiertamente, núcleos e individuos capaces de ejercer influencia, crear consenso y alumbrar una hegemonía que prescinde o por lo menos vuelve secundaria la cuestión numérica, sobre la que se basa la democracia formal. En sustancia, Gramsci reconocía el papel de las élites y señalaba su presencia no solo «en Occidente» sino también en el Este, es decir, en la “Rusia de los Sóviets”. Detrás de la crítica del engaño democrático, contenida en particular en el Cuaderno 13, dedicado a Maquiavelo, parece, en suma, percibirse un elemento más de la teoría de la hegemonía.[44]

Si no fuera por los abusos a los que ha sido sometida la expresión, se podría hablar de la «centralidad de lo político» como categoría omnicomprensiva en el pensamiento gramsciano, una centralidad que se manifiesta, por ejemplo, en la manera de entender la literatura, el teatro y el arte. Luchar por un mundo nuevo significó siempre para Antonio Gramsci hacerlo en favor de una nueva cultura, es decir, en favor de «una nueva vida moral que no puede dejar de estar íntimamente ligada a una nueva intuición de la vida, hasta convertirla en un nuevo modo de sentir y ver la realidad».[45] Su contraposición entre Francesco de Sanctis y Benedetto Croce partía justamente de esa razón de fondo, en la que la estética formalista y descarnada del segundo se oponía al apasionado fervor del primero, «un hombre de parte, con unos sólidos principios morales que ni esconde ni procura esconder».[46] Más allá de esos apuntes generales y genéricos, la predilección de Gramsci por De Sanctis se explica de nuevo a través de la filosofía de la praxis, es decir, «de un planteamiento basado en la fusión de la crítica estética con la crítica de los sentimientos, las costumbres y las concepciones del mundo».[47]
En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de que, desde el principio hasta las ultimísimas líneas de los Cuadernos, el trabajo de Gramsci entre 1929 y 1935 se situó plenamente en el contexto de la politología de su época, con la vista puesta, naturalmente, no solo en autores italianos.[48] El progresivo acercamiento a las ciencias sociales, superando de alguna manera el prejuicio de Croce, pero también de Lenin, sobre la sociología, fue para él uno de los más potentes antídotos contra el doctrinarismo marxista-leninista del periodo estalinista. Sin embargo, no fueron Pareto, ni Mosca, ni Michels quienes guiaron el progreso de la ciencia política gramsciana, sino, más bien, Maquiavelo conjugado con Marx: ni las abstractas geometrías jurídicas, ni las enumeraciones superfluas o las discutibles clasificaciones, ni tampoco los superabundantes sistemas politológicos, sino la maquiaveliana nuda ciencia del poder, corroborada por la concepción histórico-materialista del marxismo. Gramsci supo «poner en valor las intuiciones de Maquiavelo dentro del marco teórico establecido por Marx».[49] Por otra parte, si Maquiavelo y Marx fueron revolucionarios, Gramsci no lo fue menos. Como señaló Palmiro Togliatti en 1958, en el primer congreso dedicado a su gran camarada desaparecido, «Gramsci fue un teórico de la política, pero, sobre todo, un político práctico, es decir, un luchador».[50] En realidad, se trataba de una afirmación bastante reduccionista y que respondía entonces a un precisa intención. Pero, aunque hoy en día resultaría insostenible al pie de la letra, debemos tenerla en cuenta. Con ello queremos decir que efectivamente, en términos de ciencia política, Gramsci se preguntaba por las condiciones objetivas de las que pudiera surgir una voluntad colectiva nacional-popular, lo cual presuponía atender a las condiciones históricamente determinadas, a las luchas sociales concretas y a las relaciones socioeconómicas, renunciando en un primer momento a la idea de una ciencia «abstracta y normativa», aunque llevando a cabo un «minucioso y profundo examen histórico y socioeconómico».[51] A pesar de las abundantes y penosas limitaciones que le imponía su condición de recluso, su propósito era justamente ese, pero procurando siempre que los análisis históricos le sirvieran para elaborar teorías válidas más allá de los contextos, la épocas y cada uno de los individuos y pueblos a los que se referían. Contrariamente a las características básicas de la ciencia política (empírica, descriptiva y no valorativa), el objetivo que Gramsci pretendía alcanzar seguía siendo político, en la medida en que consistía concretamente en la construcción de un proyecto y un aparato hegemónicos que pudieran desbancar a los de las clases en el poder. Los cauces por los que avanzó la reflexión gramsciana fueron el nexo política-cultura y la finalidad práctica, incluso contando con su explícito carácter «desinteresado», del que ya hemos hablado. A diferencia de la ciencia política «burguesa», la gramsciana aspiraba a su propia socialización, «como factor capaz de dar a la mayoría la facultad de autogobernarse».