El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Pablo Cervera Ferri
Universitat de València
Todas las doctrinas económicas tratan tres cuestiones centrales: la producción, la generación de los precios y la remuneración de los factores —tierra, trabajo y capital—. La crítica de Karl Marx a la economía política es considerada una heterodoxia de la doctrina liberal o clásica, en tanto que comparte lo esencial de esta tríada, pero discrepa en sus conclusiones. El marxismo asume algunos de sus preceptos básicos: la centralidad de la acumulación de capital para el fin último del crecimiento, una teoría del valor basada en los costes de producción, la eficiencia asignativa del mercado competitivo y la tendencia histórica hacia un estado estacionario. No obstante, entiende que la teoría económica liberal, esencialmente smithiana y ricardiana, desatiende la condición del capital como relación social y la del trabajo como mercancía, lo que induce a malinterpretar las causas profundas de la generación de los precios de producción. Esto provoca la confusión entre ganancias y beneficios y obliga a revisar las leyes de la distribución —naturales, en su acepción clásica— con criterios científicos.
La interpretación de la crítica marxiana como una reacción de descontento ante las desigualdades inherentes al mercado es, por tanto, un acercamiento simplista a un problema conceptual complejo. El Capital no es un dictamen ético sobre la injusticia en el reparto de la riqueza social, sino un constructo analítico que redefine el trabajo como forma específica de capital y, a la vez, como fuente y medida del valor. Esa redefinición obliga a distinguir entre quienes aportan su trabajo y quienes se apropian de sus frutos, una cuestión que arrastra implicaciones ramificadas sobre el concepto mismo de propiedad en un contexto histórico e institucional dinámico. En este sentido, la obra de Marx se inserta en una tradición intelectual de larguísimo recorrido que cuestiona la armonía espontánea de los intereses privados y prioriza el progreso colectivo. Nada de esto, sin embargo, es nuevo ni exclusivo del capitalismo moderno. La radicalidad de su diagnóstico y la ambición de su teoría sólo pueden comprenderse reconociendo su diálogo con tradiciones filosóficas, políticas e incluso teológicas heredadas del comunitarismo, de las utopías igualitaristas y de la Ilustración radical, en un tiempo de profundas transformaciones estructurales derivadas de la industrialización y de las revoluciones liberales del siglo XIX.
El comunitarismo como fundamento ético
El comunitarismo es una ética para la convivencia. En La República, Platón describía una ciudad cuyos guardianes subordinarían sus vidas a la preservación de la felicidad común, como una meta superior al interés particular. La proyección teológica de ese ideal se manifestó en la patrística cristiana con el agustinismo político. En La ciudad de Dios, Agustín de Hipona reinterpretó la oposición platónica entre los mundos sensible e inteligible en clave doctrinal, identificando el amor propio —amor sui— como causa última de la corrupción del alma y proponiendo su sustitución por el amor Dei, la comunión espiritual y material entre los hombres. Esa corriente sobrevivió a las tensiones del orden feudal. El franciscanismo espiritual, por ejemplo, profundizó en el ideal de pobreza evangélica y de vida comunitaria frente a la acumulación patrimonial de la Iglesia institucional: la imitatio Christi exigía la renuncia a la propiedad y la participación fraternal en la sociedad.
Es cierto que Tomás de Aquino introdujo el realismo aristotélico en la teología moral y económica, pero no ignoró ese trasfondo comunitarista. Reconocía la legitimidad de la propiedad privada como ordenamiento humano, pero subrayaba que todo bien debía estar, en última instancia, orientado al uso común. El derecho de propiedad era, por tanto, relativo y subordinado al destino universal de los bienes. Durante el Renacimiento, el giro individualista en la interpretación de ciertos pasajes de las Escrituras —que muchos atribuyen a la superioridad ética del tomismo— cristalizó en la escolástica tardía. Dominicos salmantinos y jesuitas conimbricenses pusieron el acento en el derecho subjetivo, en la justa estimación de los precios y en un orden jurídico fundado en la propiedad. Estas formulaciones, celebradas retrospectivamente como precursoras de la economía de mercado, surgieron sin embargo en un contexto donde los factores productivos no se negociaban libremente ni, por tanto, influían en los precios de forma identificable. La escolástica no abolió el comunitarismo, sino que le impuso un marco restrictivo, confinando la tradición agustiniana a la esfera espiritual y exaltando la autonomía del individuo en la gestión de sus bienes.
