El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Estimado lector,
desde Conversación sobre la Historia hemos creado un relato siguiendo un patrón de obra teatral en tres actos que corresponde a tres diferentes contenidos que vamos especificando e indicando su autor correspondiente. Hemos reducido alguno de los textos para evitar repeticiones. Lo cierto es que al final parecen estar unidos para darnos una visión suficientemente amplia y diversa de lo que está sucediendo en la isla.

PRIMER ACTO: MI PADRE SOLÍA ESCRIBIRLE AL GOBIERNO CUBANO. AHORA ME TOCA A MÍ
Escena I – La carta
Estimado presidente Díaz-Canel:
Tal vez usted sepa quién soy. Hace unos años publiqué un libro sobre la historia de Cuba y Estados Unidos, basado en décadas de investigación en la isla. Cuando ganó un premio, el libro fue reseñado en su periódico oficial, Granma, que dijo que era bueno en lo relativo al siglo XIX, pero que mi interpretación de la revolución de Fidel Castro resultaba cuestionable.
Muchos cubanos de Miami estuvieron de acuerdo con eso. Yo nací en la isla en 1962 y emigré con mi madre al año siguiente. Ella dejó atrás a mi hermano de 9 años, creyendo que nos reuniríamos en unos cuantos meses; tal vez un año o dos como máximo. No nos alcanzó sino hasta 1980, durante el éxodo del Mariel. Mi padre también dejó un hijo en Cuba. Es una historia común entre cubanos.
Ya de anciano, viviendo en Miami Beach, mi padre, que solo había cursado hasta sexto de primaria, descubrió que le encantaba escribir. Escribió poemas y textos autobiográficos. Redactó proclamas políticas, con la mayoría de las cuales yo no estaba de acuerdo. También le escribió cartas a Fidel.
En la primera, fechada el 19 de abril de 1993, se preguntaba qué podía significar una carta de un humilde cubano que había abandonado la isla más de 30 años antes para su famoso y poderoso destinatario. Inmediatamente respondió a la pregunta por sí mismo: “Creo que nada”. Ni siquiera estaba seguro de que Fidel la fuera a leer.
Sin embargo, él escribía, y en misiva tras misiva, repetía: “Ha llegado la hora, Dr. Castro”.
¿La hora de qué?
En cada ocasión lo expresaba de forma diferente: la hora de acabar con el engaño, la hora de dejarle el destino de Cuba a los jóvenes cubanos, la hora de abandonar el comunismo o, como escribió en 2005, la hora de “llevar a la historia, ese gesto de grandeza que lo convertirá en el más atrevido político de todos los tiempos”. Apelaba a la vanidad de Fidel. En todas las cartas, el mensaje de mi padre era claro: había llegado la hora de un cambio.
Siguiendo la tradición de mi padre, ahora yo le escribo a usted. Me doy cuenta de que usted tal vez no quiera un cambio; después de todo, su eslogan cuando le entregaron la presidencia en 2019 era “Somos continuidad”. Pero a menos que esté totalmente aislado, debe saber que la continuidad no es lo que quiere la mayoría de los cubanos.
Seguramente ha visto los indicadores: se calcula que entre el 40 y el 89 por ciento de los cubanos viven en la pobreza. Un paquete de dos kilos de pollo puede costarle a una jubilada dos o tres veces su pensión mensual. Usted tiene electricidad, pero sabe que los apagones son implacables y la gente pasa 10, 16, 22 horas, y a veces días, sin ella. Los hospitales tienen problemas para mantener las incubadoras o las máquinas de diálisis funcionando; incluso los ventiladores viejos, en su batalla perpetuamente perdida contra el calor. Su ministro de Salud ha dicho que el 70 por ciento de los medicamentos básicos no están disponibles. Afuera, crecen las montañas como murallas alzándose alrededor de una fortaleza en ruinas.
Para usted, señor, la continuidad quizá sea un eslogan político. Para muchos cubanos, es como una sentencia de muerte.
Sí, lo sé. El embargo. Eso hace que todo sea todo mucho más difícil. No puede comerciar con Estados Unidos, el país que según la geografía debería ser su socio comercial natural. Los turistas estadounidenses no pueden ir a sus playas. Peor aún, la legislación estadounidense castiga a terceros países, empresas extranjeras e incluso barcos que hacen negocios con Cuba. Su designación por Estados Unidos como Estado patrocinador del terrorismo hace casi imposibles las transacciones financieras internacionales. Últimamente, las sanciones han sido más crueles que nunca.
