Jaume Claret
Joan Fuster-Sobrepere
Universitat Oberta de Catalunya

 

La historia regional, como una variante de la necesidad de reconocer los límites del mundo conocido más próximo, es tan antigua como la civilización misma. Sin embargo, las revoluciones liberales marginaron su práctica y, en cambio, favorecieron una historia nacional legitimadora del estado-nación y, como parte de esta primera, una historia universal de ambición distinta a los tradicionales relatos dinásticos e imperiales, de sesgo eurocéntrico y con un desarrollo nacional de las distintas escuelas y corrientes historiográficas.

Bajo este nuevo paradigma, la inmemorial historia más próxima perdió temple y se redujo a su vertiente de saber descriptivo y acumulativo de una realidad a pequeña escala, al servicio de la legitimación del nuevo poder secular y nacional. Así, su práctica quedó limitada a círculos de eruditos, sacerdotes y cronistas, con frecuencia bajo el paraguas de poderes locales y naturalmente regionales. En La duquesa Polliano, Stendhal describe crudamente esta esterilidad:

«Para hacerme una idea de esta pasión italiana, de la cual hablan con tanta pasión los novelistas, he debido preguntar a la historia, pero tampoco a la gran historia hecha por gente que tiene talento, y con frecuencia demasiado majestuosa, dice nada sobre estos detalles (…) Yo he acudido a la historia particular de cada ciudad, pero la abundancia de material me ha asustado. Hay pequeñas ciudades que la presentan orgullosamente en tres o cuatro volúmenes en cuarto impreso o en siete u ocho de manuscritos indescifrables, llenos de expresiones de uso en la comarca, pero ininteligibles veinte leguas más lejos» (Stendhal, 1979: 183).

Con todo, entre lo local-regional y lo nacional-imperial la región seguía existiendo como una dimensión geográfica, económica, cultural y/o social de rica y variable casuística. Así, mientras en algunos casos tendía a la estandarización y asimilación, en otros mantenía su propia idiosincrasia, fuera para participar y reforzar proyectos mayores de construcción nacional, para mantenerse en situaciones de ambigüedad más o menos prolongadas, o para generar movimientos propios de nacionalización, en una dinámica nunca rápida, ni unívoca o mecánica.

Mapa de 1841, realizado por J. Archer, que muestra para España la división territorial de Floridablanca de 1785 (foto: Wikimedia Commons)
1. Volver a la región

A lo largo de los años de entreguerras del siglo xx, surgió en Francia la más innovadora iniciativa historiográfica del periodo y también la más influyente después de la Segunda Guerra Mundial. Bajo la guía fundacional de dos estrasburgueses, Lucien Febvre y Marc Bloch, en 1929 nacía Annales, que pondría las bases de la renovación historiográfica francesa. El proyecto de esta primera etapa de la revista era reconstruir la historia como ciencia guía para todas las ciencias sociales, pero sin separarse de estas, e incorporando los nuevos enfoques disciplinarios: la geografía regional de Vidal de la Blache, y la sociología de Durkheim y Weber eran su inspiración decisiva (Burke, 1993).

Con su tesis sobre Philippe II et la Franche-Comté (1911), Febvre introducía el estudio regional, mediante un fuerte vínculo entre historia, geografía y economía. Se trataba de una historia preocupada por el empirismo —en esto no difería del positivismo decimonónico—, pero en la que los factores históricos objetivos tenían un papel central. De repente, los tres grandes protagonistas de la historia tradicional (los grandes personajes, la política y la cronología) perdían relevancia a favor de factores como la geografía, la demografía, la economía y las estructuras mentales colectivas. La segunda generación de los Annales acentuó su apuesta regional e incluso abarcó ámbitos supranacionales. Este último caso lo ejemplifica Le Méditerranée et le monde méditerranéen a l’époque de Philippe II de Fernand Braudel (1949), mientras que el interés regional lo representan los trabajos sobre Cataluña de Pierre Vilar (1962) o el Languedoc de Emmanuel Le Roy Ladurie (1962). Unas dimensiones que permitían los discursos temporales a diferentes niveles y, sobre todo, eludían el protagonismo directivo de la política. Finalmente, las estructuras, tanto de larga duración como de coyuntura, contaban con una vertiente mental, sin cuya realidad estas no existirían. Formaron parte de este período de institucionalización otras figuras como Ernest Labrousse —que introdujo los estudios seriales— o Charles Morazé, y fueron discípulos directos suyos George Duby, Jacques Le Goff y Michel Vovelle, entre otros. Algo similar ocurre en la Alemania de posguerra bajo la imperiosa necesidad de superar el trágico nacionalismo (Carreras, 1984: 23).