[52] En último término, la ciencia (política) guiaba al partido (comunista), a través de una tensión entre la experiencia y el conocimiento histórico, entre el pasado, con sus enseñanzas (la derrota), y la «ciudad futura», todavía por construir, aunque de manera totalmente distinta, en una época que en un brevísimo lapso de tiempo había cambiado de bases, cancelando totalmente los comportamientos, las formas y las reglas preexistentes. Por otro lado, no deja de ser eso lo que llamamos «moderno», la exclusión del pasado y la contraposición a las formas del presente dominadas por la pasividad, la inercia y la rigidez. Y, desde sus primeras reflexiones sobre la Revolución de Octubre y los efectos de la Primera Guerra Mundial, Gramsci sostuvo una idea del tiempo histórico ni inmóvil ni de ritmo inalterable, sino «marcado por la formación y la disolución de los sujetos sociales y modelado a partir de la capacidad de dichos sujetos para actuar».[53]
Entre la victoria bolchevique, las expectativas revolucionarias de la posguerra en Italia y en Europa, el fin de las esperanzas y la prisión, también la vida de Antonio Gramsci se había transformado en pocos años y a toda velocidad, al compás de las relaciones de fuerza. Hasta Rusia, en nombre del mismísimo Lenin, había emprendido un camino que, más que seguir sus enseñanzas, parecía, por lo menos en parte, darle la espalda. Aunque el preso no podía estar siempre al corriente ni conocer detalladamente lo que estaba ocurriendo fuera, tampoco estaba desinformado y, a pesar de las dificultades que resulta fácil imaginar, intentaba transmitir sus impresiones a los camaradas con los que compartía la cárcel, al menos hasta el momento en que, ante el temor de que sus sospechas sobre ellos fueran fundadas, optó por interrumpir la comunicación. Al mismo tiempo, entre la lectura de la prensa y las noticias que le llegaban de distintas fuentes, seguía la evolución del régimen mussoliniano, cuyos orígenes y desarrollo no dejaba de estudiar, intentando también dilucidar sus fundamentos teóricos. A fin de cuentas, el prisionero del Duce sufría el fascismo en sus propias carnes y no podía dejar de tomárselo muy en serio.

Bien vista, la oposición a la tesis del «socialfascismo», anteriormente analizada, no respondía solo a un distanciamiento de la línea de la Internacional estalinista, sino que era también fruto del profundo conocimiento del fascismo que Gramsci había acumulado. El rechazo de la teoría del derrumbe capitalista, el «catastrofismo», aparece en un originalísimo fragmento en el que se preguntaba si el fascismo no sería «precisamente la “revolución pasiva” propia del siglo XX, como el liberalismo lo fue del siglo XIX»; y si el corporativismo, la artimaña teórico-práctica ideada por el régimen para frenar a las masas proletarias, no sería «una forma económica intermedia de carácter “pasivo”», análoga a «la que en política se puede llamar “guerra de posiciones” en oposición a la guerra de movimiento».[54] Por lo demás, Gramsci advertía de las similitudes entre el corporativismo y el «americanismo», del que aquel sería en el fondo una forma distorsionada en una sociedad más atrasada que la estadounidense, como precisamente la italiana.[55] Enseguida retomaremos la cuestión. Volviendo, en cambio, al tema del fascismo, parece tratarse de una especie de encrucijada de interpretaciones y categorías interpretativas que al final desembocarían en una visión de gran lucidez por parte de Gramsci, quien básicamente desmontó las ideas corrientes en el comunismo de entonces: el fascismo era la respuesta militar a una situación sin salida, una solución a la crisis, entendida como un equilibrio estático entre clases opuestas, en el que las dominantes, a punto de perder su poder sobre las dominadas, habían buscado un «líder carismático», una categoría que encontramos por entonces también en Robert Michels y en Max Weber, como ocurre también con el concepto de «cesarismo ». Gramsci ni siquiera renunciaba a hacer una comparación entre el régimen mussoliniano y el estalinista, con el resultado de que el primero le parecía una forma «regresiva» de una misma matriz «totalitaria», [56] mientras que, por lo menos en una primera fase (entre 1930 y 1932) juzgaba el estalinismo como un cesarismo «progresivo».[57]