No obstante, hay muchas cosas que el embargo no puede explicar. El embargo no obligó al Gobierno a paralizar las reformas económicas prometidas en 2011. Tampoco determinó la forma de la desastrosa reestructuración monetaria que disparó la inflación a tres dígitos en enero de 2021. Tampoco basta para responder por qué ha incrementado tan drásticamente la inversión gubernamental en turismo, aun cuando la mayoría de las habitaciones de hotel están vacías y gran parte de las tierras agrícolas se encuentran ociosas.
El embargo no explica la vigilancia y el acoso a los que somete a personas como Alina López Hernández, una historiadora que celebra vigilias silenciosas una vez al mes en el Parque de la Libertad de la capital provincial de Matanzas, a menudo portando un cartel en blanco para simbolizar la ausencia de libertades básicas. No explica por qué artistas como Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo languidecen en prisión por su arte, su voz, su ejemplo.
Usted condena el embargo todo el tiempo, culpándolo de todo lo que está mal en Cuba. Pero la queja no puede sustituir a la política. Dígame, o mejor aún, dígale al pueblo cubano, ¿cuál es su plan para lidiar con el hecho de que exista el embargo? ¿Cuál es su plan para intentar negociar su flexibilización?

Escena II – Estados Unidos, escucha, Cuba no te pertenece
No tome esta carta como una defensa de la política estadounidense hacia Cuba, y mucho menos como un llamado a la intervención militar, algo que no apoyo. Mi padre, además de escribirle a Fidel, también escribió cartas a varios presidentes de Estados Unidos. Mi equivalente diría algo sencillo: Cuba no te pertenece.
Eso, al menos, es algo en lo que podemos estar de acuerdo. De hecho, cuando oigo al presidente Trump decir que va a apoderarse de Cuba, que francamente puede hacer lo que quiera con ella, me indigno. Me recuerda a James Buchanan, quien, como secretario de Estado del presidente James K. Polk, escribió en 1849: “Cuba ya es nuestra. Lo siento en la punta de los dedos”. No puedo evitar pensar en las advertencias de José Martí sobre Estados Unidos, sobre cómo estaba listo para abalanzarse, tomar Cuba y luego extender su alcance por Latinoamérica.
Mis alumnos leen la Enmienda Platt, esa humillante ley que concedió a Estados Unidos el derecho de intervención en Cuba. Les hablo de Juan Gualberto Gómez, el periodista y político nacido de padres esclavizados que advirtió que conceder a Estados Unidos ese derecho era como entregarle “la llave de nuestra casa”.
Señor presidente, cuando dice que la soberanía no es negociable, la historiadora de Cuba que soy lo entiende. Pero también sé que usted y su gobierno han devaluado el término, tanto que muchos jóvenes solo lo perciben como una más de sus palabrerías. Ha blandido el término como un arma para evitar enfrentarse a asuntos más difíciles. Ha actuado como si fuera su logro exclusivo, cuando nunca lo ha sido. El gobierno sustituyó la dependencia de Estados Unidos por la dependencia de la Unión Soviética y, más tarde, de Venezuela.
Ahora, sin un patrocinador externo, Cuba se desmorona, y la soberanía empieza a parecer una abstracción. No se puede comer soberanía. Y para sobrevivir, la gente debe comer. Para vivir, deben hacer más.
¿Qué hará usted para ayudar a que eso suceda? ¿Qué hará para enmendar las cosas con el Cubano de a pie?
Si no está dispuesto a buscar respuestas reales, si no ofrece más que una continuidad ruinosa sin futuro, entonces, como habría dicho mi padre, ha llegado la hora.
Como mínimo, ha llegado la hora de tener un verdadero diálogo nacional.

SEGUNDO ACTO: CUBA «RESISTE» …
** Ricardo Torres
Escena III – La crisis de la fórmula
Para cualquier persona familiarizada con la vida cotidiana en Cuba, la crisis actual no constituye una sorpresa. Lo distintivo, en este caso, no es el constante deterioro, sino su intensidad, su extensión y las crecientes dificultades para disimularlo. De acuerdo con cifras oficiales, el PIB acumula una contracción de más de 15% respecto de 2018; las exportaciones de bienes se redujeron a menos de la mitad; la generación eléctrica cayó 25% entre 2019 y 2025; y el turismo -sector estratégico de la economía cubana- pasó de 4,6 millones de visitantes en 2017 a apenas 1,8 millones en 2025. A ello se suma el desplome del transporte público, la escasez persistente de alimentos y medicamentos, y una crisis demográfica sin precedentes: la población bajó de 11,1 millones en 2020 a 9,6 millones en 2025. No se trata, por tanto, de otra «mala racha». Cuba vive una crisis sistémica.