Las teorías de la modernización, hegemónicas en los debates de las Ciencias Sociales de los años cincuenta y sesenta con su preocupación por las etapas de desarrollo y la gestación del capitalismo en cada país, también consolidaron un creciente interés por el nacionalismo, pues se imputaba la catástrofe vivida a su exaltación en los años de entreguerras. En Alemania, la polémica giró alrededor del Sonderweg y de la supuesta ‘desviación’ respecto del modelo occidental de acceso a la modernidad. La idea de una anomalía en la modernización alemana que habría conducido al nazismo fue defendida por Fritz Fischer y Hans-Ulrich Wehler desde la Universidad de Bielefeld y recibió un amplio apoyo entre la intelectualidad alemana, entre  otros de Hans Mommsen y Norbert Elias (2013). La amplia discusión a que dio lugar se conoció como la «polémica Fischer» (Eley, 2007: 61 y ss).

La sociología histórica alemana realizó entonces un colosal esfuerzo empírico para contrastar dicha hipótesis, a través del estudio de sus clases dirigentes y su comparación con análisis similares de las burguesías europeas (Kocka & Mitchel, 1993), cuyos resultados desmintieron la existencia de una vía especial que explicara los excesos del nacionalismo alemán del siglo xx. No obstante, la cuestión del nazismo y su excepcionalidad produjo otros desarrollos. Así, George Mosse (1975, edición española 2005) inició los estudios sobre los procesos de nacionalización entendidos, no ya en un sentido vertical, sino como un amplio fenómeno de socialización de masas inherente a la sociedad moderna, cuya perspectiva ha recibido una amplia atención con el cambio de siglo. Pero fue el trabajo de Eugen Weber (1976), centrado en la incorporación del campesinado francés a la nación gala, quien ofreció un modelo para la construcción nacional.

El año 1983 supuso un giro decisivo en los estudios sobre la nación y el nacionalismo. Con una mirada centrada mayoritariamente en el estado-nación, el llamado giro modernista situó el nacimiento de la nación y del nacionalismo en el punto de disolución de los sistemas de dominación vinculados al Antiguo Régimen. Esta línea interpretativa describe lo sucedido a partir del siglo xix como un proceso progresivo de homogeneización económica, política y cultural de los diferentes países, y hace hincapié en la naturaleza de construcción cultural de la nación moderna y en el papel nacionalizador de las tradiciones nacionales, a menudo ‘inventadas’ o reconstruidas. Fruto de la crisis de los grandes metarrelatos dominantes durante la Guerra Fría, la nación y los nacionalismos recuperaron centralidad en los debates históricos de los ochenta. Coincidían en el tiempo los libros de Benedict Anderson Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (1983), Nations and Nationalism de Ernest Gellner (1983) y The Invention of Tradition, un conjunto de estudios editados por Eric J. Hobsbawm y Terence Ranger (1983). Los tres planteaban la naturaleza moderna del concepto de nación, vinculada a la difusión del liberalismo y la industrialización, y la naturaleza legitimadora de las tradiciones nacionales, que eran siempre una construcción discursiva, junto con su carácter cultural. De este modo se cuestionaban abiertamente las concepciones primordialistas, es decir la idea román- tica de la nación naturalizada como un hecho inmemorial o que hunde sus raíces en el alto medioevo europeo. Tanto la nación como el nacionalismo pasaron a considerarse como construcciones históricas modernas.

 

El eje de los estudios nacionales se desplazaba del estudio de la política y el estado a las formas culturales de legitimación. En este sentido, Anderson hablaba de «comunidades imaginadas», puesto que la nación establecía vínculos entre individuos que, no conociéndose, se sentían vinculados por un conjunto de prácticas que los diferencian de los otros. Eran comunidades imaginadas, pero no forzosamente inventadas, aclaraba.

Para Anderson, los factores decisivos de la formación del estado-nación moderno eran: el desarrollo de las lenguas vernáculas en detrimento de las lenguas cultas muertas por medio de la alfabetización, la extensión de las ideas de la Ilustración sobre el sistema de derechos individuales, y la difusión de la imprenta como vehículo de homogeneización cultural sobre unas sociedades tradicionales fuertemente fragmentadas.

La marginación del fenómeno regional empieza a corregirse a partir de la década de los ochenta del pasado siglo, cuando una serie de historiadores se preguntan con mayor detenimiento por «la relación entre identidades regionales y nacionales en la Europa contemporánea. Sus investigaciones han puesto de relieve que la identificación con la región tiene también sus raíces en la Europa medieval, y que en el siglo xix se asistió a la construcción de sólidas identidades regionales» (Smith, 2019: 20).