La influencia escolástica sobre la comprensión de los fenómenos económicos quedó circunscrita al ámbito contrarreformista, mientras que el agustinismo subsistía en el neoplatonismo, que alcanzó su máximo esplendor en la escuela de Florencia a finales del siglo XV. Figuras como Marsilio Ficino y Giovanni Pico della Mirandola revitalizaron el ideal de armonía cósmica y de comunidad de saberes. Esa misma atmósfera intelectual impregnó varias cátedras de La Sorbona y, muy particularmente, la vida cultural de Lyon —“la Florencia del Ródano”— desde que los Médici emparentaron con la Casa de Valois. El comunitarismo inspiró así las primeras utopías modernas, en las que la abolición de la propiedad privada y la organización colectiva del trabajo se presentaban como garantías de justicia y de felicidad pública. La renovación del ideal comunitarista trascendió en la Utopia católica de Thomas More (1516); adquirió una dimensión política en el federalismo republicano calvinista; se secularizó con I mondi de Anton Doni (1552) y con la Ciudad del Sol de Tommaso Campanella (1602); y persistió —entre otros— en la Christianopolis de Johannes Valentinus Andreae (1619) y en la New Atlantis de Francis Bacon (1627).

Este legado literario, lejos de extinguirse, se trasladó en el siglo XVIII a propuestas prácticas de autores religiosos de la Ilustración radical. Jean Meslier, párroco rural, denunció en su extenso Testamento (1764 [1729]) los abusos del feudalismo y de la propia Iglesia, abogando por la abolición de la propiedad privada, la comunidad de bienes y la emancipación campesina. Su ateísmo confeso resultó perturbador, en tanto que procedía de un sacerdote que conocía de primera mano la miseria de sus feligreses. Pocos años después, Gabriel Bonnot de Mably, también de formación eclesiástica, denunció en De la législation (1776) formas encubiertas de servidumbre y exigió limitar la extensión de la propiedad. La desigualdad económica, sostenía, era incompatible con la virtud cívica y con la estabilidad de la república. En esa misma línea, Morelly imaginó en la crítica a Montesquieu de su Code de la nature (1755) una sociedad donde los bienes duraderos no fuesen hereditarios y perteneciesen a un Estado garante de la igualdad.
La Ilustración había transmutado el lenguaje del Evangelio —amoldado durante siglos al servicio de las élites—en un arsenal crítico contra el orden establecido. Ese sustrato intelectual inspiraría a Gracchus Babeuf, el conspirador de los Iguales, quien retomó la bandera del igualitarismo durante los años convulsos de la Revolución Francesa. Fue ejecutado en 1797, pero su legado se convirtió en promesa revolucionaria y en referente para los socialistas del primer tercio del siglo XIX, decepcionados por la sustitución de los principios de igualdad y fraternidad por los de propiedad y seguridad.
Entre éstos destacó Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, que trasladó el ideal igualitario a una sociedad industrial en transformación. Propuso una reorganización racional del trabajo y de la distribución bajo los principios de capacidad, asistencia a la necesidad y cooperación en pos del “interés general”, expresión que más tarde algunos liberales adoptarían sin advertir sus contradicciones con la “mano invisible” smithiana. El sansimonismo se erigió en la corriente más influyente del socialismo premarxista y no fue tan “utópico” como suele afirmarse con ligereza, porque concretó algunas realizaciones. Sus seguidores fundaron periódicos, promovieron cooperativas, impulsaron proyectos de modernización económica e incluso gobernaron. Michel Chevalier, discípulo destacado, fue uno de los artífices del tratado de libre comercio con Gran Bretaña (1860). Ciertamente, la “cláusula de la nación más favorecida” no trajo demasiadas bendiciones a la industria francesa, pero ya reflejaba la vocación internacionalista del socialismo. Más exitoso fue el proyecto de banca mixta de los hermanos Pereire, que combinaron depósitos y crédito para financiar el desarrollo ferroviario francés e incluso el español.

La construcción de El Capital
En ese contexto de reconstrucciones utópicas y experimentos sociales aparece la figura de Karl Marx. Nació en Tréveris en 1818, en el seno de una familia judía convertida al protestantismo. Su padre, abogado, mantuvo una estrecha relación profesional con Ludwig von Westphalen, un alto funcionario de ideas ilustradas. Este barón prusiano era el padre de Jenny, con quien habría de casarse, y le dio a leer un ejemplar del Catecismo de los industriales de Saint-Simon que guardaba en su biblioteca. El joven Marx se formó en Derecho y Filosofía en las universidades de Bonn y Berlín. Se vinculó con Ludwig Feuerbach, Bruno Bauer y otros jóvenes que radicalizaban la filosofía de Hegel en clave crítica. En 1841 defendió su tesis doctoral sobre las diferencias doctrinales entre Demócrito y Epicuro. Poco después fue contratado en Colonia como redactor de la gaceta Rheinische Zeitung, de la que llegó a ser editor en 1842.
La vigilancia policial en Prusia acabó forzando a Marx al exilio. En 1843 abandonó Colonia y se trasladó a París, donde contrajo matrimonio con Jenny von Westphalen. La capital francesa se había convertido en un hervidero de disidencias políticas tras la Revolución de Julio. En los cafés y sociedades obreras se debatían las propuestas de socialistas utópicos de última generación como Charles Fourier, Étienne Cabet o Louis Blanc. Marx, recién llegado, los estudió con atención. Admiraba la generosidad de sus ideales y su defensa del trabajo cooperativo, pero consideraba que sus esquemas carecían de fundamento histórico y de rigor científico. Fue en ese ambiente donde conoció a Friedrich Engels, con quien iniciaría una colaboración decisiva.