En el fondo, Mussolini, el Rómulo Augústulo del artículo de 1924 en el que lo comparaba con el recién desaparecido Lenin,[58] podría clasificarse en otro de los apartados del léxico de madurez de Gramsci, el correspondiente precisamente al «cesarismo», aunque, por más que resulte evidente la implícita referencia al caudillo fascista italiano en la dicotomía cesarismo progresivo/regresivo, como no podía ser menos a causa de la censura, su nombre no aparecía entre los ejemplos que proporcionaba. Cabe añadir que, también en este caso, la aportación gramsciana supuso un enriquecimiento del bagaje marxista, en el que el término corriente era «bonapartismo», más ligado a la preponderancia del componente militar.[59] El cesarismo, una categoría más elástica y dialéctica, resultaba, sobre todo, de mayor utilidad a la hora de explicar algunos aspectos de aquel mundo nuevo, en particular la modernidad del capitalismo: «El cesarismo moderno es más policial que militar».[60] Dicho en otros términos, el control social no solo se iba a servir de los ejércitos y la fuerza física, sino también de un refinado y capilar sistema, entonces aún incipiente, destinado a adueñarse de nuestras vidas; y tampoco solo de los porrazos en la cabeza, sino también de un control invisible, capaz de invadir el cerebro, modelarlo y hacerle pensar según esquemas y puntos de vista que no son realmente nuestros. Y Gramsci llegaba, al respecto, incluso a prever soluciones cesaristas sin el «César» de turno.
Desde ese punto de vista, parecía poder afirmarse que, de la misma manera que en Occidente la revolución había cambiado de signo, en Oriente también la contrarrevolución estaba cambiando de naturaleza. En todo ello podríamos decir que empezaban a entreverse algunos conceptos de la teoría social que serían desarrollados en mayor medida en otros lugares, en aquellos mismos años y, en particular, con posterioridad, especialmente en el ámbito anglosajón, gracias en buena parte a los exiliados europeos, sobre todo, los alemanes que huían del nazismo, la aportación de los cuales sería relevante a la hora de comprender la naturaleza, los mecanismos y los instrumentos del control sobre la mente, el conformismo de las masas y el consenso político obtenido por esos medios. Se trataba, en resumidas cuentas, de nuevo del papel de los intelectuales, de la importancia del «factor C» y de la liberación entendida como un proceso en el que había que contar con los aparatos hegemónicos.

Notas
[1] Cfr. VACCA 2012, p. 189.
[2] P. Sraffa a Tatiana, 23 de agosto de 1931: SRAFFA 1991, pp. 21-24.
[3] G. a Tatiana, 3 de julio [en realidad, agosto] de 1931: LC, pp. 458-461 (459); LT, pp. 748-752 (749).
[4] F. Frosini, «Struttura e datazione», cit. Cfr. asimismo CALABRÒ 2012, pp. 67-86. Y la Introducción de A. Santucci a LC2, pp. XI-XXVI.
[5] Cfr. una panorámica interesante, aunque discutible, en BALDAN 1978, sobre todo la p. 45 y ss. De la relevancia de la historia en Gramsci se había dado cuenta también un estudioso inglés, uno de los primeros en firmar una monografía: JOLL 1992, el cual escribe que, aparte de Marx, los estudios históricos de G. «fueron más profundos que los de cualquier otro intérprete marxista» (p. 9).
[6] Cfr. PÉCOUT 2011. Como introducción al tema, cfr. la entrada Risorgimento, de P. Voza, en Dizionario, pp. 716-720.
[7] Cfr. G. Manacorda, «Il Risorgimento di Antonio Gramsci», Società, V, 1949, pp. 308-331. Se trata de una recensión al vol. Il Risorgimento de la ed. temática de los Quaderni (1949). En BGR, ad indicem puede consultarse un examen completo de la recepción del volumen.
[8] Cfr. VACCA 2017, pp. 95 y ss. Sobre el concepto, cfr., además, la doble entrada de P. Voza, en Dizionario, pp. 724-728, y más por extenso en Parole, pp. 189-207; más específicamente sobre el nexo con Cuoco, R. Renda, «Vincenzo Cuoco: gli insegnamenti della “rivoluzione passiva”», en D’ORSI 2011b, pp. 59-66; asimismo, CALABRÒ 2012, pp. 67 y ss.
[9] Me remito a R. Zangheri, «La mancata rivoluzione agraria nel Risorgimento e i problemi economici dell’unità», Studi gramsciani, 1958, pp. 369-383.
[10] Me remito a los dos textos de R. Medici: Giacobinismo, en Dizionario, pp. 351-352 y en Parole, pp. 112-130.
