Presentación

 

Xoan Carmona
Catedrático de Historia Económica de la Universidade de Santiago

 

Alfares de Pontesampayo (Pontesa)  fue una de las fábricas del grupo empresarial establecido por  Manuel Alvarez Pérez, un antiguo emigrante a Cuba,  que,  hacia 1970, era  el segundo productor español,  tanto en el ámbito de la cerámica como en el del vidrio.  A la cabeza del grupo, que por aquel entonces daba trabajo a más de 4.000 trabajadoras, estaba  Moisés Alvarez O’Farrill, uno de los hijos del fundador, que había auspiciado un enorme crecimiento del grupo muy basado en el endeudamiento, a la sombra del crédito oficial y de las ventajas ofrecidas por los Polos de Desarrollo de los sesenta.  Pero en aquella etapa final del franquismo, el grupo empresarial atravesaba ya unos problemas financieros que ni los amigos del régimen podían sanar. Como era norma en la época, tocaba socializar problemas, y para eso estaba el Instituto Nacional de Industria, que entraría en la empresa en el año 1976. Cuando tras acumular fracaso tras fracaso en el reflote de las empresas del grupo, se privatice éste en 1991, quedaban ya solamente 1.060 trabajadoras. El remedio fue peor que la enfermedad, y el grupo valenciano que se había hecho con ella suspenderá pagos definitivamente en el año 2001. Ese mismo año cerraría la fábrica de Pontesampaio, tras más de dos décadas  de lucha persistente de sus trabajadoras para mantener el puesto de trabajo y una parte central de sus vidas. Su epopeya, poco conocida allende del Padornelo, encuentra ahora en el muy notable  film de Margarita Ledo que da lugar a este post, un reconocimiento y una resignificación como reivindicación del valor de la lucha sindical y feminista. Muy, muy recomendable.

Para quien tenga curiosidad por la historia de este singular grupo empresarial y de su más que singular patrón, puede verse el estupendo artículo de Ana María Navas en el siguiente link:https://www.researchgate.net/profile/Xoan-Badia-2/publication/282328036_Empresarios_de_Galicia/links/562a76a808ae22b17031bd72/Empresarios-de-Galicia.pdf

 


 

Marta Medina

 

Todas estas historias tienen muchos puntos en común. Porque la historia del nacimiento y muerte de Pontesa, la fábrica viguesa de porcelanas, es la historia del nacimiento y muerte del tejido empresarial español del siglo pasado. Emigrantes españoles a América que huyen del hambre y la pobreza y que regresan años después convertidos en hombres de negocios prósperos, indianos que levantan emporios, que que no sólo transforman el mapa laboral de su tierra, sino hasta el genoma de ciudades y familias enteras, y que, cuando desaparecen, quedan suspendidas en el vacío. La historia de Pontesa es también la de la lucha sindical, su auge y su decrepitud. La del final de un modelo de relación entre la empresa y el trabajador, de un compromiso que hoy ya huele caduco.

En 1961, con España saliendo ya del letargo de la guerra, Manuel Álvarez, que había vuelto en los años 20 de Cuba a su Vigo natal, abrió las puertas de Pontesa, que aspiraba a ser punta de lanza del sector cerámico en España. Álvarez había enviado a su hijo Moisés a Alemania a ejercer de aprendiz en una de las empresas más reconocidas de Alemania y con sus fábricas de loza y vidrio pujantes y su relación igualmente pujante con los poderes del franquismo, los Álvarez levantaron Alfares de Pontesampaio (Pontesa), entre Vigo y Pontevedra, una fábrica de 13.000 metros cuadrados que inauguró Franco aquel 14 de septiembre ante los seiscientos trabajadores, los próceres de la parroquia y los vecinos curiosos. Pontesa no sólo trajo trabajo a la región, sino que también supuso la emancipación de muchas mujeres que hasta entonces no habían podido contar con la perspectiva de salir de sus casas y ganar su propio dinero. Y en esas mujeres es donde pone el foco el documental ‘Nación’, de Margarita Ledo, estrenado en cines y que desde este jueves 8 hasta el 21 de abril se proyectará en varias sesiones en Cineteca.

Los trabajadores de Pontesa reciben a Franco.
Los trabajadores de Pontesa reciben a Franco.

Durante los primeros años, Pontesa vivió un tiempo de esplendor sobre todo durante los años 60 y 70, con exportaciones a Latinoamérica. Y llegó atener hasta 1.200 empleados. Los trabajadores de las empresas de los Álvarez disponían en sus centros de trabajo de economato, escuelas y cantina. Los sindicatos consiguieron la reducción de jornada de 48 a 40 horas semanales. Había equipo de baloncesto femenino y la comunidad se sentía muy vinculada a la marca. Pero con los primeros embistes de la reconversión industrial de mediados de los ochenta y los noventa, Pontesa comenzó su decadencia. Las empresas de los Álvarez empezaron a perder mercado y a despedir trabajadores, las condiciones laborales empeoraron hasta que súbitamente se produjo el cierre en 2001. Las trabajadoras se organizaron y reclamaron judicialmente lo que se les debía por retrasos en los sueldos, las pagas extra y las indemnizaciones. Una lucha que sigue hasta hoy, después de que de aquella fábrica sólo queden los muros que actúan como almacén.