Engels, hijo de un industrial textil de Barmen, había regresado de Inglaterra tras observar de primera mano las condiciones de la clase obrera en Manchester. Durante su estancia en Escocia visitó las fábricas cooperativas de Robert Owen en New Lanark, donde se experimentaba una nueva organización del trabajo basada en la educación, la igualdad y la reducción de la jornada laboral. Aquella experiencia dejó en el joven empresario la impresión de que las causas de la explotación obrera residían en la estructura económica del sistema. De esa constatación surgiría su Esbozo de crítica de la economía política (1844), un texto que impresionó a Marx por su enfoque materialista. Entre ambos se estableció una alianza intelectual inmediata, cimentada en la convicción de que la economía debía ser el punto de partida de toda crítica a la sociedad moderna.

Durante su estancia en París, Marx frecuentó a los principales teóricos del socialismo francés. Mantuvo largas conversaciones con Pierre-Joseph Proudhon, autor de ¿Qué es la propiedad? (1840), que defendía un mutualismo cooperativo y el crédito gratuito como alternativas a la explotación capitalista. Aunque en un principio lo admiró por su capacidad de denuncia, pronto se distanció de él. En 1846, tras la publicación de Filosofía de la miseria, Marx refutó con Miseria de la filosofía la confusión proudhoniana entre categorías morales y leyes económicas.
El enfrentamiento entre ambos marcaría el divorcio definitivo entre el socialismo utópico y el emergente socialismo científico. Hasta entonces, las ideas de reforma social se habían expresado en términos filantrópicos, sin explicar las leyes que regían el capitalismo. Marx comprendió que el socialismo sólo podría alcanzar un fundamento científico apropiándose del método analítico de la economía política clásica. La emancipación humana no dependía de la benevolencia o de la concienciación de las clases poseedoras, sino de la comprensión de las contradicciones inherentes al capitalismo y de la acción consciente de la clase trabajadora.
No estoy seguro de que las autoridades prusianas y francesas percibiesen la magnitud teórica de esta propuesta, pero sin duda intuyeron sus riesgos prácticos. Expulsado de nuevo, Marx se instaló en Bruselas, consolidó su colaboración con Engels y, junto a otros exiliados, fundó la Liga de los Comunistas. En 1848 redactaron el Manifiesto del Partido Comunista, un texto breve que presentaba a la historia como una sucesión de luchas de clases. El fracaso de las revoluciones de aquel año obligó a Marx a huir otra vez. Tras un breve regreso a Colonia y la clausura de la Neue Rheinische Zeitung, se exilió definitivamente en Londres. La metrópoli británica, centro del capitalismo industrial, se convirtió en su laboratorio intelectual desde 1849. En la precariedad y con el sustento de Engels, dedicó sus años de exilio al estudio sistemático de la economía política, la estadística y la historia económica inglesa. Entre 1850 y 1867, Marx elaboró los Fundamentos (Grundrisse), la Contribución a la crítica de la economía política y, finalmente, El Capital. Londres le ofreció el escenario ideal para observar las contradicciones del capitalismo en su forma más avanzada: la concentración fabril, el pauperismo obrero y la expansión colonial. Allí su pensamiento maduró, transformando la teoría social en una ciencia histórica de la producción.

El primer volumen de El Capital, publicado en Hamburgo en 1867, constituye la culminación teórica del socialismo científico. Marx trata de revelar las leyes que rigen el modo de producción capitalista, centrándose en el proceso de generación y apropiación de la plusvalía. Partiendo de la mercancía como unidad elemental del sistema económico, examina la doble naturaleza del trabajo —concreto y abstracto—, el fetichismo del valor y la conversión de la fuerza de trabajo en mercancía. El núcleo de su argumentación reside en demostrar que la ganancia no proviene del intercambio de dinero por mercancías, sino de la explotación del trabajo asalariado. A continuación, describe la dinámica de concentración del capital, la formación del “ejército industrial de reserva” y las crisis periódicas que resultan de las contradicciones del sistema. Su propósito no era moralizar, sino interpretar las leyes internas que hacen del capitalismo una etapa históricamente necesaria, pero destinada a ser superada.
La envergadura del proyecto impidió que Marx completara los volúmenes siguientes en vida. Su salud se deterioró tras años de estrecheces y de trabajo incesante en la biblioteca del Museo Británico. Entre 1857 y 1865 había redactado una ingente cantidad de materiales preparatorios, pero no logró darles forma definitiva. Falleció en 1883 sin haber visto publicados los Libros II y III de El Capital. Fue Engels quien asumió la tarea de ordenar y editar los manuscritos. Reconstruyó el Libro II (1885), dedicado a la circulación y reproducción del capital, y el Libro III (1894) sobre la transformación de la plusvalía en ganancia y su tendencia histórica decreciente. Engels preservó así la continuidad y la coherencia de la obra, asegurando la que consideró su forma completa. A su fallecimiento, el proyecto de El Capital fue ampliado por su colaborador y albacea, Karl Kautsky. Entre 1905 y 1910, entregó a imprenta los manuscritos inéditos de Marx sobre la historia de las doctrinas económicas desde William Petty hasta David Ricardo bajo el título Teorías de la plusvalía. Esta obra, conocida como el “Libro IV”, no continúa el análisis sistemático de los volúmenes anteriores, sino que reconstruye la genealogía de las categorías fundamentales del capitalismo —trabajo, salario, ganancia, renta— como productos históricos destinados a ser redefinidos. Además, conviene recordar que una parte sustantiva del Karl Marx que hoy leemos es póstuma: la circulación tardía de manuscritos como los Cuadernos de París, los Grundrisse o La ideología alemana reconfiguró su recepción varias décadas después.