Los trabajos de Anne-Marie Thiesse sustentaron una nueva perspectiva sobre la participación regional en la construcción nacional (Thiesse, 1991 y 1997), pues el regionalismo podía ser de carácter centrípeto colaborando en la creación de una identidad estatal, o bien tomar un cariz centrífugo intentando devenir él mismo en identidad nacional. Esta interpretación huye de todo mecanicismo, como el que presentaba Hroch en su estudio sobre los movimientos nacionalistas (edición inglesa de 1986) e incorpora complejidad a un fenómeno donde no existe una línea divisoria clara entre regionalismo y movimientos nacionalistas subestatales (Applegate, 1999; Fradera, 2005; Augusteijn & Storm, 2012).

A su vez, la obra de Billig (1995) abrió una nueva perspectiva y mostró cómo las formas de naturalización de la nación se concretan en prácticas cotidianas, banales, que no se distinguen de las propias de la identidad regional. En la evolución de los regionalismos, los movimientos de reivindicación de las culturas vernáculas resultaban esenciales, ya que podían desembocar, o no, en movimientos de despertar político tardío, en el marco de sistemas liberales ya consolidados y, por lo tanto, en competencia por un espacio político ya ocupado (Hroch, 2001; Dowling, 2013; Leerssen, 2019). Como nos advierte Smith (2019: 22):

«las ideologías regionalistas y nacionalistas no deben contemplarse como compar- timentos estancos o polos sin contacto, sino como un continuo permeable a influencias mutuas. El regionalismo puede radicalizarse y, al hacerlo, tomar un número creciente de elementos por lo común asociados a la ideología nacionalista. Sea como fuere, es importante remarcar que el paso del regionalismo al nacionalismo no ha de verse como algo inevitable. Lo demuestra con claridad el hecho de que, en la mayoría de los casos, las identidades regionales de la Europa occidental han sido compatibles con una identidad nacional más general»

Ya más recientemente, Leif Jerram se preguntaba retóricamente si el espacio era una categoría útil o no para el análisis histórico (2013). Aunque podemos hallar precedentes a este ‘giro espacial’ en obras anteriores (Lefebvre, 1974), es a partir de esta intervención que la noción de espacialidad se consolida como un punto de encuentro interdisciplinar al entender que las relaciones sociales en el pasado —incluyendo el regionalismo y el nacionalismo— están mediadas por ella. Más allá del espacio concebido, esta incorporación ha permitido arrebatar el monopolio sobre la comprensión del territorio de urbanistas y arquitectos, para comprenderlo también como una disputa entre actores diversos.

2. La mirada española sobre el regionalismo

La historiografía sobre la nación española sostuvo hasta los años ochenta del siglo pasado ideas provenientes del regeneracionismo que abonaban una visión pesimista de España como construcción política. El desarrollo del siglo xx, con las dos dictaduras, había amplificado este pesimismo. Así, las pautas de interpretación dominantes eran las de retraso, anomalía, y fracaso en relación con el contexto europeo (Archilés, 2011: 145). Tal vez ningún texto expresa tan claramente esta mirada como The Spanish Labyrinth (1943) del británico afincado en Andalucía Gerald Brenan.

La posterior Transición, con su naturaleza singularmente transaccional, fomentó una suerte de elusión historiográfica sobre la nación, un concepto abusivamente utilizado por la dictadura. Los primeros esfuerzos para recuperar dicha noción sin asociarla al franquismo fueron esporádicos y sin gran trascendencia social. Destaca, el tardío intento de conectar con la tradición republicana del exiliado Juan Marichal (1995), o el de debatir sobre el nacionalismo español de la revista izquierdista Zona Abierta (1984) a cargo de José Maria Jover y Juan Sisinio Pérez Garzón. Pero no hubo continuidad, pues en líneas generales la nación era un objeto incómodo.

Por el contrario, los nacionalismos periféricos se beneficiaron del impulso procedente de la resistencia a la dictadura, de la nueva institucionalización autonómica y de la expansión de los departamentos de historia contemporánea (Molina, 2017: 46). En el caso catalán, ya en los años cincuenta Jaume Vicens Vives se había ocupado en Notícia de Catalunya (1954) de reconstruir un relato, a base de materiales procedentes de la tradición catalanista de preguerra, que asentara las bases de una identidad diferenciada incorporando una interpretación de la guerra civil aceptable para grandes mayorías sociales. La historia era el instrumento preferente para una tarea como esta. En Valencia Joan Fuster emularía el esfuerzo de Vicens con Nosaltres els valencians (1962), y en Mallorca Josep Melià con Els mallorquins (1963, pero no publicado hasta 1967 por problemas con la censura).

