El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Luis Castro Berrojo
“Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”
(Donald Trump, Estrategia de seguridad nacional, diciembre de 2025)
I
Con la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela se invoca una vez más la “doctrina Monroe”, tal como hace el documento de seguridad nacional de 2025, guía de la política exterior de la Casa Blanca. Pero un somero análisis de la historia contemporánea de los EE.UU. nos permite advertir que lo que el presidente Trump plantea, su “doctrina Donroe”, tiene poco que ver con los principios y el alcance del pronunciamiento original.
Se recordará que el presidente James Monroe lo enunció por primera vez en 1823, aunque la idea se atribuye a su secretario de Estado, John Quincy Adams, hijo del segundo presidente de EE.UU. y a su vez sucesor de Monroe en la presidencia. En ese momento, el proceso independista de las colonias españolas y de Brasil estaba casi ultimado, quedando solo presencia europea en las Guayanas, Cuba, Puerto Rico y algunos archipiélagos menores. Los territorios de los cuatro virreinatos españoles, dependientes de una monarquía absolutista, habían quedado repartidos entre 18 nuevas repúblicas constitucionales y de talante reformista (por ejemplo, con la abolición de la esclavitud), aunque ya aquejadas de una inestabilidad política que iba a resultar crónica.
En diciembre de 1823, en su mensaje anual al Congreso, Monroe expresó así su rechazo a la posible intervención de la Santa Alianza europea en las repúblicas americanas: “Los continentes americanos, por la libre e independiente condición que han adoptado (…) no habrán de considerarse como sujetos de futura colonización por parte de ninguna potencia europea”. Además, “…consideraremos todo intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como un peligro para nuestra paz y nuestra seguridad”. Se formulaba así una especie de protectorado por parte de la nación norteamericana, solidaria con el destino de las nuevas naciones de su hemisferio, con las que compartía los ideales de libertad y de progreso propios de lo que Jacques Godechot denominó “las revoluciones atlánticas”, que pusieron fin al Antiguo Régimen a un lado y otro del océano.
Así pues, la doctrina Monroe se resumía en el lema “América para los americanos”, que más tarde se entendería al sur del Río Grande como “América para los norteamericanos”. Por su parte, los EE.UU. se abstendrían de intervenir en los asuntos europeos.

II
El segundo momento de esta historia nos lleva a la época del “Desastre” español de 1898. Para entonces, EE.UU. prácticamente había terminado su colonización interior, llegando desde los Apalaches hasta el Pacífico con sus líneas férreas, sus mineros y granjeros, no sin antes haber masacrado a los indios y expulsado a los mexicanos del medio y lejano oeste. Animaba a este gigantesco movimiento histórico una veta de pensamiento providencialista patente ya en los puritanos “Padres fundadores” de comienzos del s. XVII, que veían sus comunidades de Nueva Inglaterra como la Nueva Jerusalén o “Ciudad en la colina”, símbolo de libertad y de virtud que debía servir de ejemplo al resto del mundo. En el s. XIX ese espíritu se expresó en la doctrina del Manifest Destiny, enunciada por el periodista John L. O’Sullivan en un artículo de 1845 titulado “Expansión”: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”.
Hacia 1900 podía afirmarse que la economía de EE.UU. era ya la primera del mundo, como proclamaba orgulloso el historiador William C. Webster en su General History of Commerce en 1903: “Podemos afirmar con certeza que el valor de nuestra producción manufacturera actual es considerablemente mayor que el de Gran Bretaña y Alemania juntas”. La ventaja se extendía también a la producción agraria, los transportes ferroviarios, la productividad laboral y la aplicación de la maquinaria a los procesos productivos. Finalmente, Webster añadía: “nuestras colonias nos proveen de espléndidas bases de operaciones en el Pacífico, donde aparentemente se va a decidir la batalla por la supremacía”.
Esa batalla por la supremacía tenía que ver con el desarrollo del gran capitalismo, el Big Business, que en su dinámica expansiva necesitaba escapar a las estrecheces del ámbito nacional o incluso continental para buscar materias primas, fuentes de energía, mercados y oportunidades de inversión por todo el mundo. Así que en torno a 1900 EE.UU. inicia su expansión y su intervencionismo exterior con dominios directos o indirectos en el Caribe (Cuba, Puerto Rico, Panamá) y en el Pacífico (Hawaii, Guam, Filipinas), a costa principalmente de la entonces decadente España. En sintonía con ese proceso se formuló el “corolario Roosevelt”, que añadía a la doctrina Monroe él “derecho” de intervención (militar y/o económica) en países próximos cuando se pusieran en peligro intereses de empresas o ciudadanos norteamericanos.
El presidente Ted Roosevelt sintetizó su política exterior en el lema del “Gran garrote”, que debía exhibir ante el mundo y usar si era necesario. Fue el comienzo de la larga historia del intervencionismo imperialista de EE.UU., empezando en América central y sur, considerada como “patio trasero” de los EE.UU. Así que entre 1900 y 1925 EE.UU. envió tropas en 24 ocasiones a ocho países del Caribe, mientras sus grandes compañías establecían allí sus negocios y el Departamento de Estado ponía gobiernos “estables” a los que algunos por mal nombre denominaron “repúblicas bananeras”. Mientras tanto, la “doctrina” iba ampliando su campo de acción, de modo que hacia 1900 EE.UU. también tenía tropas “pacificando” a los filipinos y en China, junto a los europeos, para forzarle a “abrir las puertas” a la penetración comercial.