En su funeral, celebrado en Londres el 17 de marzo de 1883, Engels sintetizó su legado con una frase que condensaba toda una revolución intelectual: “Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana”. Tales leyes se resumían en dos aportaciones fundamentales: el materialismo histórico y la teoría de la plusvalía.

El Libro I de El Capital
El materialismo histórico parte de una premisa contraria a las enseñanzas de Hegel y de consecuencias radicales: la realidad social determina la conciencia, y no a la inversa. Todo individuo se desarrolla dentro de una forma concreta de organización económica que condiciona su pensamiento y sus acciones. Los modos de producción —las formas en que los hombres obtienen y reproducen los medios de su subsistencia— constituyen el andamiaje que sostiene todo el edificio jurídico e ideológico de una época. Marx denomina a este conjunto infraestructura, en la que distingue las fuerzas productivas (la tierra, el trabajo, la técnica, el capital) de las relaciones sociales de producción (las formas de propiedad y control de esos medios). Sobre esa base material se alza la superestructura, integrada por las leyes, la religión, la filosofía, el arte y las instituciones políticas, cuya configuración depende del modo de producción dominante. Las etapas históricas se suceden cuando las relaciones de producción existentes dejan de corresponderse con el desarrollo de las fuerzas productivas, generando un conflicto interno que Marx describe mediante otro préstamo hegeliano, la dialéctica: el principio del cambio histórico a través de la contradicción.
Tal contradicción adopta la forma de una lucha de clases entre quienes poseen los medios de producción y quienes sólo disponen de su fuerza de trabajo. Cada modo de producción —comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo, capitalismo— expresa una forma específica de esa relación y, con ella, una determinada estructura social. En la comunidad primitiva, inspirada tácitamente en la descrita por Adam Smith, no existe propiedad privada ni apropiación del trabajo ajeno. En el esclavismo, la fuerza de trabajo está ligada jurídicamente a la persona del amo y no es susceptible de valoración. En el feudalismo, el siervo produce bajo coacción personal o territorial. Sólo en el capitalismo, el trabajador es formalmente libre; pero se ve obligado a vender su fuerza de trabajo como mercancía para sobrevivir. La transición entre modos de producción no se explica, pues, por el progreso moral o el ingenio de los individuos, sino por la tensión entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales que las encuadran. Cuando estas últimas se convierten en un obstáculo para el desarrollo material —como ocurrió con la servidumbre durante la revolución agraria—, estallan las revoluciones que inauguran nuevas formas organizativas. Para autores como Smith o Ricardo, las leyes de producción y distribución eran naturales y válidas para toda sociedad civilizada con división del trabajo. Marx, en cambio, no concibe los fondos de salarios, rentas y beneficios como categorías universales, sino como expresiones concretas del modo de producción capitalista.
Si el materialismo histórico explica las leyes del movimiento social, la teoría de la plusvalía revela la lógica interna del sistema económico moderno. Ambas forman un todo inseparable: la primera describe la transformación de los modos de producción; la segunda explica el principio de explotación que alimenta el capitalismo. En ella reside la diferencia fundamental entre Marx y la economía clásica: el descubrimiento de que la ganancia no surge en el intercambio ni en la circulación, sino en el proceso mismo de producción.
Hasta mediados del siglo XIX, los economistas consideraban que el beneficio era el resultado natural de la compraventa: una recompensa por el riesgo asumido y por la aportación de capital. Marx, en cambio, sostuvo que el origen de la ganancia debía buscarse antes de la venta, en la esfera productiva, allí donde el trabajo transforma las materias primas en mercancías. En el capitalismo, la circulación se organiza en torno a un proceso característico que se sintetiza en la fórmula D–M–D’: el empresario parte con una suma primitiva de dinero (D, “capital originario” o “mercantil”), lo invierte en mercancías (M: medios de producción y fuerza de trabajo) y obtiene, al final del ciclo, más dinero del que tenía al principio (D’). La diferencia D’-D es la plusvalía, generada en el proceso productivo por el trabajo no remunerado. Esta lógica —invertir para obtener más valor, reinvertirlo y expandir la producción— es el motor del sistema. Pero si el proceso sólo se reproduce ampliando el excedente apropiado, ¿no implica acaso que el crecimiento mismo presupone desigualdad?
