Carlos Gil

Entre sus libros más recientes destacan «Lejos del frente» (Crítica, 2006), «Piedralén» (Marcial Pons, 2010) y «50 cosas que hay que saber sobre historia de España», (Ariel). Junto a Julián Casanova es autor de «Historia de España en el siglo xx» (2010) y «Breve historia de España en el siglo xx», (Ariel, 2012)

 

Otro fin de año. Muy pronto, el final de una década, la segunda del siglo XXI. Empieza a quedar lejos el siglo pasado. Parece, incluso, que lo hemos olvidado, que ya no sabemos de dónde venimos. Eso es lo que decía Tony Judt. En estas dos décadas han cambiado tantas cosas, sostenía el historiador británico, que hemos dejado de lado nuestra historia reciente. Hemos echado en el olvido al siglo XX, sin entenderlo, como si no tuviera nada que enseñarnos.

¿Qué hemos olvidado? Que los derechos civiles, sociales y ciudadanos que nos parecen básicos no fueron una concesión gratuita caída del cielo. Que los españoles hemos sido un pueblo de emigrantes y refugiados. Que la democracia es un proceso siempre inacabado que nunca hay que dar por supuesto. Que el Estado del bienestar y sus beneficios se crearon para evitar los traumas políticos y sociales de la inseguridad masiva. Que nuestra paz y seguridad colectivas le deben muy poco al patriotismo exaltado de himnos, naciones y banderas. Que la Unión Europea se fundó sobre las ruinas de un continente atravesado por enfrentamientos y guerras sangrientas.

Hemos olvidado las causas, conflictos, discursos y actitudes que nos llevaron a ellas. Lo recuerda Géraldine Schawarz en su libro Los amnésicos. Los europeos tenemos en común la experiencia de la barbarie y el totalitarismo. Hemos conocido el sufrimiento, pero también la apatía ante el crimen, la actitud de los Mitläufertum, “los que siguen la corriente”, el peligro del conformismo, de la ceguera y del oportunismo.

Habría que recordárselo a los jóvenes estudiantes de primer curso de derecho constitucional de la Universidad de Extremadura que han dejado preocupado a su profesor con sus proyectos de Ley Orgánica: la introducción de la pena de muerte, la negación de la educación básica a extranjeros, la eliminación del tercer grado penitenciario, la prohibición de partidos independentistas, el derecho a utilizar armas contra okupas o la obligación de tener un hijo no deseado a cambio de una indemnización.

En realidad, los jóvenes no han olvidado el siglo XX. Más bien lo desconocen. Ignoran que el conocimiento histórico es imprescindible para comprender la complejidad de nuestro mundo y que las experiencias pasadas tienen relevancia para afrontar los problemas presentes.

Para los jóvenes de mi generación, que llegamos a las aulas universitarias entre los años 80 y 90 del siglo pasado, la historia era un motor de cambio. Ser progresista significaba querer transformar la sociedad, superar lo establecido para construir un futuro mejor. Ninguno pensábamos, la verdad, que los derechos se podían perder, que el bienestar tenía retroceso, que podríamos, en suma, vivir peor que nuestros padres.

Ahora, un cuarto de siglo después, en un mundo globalizado dominado por el neocapitalismo desbocado, el pensamiento progresista se ha vuelto conservador. De la ofensiva ha pasado a la resistencia. En vez de cambiar el mundo aspira a conservarlo. Con un programa político más modesto, pero no menor: conservar el medio ambiente frente a los que niegan la emergencia climática; conservar los derechos sociales y las libertades ciudadanas; conservar el bienestar común, dentro de un Estado, por encima del beneficio privado; conservar también, como un deber de memoria, el sufrimiento de las víctimas de la violencia del siglo XX.

Las cosas han cambiado tanto que si pedimos que se cumplan los textos básicos de nuestras instituciones vamos a parecer radicales, casi revolucionarios. De vez en cuando hay que recordar que desde 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos defiende el valor supremo que tiene cualquier vida humana por el mismo hecho de su existencia. O la obligación del Estado español, según la Constitución de 1978, de promover “el bien” de todos los ciudadanos y de crear un “orden económico y social justo” que les asegure “una digna calidad de vida”. O los ideales de paz, libertad, tolerancia y solidaridad que proclama el Tratado de la Unión Europea firmado en 1992. Antigüedades del siglo XX.

(FILES) This file photo taken on March 25, 1980 shows then French Minister for Health Simone Veil speaking in a megaphone adressing the farmers during a demonstration in front of the European Parliament, in Strasbourg.
Simone Veil, an Auschwitz survivor who played a leading role in legalising contraception and abortion in France, died on June 30, 2017 aged 89, her son said. Veil, an icon of French politics and the first president of the European Parliament, died at her home, Jean Veil said. / AFP PHOTO / DOMINIQUE FAGET

Nos queda la resistencia. Josep María Esquirol ha escrito un ensayo, La resistencia íntima, que nos puede servir de guía de acción. Casi, en estas fechas, un propósito de año nuevo. La resistencia se basa en la conciencia, la voluntad y el coraje. Es una fortaleza que proviene de un hondo movimiento de lo humano. Es, por definición, discreta, desprendida y generosa. Sus mejores armas son la memoria y la imaginación, y su alimento la esperanza. Toda resistencia espera que el esfuerzo no sea en vano. El resistente se opone al dominio y al triunfo del egoísmo, a la indiferencia general, al imperio de la actualidad, a la retórica sin palabra, al mal y a la injusticia.

La resistencia crece entre las dificultades. Los problemas y las limitaciones son, al mismo tiempo, las condiciones que la hacen posible. El filósofo catalán pone un ejemplo conocido, el de la imagen de la paloma que utiliza Kant. La paloma, cuando vuela por el aire, siente en sus alas la resistencia del aire. Podríamos imaginar que en el vacío volaría aún mejor, pero sabemos que no es así. En el vacío no se puede volar. La paloma ignora que lo que la frena es precisamente lo que le permite volar. Así que, con los mejores deseos, a volar con el Año Nuevo o contra él, si es necesario. Contra viento y marea.

 

Fuente:  «La resistencia», La Rioja, 29 de diciembre de 2019


Ilustraciones: Conversación sobre la Historia

Portada: Julio Sacristán ganador de la X edición del Concurso Fotográfico Objetivo África.

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