En este marco conceptual, las dos grandes preguntas de la historiografía catalana de los años setenta y ochenta girarán en torno a la naturaleza de las relaciones entre Catalunya y España en la época contemporánea y los orígenes sociales del movimiento catalanista, esta segunda muy condicionada por la hegemonía izquierdista fruto de  la resistencia a la dictadura (Fuster-Sobrepere, 2015). Con la restitución del poder autonómico, las llamadas políticas de normalización cultural y lingüística  catalanas fueron procesos de nacionalización de masas (Fernández, 2008) donde la historia siempre jugó un papel trascendental. El carácter fuertemente emulativo del proceso de construcción autonómico desencadenó en seguida un desarrollo similar en otras regiones más allá de aquellas que se reivindicaban como nacionalidades.

En la medida que la nación era objeto de discusión para el catalanismo, no es extraño que fuera un historiador catalán, Borja de Riquer, quien, recogiendo una idea expuesta por Linz años atrás desde la perspectiva de la sociología histórica americana e inspirándose en el modelo presentado por Weber para el caso francés, formulase  la idea de «una débil nacionalización» para el caso español (Riquer, 1994). En esta perspectiva, se hacía hincapié en la debilidad de las instituciones nacionalizadoras (la escuela pública, el ejército, etc.), se concluía que la nación española nunca existió,  y se consideraba a los nacionalismos periféricos como el resultado de dicho vacío. La idea resultó polémica tanto para la historiografía española que empezaba a salir de la excepcionalidad al amparo de la integración en las instituciones europeas y la modernización del país, como para las corrientes históricas de los otros nacionalismos que no podían aceptar una visión negadora de su sustancialidad que las convertía en un fenómeno subsidiario.

La tesis sobre la «débil nacionalización» y su posterior debate cerraron, al menos temporalmente, la discusión sobre la idea de fracaso. A partir de los años noventa esta visión fue progresivamente corregida, gracias a los trabajos sobre el xix español que abandonaron la noción de excepcionalidad política y fracaso económico, en el extremo de esta posición Ringrose (1997) planteó abiertamente una impugnación en toda regla de cualquier idea de anomalía o excepción para el caso español. Mientras en la teoría política se recepcionaron las ideas de Gellner (de Blas, 1995). Aun así, la corriente modernista representada por Anderson y Hobsbawm tardó una década en dejar sentir su influencia en la historiografía española, y lo hizo en primer lugar en aquellos lugares donde los nacionalismos periféricos habían mantenido vivo el debate sobre la nación, fundamentalmente en Cataluña y Galicia. Es decir, allí donde la cuestión era disputada. Tal vez el primer libro plenamente influido por esta perspectiva fuera Cultura nacional en una societat dividida de Josep Maria Fradera (1992), un estudio sobre las bases de la Renaixença catalana y su sentido político donde se enuncia la idea del «doble patriotismo». Un concepto que anticipa la traslación de la discusión sobre la nación y el nacionalismo a la región y el regionalismo como un proceso no excluyente y lleno de ambigüedades. Poco después, Joan Lluís Marfany publicaba su libro sobre los orígenes del catalanismo (1995) que abriría una línea continuada en sus trabajos sucesivos culminada en un ambicioso libro sobre nacionalismo español y catalanidad (2017). En Galicia, este debate central en la historiografía europea se abrió con el Congreso internacional sobre nacionalismo en Santiago de Compostela de 1993, cuyas actas se publicaron un año después, organizado por Justo Beramendi, Ramón Maíz y Xosé Manuel Núñez Seixas. Beramendi y Núñez Seixas serían autores también de nacionalismo galego (1995). Todo ello evidencia cómo, desde sus inicios, la corriente modernista de los estudios nacionales en España se ha ocupado de una forma inextricable de la nación española, los nacionalismos periféricos y el regionalismo en un mismo plano de relevancia.

Naturalmente también la historiografía específica sobre la nación española se ha visto expuesta a la influencia de estas corrientes, pero de forma tardía. Tal vez Mater Dolorosa de José Álvarez Junco (2001) sea el estudio seminal sobre la construcción del nacionalismo y la nación española en el siglo xix, tanto para el resto de la producción de este historiador desde la dirección del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, como para quienes se han interesado en los aspectos etno-simbólicos (Moreno Luzón & del Rey, 2013; Balfour & Quiroga, 2007; entre otros).

Previamente a estos trabajos, hallamos el pionero dossier coordinado por Anna Maria García de la Universidad de Girona para la revista Ayer. Bajo el título «España, ¿nación de naciones?» (1999), se agruparon artículos de Borja de Riquer, Juan Sisinio Pérez Garzón, Josep Maria Fradera, Stéphane Michonneau, Justo Beramendi, Joseba Agirreazkuenaga, Juan Ramón Recalde, Manuel Martí y Ferran Archilés, junto con un epílogo de Miguel Herrero de Miñón. Con aportaciones centradas en el XIX y presencia mayoritaria de catalanes, vascos, gallegos y valencianos, el debate sobre la nación iba de la periferia hacia el centro con la notable excepción de Pérez Garzón. De nuevo, la nación española no podía tratarse sin una referencia constante a los regionalismos, a las nacionalidades periféricas y a las dobles lealtades como elemento constitutivo. Progresivamente, a los trabajos de Fradera, Beramendi y Núñez Seixas para Catalunya y Galicia se unieron los de Archilés para Valencia, Fenando Molina y Luis Castells para el País Vasco, sancionando el fin de la vía excepcional o del fracaso y normalizando la supuesta excepcionalidad española gracias a la sincronización con la historiografía europea (Moreno Luzón, 2007).