[11] Los dos entrecomillados proceden de QdC, p. 2041 (Q19, 26); se encuentran también en Ris., p. 165.
[12] Cfr. A. Pizzorno, «Sul metodo di Gramsci», cit., en particular, las pp. 111 y ss.
[13] VACCA 2017, p. 98; pero cfr. todo el cap. II, pp. 97-149, y el cap. I (sobre la hegemonía), pp. 21-93, donde se apunta hacia una conclusión de ese tipo. Sobre los dos conceptos gramscianos, desde un perspectiva distinta, cfr., asimismo, THOMAS 2009, pp. 103 y ss. Y 159 y ss.
[14] QdC, p. 1325 (Q10, 41).
[15] QdC, p. 765 (Q6, 89).
[16] Cfr. MATURI 1962, p. 621.
[17] QdC, p. 747 (Q6, 78).
[18] QdC, p. 2034 (Q19, 24); pero, cfr. asimismo Ris., pp. 122-123.
[19] QdC, p. 2075 (Q19, 53).
[20] QdC, p. 2037 (Q19, 26); cfr. también Ris., p. 160.
[21] QdC, p. 2038 (Q19, 26); ivi, p. 162.
[22] VACCA 2017, p. 125.
[23] C. Spagnolo, Fascismo, en Dizionario, pp. 293-297 (293). Pero cfr. L. Mangoni, «Il problema del fascismo nei Quaderni del carcere», en FERRI 1977, vol. I, pp. 391-438. Cfr., en cualquier caso, BURGIO 2003 y 2014, passim.
[24] E. Santarelli, Introduzione a Fasc., pp. 9-36 (33).
[25] Cfr. también A. d’Orsi, F. Chiarotto, «Il machiavellismo degli stenterelli. Cattolicesimo, reazione e realismo politico negli scrittori del nazionalismo italiano», en SCICHILONE 2011, pp. 122-144; el entrecomillado remite al artículo «Stenterello», Avanti, 10 de marzo de 1917: CF, pp. 84-86; SL, pp. 207-210; MP, pp. 81-83.
[26] Cfr. PAGGI 1984, pp. 387-426. Cfr. también M. Fiorillo, «Dalla machiavellistica “elitista” al moderno principe democratico», en GIASI 2008, vol. II, pp. 839-859. Sobre el maquiavelismo y el antimaquiavelismo cfr. la homónima entrada de L. Mitarotondo, en Dizionario, pp. 499-501; IZZO 2009, p. 121 y ss.; y el Prefacio de C. Donzelli a Princ., p. VII y ss.; así como la Introduccion del mismo autor, pp. 3 y ss. (reproduce la de Q13 – NPM, p. IX y ss.); y D’ORSI 2015, pp. 183-197. Por último, cfr. SANGUINETI 1982, y MEDICI 1990, sobre todo, la p. 161 y ss.
[27] Mussolini, «Preludio al Machiavelli», Gerarchia, abril de 1924; ahora en MUSSOLINI 1979, pp. 228-291. Una panorámica sobre el clima general: G. Calabrò, «Qualche considerazione sul problema Machiavelli», en MASTELLONE-SOLA 2001, pp. 193-203.
[28] «Noi e la concentrazione repubblicana», 13 de octubre de 1926: CPC, pp. 349-359.
[29] G. a Tatiana, 23 de febrero de 1931: LC, pp. 410-414; LT, pp. 668-670; LC2, pp. 395-399.
[30] G. a Tatiana, 14 de noviembre de 1927; LC, pp. 145-146; LT, pp. 153-154; LC2, pp. 132-133.
[31] QdC, pp. 8-9 (Q1, 10); EN – Q2, pp. 7-8.
[32] M. Filippini, «Niccolò Machiavelli: la “grande politica”», en D’ORSI 2011b, pp. 23-32.
[33] QdC, p. 432 (Q4, 10) y también ivi, pp. 1555-1561 (Q13, 1).
[34] QdC, p. 951 (Q8, 21); por lo que respecta a la cita anterior, ivi, p. 432 (Q4, 10), pero cfr. también pp. 1579-1580. (Q13, 17).
[35] QdC, p. 952 (Q8, 21) y p. 1559 (Q13, 1).
[36] QdC, p 953 (Q8, 21) y p. 1560 (Q13, 1). Cfr. asimismo las observaciones de R. Pozzi, «Gramsci e Sorel: la scienza politica fra “Mito” e partito», en MASTELLONE-SOLA 2001, pp. 171-191.