El empeoramiento observado desde 2019 responde tanto a factores de largo recorrido como a una sucesión de choques externos frente a los cuales la economía cubana carecía de reservas, flexibilidad y mecanismos de adaptación. Pero sería un error presentar la situación actual como el simple resultado de las sanciones estadounidenses, los efectos de la pandemia o los vaivenes internacionales. La experiencia cubana confirma algo bastante elemental: ningún proyecto social puede sostenerse indefinidamente sin una base material suficiente. Durante demasiado tiempo, sin embargo, la dirigencia cubana apostó por esquivar ese límite. En lugar de transformar los pilares internos del funcionamiento económico, prefirió buscar arreglos favorables con aliados externos que permitieran preservar un mínimo de prestaciones y aplazar reformas cuyas implicaciones políticas resultaban inciertas.
Durante décadas, Cuba recurrió a esquemas de compensación externa para sostener un modelo económico poco productivo y altamente centralizado. Primero fue la Unión Soviética y el resto del bloque socialista; más tarde, Venezuela. En ambos casos, el vínculo excedía la lógica comercial ordinaria: respondía también a apuestas geopolíticas. Esa condición permitía intercambios preferenciales, formas encubiertas de financiamiento y márgenes de tolerancia imposibles de conseguir en relaciones de mercado normales. El problema es que esa «fórmula» generó alivios transitorios pero reforzó, al mismo tiempo, el aplazamiento de las transformaciones internas. Mientras existía una fuente externa de compensación, las ineficiencias del sistema productivo podían enmascararse y dejar de ocupar el centro de la agenda política.
Ese diseño estratégico mostraría límites insalvables. Ató la viabilidad del país a coyunturas geopolíticas ajenas y a la disposición de gobiernos extranjeros a subsidiar, por razones políticas, una economía incapaz de generar internamente los recursos necesarios para su desarrollo. En el caso venezolano, además, el apoyo se concentró en un insumo decisivo: la energía. Cuando ese suministro se redujo, los efectos no se limitaron al balance comercial, sino que también se resintieron la generación eléctrica, el transporte y la producción industrial. El impacto, a fin de cuentas, se propagó al resto de la economía. La pérdida de ese respaldo se produjo, además, en un entorno internacional más hostil, con menos disposición de China o Rusia a asumir costos para sostener a Cuba en condiciones preferenciales.
Pero la isla vive, además, una situación paradójica: por razones geográficas, migratorias y familiares, la sociedad cubana se articula cada vez más en torno de Estados Unidos, es decir, del mismo país que se define como su principal antagonista. La Habana mantiene conversaciones con Washington porque, en el nuevo contexto, no tiene otra salida visible para el drama doméstico. Pero a esta etapa se llega desde una posición de debilidad, sin una hoja de ruta clara para reorganizar la economía y el sistema político.

Escena IV – Decisiones equivocadas
Los choques externos importan, pero no bastan para explicar la situación. La crisis también es el resultado de decisiones internas equivocadas. El turismo ofrece un ejemplo claro. Durante años fue la gran apuesta para generar divisas y, entre 2015 y 2024, más de 36% de la inversión total del país se destinó a hoteles e infraestructura conexa. El error no consistió solo en que Cuba apostara con tanta fuerza por un sector expuesto a shocks externos y con señales crecientes de pérdida de competitividad, sino además en que lo hiciera al costo de descuidar otras prioridades, especialmente la infraestructura eléctrica. Mientras se seguían levantando hoteles de alto costo, el sistema electroenergético se deterioraba hasta un punto crítico.
El desempeño del turismo terminó confirmando esa errónea lectura estratégica. Tras alcanzar 17,8% de todos los arribos al Caribe, Cuba cayó a 6% en 2025. Las decisiones de política interna también contribuyeron a ese declive: dependencia excesiva de una oferta estandarizada de «sol y playa», débil desarrollo de experiencias complementarias de mayor valor y escasa capacidad para adaptarse a cambios en la demanda turística y en la competencia regional. La sobreinversión turística, vista en retrospectiva, no solo no resolvió la restricción externa; también profundizó otras vulnerabilidades.
A ese error se añadió la reforma monetaria y cambiaria de 2021, conocida como «Tarea Ordenamiento». Cuba eliminó la dualidad monetaria que había mantenido durante casi tres décadas -con un peso cubano (CUP) para la población y un peso convertible (CUC) para el sector empresarial y el turismo-, unificó el tipo de cambio oficial y procedió a un reajuste general de salarios, pensiones, precios y tarifas.
