El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
¿Por qué nos fascinan tanto las historias de largo recorrido? A partir del éxito de la última versión cinematográfica de La Odisea y de las obras del periodista Patrick Radden Keefe, este artículo reflexiona sobre nuestra condición de seres narrativos y el poder de la no ficción para iluminar las zonas más oscuras de la realidad. Desde la tragedia de El hijo del oligarca hasta las conexiones entre poderes fácticos y reales en la Europa contemporánea, una lectura sugerente sobre los relatos que contamos y aquellos que preferimos ocultar.
Jaume Claret
La exitosa versión cinematográfica de La Odisea a cargo de Christopher Nolan —y la menos publicitada The Return (2024), del italiano Uberto Pasolini con Juliette Binoche y Ralph Fiennes— ha generado una nueva ola de interés acerca de este clásico atribuido a Homero. Como reconoce Emily Wilson, responsable de la traducción al inglés que ha servido de base para el guion del británico, pese a los muchos desacuerdos respecto de la versión cinematográfica explicitados en una impecable crítica publicada por la London Review of Books, «the release of The Odyssey is still an event to celebrate», porque «is doing his best to get the general public reading again, and I am grateful».
En Cataluña, las aventuras de Odiseo cuentan con un excelente puñado de versiones: desde la monumental e histórica de Carles Riba hasta la más reciente de Pau Sabaté para la Casa dels Clàssics, pasando por la poética de Joan F. Mira o la adaptada al público juvenil de Albert Jané. Las hay para dar y tomar. Lo mismo sucede en castellano. Todas empiezan pidiendo inspiración divina para relatar las aventuras y desventuras del rey de Ítaca quien, tras jugar un papel decisivo en la guerra de Troya, emprende el largo retorno hacia casa superando el castigo de los dioses. Todas recogen los diferentes episodios de la epopeya de este hombre «de múltiples tretas», «de muchos senderos», «de multiforme ingenio»… Cada traducción escoge su camino. Ahora bien, todas comparten esta fascinación por el relato. Y es que el ser humano es, ante todo, amante de las buenas historias.

Seres narrativos
Con más de un siglo de continuidad, The New Yorker es un excelente ejemplo de este rasgo diferencial de los humanos: desde los cuentos infantiles hasta los mismos obituarios, somos seres narrativos. En los últimos años, en la plantilla estable del semanario estadounidense destaca la figura de Patrick Radden Keefe (Dorchester, 1976). Incorporado en la plantilla del icónico magazine en 2006 como periodista de investigación, ha acumulado un buen puñado de premios y reconocimientos, ha cubierto decenas de historias y ha conseguido que su obra trascienda la prensa escrita.
Así, en 2009 publicaba el volumen The Snakehead sobre las redes ilegales de inmigración china hacia Estados Unidos; en 2018, Say Nothing, sobre la guerra sucia practicada por el IRA en los años setenta; en 2021, Empire of Pain, sobre la responsabilidad de la familia Sackler en la epidemia de opiáceos, y en 2022, Rogues, donde se compilan reportajes sobre asesinos, estafadores y gente de mala vida. Todos ellos han sido publicados en Cataluña por Periscopi (2024, 2020, 2021 y 2023) y traducidos al catalán por Ricard Gil. En castellano, hasta ahora su sello había sido Reservoir Books (en los mismos años) y con cuatro traductores diferentes: Eduardo Iriarte Goñi, Ariel Font Prades, Albino Santos Mosquera y Pablo Hermida Lazcano.
Todos, lecturas más que recomendables, auténticos referentes de la literatura de no-ficción. Además, los dos del medio han tenido versión televisiva: Say Nothing (Josh Zetumer, 2024) y Painkiller (Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster, 2023), mucho mejor conseguida la segunda que la primera.
Este prestigio consolidado explica que Radden Keefe fuera el primer invitado del programa de residencias internacionales coorganizado entre el CCCB y la UOC. Aprovechando su estancia durante la primavera de 2024, tuve la oportunidad de compartir una larga sobremesa donde sobresalieron dos temas principales. Por un lado, su curiosidad sobre la actualidad política española y catalana a través de unas preguntas precisas que evidenciaban una previa lectura atenta de las noticias y los reportajes disponibles. Por otro lado, mi interés sobre el proceso personal y profesional para escoger (o descartar) una historia y la supervisión y el seguimiento llevados a cabo por la cabecera: del director a los encargados de contrastar todos los datos y declaraciones.