La innovación conceptual consistía en superar la acepción clásica del trabajo como factor productivo y redefinirlo como una mercancía peculiar, cuyo valor de uso —la capacidad de crear nuevo valor— excede su valor de cambio, es decir, el salario necesario para reproducirla. Marx entendía que la diferencia entre comprar y pagar no era una cuestión menor. El empresario compra al trabajador su fuerza de trabajo por un tiempo determinado. Sin embargo, sólo remunera la parte necesaria para mantenerla. La diferencia entre el tiempo de trabajo necesario y el tiempo de trabajo total constituye un excedente—el plustrabajo— cuyo valor no es retribuido: la plusvalía.
Los economistas clásicos —y buena parte de los traductores posteriores de El Capital— no advirtieron este importantísimo matiz. El empresario no sólo obtiene un beneficio cuando vende el bien que ha fabricado a un precio de mercado superior al natural. También obtiene una ganancia oculta, generada en el momento mismo en que compró la mercancía trabajo a un coste inferior al de su reproducción. El beneficio es una compensación legítima por la inversión, mientras que la ganancia es una apropiación del excedente producido por el trabajo ajeno. No obstante, esta última no es resultado de la coacción, sino de un contrato libremente establecido entre trabajador y capitalista. El problema reside en que esa libertad formal encubre una dependencia estructural: el obrero sólo puede ejercer su trabajo a través del capital, y el este último sólo se valoriza apropiándose del trabajo no pagado. De ahí la contradicción central del capitalismo: la igualdad jurídica entre las partes disimula una relación de producción asimétrica. En esta clave, la explotación no es una perversión del capitalista, sino un resultado inherente a la competencia: incluso agentes bienintencionados reproducen la apropiación del excedente mientras la forma mercantil del trabajo persista. Lo que en apariencia es un intercambio voluntario, se convierte en la práctica en una forma legal de explotación.
Desde esta perspectiva, la cuestión de la distribución de la riqueza adquiere un nuevo sentido. Marx acepta, en términos generales, las leyes naturales formuladas por Ricardo —la tendencia de los salarios reales hacia el nivel de subsistencia, la caída progresiva de la tasa de beneficio y el incremento de las rentas del suelo—, pero las interpreta como leyes históricas. Explican el funcionamiento de un sistema social concreto y no la esencia de toda economía posible. Las economías de escala y los avances técnicos —apenas vislumbrados en su tiempo— modificarían esas tendencias, demostrando que las leyes de distribución no son inmutables, sino dependientes del contexto productivo e institucional.
Marx carecía, naturalmente, de los instrumentos matemáticos con los que la teoría neoclásica abordaría después estas cuestiones. Pero su aporte residió en otra dimensión: la de haber reintroducido en la economía política una reflexión ética, que atañe a la legitimidad de la apropiación del excedente. Si las pretendidas leyes “naturales” de distribución son, en realidad, fruto de un determinado modo de producción, entonces pueden y deben ser revisadas cuando cambian las condiciones históricas. La crítica marxiana no se limita, por tanto, a demostrar la existencia de la plusvalía; apunta a interrogar los fundamentos morales de su apropiación. En ello radica la fuerza perdurable de transformar un problema técnico en una pregunta sobre la justicia.
Los libros II y III de El Capital
La continuación de El Capital, publicada en 1885, fue una respuesta indirecta a las primeras objeciones formuladas contra la obra de Marx. Ya durante la década de 1870 comenzaron a circular críticas —especialmente desde la escuela austríaca— que cuestionaban la coherencia interna del sistema, en particular la relación entre valor y precio y el origen de la ganancia. Eugen von Böhm-Bawerk dedicó un extenso capítulo de la primera parte de Capital e interés (1884) a señalar tales inconsistencias con el fin de legitimar la apropiación de la plusvalía por el empresariado, y Engels se vio en la necesidad de rebatirle. El Libro II pretendía demostrar cómo esa plusvalía se realiza y circula dentro del conjunto de la economía capitalista. Engels quiso mostrar que el sistema de Marx no era estático, sino un organismo en movimiento. Los modelos de reproducción simple y ampliada son intentos de representar las condiciones bajo las cuales el sistema capitalista logra perpetuarse. En la reproducción simple, la plusvalía se destina por completo al consumo de los capitalistas, manteniendo una escala constante de producción. En la ampliada, una parte del excedente se reinvierte en nuevos medios de producción y salarios, permitiendo la acumulación. Marx establece flujos de oferta y de demanda de producción entre grandes sectores de bienes de capital y de consumo, para demostrar que el sistema capitalista es intrínsecamente inestable: la reproducción sólo se mantiene por la coincidencia fortuita entre producción y demanda intersectorial, y sus desajustes revelan la posibilidad estructural de las crisis. Pese a las apariencias, este Libro no es un tratado de circulación mercantil. Es más bien una teoría de la acumulación y de los ciclos de inversión que describen el capitalismo, y una primera respuesta al “problema de la maquinaria” mal resuelto por la teoría económica ricardiana. Engels comprendió que las críticas emergentes exigían mostrar la unidad del proceso —producción, circulación y reproducción— para blindar el modelo marxiano. La economía política burguesa veía el equilibrio; Marx y Engels veían la recurrencia de las crisis como forma normal de la estabilidad capitalista.