La expansión norteamericana en el Caribe significó ya la quiebra de uno de los principios originales de la doctrina Monroe, cuando decía que “…no intervenimos ni intervendremos en las existentes colonias o dependencias de ninguna potencia europea”. Un breve paréntesis en esta actitud de prepotencia respecto países americanos por parte de EE.UU. fue la política de “buena vecindad” de Franklin D. Roosevelt, planteada en 1933 sobre la base de que “ningún país tiene derecho a intervenir en los asuntos internos o externos de otro”. Ello dio lugar a la mejora de las relaciones diplomáticas y comerciales y a que EE.UU. suprimiera la “enmienda Platt” en Cuba (que permitía su intervención en la isla), aunque mantuvo la base de Guatánamo (hasta hoy). Pero la II Guerra mundial y luego la Guerra fría acabaron con esta tendencia y tampoco la similar “Alianza para el progreso” de Kennedy dio mucho de sí.

III
EE.UU. sale de la II Guerra mundial como primera potencia global en todos los aspectos, incluido el militar, reforzado con el monopolio de la bomba atómica. El almirante Nimitz proclama entonces que “nuestras fronteras de defensa ya no son nuestras costas. Hoy nuestras fronteras son el mundo entero”. Dejando atrás definitivamente las recurrentes tendencias al aislamiento, EE.UU. asume la hegemonía de lo que llama el “mundo libre”, que no podía ejercerse si, como afirmó Robert McNamara “a alguna nación poderosa o virulenta −sea Alemania, Japón, Rusia o China− se le permite que organice su parte del mundo de acuerdo con una filosofía contraria a la nuestra”.
Por lo que se refiere a Rusia, el antagonismo venía de atrás, al menos del s. XIX, cuando “los norteamericanos se habían expandido hacia el oeste por la mitad del planeta y los rusos se habían desplazado hacia el este a través de Asia” (Walter LaFeber, America, Russia and the Cold War, p. 1). Se trataba de una rivalidad interimperialista a la que desde 1917 se sumó la ideológica y la política con la aparición de la Unión Soviética. Tras la victoria sobre el fascismo, el “comunismo” se percibía como una amenaza exterior e interior, tal como lo expresó Bernard Baruch, quien acuñó el término de “Guerra Fría” en 1947: “No nos engañemos. Estamos en medio de una guerra fría. Nuestros enemigos se encuentran en el exterior y en casa”. Para hacer frente a esa “amenaza roja” (red scare) interior se crearon el FBI, el Comité de Actividades Antinorteamericanas, los Códigos de censura, etc. Y para su “contención” en el exterior se multiplicaron las alianzas defensivas y la presencia militar por todo el mundo. Actualmente EE.UU. tiene unas 750 bases militares desplegadas en más de 80 países con más de 170.000 efectivos.
Pero para afrontar la complejidad y la envergadura de los cambios de la posguerra (emergencia de nuevas naciones en el “Tercer mundo”, bloques militares y económicos; multilateralismo global) EE.UU. debió ampliar sus recursos intervencionistas, más allá de las cañoneras y los marines. Llegamos así a la etapa de la Agencia Central de Inteligencia y del del Consejo Nacional de Seguridad, ambos creados por una ley de 1947. A partir de ese momento, la política exterior de EE.UU. se articula en torno a tres ejes: el diplomático, la guerra abierta y las operaciones encubiertas de la Agencia, que son, según la citada ley, actividades “dirigidas o apoyadas por este Gobierno contra estados o grupos hostiles, o a favor de estados o grupos extranjeros amigos, que estén planeadas y ejecutadas de modo que cualquier responsabilidad por ellas no sea evidente (…) y que si son descubiertas el gobierno de Estados Unidos puede negar plausiblemente cualquier responsabilidad sobre ellas”. Se trata de la “negación verosímil” que, junto al secretismo, alejó el conocimiento de las actividades de la CIA a casi todo el mundo, incluido el Congreso de EE.UU.
Entre esas actividades, se señalaban las siguientes: “propaganda, guerra económica, acción preventiva, incluido el sabotaje, el antisabotaje, (…) subversión contra estados hostiles, incluido el apoyo a movimientos de resistencia clandestinos, guerrillas y grupos de liberación de refugiados, y ayuda a elementos autóctonos anticomunistas”. Solo durante el segundo mandato de Truman hubo 81 intervenciones de este tipo por todo el mundo y luego proliferaron durante el mandato de Allen Dulles como director de la Agencia, que coincide con la presidencia de Eisenhower (1953-1961). Alguna de esas intervenciones implicó entonces el asesinato de Patricio Lumumba en 1961 presidente de El Congo y el derrocamiento de Mohammad Mosaddeq en 1953 presidente electo de Irán (Fidel Castro fue también objeto de varios intentos de asesinato). Más tarde, el apoyo de la CIA para derrocar a Sukarno en Indonesia (1965) supuso el asesinato de entre 500.000 y un millón de personas vinculadas al Partido Comunista mediante el llamado “método Yakarta”, que luego inspiró acciones parecidas en Brasil, Argentina, Chile y otros lugares. (Adam Novak y Pierre Roussel, “Indonesia, 1965-2025. Cuando el pasado y el presente chocan”, en Conversación sobre la Historia).