Celia Applegate, cuyo trabajo sobre el regionalismo alemán cristalizó en un influyente artículo sobre el papel de las formaciones subnacionales en los tiempos modernos (1999), favoreció el relanzamiento de los estudios sobre regionalismo en el nuevo siglo. Este impacto se concretó doblemente en España como un proceso de internacionalización y el paso decidido al estudio del siglo xx. Por un lado, los estudios se abrieron crecientemente al comparativismo (Augusteijn & Storm, 2012; Archilés, García Carrión & Saz, 2013; Núñez Seixas & Storm, 2019). Así, un nuevo dossier en la revista Ayer, coordinado por Núñez Seixas, profundizaba sobre «La identidad regional en España y Europa» (2006) mediante una combinación de autores y temas tanto españoles como europeos, evidenciando la incorporación de la perspectiva regional a los estudios nacionales en España. En el mismo momento, Fradera y Ucelay-Da Cal organizaron un seminario en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), cuyo objetivo último era revisar la perspectiva fijada por Vicens Vives cincuenta años antes. En uno de los trabajos incluidos, Fradera reflexionaba sobre la utilidad de los conceptos nación y región y su potencial analítico para el caso catalán inscribiéndose en el debate internacional (2005).

Por otro lado, el siglo xix cedió su preeminencia a los primeros trabajos sobre   el nacionalismo en el siglo xx. Ello supuso un desplazamiento de las preguntas de investigación desde una atención prioritaria a la formación y la naturaleza del estado liberal español —cuyo origen podría explicar la excepcionalidad y la anomalía históricas—, hacia los orígenes y la naturaleza de las dos dictaduras nacionalistas de nuestro siglo xx. En este sentido, las perspectivas más recientes muestran la íntima relación entre nación española y regionalismo: incluso cuando el nacionalismo español dispuso de una preeminencia discursiva y política absoluta, como durante el primoriverismo (Quiroga, 2008) y el franquismo, el regionalismo habría acabado revitalizándose.

En 2013, un nuevo dossier de Ayer abordaba el proceso nacionalizador, con un explícito artículo de Fernando Molina que se aproximaba a la cuestión desde abajo, superando una visión puramente vertical e institucional y acentuando la multiplicidad de ámbitos sociales (Molina 2013). Desde esta perspectiva, la comprensión de la pugna por el espacio público —el llamado giro espacial— se vuelve decisiva y adquieren relevancia tanto el arte y la cultura, como el turismo, la cocina, el género o la religión (Quiroga, 2014; Storm, 2019). Justo en esta tesitura se sitúa el presente libro con una serie de aportaciones que van desde lo estrictamente político, al ámbito jurídico, al artístico y al cultural.

 

3. Regionalismo y franquismo

Este volumen se aproxima al fenómeno de los regionalismos hispanos durante la dictadura franquista y, en concreto, a la utilización desde el poder o al amparo de éste de dichas particularidades como fuerzas centrípetas en la construcción del nuevo estado-nación español. Aunque el franquismo tenía en el combate contra el interno nacionalismo no español uno de sus argumentos justificativos y lo había reprimido con dureza, no renegaba de la diversidad histórica del país. Ya en su primer discurso como jefe del Estado el primero de octubre de 1936 en Burgos, Franco afirmaba:

«La personalidad de las regiones españolas será respetada en la peculiaridad que tuvieron en su momento álgido de esplendor, pero sin que ello suponga merma alguna para la unidad absoluta de la Patria. Los Municipios españoles también se revestirán de todo su rigor como entidad pública». (Franco, 1936)

Bajo el paraguas del proyecto «Regionalismo en Cataluña bajo el régimen franquista: discursos y prácticas» (HAR2017-87957-P), planteamos precisamente aproximarnos a estas formas más o menos explícitas de regionalismo dentro de los estrechos espacios de legalidad y permisividad vigiladas de la dictadura. Partiendo del ejemplo catalán, pero con una voluntad de hallar continuidades y diferencias respecto de otras geografías españolas, queremos comprender el alcance y la evolución de las iniciativas de cariz regionalista integradas o toleradas durante el período 1939-1975. Se trata de profundizar en las estrategias de legitimación, revisar su evolución temporal y situar dichas prácticas en una perspectiva a largo plazo desde la revolución liberal hasta el presente, conscientes que la relevancia de estos discursos y prácticas regionalistas han configurado el desarrollo y la reconstrucción político-cultural contemporáneos de Cataluña y España.