Presentada como un intento de racionalizar precios relativos y ordenar incentivos, la reforma terminó agravando los desequilibrios. Se aplicó sin reservas internacionales, sin un mercado cambiario funcional, sin una oferta capaz de responder a la demanda y sin instituciones capaces de anclar expectativas. El resultado fue una fuerte aceleración inflacionaria, una ampliación de las brechas entre el tipo de cambio oficial y el informal, y una mayor segmentación de la economía: el sector estatal, el privado formal, el informal y el dolarizado siguieron operando con precios, reglas y monedas de referencia distintos. En lugar de ordenar la economía, la reforma profundizó la incertidumbre y erosionó aún más el poder adquisitivo de los hogares.
La restricción demográfica agrava todavía más el cuadro. Entre 2019 y 2025 habrían salido del país más de 1,4 millones de cubanos. Además, 25,7% de la población ya tiene 60 años o más, y la que está en edad laboral se ha reducido 19% desde 2015. Cuba intenta remontar la crisis con menos trabajadores, menos contribuyentes y mayores presiones en pensiones, salud y cuidados. La demografía opera aquí como una restricción macroeconómica, no como un simple dato social.
El «modelo socialista» cubano se ha ido vaciando de contenido. De su formulación tradicional queda cada vez menos, salvo la persistencia del control político. Pero incluso ese control ha cambiado de naturaleza. Si en otros momentos el poder podía combinar coerción con mecanismos de integración material y promesas creíbles de movilidad o protección, hoy predominan las restricciones, la vigilancia y el castigo. Hay menos capacidad de ofrecer bienestar, seguridad o expectativas positivas, y se hace hincapié en el disciplinamiento. Dicho de otro modo: menos zanahoria y mucho más garrote.

Escena V – El declive del sector estatal
Eso se advierte también en la estructura económica. La primacía de la propiedad estatal sobrevive en las estadísticas agregadas, pero cada vez menos como expresión de una economía estatal robusta, y cada vez más como resultado de definiciones jurídicas y decisiones administrativas. La actividad productiva de las empresas estatales se concentra en un número reducido de ellas, mientras una parte significativa arrastra pérdidas recurrentes o subsiste gracias a subsidios, reacomodos contables y apoyos extraordinarios.
El declive del sector estatal, sin embargo, no conduce a un campo económico homogéneo. Convive con dos espacios que operan con diferentes reglas: por un lado, el ámbito civil, cada vez más penetrado por mercados formales e informales; por otro, el conglomerado empresarial de GAESA (Grupo de Administración Empresarial SA, controlado por los militares), sobre el que existe todavía menos supervisión social y transparencia pública. Esa dualidad acentúa la opacidad, fragmenta los incentivos y complica cualquier intento de construir reglas compartidas.
Al mismo tiempo, el mercado se ha expandido, no como resultado de una decisión estratégica coherente, sino como consecuencia del fracaso de los mecanismos centralizados para organizar la producción, la distribución y el acceso al consumo. A pesar de la resistencia oficial y de las distorsiones regulatorias, es el mercado –formal o informal, abierto o encubierto– el que asigna una parte creciente de los recursos. Incluso allí donde su presencia no se reconoce abiertamente, reaparece de manera indirecta. En amplias zonas de la vida social, el acceso a bienes, servicios o tratos preferenciales depende menos de reglas universales que de la capacidad de pago, de los contactos o de intercambios informales. Eso erosiona no solo la igualdad material, sino también la legitimidad moral de instituciones que durante décadas se presentaron como emblemas de justicia social.
La mutación del modelo también se observa con claridad en las cuentas públicas. Entre 2008 y 2024, los ingresos del Estado cayeron de 71,7% del PIB a 36,1% a precios corrientes, y el gasto total descendió de 78,1% a 42,9%. Se trata de un cambio de escala en toda regla. En un país donde el Estado concentró históricamente una parte extraordinaria del ingreso nacional, esa contracción implica menor capacidad para financiar servicios públicos, amortiguar crisis y sostener funciones básicas de la economía.
La señal políticamente más sensible aparece en el gasto social. En 2008, este representaba, según cálculos basados en estadísticas oficiales, 42% del PIB; en 2024 había caído al 19,5%. El presupuesto de educación bajó del 14,2% al 6,1% del PIB; el de salud pública y asistencia social (transferencias a personas sin amparo), del 12,4% al 7%; y el de seguridad social (fundamentalmente pensiones), del 7,1% al 4,4%. Incluso dentro del gasto total, el componente social perdió peso: pasó del 53,8% en 2008 al 45,6% en 2024. El dato más revelador es que, entre 2023 y 2024, el gasto total aumentó ligeramente, pero el gasto social cayó. Es decir, incluso cuando el gasto agregado no se contrae, la canasta social se comprime.