El Libro III de El Capital (1894) culmina la arquitectura del sistema marxiano. Si el Libro I analizaba la generación de la plusvalía y el Libro II su circulación y reproducción, el tercero aborda su distribución entre las distintas fracciones del capital bajo las formas de ganancia, interés y renta. El problema central que Engels intenta resolver aquí es el de la transformación de los valores en precios de producción en condiciones de competencia capitalista. Hasta ahora, los argumentos de Marx habían demostrado que la ganancia se origina en la explotación del trabajo asalariado y que, en condiciones ideales, el valor de una mercancía equivale al tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Pero en el mundo real, los distintos sectores económicos emplean proporciones distintas de capital constante (máquinas, materias primas) y capital variable (salarios). Marx denomina a esa relación “composición orgánica del capital”.
Cuanto mayor es la proporción de capital constante, menor es la parte del capital que genera plusvalía directa, pues sólo el trabajo crea valor nuevo. Sin embargo, la competencia entre capitales tiende a igualar la tasa de ganancia media entre sectores, independientemente de su composición orgánica. De esta tensión surge la necesidad de extender las fórmulas del valor-trabajo: el precio de producción de una mercancía no coincide necesariamente con su valor, sino que se ajusta para garantizar una ganancia uniforme en todo el sistema. De este modo, las mercancías producidas en sectores con alta composición orgánica —es decir, los más mecanizados— se venden por encima de su valor, mientras que las de sectores con baja composición orgánica se venden por debajo. La suma total de los precios de producción sigue siendo igual a la de los valores, y la suma total de las ganancias equivale a la de las plusvalías, pero la distribución se altera. Así, Marx logra mostrar que la ley del valor no se contradice con la competencia, sino que se realiza a través de ella, mediada por los precios de producción.
Esta solución presentaba algunas debilidades matemáticas y fue recibida con escepticismo incluso entre economistas simpatizantes. Böhm-Bawerk, en Karl Marx y el cierre de su sistema (1896), acusó de nuevo a Marx de incoherencia lógica: según él, los precios de producción introducían magnitudes de valor que ya no podían medirse en unidades de trabajo, de modo que los valores (en horas de trabajo) y los precios (en unidades monetarias) resultaban incomparables dentro del propio sistema. Operar simultáneamente con precios y valores era como sumar peras con manzanas. La teoría marxiana, concluía, “se derrumba en el punto mismo en que pretendía coronarse”.
Sin embargo, esta crítica se basaba en una comprensión estática del modelo. Marx nunca pretendió establecer una identidad aritmética entre valores y precios individuales, sino su correspondencia a nivel global del sistema. La respuesta más rigurosa a Böhm-Bawerk llegó pocos años después de la mano del economista polaco Ladislaus von Bortkiewicz, quien en 1907 demostró que la aparente inconsistencia podía resolverse mediante un tratamiento simultáneo de los tres sectores productivos —bienes de capital, bienes de consumo y bienes de lujo— en un sistema de equilibrio general. Reformuló las ecuaciones de Marx y probó que, si se aplicaba la tasa media de ganancia de forma coherente tanto a los inputs como a los outputs, las sumas globales de precios y valores seguían siendo equivalentes y con unidades homogéneas. La incoherencia señalada por Böhm-Bawerk no era, por tanto, una falla lógica, sino una simplificación algebraica del modelo original.
El Libro III culmina con una de las formulaciones más debatidas de la economía marxiana: la tendencia histórica decreciente de la tasa de ganancia. Marx retoma un tema clásico: el del estado estacionario de Ricardo, una situación de muy largo plazo en la que la tasa de beneficio se anula y el crecimiento se detiene. Lo reformula, sin embargo, desde el interior del proceso productivo. Mientras los clásicos atribuían el agotamiento del crecimiento a causas externas al mecanismo de acumulación —la escasez de tierras fértiles o el encarecimiento de los alimentos—, Marx sitúa el origen del estancamiento en la propia lógica del capital, en la proporción decreciente entre trabajo vivo y trabajo acumulado o “cristalizado”.
El capital constante es el invertido en medios de producción —maquinaria, edificios, materias primas y energía—, cuyo valor se transfiere sin cambio al producto final. Por el contrario, el capital variable es la parte destinada a la fuerza de trabajo: al pagar salarios, el capitalista adquiere una capacidad creadora de nuevo valor que excede su propio coste, generando así la plusvalía. La tasa general de ganancia puede expresarse como el cociente entre la plusvalía y la suma de los capitales constante y variable. Dado que sólo el trabajo vivo —el capital variable— produce nuevo valor, cualquier aumento proporcional del capital constante reduce la participación relativa del trabajo en la creación de valor. La acumulación de capital, al incorporar maquinaria y tecnología, eleva la composición orgánica del capital (la proporción entre constante y variable) y, con ello, reduce la tasa media de ganancia. La paradoja es evidente: el progreso técnico que eleva la productividad reduce al mismo tiempo la rentabilidad del sistema.