A este objetivo principal se suman otros dos. Por un lado, el análisis y descripción de los proyectos, los agentes, los apoyos y las alianzas de naturaleza regionalista que articulan políticamente las diferentes iniciativas, con especial atención a las derivadas jurídicas, culturales e institucionales. Por el otro, se busca establecer las nuevas genealogías que, desde ámbitos oficiales o paraoficiales, conectaban con los referentes de preguerra —versionándolos o adaptándolos— y los sincronizaban con la modernidad y/o las inquietudes europeas.

Valdelacalzada 5-10-1956.- Los habitantes del pueblo ataviados con trajes regionales y pancartas esperan la llegada del jefe del Estado, Francisco Franco, que hoy entregará los títulos de propiedad a los colonos del nuevo pueblo. (foto: EFE/Hermes Pato/Jaime Pato)

La dictadura supo utilizar las identidades regionales como refuerzos centrípetos de su proyecto de construcción nacional. Como afirma Andrea Geniola (2017), se usaba la región y lo regional para nacionalizar a los españoles. Para ello contó desde sus inicios con las elites locales y, progresivamente, movilizó también los medios de comunicación, el turismo y el folklore, entre otros elementos (Molina, 2014).

El Congreso Internacional «El regionalismo bien entendido», celebrado entre el 29 y el 31 de enero de 2019 en el Palau Macaya de Barcelona, se planteó como un foro de debate donde compartir, contrastar y discutir las investigaciones realizadas  a lo largo de los últimos tres años con colegas nacionales e internacionales dedicados a estas mismas cuestiones. La presente publicación responde a una selección de algunos de los trabajos presentados, cuyo objetivo último era realizar una aportación significativa al debate abierto sobre las diferentes prácticas y discursos regionalistas durante el franquismo, más allá del estricto caso catalán.

La primera de las tres partes del libro, «Sobre regionalismo», agrupa las aproximaciones más teóricas, con un primer ensayo a cargo del profesor Eric Storm centrado en el impacto del giro espacial en la historiografía sobre el nacionalismo y el regionalismo. El hispanista neerlandés de la Universidad de Leiden realiza un sugerente y exhaustivo repaso a la progresiva incorporación de la dimensión espacial y a su consolidación como una contribución sustancial en los estudios internacionales y comparativos. En este sentido, todo ese conocimiento acumulado, así como esa mirada enriquecida y liberada de apriorismos, se plantea como de especial interés para avanzar en el estudio de los regionalismos y nacionalismos en España.

Actos de la entronización de la Virgen de Montserrat en 1947 (foto: Arxiu de l’Abadia de Montserrat)

A continuación, el profesor de la Universidad de Cardiff, Andrew Dowling, analiza la transformación del Estado franquista a consecuencia del propio crecimiento (burocratización) y desarrollo económico (tecnocracia). Esta dinámica, cuyo impacto se produce en toda la esfera occidental, cuenta con una deriva regionalista, pues necesita de las elites locales para garantizar su éxito y coincide con un interés creciente respecto de la economía regional y la planificación económica.

La segunda parte del volumen, «Regionalismos en España», ofrece algunos estudios de caso. Así, el profesor de la Universitat Pompeu Fabra, Alfons Aragoneses, analiza la Compilación del Derecho Civil catalán realizada en 1960, para revelar su papel como proyecto jurídico del franquismo adscrito a la genealogía más conservadora e historicista del regionalismo catalán. También bucea en los antecedentes históricos el investigador sevillano, actualmente profesor en la Universidad Internacional de La Rioja, Rubén Pérez Trujillano, para recuperar la larga tradición del andalucismo republicano y ver cómo su erradicación por parte del franquismo y su sustitución por un regionalismo de nuevo cuño hizo imposible su recuperación ya en democracia. El caso aragonés centra las dos siguientes aportaciones.

El investigador zaragozano, miembro del Seminario de Historia de la Historiografía Juan José Carreras, Gustavo Alares, estudia el desarrollo de un aragonesismo franquista, ejemplar en el uso de las identidades regionales como fuerzas centrípetas en la construcción nacional-estatal. Ello comportó una cierta recuperación reivindicativa del propio pasado, en especial de su papel en la construcción de España, y una tendencia a la folclorización de la tradición. El posterior reciclaje de la clase dirigente franquista aragonesa como representantes del regionalismo democrático es diseccionado por los profesores Carlos Domper, de la Universidad de Zaragoza y Nicolás Sesma, de la Universidad de Grenoble-Alpes. Esta conversión se construyó parcialmente sobre el agravio respecto al trato recibido por otras zonas del país, pero su éxito dependía sobre todo de la oportunidad y la credibilidad de esta evolución.