El Estado cubano no solo se hace más pequeño, también se vuelve menos social. Es cierto que parte de esa caída en las cifras refleja una distorsión estadística: como los precios del sector privado crecieron mucho más que los del estatal, el peso del gasto público en el PIB se reduce en parte por efecto de la medición. Pero incluso descontando esa distorsión, la tendencia de fondo es inequívoca: el Estado cubano gasta menos, redistribuye menos y protege menos.
Las consecuencias son visibles. El desmantelamiento progresivo de la libreta de racionamiento, el deterioro de la salud y la educación, la desaparición de servicios de cuidado y la creciente carga trasladada a las familias configuran una mercantilización de facto del bienestar. El Estado no ha renunciado formalmente a su papel, pero pierde capacidad material para sostenerlo.

Escena VI – Cambio sí, pero no cualquiera
La crisis actual es más peligrosa que otras anteriores porque llega después de años de erosión económica, institucional y social. La sociedad cubana es hoy mucho más desigual. Un economista cercano al Gobierno estimó un índice de Gini superior a 0,45 en 2018, muy por encima del rango de 0,22 a 0,27 reportado para 1989. Todo indica que en 2025 ese índice fue aún más alto. La desigualdad no surge solo de la dolarización parcial de la economía o del acceso diferencial a remesas, también refleja el desmantelamiento de las redes de protección que durante décadas amortiguaron los peores efectos de las crisis.
Eso cambia la naturaleza misma de la contracción. En la década de 1990, incluso en medio del trauma del «Periodo Especial» posterior al colapso soviético, existían instituciones sociales con mayor capacidad para contener el deterioro. Hoy el empobrecimiento se vive con menos auxilio. (…)
Este panorama se refleja en el espacio físico. Al deterioro de la infraestructura se suma la aparición de nuevos «habitantes» de las ciudades. Los mendigos, las personas sin hogar, los buscadores de comida y otros artículos entre los desechos («buzos»), que antes eran apenas visibles, constituyen la expresión más aguda del desamparo. Pero están lejos de ser los únicos. Muchos ancianos viven solos, con escaso acompañamiento y cuidados insuficientes. La escala del desafío es tal que, en un paso con pocos precedentes, las autoridades invitaron al sector privado a participar en la provisión de diversos tipos de cuidados.
Los «apagones» son tan frecuentes y prolongados que ya han cambiado la configuración de las rutinas hogareñas, de los tiempos de estudio, trabajo y descanso. Las calles, medio vacías por la escasez de combustible, empiezan a ser recorridas por vehículos eléctricos de todo tipo: triciclos de fabricación china, motorinas y un puñado de autos destinados a servicios esenciales como el traslado de enfermos o los servicios fúnebres, símbolos simultáneos de la crisis energética y de una adaptación improvisada. (…)
La maduración del sector no estatal confirma que la economía real ya cambió. Se estima que 37% de la fuerza laboral trabaja en el sector no estatal y que 26% lo hace específicamente en el sector privado, sin contar el empleo informal. Entre 2012 y 2024, el sector público eliminó casi un millón de empleos, mientras cuentapropistas y micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes) generaron cerca de 570.000 puestos de trabajo. En diciembre de 2025 operaban más de 9.940 de este tipo de empresas privadas, con más de 200.000 empleados, y el sector privado importó más de 2.000 millones de dólares en mercancías en 2025.
Todos estamos viendo cómo la negativa a emprender una reforma profunda, económica y política, tiene consecuencias tremendamente injustas. Cuba corre el riesgo de cambiar partes significativas del modelo de una manera desordenada y caótica, en ausencia de las instituciones necesarias para gestionar conflictos, arbitrar intereses y construir un nuevo contrato social. En lugar de desgastarse tratando de convencer a incautos de que todavía se gestiona y que incluso se aspira a una sociedad socialista, las autoridades deberían comenzar a construir las instituciones de un sistema diferente: el de una economía social de mercado. (…)

TERCER ACTO: LA SOLEDAD DE CUBA
*** Christophe Ventura
Escena VII – ¿Es el fin de la Revolución cubana?
El presidente estadounidense Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio parecen decididos a que así sea. En busca de un nuevo trofeo imperial, aplican el método probado con éxito contra Venezuela, el aliado número uno de La Habana y su principal apoyo económico desde la década de 2000. Para un adversario de Estados Unidos en Latinoamérica, Trump y su administración solo contemplan un destino: la sumisión. Pero hay dos caminos para llegar a ella. Uno es el de la negociación —con una pistola en la sien—, la cual debe desembocar en un “acuerdo” en los términos estadounidenses. Si esta primera opción resulta impracticable, se impone la segunda, como finalmente ocurrió en Caracas: el uso de la fuerza bruta. Trump es entonces quien, él solo, fija las reglas, marca el ritmo y pita el final del partido. El ocupante de la Casa Blanca dispone de una baza temible en la confrontación: su imprevisibilidad. En cualquier momento puede cambiar de opinión y golpear. La escenificación de su imperium está ya bien engrasada, casi ritualizada. Trump ha adquirido la costumbre de compartir sus estados de ánimo con algunos periodistas. ¿Una intervención militar en Cuba? “No sería una operación muy difícil, como pueden imaginar. Pero no creo que sea necesaria” (16 de febrero de 2026).