Respecto a este último aspecto, según el periodista había un desencadenamiento claro para cualquier reportaje: oír el latido, tras una somera primera descripción (fruto de un artículo de prensa, de una conversación con un colega o de un intercambio social), de una historia sobre la complejidad humana. La intuición de un buen relato ponía en marcha, con el apoyo y los recursos del The New Yorker, la investigación para ofrecer ángulos nuevos, para captar la atención discreta del lector, para recordarnos que somos seres narrativos.
En aquella sobremesa, nos puso un ejemplo a partir de un trabajo en curso, aprovechando la residencia barcelonesa. A raíz de una estancia en Londres, un amigo le había hablado de la (supuesta) muerte accidental o suicidio de un adolescente (19 años) de clase media-alta al caer de una balconada al río Támesis. La tragedia no había trascendido más allá del entorno más cercano a la víctima, hasta que dos hechos impulsaron a sus padres a querer profundizar en qué había sucedido realmente. Por una parte, la muerte reveló que el joven llevaba una doble vida haciéndose pasar, en círculos de poder y mafia, por hijo de oligarcas rusos, y por otra, la investigación policial parecía responder a una mezcla de desidia e incompetencia.
Publicado originalmente como London Falling, este septiembre llegaba a las librerías la historia de Zac Brettler y, a partir de él, las conexiones subterráneas existentes en Londres entre millonarios sin escrúpulos, servicios secretos incontrolados y todo tipo de delincuentes, traficantes y asesinos, pese a que, muy a menudo, algunos de los personajes incluidos en el libro responden a varias de estas categorías. No es de extrañar que ya se hable de una futura adaptación televisiva.
El hijo del oligarca (ahora en Seix Barral con Javier Calvo Perales de traductor, en cambio en catalán se mantiene sello y traductor: Periscopi y Ricard Gil) mezcla tres hilos principales. En primer lugar, tenemos la reconstrucción sobre cómo un chaval aparentemente normal es capaz de construir vidas paralelas para huir de la propia realidad y, sobre todo, para acercarse a mundos ajenos —tan exclusivos como peligrosos— que lo habían fascinado desde pequeño. La mentira necesaria, la misma que evidencia que algo fallaba a nivel personal, le permite introducirse en otra dimensión y, a la vez, le impide dar marcha atrás.
En segundo lugar, nos encontramos con el cuidadoso acompañamiento a la familia por parte de Radden Keefe. El respeto y la humanidad hacia unos progenitores desconcertados y necesitados de respuestas se combina con una impecable crítica y señalamiento a unas autoridades policiales y políticas que fracasan doblemente, porque ni supieron actuar preventivamente ante las fuerzas oscuras instaladas en Londres, ni supieron conducir la investigación con unos mínimos de profesionalidad y diligencia.
Y esto nos lleva al tercer hilo: la aceptación acrítica por parte de la City, pero extensible al resto del Viejo Continente, de estos nuevos-ricos. Deslumbrados por las posibilidades generadas por estas inyecciones masivas de capital (de la burbuja del mercado inmobiliario a las inversiones en clubes de fútbol, pasando por la revitalización de la industria del lujo y la activación de servicios de todo tipo para atender cualquier capricho), prácticamente todo el mundo cerró los ojos. Pocos se preguntaron por el origen de aquellas fortunas, sobre los lazos con nuevas y violentas formas de delincuencia, sobre la connivencia con intereses extranjeros especialmente vinculados al autócrata Vladímir Putin o sobre los intereses desestabilizadores para la democracia y para el proyecto europeo de estos nuevos caballos de Troya.
Socavar la democracia
En los últimos años, se han acumulado las evidencias para hacer que caiga la venda de los ojos. Lo hizo, no sin amenazas y problemas de todo tipo —incluida una denuncia por parte del peón del Kremlin Roman Abramovich—, la periodista Catherine Belton en su libro Los hombres de Putin (Península, 2022). Ya antes se habían atrevido Mark Hollingsworth y Stewart Lansley con Londongrad (2009) y Mikhail Zigar con All the Kremlin’s Men (2015). Tal vez alguna cosa esté cambiando. Tal vez, como Odiseo, los europeos han necesitado demasiados años y muchas (des)venturas para darse cuenta de que gran parte de estos poderosos pretendientes no quieren integrarse, sumarse o enriquecer nuestras sociedades. Al contrario, solo aspiran a socavar la democracia, desestabilizar el proyecto europeo y desgastar nuestras libertades. No hacen falta apelaciones a los dioses; con ser fiel al espíritu fundacional de aquel Viejo Continente es más que suficiente.
Fuente: Política & Prosa 21 de septiembre de 2026
Portada: Representación artística del Caballo de Troya ya dentro de la ciudad, obra de Henri Paul Motte, 1874.RISCHGITZ (HULTON ARCHIVE/GETTY IMAGES)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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