IV
El tercer momento nos lleva a Donald Trump, que vuelve a la doctrina Monroe, pero poniéndola ya totalmente del revés. Si la historia se repite, siendo la primera vez tragedia y la segunda vez farsa (según Marx), aquí tenemos un buen ejemplo. Monroe trataba de defender la soberanía e independencia de los países americanos frente a las potencias europeas, mientras que Trump viola esa soberanía en aras de sus intereses; si Monroe se comprometía a no intervenir en asuntos europeos, Trump fomenta aquí la tribu ultra para que actúe como topo contra la UE y el sistema de libertades y logros sociales europeos; y si Monroe afirmaba los principios liberales y republicanos frente al absolutismo monárquico, hoy la Casa Blanca, con su propensión a la violencia y a la xenofobia y su burla de las instituciones democráticas, nos retrotrae al fascismo de hace un siglo.
Bien es cierto que la radicalización agresiva de la política exterior de Trump responde a una realidad nueva en América (como en otros lugares): la presencia de China, muy implicada en inversiones y acuerdos con varios países en la zona. Una rivalidad geoestratégica que tiene que ver con la hegemonía mundial y la supremacía tecnológica y económica, y que deja sobre la mesa una de las incógnitas más inquietantes del panorama político mundial: si se resolverá pacíficamente mediante la negociación o derivará a enfrentamientos armados. La estrategia de seguridad nacional de Trump parece descartarlos, pero no así el Project 2025 de la Heritage Foundation, (algo así como la FAES del equipo de Trump), donde se define a China como un “enemigo existencial” incompatible con la prosperidad de EE.UU. y la buena marcha de los asuntos mundiales (tal como los concibe la ultraderecha norteamericana), y donde se reclama el fortalecimiento del ya descomunal músculo militar de EE.UU., incluidos los arsenales nucleares, para un enfrentamiento militar que no se descarta.
En estos enfoques hay muy estrecho campo para la negociación y el acuerdo multilateral. “Organizaciones y acuerdos internacionales −añade el citado Proyecto 2025− que erosionan nuestra Constitución, nuestra ley o la soberanía popular no deben ser reformadas: deben ser abandonadas”; y así lo ha hecho Trump de inmediato, considerando papel mojado acuerdos entre países y viendo la ONU y otras instancias internacionales como mero nido de países hostiles y científicos woke. Una actitud que impide afrontar los “peligros apocalípticos” −por usar la terminología del Doomsday Clock, que recientemente nos coloca “a 85 segundos de la medianoche”− en ámbitos como los arsenales nucleares, el cambio climático y el uso descontrolado de la biotecnología y la IA.
Todo ello desbarata un relativo orden internacional del que por cierto los EE.UU. fueron los principales arquitectos tras la II Guerra mundial. Recordemos los 14 puntos de Wilson, que dieron lugar a la Sociedad de Naciones, origen del multilateralismo moderno (lo mismo que, a su modo, las internacionales obreras), así como la Carta del Atlántico de 1941, que sentó el compromiso de los aliados con “la libertad frente al miedo y la miseria”, la libertad de comercio y de circulación y el rechazo de la violencia en las relaciones internacionales; de donde saldrían la Organización de Naciones Unidas, el Banco Mundial y otras instancias internacionales. Con el trasfondo del “equilibrio del terror” atómico, se arbitró un sistema que aseguró un periodo de relativa paz entre las potencias, comercio abierto y alguna cooperación internacional. Todo muy lejos del principio trumpista según el cual “el mundo está gobernado por la fuerza”.
Llegamos así a un punto en el que en realidad no hay ya doctrina, principio ni mitología alguna que recubra el uso de la amenaza y de la fuerza bruta para justificar el intervencionismo y obtener el dominio de los territorios apetecidos. “No necesito la ley internacional”, ha declarado recientemente Trump al New York Times refiriéndose a su ambición sobre Groenlandia. Así pues, lo que defiende ahora Trump no es ya la doctrina Monroe, sino su caricatura irreconocible (que nos recuerda más al concepto de Lebensraum hitleriano), un esperpento que podría ser tragedia para EE.UU. y para el mundo si lo escenifica hasta sus últimas consecuencias y si no surgen amplios movimientos, dentro y fuera de EE.UU., que lo frenen y devuelvan las cosas a una relativa normalidad.
Fuente: Conversación sobre la historia. Una versión más breve de este artículo fue publicada en La Crónica de Salamanca el 29 de enero de 2026
Portada: Monroe, T. Roosevelt y D. Trump, ilustración del blog Historia y Presente de Juan J. Paz y Miño Cepeda
Ilustraciones:
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