Desde el espectacular secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro el pasado 3 de enero —punto culminante de una intervención militar estadounidense tan masiva como ilegal—, Washington ha ordenado a Caracas el cese inmediato de sus envíos de petróleo a Cuba. Una situación a la que este país, que depende energéticamente de Venezuela y que desde la pandemia del Covid-19 sufre una grave crisis socioeconómica, no puede hacer frente. La administración estadounidense lo sabe.
Cuba ha quedado atrapada en una tenaza. Por un lado sufre el ensañamiento revanchista de un imperio que quiere lavar la afrenta que la isla le infligió al resistir durante seis décadas y destruir todo lo que simboliza (la independencia, la revolución, el comunismo). Por otro, es víctima de su propia incapacidad para resolver, desde el final de la Guerra Fría, los problemas estructurales que plantea su modelo político y económico.
A principios de la década de 2000, Fidel Castro, al frente del país entre 1959 y 2006, recordaba lo siguiente: “Cuando la URSS y el campo socialista [de Europa] desaparecieron, nadie apostaba un solo centavo por la supervivencia de la Revolución cubana. El país sufrió un golpe anonadante cuando, de un día para otro, se derrumbó la gran potencia y nos dejó solos, solitos” (1). El dirigente histórico siguió explicando: “Perdimos todos los mercados para el azúcar, y dejamos de recibir víveres […]. Nos quedamos sin combustible de un día para otro, sin materias primas, sin alimentos, sin artículos de aseo, sin nada”. En Cuba se producía poco, y ese poco —sobre todo azúcar por aquel entonces, así como tabaco y cítricos— viajaba en cargueros rumbo a Moscú y los países del bloque socialista.

Escena VIII – “El hermano Obama”
En marzo de 2016 pareció relajarse la presión de una de las dos mandíbulas que se cerraban sobre la isla cuando Barack Obama realizó una histórica visita a la isla. Ningún presidente estadounidense había recorrido el paseo marítimo del Malecón desde Calvin Coolidge, en 1928. La Habana y Washington habían emprendido, a finales de 2014, un proceso inédito de normalización de sus relaciones dirigido por Raúl Castro por la parte cubana. En 2015, los países enemigos volvieron a abrir sus embajadas en sus respectivas capitales, 54 años después de la ruptura diplomática de enero de 1961, que precedió en un año (febrero de 1962) a la decisión de imponer al país caribeño un embargo (un “bloqueo”, según La Habana) que todavía hoy sigue en vigor.
Obama juzgaba por entonces que la política inaugurada por su ilustre predecesor John F. Kennedy, y mantenida —entre episodios de distensión y de refuerzo— por los ocho presidentes que le sucedieron, había fracasado. De modo que suavizó las sanciones que pesaban sobre el país, lo que contribuyó, sobre todo, a aumentar el volumen del turismo y a facilitar tanto la entrada de divisas como las exportaciones estadounidenses. Por aquel entonces, “la actualización del modelo económico y social cubano de desarrollo socialista” concebida por Raúl Castro reposaba, básicamente, sobre estas tres columnas (2). La especialización de Cuba en el sector del turismo (de lujo y de masas), la entrada controlada de capitales internacionales para estimular el crecimiento y el desarrollo local, así como la llegada masiva de dólares (divisa con la que se preveía organizar la paridad progresiva de la moneda nacional, el peso cubano) debían garantizar el porvenir de la Revolución. Y con ello liberar al país de la segunda mandíbula que lo oprimía.
Esta orientación se vio acompañada de una progresiva apertura de la economía que permitió el surgimiento de un artesanado local y pequeños comercios privados. Por último, los servicios médicos cubanos siguieron exportándose a varios países, como era ya el caso de Venezuela en la primera década del siglo XXI, lo que brindaba a La Habana un medio para pagar sus importaciones energéticas. En aquel tiempo, Caracas satisfacía casi la totalidad de las necesidades cubanas de petróleo hasta convertirse en su principal socio comercial; ello suponía el 45% del comercio exterior cubano, equivalente al 20% de su producto interior bruto en 2014 (3).