Ejea de los Caballeros (Zaragoza), 3-6-1942.- Los danzantes del pueblo zaragozano de Tauste, formando un cuadrado ante el Jefe de Estado, durante la visita que realizó a la zona (foto: EFE/Miguel Cortés)

Cierra este segundo apartado el trabajo del profesor Roldán Jimeno sobre el peso del derecho foral navarro en la construcción de aquel regionalismo. El investigador de la Universidad Pública de Navarra muestra cómo el regionalismo tradicionalista se construyó bajo un falso historicismo y, a pesar de ello, logró imponer sus tesis durante el franquismo. El éxito sobrevivió al cambio de régimen, incorporó esta interpretación foralista como base del regionalismo navarro e incluso logró sortear el proceso constituyente español.

El tercer apartado, «Regionalismos e ideología» se aproxima a los vínculos entre el regionalismo y las ideologías culturales y políticas. La catedrática de la Universidad Complutense de Madrid, María Dolores Jiménez-Blanco, traza un gran fresco sobre cómo el franquismo operó en el ámbito cultural para desactivar, homogeneizar y anecdotizar cualquier carga disolvente de las particularidades regionales, integrándolas, diluyéndolas y equiparándolas entre sí, a mayor gloria del nacionalismo estatal unificador. En una demostración de fuerza y consolidación, el franquismo podía permitirse manifestaciones más o menos regionalistas, e incluso más o menos modernas. Esta apropiación de la tradición y de los particularismos se manifiesta de forma especialmente significativa en la arquitectura de las promociones de vivienda impulsadas por el Instituto Nacional de Colonización y por la Obra Sindical. Precisamente, la profesora de la Universitat Oberta de Catalunya, Ana Rodríguez-Granell, analiza cómo la arquitectura de aires regionales respondía sobre todo a un ejercicio de resignificación de la tradición y de elaboración de un nuevo marco referencial que pretendía recoger las inquietudes de modernidad de algunos arquitectos, responder a las necesidades materiales del país y, sobre todo, conectar con un estilo supuestamente nacional.

Diseño de Jiménez Varea para viviendas del Instituto Nacional de Colonización en Alberche del Caudillo (Toledo)(foto: blog hombredepalo.com)

Los dos últimos trabajos nos aproximan a cómo digirió el franquismo el legado más conservador del catalanismo. En primer lugar, el profesor de la Universitat Ramon Llull, Jordi Sabater, ejemplifica a través de la trayectoria del político e intelectual Ferran Valls i Taberner la existencia de un regionalismo catalán centrípeto respecto de la construcción nacional española, cuya continuidad se manifiesta especialmente en el primer franquismo, pero cuya tradición se agota a finales de los años sesenta por su incapacidad para adaptarse a los nuevos tiempos. Por su parte, el investigador Jordi Amat analiza la adaptación al franquismo de los herederos ideológicos de la Lliga, mientras esperan en vano el regreso de su líder Francesc Cambó, exiliado en Argentina, y donde murió prematuramente. En este caso, la dictadura se limitó a integrar a personalidades concretas, sin permitir una presencia colectiva consistente. Los intentos posteriores de revitalizar un regionalismo liberal ya en democracia se vieron lastrados por la colaboración con el régimen de unos y por la desconexión de la vida pública y la oposición clandestina de otros.

El conjunto de las aportaciones, así como de las investigaciones llevadas a cabo a lo largo de estos últimos años, enfatizan la necesidad de una mirada alejada de apriorismos, sensible a explorar ámbitos no explícitamente políticos, dispuesta al contraste entre territorios y abierta a la comparativa internacional. Parafraseando la famosa máxima sobre la historia atribuida a Mark Twain, regionalismo y nacionalismo no son fenómenos idénticos o equivalentes, pero a menudo riman, pues se superponen, sintonizan, coexisten y, sin dejar de diferir o discrepar, se vinculan. Sobre todo ello va este libro.

El matrimonio Franco visita las instalaciones de la empresa Codorniu (foto: Arxiu Comarcal de l’Alt Penedès)
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Sumario

 

I. Regionalismo y nacionalismo riman, Jaume Claret y Joan Fuster-Sobrepere

  1. Volver a la región
  2. La mirada española sobre el regionalismo
  3. Regionalismo y franquismo
  4. Bibliografía citada

SOBRE REGIONALISMO

II. El giro espacial en el estudio del nacionalismo y del regionalismo: algunas reflexiones historiográficas, Eric Storm

  1. La interpretación modernista
  2. El giro espacial
  3. Agencia en el campo
  4. Identidades regionales y locales
  5. Conclusión
  6. Bibliografía citada

 