«‘Nación’ habla del desmantelamiento de los sectores afectados por la reconversión industrial de los 80 y los 90, aunque en realidad no hubo reconversión, sino hacia la pérdida de un derecho como es el del trabajo«, explica Margarita Ledo, directora del documental, periodista, escritora e intelectual de referencia en Galicia. «En el caso de las mujeres, empezar a trabajar en estas industrias supuso poder empezar a construir su independencia, no manifestarse siempre a través del marido o el padre. Hubo tres sectores fundamentales para la emancipación de la mujer a través de la industria: el textil, la conserva y la loza. Y es curioso, porque tienen que ver con el vestido y con la alimentación, las tareas que se nos son asignadas a las mujeres en nuestro rol de género«.

Otro fotograma de«Nación» de Margarita Ledo
Otro fotograma de «Nación» de Margarita Ledo

Aunque la incorporación de las españolas en el sector industrial ya venía de tiempos de la República, como demuestran las imágenes de la salida de las trabajadoras de una fábrica en 1927, sí que es verdad que fue en los años sesenta, con el crecimiento económico de una España atrasada, cuando las empresas empezaron a contratar a mujeres en gran cantidad. Pontesa y las fábricas de la zona empleaban a mujeres muy jóvenes que recibían sus primeros sueldos y sus primeras opciones de prosperar. «A medida que se incorporan a la fábrica y reciben su primer salario empiezan a reconocerse con autoestima. Y eso que muchas son muy pequeñas cuando empiezan a trabajar con 14 años e incluso 11. A veces, cuando venía una inspección, las metían debajo de la mesa. Cuando empieza a entrar en sueldo en casa, aunque no tenían el dinero material, ya el trato y la concepción eran diferentes para su entorno: les percibían como útiles«, explica Ledo.

Y fue en estas fábricas en las que las mujeres empezaron también a organizarse. «Fue donde crearon esos hilos que ahora se llaman sororidad y que son el comienzo del movimiento feminista para ellas. Sin esos trabajos serían imposibles». Ledo entrevista a algunas de las trabajadoras que, veinte años después del cierre, sueñan con volver a Pontesa y sienten que les falta una parte de su identidad, pero quienes también quieren seguir reclamando lo que es suyo. «Estas empresas nucleaban comarcas enteras. Pasa hoy con el desmantelamiento de Alcoa en el Norte. Incorporaban el trabajo a toda la organización social, por eso reclamaron el economato, la hora para poder dar de mamar, el club de baloncesto… Las empresas les pagaban, pero ellas también contribuían a la imagen de la empresa«.

 

Para Ledo, la economía productiva es la única esperanza para la sociedad. «Las fábricas desaparecen a causa de la especulación: la fábrica de conservas se desmantela para hacer pisos, los terrenos del Grupo Álvarez de Vigo se venden y se hacen edificables. Había un acuerdo con los trabajadores para que en caso con la inversora que los compró para que, en el caso de que se recalificasen, se pagase la diferencia, algo que nunca sucedió y por lo que están en juicio«.

En la coincidencia del estreno de ‘El año del descubrimiento’ y ‘Nación’, dos documentales que recuperan el discurso sindicalista de las grandes fábricas que cerraron tras la reconversión industrial dejando miles de personas en la calle trasluce una toma de conciencia sobre la relación entre la legislación de aquel entonces y la depauperación de las condiciones laborales de los trabajadores españoles. Sin embargo, cuando España presenta una tasa de paro del 16,1% (39,6% en menores de 25 años), una cifra que se lleva arrastrando desde los años 80, encabeza la temporalidad frente a todos los países europeos y ha sufrido la precarización de los sueldos, la organización sindical está más denostada que nunca… por los propios trabajadores. ¿Por qué?

Otro momento del documental.
Otro momento del documental.

«La lucha sindical ha desaparecido de los medios de comunicación, aunque constantemente hay manifestaciones y negociaciones para no perder convenios y condiciones básicas. ¿Por qué esto no aparece? La desconfianza hacia los sindicatos se ha ido fraguando con los años. Existió esa ficción de que todo iba a salir bien, con la segunda casa, la hipoteca y tal, y se fue fomentando un individualismo feroz. Eso ha derivado en la competición de ideología neoliberal que está tan implantada en nosotros como los deportes, los concursos o los reality shows. Decía Chomsky que ‘la violencia es a la dictadura como la propaganda es a la democracia” y nosotros vivimos en un estado de propaganda perpetua, y eso lleva a que están desapareciendo todos los lugares comunitarios donde la gente se organizaba: las asociaciones, los ateneos… ¿Dónde encuentras tú los clubs de fotografía obrera de los años 20 donde los obreros aprendían y se formaban en otras disciplinas?‘, pregunta Ledo.

«Todo eso se ha quedado con la etiqueta de viejo, de pasado de moda. Pero ahora vemos las consecuencias de la desaparición de los sindicatos. Se utilizan a nivel instrumental, para reclamaciones puntuales, pero no como parte de tu formación ciudadana o como tu sentido de clase. Esto es un disparate que se fue inoculando y que nos lleva a la catástrofe. Ahora con el teletrabajo veremos…«, vaticina. «De lo que estoy segura es de que necesitamos recuperar urgentemente esa sensación decommūnitās’, de formar parte de algo, de no estar solos en el mundo«

Fuente: El Confidencial, 8 de abril de 2021. Presentación. Conversación sobre la historia

Portada Mujeres trabajadoras de la fábrica de porcelanas Pontesa, en Alfares de Ponte Sampaio, Vigo.

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