[37] Sobre el concepto, cfr. la entrada de F. Frosini, en Dizionario, pp. 510-512.
[38] R. Pozzi, «Gramsci e Sorel…», cit., p. 185.
[39] Las acusaciones a Gramsci de «totalitario » abundan en la recepción de sus escritos, desde 1948, a partir de MATTEUCCI 1977 (1ª ed. 1951) e GAROSCI 1954, pp. 193-257 (el capítulo se titula Totalitarismo e historicismo en el pensamiento de Antonio Gramsci; remito, en términos generales, a BGR, vol. I, passim) a PELLICANI 1990, p. 133 y ss. La acusación sigue presente tanto en medios académicos como periodísticos.
[40] Cfr. VACCA 2017, pp. 208 y ss., el último que ha sostenido dicha tesis.
[41] Cfr. D’ORSI 2002, pp. 103-125. Sul rapporto teórica de G. con Mosca, resulta fundamental M. Finocchiaro, «Gramsci e Gaetano Mosca», en GIACOMINI-LOSURDO-MARTELLI (eds.) 1994, pp. 115-164.
[42] Cfr. SUPPA 2016, p. 97 y ss.; PROSPERO 2016, p. 9 y ss. Puede consultarse una serie de observaciones sobre las grandes figuras de la ciencia política (Mosca, Pareto, Michels) en relación con G. también en MEDICI 1990.
[43] QdC, p. 1432 (Q11, 26).
[44] Cfr. las breves pero jugosas observaciones de L. Canfora, «Gramsci e l’elitismo italiano», en PONS 2000 (ed.), pp. 171-174.
[45] QdC, p. 2192 (Q23, 6).
[46] QdC, p. 426 (Q4, 5). La bibliografía sobre la relación entre G. y Croce y G. y De Sanctis es bastante amplia; valgan como puntos de partida las contribuciones de V. Santoro, «Francesco De Sanctis: letterato e uomo di Stato», y de C. Meta, «Benedetto Croce: la sfida per l’egemonia», ambas en D’ORSI 2011b, pp. 129-136 y 283-294.
[47] G. Manacorda, Introducción a ML, p. 22. En ese sentido se explica el acercamiento a Lukács (cfr. ALESSANDRONI 2011).
[48] Cfr. los distintos trabajos contenidos en el volumen colectivo MASTELLONE 1997, y G. Sola, «Scienza politica e analisi del partito in Gramsci», en MASTELLONE-SOLA 2001, pp. 27-49.
[49] BURGIO 2014, p. 289. Sobre Maquiavelo «rivoluzionario», cfr. DOTTI 2003.
[50] «Il leninismo nel pensiero e nell’azione di A. Gramsci», de Togliatti, después de la primera publicación en Studi gramsciani 1958, pp. 15-36, seguida por «Gramsci e il leninismo», en TOGLIATTI 1977, pp. 157-182, ha sido vuelto a publicar en distintas recopilaciones: ID. 2000, pp. 53-91; ID. 2001, pp. 213-234 y 235-26.
[51] M. Spinella, Introducción a EP, p. 8.
[52] BADALONI 1975, p. 182.
[53] S. Tagliagambe, «Gramsci, la modernità e la scienza», en PALADINI MUSITELLI 2008, pp. 17-42 (19).
[54] QdC, p. 1089 (Q10, 33). Sobre la conexión de conceptos alrededor del fascismo, en particular cfr. F. De Felice, «Rivoluzione passiva, fascismo, americanismo in Gramsci», en FERRI 1977, vol. I, pp. 161-220.
[55] Cfr. A. Salsano, «Il corporativismo tecnocratico in una prospettiva internazionale», en SBARBERI 1988, pp. 151-165.
[56] Cfr. la síntesis de C. Spagnolo, en Dizionario, p. 27.
[57] Cfr. VACCA 2017, p. 127.
[58] «Capo», L’Ordine Nuovo, III, 1, marzo de 1924, más tarde en l’Unità, 6 de noviembre de 1924 con el título «Lenin, capo rivoluzionario» (firmado: Antonio Gramsci); CPC, pp. 12-16; SL, pp. 483-487; MP, pp. 281-285.
[59] Cfr. G. Liguori, «Cesarismo», en Dizionario, pp. 123-125.
[60] QdC, p. 20 (Q13, 30).
Fuente: páginas 476-500 del libro de Angelo D’Orsi Gramsci, una nueva biografía (Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2025, traducción de Javier Brox)
Portada: Cuadernos de la cárcel (foto: Fondazione Gramsci)
Ilustraciones: del libro de Angelo D’Orsi.
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