III. Reconfiguración estatal y protoregionalismo en la España franquista tardía, Andrew Dowling 

  1. Tipologías de forma de estado
  2. Transformación de estado posterior a la Segunda Guerra Mundial
  3. Tradición del gobierno regional y local
  4. El estado burocrático y tecnocrático
  5. Tecnocracia en España
  6. Regionalismo autoritario
  7. Conclusiones
  8. Bibliografía citada

 

REGIONALISMOS EN ESPAÑA

V. El jurista en el barrio gótico. historicismo y tradición en la cultura jurídica catalana del siglo xx, Alfons Aragoneses

  1. Introducción
  2. Tradicionalismo y actualización del pasado en los inicios del liberalismo
  3. Tradición y tradicionalismo en la Escola jurídica catalana
  4. 1931-1939: catalanismo republicano y reacción franquista
  5. Conclusión: la tradición como vía alternativa a la modernidad
  6. Bibliografía citada

VI. El andalucismo republicano fallido: historia de una cultura constitucional y un movimiento político, Rubén Pérez Trujillano

  1. Introducción: una propuesta de revisión historiográfica
  2. Republicanismo andaluz

2.1. Formación del constitucionalismo contrahegemónico

2.2. Caracteres del constitucionalismo contrahegemónico

  1. Andalucismo republicano

3.1. Formación del andalucismo republicano 

3.2. Andalucismo, republicanismo y constitucionalismo 

  1. Epílogo: franquismo y nuevo andalucismo
  2. Fuentes citadas

VII. «Aragón la más famosa»: las vicisitudes del aragonesismo Franquista, Gustavo Alares López

  1. Introducción ¿Aragonesismo franquista?
  2. Las mutaciones del pasado regional
  3. Fernando el Católico, «principal artífice de la España Imperial»
  4. Aragón, mártir nacional
  5. El baturro: la fortuna de un arquetipo regional
  6. El alma aragonesa: el folklore y la jota
  7. ¿Propuestas políticas del aragonesismo franquista? El Colegio de Aragón
  8. Tiempo de transición: la búsqueda de nuevos referentes para el Aragón democrático
  9. Conclusiones
  10. Bibliografía citada

VII. Aragón y el reciclaje regionalista de la clase política franquista durante la transición, Carlos Domper y Nicolás Sesma Lasús

  1. Introducción
  2. Del regionalismo económico a la conciencia regional
  3. «¿Que se vayan?». José María Zaldívar y la oposición a la base aérea de Zaragoza
  4. «¿Nuclear? No, gracias». Antonio Lacleta y las protestas contra la central de Chalamera
  5. «Aragón también tiene sed». Hipólito Gómez de las Roces y la lucha contra el trasvase del Ebro
  1. A modo de conclusión
  2. Bibliografía citada

VIII. Regionalismo y derecho foral navarro: Continuidades y reinterpretaciones, Roldán Jimeno Aranguren

  1. Un punto de partida: la dictadura de Primo de Rivera
  2. La Segunda República
  3. Fueros y regionalismo en el primer franquismo
  4. El Derecho público navarro en los años del aperturismo franquista
  5. Un Derecho privado tradicionalista
  6. Epílogo: el triunfo del regionalismo navarro en la transición
  7. Bibliografía citada

REGIONALISMOS E IDEOLOGÍA

 

IX. El regionalismo bien temperado, María Dolores Jiménez-Blanco

  1. Introducción
  2. El regionalismo franquista
  3. La «reconstrucción de la Patria»
  4. La nueva arquitectura rural
  5. La diversidad regional
  6. Conclusiones
  7. Bibliografía citada

 

X. Las derivas del regionalismo como regeneración: modernidad vernácula para el nuevo estado Franquista, Ana Rodríguez-Granell

  1. Introducción al regionalismo arquitectónico
  2. Sobre la historia de la arquitectura durante la Autarquía y su relación con lo verná­culo
  3. Ciudades planificadas para el Nuevo Estado: colonización agraria y vacaciones del productor
  4. Conclusiones
  5. Bibliografía citada

XI. Ferran Valls i Taberner. del regionalismo Catalanista al regionalismo Franquista,

Jordi Sabater

  1. «Cataluña será española o no será»
  2. «Catalanismo nacional». El homenaje de 1964
  3. «El regionalismo catalán es posición habitual de nuestra derecha»
  4. Bibliografía citada

XII. Un refugio regionalista en la primera postguerra barcelonesa, Jordi Amat

  1. Redes del viejo regionalismo
  2. Reubicación de los ‘pronois’
  3. Regionalismo en la Transición

Breves biografías

 

Portada: Pío Cabanillas, ministro de Informacion y Turismo, se retrata con barretina durante una visita a Cataluña en abril de 1974 (foto: La Vanguardia)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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