Marx entiende que esta tendencia se contrarresta con mecanismos internos que el propio capitalismo ha desarrollado para sobrevivir. Engels subrayó este carácter dialéctico: el sistema se autodestruye mientras crea las condiciones para posponer su colapso. Entre los factores compensadores para recuperar la tasa de ganancia y evitar el temido estado estacionario, Marx enumera varias alternativas: el aumento de la tasa de explotación, mediante la intensificación del trabajo, la extensión de la jornada laboral o la contención salarial; la reducción del valor de los medios de producción con el progreso técnico o la importación de materias primas baratas desde las colonias; y la expansión geográfica de nuevos mercados de capital para ampliar la base de consumo.
El capitalismo aprende a posponer sus crisis, pero no sabe suprimirlas. El resultado es un ciclo de expansión y recesión, de acumulación y destrucción, que Marx describe como el movimiento real de la economía moderna y que, según la propia dialéctica de los procesos históricos, habría de culminar en la sustitución del sistema por la “dictadura del proletariado”. Independientemente de lo matizable de semejante conclusión, la originalidad de este planteamiento reside en que el colapso no se produce “después” de la producción, como en las teorías clásicas del comercio, sino durante el proceso productivo. La globalización y el colonialismo del siglo XIX, así como la industrialización desigual de las periferias, son manifestaciones históricas de esa necesidad interna del capital de abaratar sus propios insumos para mantener la tasa de ganancia. Lo que la economía clásica entendía como un límite natural del crecimiento, Marx lo convierte en una contradicción inmanente, un mecanismo de preservación que opera al borde de la autodestrucción.
Primeras reacciones
Las reflexiones finales del Libro III abrieron el camino a un amplio debate sobre la dinámica del capitalismo y el porvenir del socialismo. A comienzos del siglo XX, la expansión imperialista y la concentración financiera parecieron confirmar las previsiones de Marx, pero también exigieron una revisión de su modelo. Rosa Luxemburg argumentó en La acumulación del capital (1913) que el sistema no podía reproducirse de forma cerrada, como sugerían los esquemas del Libro II, porque la realización de la plusvalía requería mercados exteriores. La expansión colonial y la incorporación de economías precapitalistas eran, afirmaba, condiciones necesarias para una acumulación condenada a agotarse. Retomando esta idea a la luz del nuevo orden económico internacional surgido de la Gran Guerra y del colapso de la primera globalización, Lenin reinterpretó en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916) la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia. El capital industrial y el bancario se estaban fusionando y la inversión se desplazaba a las colonias para compensar la caída de la rentabilidad interna. La expansión imperialista era, por tanto, el último bastión del capitalismo, pero también el preludio de su descomposición. El propio sentido histórico del marxismo no puede separarse del acontecimiento que lo hizo políticamente operativo: la Revolución rusa de 1917. Como recuerda Alan Ryan, sin la llegada de Lenin a Petrogrado y la apropiación del discurso marxista por los bolcheviques, tal vez Marx no hubiera pasado de ser un economista con propuestas interesantes. Fue ese giro histórico el que convirtió una crítica teórica del capitalismo en una doctrina de transformación social con alcance mundial.
En una línea más moderada, el austromarxismo surgió como una corriente intermedia entre el determinismo económico y la reforma social gradual. Kautsky defendió que las contradicciones del capitalismo conducirían inevitablemente al socialismo, pero por vías democráticas y sindicales. Frente a él, Eduard Bernstein replanteó la doctrina en clave revisionista: en Socialismo teórico y socialdemocracia práctica (1899) sostuvo que el derrumbe del capitalismo no era inevitable, que las crisis tendían a suavizarse y que el socialismo debía construirse como una respuesta a la ética que lo inspiró, no como una necesidad histórica. Este giro dividió al movimiento obrero europeo entre revolucionarios y reformistas.

Rudolf Hilferding y Otto Bauer intentaron reconciliar ambas posturas. Hilferding explicó en El capital financiero (1910) cómo la concentración bancaria subordinaba la producción industrial y el modo en que el imperialismo respondía a la búsqueda de nuevos espacios de inversión. Su análisis anticipa las teorías keynesianas sobre la financiarización. Bauer, por su parte, introdujo formulaciones matemáticas para describir los ciclos de acumulación y los límites de la tasa de ganancia, aproximando el marxismo al lenguaje de la teoría del crecimiento.
En sus últimos años de vida, Marx comenzó también a revisar algunos supuestos de su propio sistema, en particular la confianza exclusiva en el proletariado industrial como agente histórico de la emancipación. Las discusiones con los anarquistas sobre el papel del trabajo agrícola lo llevaron a matizar la idea de una negación absoluta del capitalismo concentrada en un solo sujeto. Reconoció que la comuna rural rusa podía ofrecer una vía de transición al socialismo sin pasar por la disolución del campesinado. Esa inflexión, que autores contemporáneos (Graeber 2011) han interpretado como un giro contra la tentación totalizadora del hegelianismo marxiano, introdujo una noción más plural de la transformación social, abierta a otras formas colectivas de resistencia.