Cuando Obama pisó suelo cubano —una decisión criticada por la oposición estadounidense, pero también entre sus propias filas—, las autoridades empezaron a creer que por fin se abría un nuevo periodo. Pero la “actualización del modelo socialista” seguía sin contemplar una transformación de la matriz productiva del país para cubrir sus necesidades básicas en materia de energía, alimentación, equipamiento industrial, etc. Todo debía proceder de las divisas atraídas gracias a la puesta en práctica de esta nueva estrategia.
En una carta publicada en Granma, el periódico del Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro se dirigió al presidente estadounidense —que no deseó verse con él durante su visita— días después de su regreso, así como, de manera más indirecta, al Gobierno dirigido por su hermano menor. En este texto, que llevó el título de “El hermano Obama”, transmitía su escepticismo en cuanto al acercamiento emprendido con Washington. Y reflexionaba sobre la estrategia económica del país.

Escena IX – La dependencia económica patente
El exdirigente, que moriría meses más tarde, el 25 de noviembre de 2016, se mostraba retador: “Advierto […] que somos capaces de producir los alimentos y las riquezas materiales que necesitamos con el esfuerzo y la inteligencia de nuestro pueblo. No necesitamos que el imperio nos regale nada”. Y mostró sus reticencias en cuanto al sector turístico, que se contemplaba como el motor de la mutación del régimen económico nacional: una actividad consistente en “mostrar las delicias de los paisajes” y ofrecer las “exquisiteces alimentarias” de la isla a los extranjeros no eran “dignas de atención alguna” si no aportaban una abundancia de dólares al país.
Las anteriores observaciones se hicieron cerca de veinte años después del “período especial en tiempos de paz”. Cuba seguía importando por entonces el grueso de lo que consumía (el 80% de sus alimentos, su energía, sus equipamientos, etc.) y continuaba exportando lo poco que producía (azúcar, tabaco, cítricos o minerales). En la actualidad, al margen de los servicios médicos a Venezuela y algunos otros países, el destino de dichas exportaciones es principalmente China y España: diez años después, la dependencia económica sigue siendo patente.
En realidad, desde el intento de normalización nada ha sucedido como estaba previsto. A la vez que se mostraba dispuesto a un acercamiento a La Habana, Obama empezó a escribir en 2015 una nueva página de las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela: la era de las sanciones dio comienzo bajo su presidencia. El inquilino de la Casa Blanca quiso acallar a sus detractores, que se oponían a su política con Cuba. Normalizar relaciones con La Habana, sí, pero a condición de mostrar firmeza con otro adversario más poderoso: la revolución bolivariana. Las sanciones se volvieron mortíferas a partir de 2019, durante la Administración de Trump. La economía del país, que ya estaba en crisis, se desplomaba a medida que Washington impedía a Caracas acceder al mercado energético mundial. Sus efectos se dejaron sentir también en Cuba: de 100.000 barriles diarios de media en los años buenos, las entregas de petróleo venezolano a la isla se fueron desplomando progresivamente hasta llegar a los 32.000 o 35.000 barriles en 2024, entre 26.000 y 27.000 en 2025 y cero a partir de enero de 2026, cuando Caracas fue puesta bajo la férula de Washington. (…)

Escena X – Una nueva etapa para Cuba
En el terreno económico, estos diez últimos años han supuesto para Cuba un amargo recordatorio de los límites de un proyecto de revitalización concebido en torno a una estrategia central: reforzar la inserción de un país no capitalista y dependiente en el capitalismo globalizado, en sus sectores de actividad y en sus flujos monetarios y financieros. Un país que, por si fuera poco, se cuenta entre los más estatizados del antiguo bloque socialista. En Cuba, una planificación centralizada aplicada con todo el rigor desde hace seis décadas se ocupa de prácticamente todas las actividades de la vida económica, desde la agricultura hasta las peluquerías, pasando por la fabricación de calzado, la formación universitaria o la ingeniería civil. (…).
En el terreno político, la primera elección de Trump, en 2016, supuso un jarro de agua fría a las esperanzas suscitadas y frenó en seco el poceso de normalización. Durante su primer mandato, el presidente republicano impuso 243 medidas coercitivas a La Habana, todas ellas destinadas a agostar el turismo, las inversiones extranjeras o las remesas de dinero de la diáspora cubana, en su mayor parte residente en Florida (1,8 millones de cubanos de los 2,5 millones establecidos en Estados Unidos) (4). Además, Trump volvió a incluir a la isla en la lista de países que apoyan el terrorismo. La Administración del presidente demócrata Joseph Biden mantuvo la mayor parte de las anteriores medidas. Tal era el contexto en el que, en 2020, la Covid-19 hizo acto de presencia en un país ya contra las cuerdas.