Tras la Revolución Rusa, el debate se trasladó al problema del cálculo económico en el socialismo, que enfrentó a economistas liberales y marxistas en las décadas de 1920 y 1930. Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, en la estela de Böhm-Bawerk, argumentaron que una economía planificada no podía asignar recursos eficientemente sin precios formados en el mercado, pues estos transmiten información descentralizada sobre la escasez relativa de los bienes. Frente a ellos, Oskar Lange y Abba Lerner argumentaron la viabilidad de un sistema socialista en equilibrio general mediante precios contables y un mecanismo de tanteo no walrasiano, controlado por una oficina central de planificación. Aunque el debate no zanjó la cuestión, evidenció las carencias técnicas del aparato matemático original marxiano y la necesidad de redefinir el socialismo como un problema técnico.

¿Tiene entonces algún sentido releer hoy El Capital?
No es este el lugar para extendernos sobre los desarrollos recientes del marxismo teórico. La finalidad de esta exposición es meramente didáctica, sin pretensiones investigadoras. En cualquier caso, conviene señalar algunas precauciones respecto a la discutida vigencia de la obra de Marx, denostada por unos y ensalzada por otros, a la luz de lo explicado hasta aquí. El interés de El Capital no reside en la precisión empírica de sus predicciones, sino en la potencia analítica de su método, por endebles que fuesen sus fundamentos matemáticos iniciales —que lo eran—. La evidencia reciente sugiere que la redistribución del excedente social propia del desarrollo del Estado el Bienestar durante la Edad Dorada del capitalismo (1945-1973) fue una anomalía: en ausencia de contrapesos, los mercados tienden a agravar la desigualdad patrimonial, un resultado compatible con el diagnóstico marxiano sobre la acumulación. Thomas Piketty ha mostrado —con base empírica— que, cuando la rentabilidad del capital supera el crecimiento de la economía, la riqueza tiende a concentrarse indefinidamente. Su célebre fórmula r>g puede leerse como una actualización cuantitativa de la ley de la acumulación: el capitalismo reproduce sus desigualdades a menos que medien mecanismos de redistribución sostenidos por la política o la fiscalidad.
En cualquier caso, e independientemente del juicio que nos formemos sobre la calidad de sus previsiones, la economía política marxiana no prescribe un destino cerrado: es, a mi modesto entender, una forma de leer el cambio, de asumir que las leyes económicas son históricas, que la tecnología nunca es neutral y que toda estructura productiva engendra conflictos distributivos.
No obstante, es frecuente creer que la plusvalía, reinterpretada fuera de su literalidad decimonónica, pierde sentido. Es evidente que los empresarios de hoy no contratan a sus trabajadores por menos horas de las que les pagan. ¿Dónde reside actualmente ese valor añadido? Ahí está el quid de la cuestión. El argumento más manido desde la izquierda política es aquel que atribuye la plusvalía a la especulación del capitalismo industrial, a las corporaciones financieras, tecnológicas y extractivas que monopolizan datos, algoritmos, infraestructuras y recursos. En un mundo donde la automatización eleva la productividad sin mejorar los salarios, en el que la financiarización desvía la inversión productiva y donde las cadenas globales externalizan costes sociales y ambientales, las categorías marxianas —acumulación, reproducción, crisis— parecen ofrecer un modelo interpretativo para un sistema que se sostiene sobre desequilibrios permanentes. Lo cierto es que esta interpretación es sesgada, puesto que el excedente del valor apropiado por el capitalista se confunde con un incremento en los beneficios. En realidad, la persistencia de la plusvalía en el capitalismo responde a un argumento más sutil. En última instancia, no debe entenderse como consecuencia de una actitud empresarial viciada, sino como una condición ontológica de toda relación laboral formalizada: si el valor que el trabajador genera fuese exactamente equivalente a la retribución que percibe, el contrato de trabajo carecería de sentido económico. La existencia del contrato presupone, por definición, un excedente apropiable. En este sentido, la plusvalía constituye el fundamento lógico y estructural de toda relación asalariada, más allá de su forma histórica particular.
Por esta razón, recuperar a Marx no significa reeditar su programa revolucionario, sino repensar el presente. Su análisis del capital como relación social ayuda a desnudar la ilusión de neutralidad de los mercados y a situar el debate económico en el terreno donde siempre debió estar: el de la distribución del poder y del excedente. Su método ofrece una conclusión potente, tal vez no buscada: toda política económica que ignore la estructura de apropiación del valor reproducirá, bajo nuevas formas, las mismas contradicciones que pretendía superar.

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Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: Karl Marx & Friedrich Engels en la imprenta del Neue Rheinische Zeitung, Colonia, obra de E. Chapiro, Museo Marx & Engels, Moscú
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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