Fue entonces cuando comenzó la secuencia de acontecimientos que ha llevado a la actual crisis. Una crisis que demuestra que Cuba sigue sin lograr construir su soberanía económica. (…)
La isla está “sola, solita”, por recurrir a la expresión empleada por Fidel Castro. China y Rusia no parecen estar en condiciones de meter baza, y lo cierto es que tampoco parecen mostrarse muy deseosas de ello frente a la feroz hostilidad del presidente Trump y su secretario de Estado Marco Rubio, cuya carrera política ha estado en su mayor parte guiada por la voluntad de conseguir un cambio de régimen en un país que sus padres abandonaron antes de la revolución. Venezuela, por su parte, está fuera de juego. En cuanto a Guatemala, en febrero de 2026 puso fin a su programa de recepción de médicos cubanos para complacer a Washington, y Nicaragua —aliado histórico de La Habana— ha anulado, bajo presión, la exención de visado que hasta ahora concedía a los ciudadanos cubanos en tránsito por su territorio para llegar hasta Estados Unidos. Las últimas decisiones de la Casa Blanca —y en especial la que amenaza con sanciones arancelarias a todo país que provea de petróleo a Cuba— están teniendo un efecto petrificante. En la década de 1990, el país podía contar con el apoyo de Argelia, Angola o los países latinoamericanos, pero ese ya no es el caso en la actualidad. A menos que Washington lo autorice de nuevo en el marco de alguna futura “negociación” con el Gobierno de Miguel Díaz-Canel.

Escena XI – Las grandes fortunas revanchistas
Nadie puede predecir qué le depara el futuro a Cuba, pero los términos de una posible discusión son bien conocidos. La Habana podría intentar salvar su sistema político accediendo a las exigencias de su adversario en materia económica. Por ejemplo, la apertura del país a los millones de dólares listos para derramarse en la isla desde Florida, donde las grandes fortunas cubanoestadounidenses tiemblan de impaciencia, ansiosas de tomarse la revancha. El camino sería arduo, y avanzar por él generaría divisiones internas en el caso de que algunos miembros del aparato del Estado se mostraran dispuestos a llegar más lejos para hacer concesiones a Estados Unidos sobre cuestiones políticas (liberación de los prisioneros, autorización de organizaciones de la “sociedad civil” en lo que sería el preludio a la aprobación de una oposición local, etc.). Una perspectiva a la que otros —en especial entre los militares— opondrían resistencia. ¿Y qué cabe esperar de Washington? ¿Contempla la posibilidad de secuestrar al presidente Díaz-Canel para poner a Cuba bajo tutela —como ha sucedido con el Gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela— antes de convertir la isla en una nueva Florida, con sus centros vacacionales, sus hoteles de lujo y sus campos de golf? Hace apenas unos meses la hipótesis habría podido parecer descabellada.
Notas
(1) Ignacio Ramonet, Fidel Castro. Biografía a dos voces, Debate, Madrid, 2006.
(2) Véase Renaud Lambert, “Así viven los cubanos”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2011.
(3) Pavel Vidal Alejandro y Susanne Gratius, “Cuba y una posible pérdida del sostén venezolano: vulnerabilidades macroeconómicas y riesgos políticos”, Real Instituto Elcano, Madrid, 5 de febrero de 2026.
(4) Karen Esquivel, “Más estadounidenses que nunca, tan latinos como siempre: la diversidad de la inmensa comunidad hispana en EE.UU.”, 18 de noviembre de 2025, https://cnnespanol.cnn.com
Autores:
* Ada Ferrer es profesora de la Universidad de Princeton, autora del libro de reciente publicación titulado Keeper of My Kin: Memoir of an Immigrant Daughter. y ganadora del Premio Pulitzer en 2022 con el libro Cuba: An American History
** Ricardo Torres es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de La Habana y profesor auxiliar e investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC) de La Habana, Cuba.
*** Christophe Ventura es el director de investigación en IRIS (L’Institut de relations internationales et stratégiques), especialista en temas relacionados con América Latina y profesor de América Latina, Mundo multipolar, Movimientos sociales y Sociedades civiles en la en IRIS Sup’ (L’école de géopolitique appliquée de l’IRIS).
Fuentes: Del primer acto, The New York Times en Español, 8 de mayo de 2026. Del segundo acto, Nueva Sociedad, abril 2026. Del tercer acto, Le Monde Diplomatique en español, marzo 2006.
Portada: La Habana durante un apagón masivo que afectó a la mayor parte del país en marzo de 2026 REUTERS / NORLYS PEREZ
Ilustraciones: Notas, apuntes e historias y Conversación sobre la historia
Para leer más: Leonardo Padura, El País, “La paz del perro”
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